CAPÍTULO 21
La madera no me ofende. Me ofende lo que hay detrás: un hombre escuchando.
Porque está ahí. Lo sé desde la primera tarde de postigos, cuando toqué con el pico —una vez, cortés; dos, menos— y del otro lado no llegó el silencio de una alcoba vacía, que ese silencio lo conozco, sino el otro, el habitado: una respiración midiéndose, el crujido mínimo de un peso cambiando de pierna, el calor del fuego saliéndose por las rendijas como un secreto mal guardado.
Grité una sola vez aquella primera tarde, y no fue a propósito, y no pienso repetirlo: se me escapó por una grieta que no sabía que tenía, y lo que se escapa por las grietas no se elige.
A los míos los conozco de toda la vida y sé cómo cierran: madre da un portazo que se oye en tres leguas y a la media hora está poniendo otro plato.
Padre no cierra nunca; se va a los establos, que es su manera de dejar la puerta entornada.
Oisín cierra de boquilla y abre por la ventana.
Este hombre no cierra como nadie que yo conozca: cierra con falleba y se queda detrás, montando guardia a su propia herida, escuchando a ver si lo que dejó fuera sigue queriendo entrar.
Y eso, que es lo más triste que he visto en mi vida, es también, que la Madre me ampare, lo que me sostiene en este alféizar.
Los primeros días los gasté en hipótesis, que es lo que hace mi cabeza cuando el corazón no le da permiso para otra cosa.
¿Lo ofendí? Repasé el protocolo entero: el último tributo fue una perdiz irreprochable, el último parte lo escuché completo, la última noche monté la guardia de siempre.
¿Se avergüenza del milagro? Los hombres orgullosos muerden la mano que los saca del pozo, eso lo sabe cualquiera que haya sacado hombres de pozos.
¿Hay peligro dentro y me protege de algo que no veo?
Esa hipótesis me duró medio día de vigilar rondas y mercaderes.
Nada. El castillo está más vivo que nunca, el tributo del cielo baja cada alba, los críos corretean, y solo hay una piedra en todo Dargath que se ha cerrado, y es la suya, y se cerró la semana exacta en que el patio entero lo vio conmigo en el brazo.
Fue Una quien me dio la llave, porque en este castillo las llaves las tiene ella.
Subió a las almenas de la torre este al cuarto día, con el viento cortando, envuelta en tres lanas y resoplando por la escalera, y se acomodó a dos pasos de mi merlón como quien se sienta a la lumbre de una vecina.
Esta mujer me habla desde el día de la rata.
No como Domhnall, que me pregona; como se le habla a alguien.
—Conque aquí pasas las noches ahora, presagio.
—Se arrebujó en las lanas, mirando el patio y no a mí, que es su manera de mirarme—.
A la vista de media guarnición, y la otra media preguntando.
Te voy a decir lo que no te va a decir nadie en este castillo de mudos, porque yo ya estoy vieja para secretos de hombres: no es contigo.
Es con él. —Resopló—. Yo lo vi llegar a esta casa con seis años, ¿lo sabías tú eso?
Lo vi aprender lo que aprendió. Y la lección que mejor aprendió, la que le entró hasta el tuétano, no fue la del miedo ni la del hierro.
Fue esta: todo lo que ese niño quiso, alguien se lo quitó, y se lo quitó delante, y despacio.
El perro. La yegua. Hasta un mozo que le enseñaba nudos.
Aquel demonio no le pegaba a él, le pegaba a lo que él miraba con cariño, hasta que el niño aprendió a no mirar nada con cariño.
—Se volvió entonces, los ojos de leche en mí—.
Y ahora hazte la cuenta, presagio. Medio país ha visto ya lo que el Cuervo mira con cariño.
Vuela bajito cada alba sobre su patio y duerme en su torre.
No te ha cerrado la ventana por menos amor, criatura.
Te la ha cerrado por más. Está amputando.
Es lo único que sabe hacer un hombre así con lo que le importa: cortárselo él antes de que venga otro a cortárselo con más dolor.
Está protegiéndome de ser amada por él. Hay que haber sobrevivido a mucho para llegar a una estupidez tan grande, y hay que querer mucho para sostenerla con esa disciplina.
—Y otra cosa, ya que estamos solas tú y yo y el viento.
—Una se ciñó las lanas y me miró de frente, cosa que casi nunca hace—.
Tú me entiendes. Todo. Cada palabra. Llevo meses viéndotelo en ese ojo de ámbar y apuntándolo donde apunto yo mis cosas.
No sé lo que eres, presagio, y a mi edad ya no pregunto lo que no me conviene saber.
Solo te digo esto: lo que seas, sigue siéndolo cerca de él.
Es la primera medicina que le funciona a ese hombre en veintisiete años, y yo las medicinas no las suelto.
—¿Y tú qué harás? —me preguntó al levantarse, sacudiéndose la nieve de las lanas—. Porque irte no te vas, eso ya lo ha entendido hasta el despensero.
No me voy. Esa es la única respuesta que tengo entera, y la ejecuto con método de halcón: el tributo del cielo sigue bajando cada alba, intacto, porque el clan no tiene la culpa de las fallebas de su señor y porque distinguir entre el hombre y su gente es exactamente lo que él no espera que nadie haga por él.
De día cazo, dirijo la noria, superviso el reparto desde el aire.
Y de noche ocupo mi alféizar, del lado del viento, las plumas contra la rendija, y monto la guardia de siempre con la madera de por medio, porque la guardia nunca fue suya: era mía.
Yo decido a quién guardo. Él decide qué postigos cierra.
Que cada cual administre su terquedad, que de eso vamos sobrados los dos.
Y hay algo que él no sabe que sé, y que me sostiene en la piedra fría mejor que el palmo de calor robado: la sexta noche de postigos, ya tarde, con el castillo dormido, lo oí acercarse a la ventana por dentro.
Reconocí los pasos descalzos en las losas, el crujido del peso deteniéndose a un palmo de la madera.
Y entonces, bajísimo, ronco de no usarse, del otro lado de la rendija, llegó el parte del día.
Entero. Las cuentas del grano, la ronda doble del vado, el herrero y su arado eterno, la cocinera y sus salazones.
Todo dicho a la madera, a media voz, como se reza en las iglesias frías, y al final, tras un silencio largo, dos palabras que no eran del parte: «Buenas noches».
Desde entonces lo hace una noche sí y otra también, y yo escucho del lado del viento con las plumas apretadas contra la rendija, y los dos fingimos al alba que esta torre no tiene rendijas.
Que un hombre amputado siga dando el parte por la cicatriz: eso es lo que defiendo aquí fuera, congelándome con método.
Eso todavía está vivo. Y lo que está vivo se guarda.
Lo que no le he contado a nadie, ni a Una, ni al viento, es la otra cuenta. La de la piel.
Llevo demasiados días con plumas. Los he ido contando como se cuentan las deudas que una piensa pagar mañana: el milagro me costó dos amaneceres de juntar los cielos, el tributo me come las mañanas, los postigos me tienen las noches tomadas, y entre unas cosas y otras hace seis días que esta piel no descansa en la otra.
La Madre da una semana, y la Madre no negocia.
Ya lo noto: el tirón sordo en los huesos al remontar, el peso nuevo de las alas al final del día, ese calor raro bajo el plumaje que es la otra Bríde llamando a la puerta.
Cael me lo enseñó de cría, con su solemnidad de hermano mayor: «el plazo no es castigo, tonta, es la otra mitad reclamando su turno; el que se lo niega acaba pagándolo donde menos le convenga».
Y mi hermano sabe de pagar plazos donde menos conviene, que se cambió delante de Aila por agotarse los suyos.
Debería irme esta noche. Cruzar el desfiladero, dormir en mi catre, pasarme dos días siendo la hija que amasa y esquiva preguntas, dejar que la piel haga su descanso. Lo sé como se saben las cosas que una no piensa hacer.
Porque esta tarde el cielo ha cambiado de idea.
Lo he olido antes de verlo, a media caza: ese filo metálico en el aire que las criaturas del cielo conocemos antes que los pastores, el olor de las tormentas negras, las que bajan del mar del norte una vez por invierno y se cobran tejados y rezagados.
Los cuervos de verdad llevan toda la tarde yéndose tierra adentro en bandas calladas, que es la peor señal del repertorio.
El cordal del norte ya no se ve: se lo ha tragado una pared del color del hierro viejo que avanza comiéndose el mundo, y el viento de delante de la tormenta ya está aquí, desordenado, histérico, oliendo a nieve vieja y a sal.
Hasta el aire pesa distinto, denso, cargado, como si el cielo entero hubiera contenido el aliento y fuera a soltarlo de golpe.
Cualquier ave con juicio estaría ya a diez leguas, panza al suelo en un bosque espeso.
Mi familia estará atrancando postigos; madre habrá contado cabezas y le faltará una, y esta noche le sumará esta ausencia a su libro, que ya pesa.
Y yo miro la pared de hierro avanzar, y miro los postigos cerrados de la torre, con su rendija de luz dorada respirando dentro, y hago la cuenta más torcida de mi vida con una serenidad que debería asustarme:
Si la tormenta es esta noche, esta noche es cuando ningún arquero del mundo vigila un cielo. Esta noche es cuando los hombres que se amputan se quedan más solos. Un día más de plumas. Uno. La Madre entenderá.
Me aprieto contra el postigo, del lado del viento, donde la piedra guarda todavía un palmo de calor robado, y me dispongo a hacer lo que llevo haciendo toda mi vida con las tormentas: aguantarlas mirándolas de frente.
La Madre, esta vez, no va a entender.