CAPÍTULO 20
El miedo me llega con una semana de retraso, que es como llegan los miedos serios: cuando ya ha pasado el peligro y queda lo otro.
Y lo otro, esa semana, ha sido esto, y lo apunto para que se entienda el tamaño del problema: el martes interrumpí al consejo a media discusión sobre los aranceles del vado porque por la ventana del salón cruzó una sombra de alas que no era ella, y tardé en volver a la discusión lo bastante para que Torcall carraspeara.
El jueves me sorprendí guardándole del asado del mediodía el corte que más le gusta, el de la veta, envuelto en un paño, como hacen los abuelos con los nietos en las bodas.
El viernes el herrero me preguntó si quería repujar algo en el brazal nuevo y estuve a un suspiro de decir un nombre que no existe, porque ni nombre le he puesto, porque ponérselo sería admitir el resto.
Y todas las tardes, todas, a la hora en que el sol toca el cordal, este señor de seis aldeas encuentra una excusa para estar en su torre, junto a su ventana, fingiendo leer tablillas que se sabe de memoria.
La guarnición entera pone en hora sus relevos por las idas y venidas de un ave. Y su señor también.
El miedo llega de noche, cómo no, mirándola dormir en su percha.
Dargath come, los críos corretean, el despensero ha vuelto a sonreír a los números, el tributo del cielo baja cada alba como un diezmo bendito, y el señor de todo ello está sentado a oscuras en su sillón haciendo lo que mejor sabe: inventariar amenazas.
Solo que esta vez la amenaza no viene del mapa.
Viene de la percha. Duerme sobre una pata, las plumas del pecho esponjadas por el calor de las brasas, y yo llevo una hora mirándola como no se mira a un ave, y el inventario me sale con una sola línea, escrita con la letra fría del Usurpador, que para algunas cuentas sigue siendo la mía:
Has vuelto a tener algo que te pueden quitar.
Esa es la frase entera del miedo. Veintisiete años llevo organizado contra ella.
Por ella no guardo nada que no quepa en un arcón, no consiento retrato ni anillo, no he dejado que mujer alguna pase dos noches en esta torre, no tengo amigo que no sea soldado ni soldado que no sea reemplazable.
El salón me lo enseñó a los seis años con la lección más limpia del mundo: quieres, pierdes.
Lo que amas te lo arrancan delante y te dejan vivo para que hagas las cuentas.
Y he aquí que el hombre que aprendió aquello duerme custodiado por su propio corazón subido a una percha, a la vista de todos, y todos lo saben.
Porque lo saben. Ese es el filo nuevo. Hasta el milagro, ella era una rareza del señor, un cuento de cocinas.
Desde el milagro es la santa de Dargath, el tributo del cielo, la moteada que alimenta al clan, y los cuentos así no se quedan dentro de las murallas: vuelan con los tratantes, cañada abajo, taberna a taberna, y en alguna taberna del camino real hay siempre un hombre sin colores con una bolsa de plata.
Ya pagaron dieciocho piezas por saber qué día bajaba yo a un valle.
¿Cuánto pagarán por saber que al Cuervo se le ha visto el corazón, y que el corazón madruga, vuela bajo sobre el patio cada alba, y se posa cada noche en la misma ventana sin guardia, del mismo torreón, a la misma hora?
Una flecha es barata. Un arquero pagado, también.
Y yo he visto lo que una flecha le hace a un ala: yo mismo le enseñé al mundo cómo se derriba a esta criatura, la primera tarde, en un camino de turba.
La cuenta me la sé de memoria porque es la mía: el Usurpador jamás me pegó donde se ve.
Pegaba en lo que yo quería. El perro. La yegua vieja que me dejaban montar.
Al mozo de cuadra que me enseñaba nudos lo vendió a un clan del este la semana que me vio reírme con él.
No lo hacía con rabia, esa es la parte que más tarde se entiende: lo hacía con método, casi con paciencia, dejando siempre que yo me encariñara del todo antes de quitármelo, porque lo a medias querido no enseña nada y lo entero sí.
Para doblegar a un hombre no se le rompe el cuerpo, que el cuerpo cría costra: se le rompe lo que ama, y se le deja al lado la cuenta.
Cualquiera que haya estudiado al Cuervo sabe ya dónde pegarle.
Lo he puesto yo en el escaparate, a la vista de seis clanes, posado en mi brazo en mitad de un patio lleno.
Tres noches mastico la cuenta. A la cuarta, hago lo que hacen las murallas.
Espero a que se vaya con la última luz —la mirada de despedida desde el alféizar, restaurada desde el milagro, ese volverse a cobrarme que ahora me cobra el doble— y cuando el cielo se la traga cierro los postigos de la ventana.
Echo la falleba. Me quedo mirando la madera como se mira a un enemigo al que respetas, y bajo a cenar al salón por primera vez en una estación, entre mis hombres, donde cenan los señores que no tienen nada en las torres.
No es castigo. Eso me lo repito con cada peldaño: no la castigo a ella, que ha salvado a mi clan y no ha hecho en su vida fiera otra cosa que darme; me amputo yo.
Es una retirada, la maniobra más vieja del oficio: cuando la posición no puede defenderse, se abandona la posición, se quema el puente y se salvan las tropas.
La posición es la ventana. El puente es la hora del parte, el cuenco, la percha, la liturgia entera de nosotros.
Las tropas soy yo, lo que queda de mí, eso que ella fue sacando a la luz tarde a tarde y que ahora está demasiado a la vista, demasiado blando, demasiado a tiro.
Que vuele. Que cace para el clan si quiere, que el clan la adore, que sea santa de día.
De noche, esta torre vuelve a ser piedra.
Viene a la tarde siguiente. La oigo llegar —ese golpe de alas en el alféizar que reconocería entre mil tormentas— y la oigo encontrarse la madera.
Un silencio. Un toque de pico en el postigo, seco, educado, casi cortés: ¿hola?
Otro silencio. Dos toques más, menos corteses.
Luego el rasguño de las garras probando la juntura, el aleteo de quien retrocede para mirar el conjunto, un planeo —la siento pasar, sombra sobre las rendijas— hasta la otra ventana, la del este, cerrada también, y la vuelta al alféizar de siempre.
Y el grito. Uno solo. Corto, agudo, con una nota al final que no le conocía, y que se me mete por debajo de la falleba y de la lección del salón y de veintisiete años de oficio, directa a donde no hay costra.
Estoy a dos pasos de los postigos, de pie, a oscuras, con la palma de la mano abierta contra la madera fría. Cuento respiraciones con la barriga, como me enseñó la cocinera. Voy por sesenta y tantas cuando la oigo marcharse.
El castillo lo nota en un día, porque el castillo lo nota todo.
Domhnall me cruza el patio con un saludo de reglamento y la cara de un crío al que le han dicho que la fiesta del santo se suspende sin decirle por qué.
La cocinera sube el primer día el platillo de lomo hasta la puerta de mi torre, como desafío o como embajada, y lo baja entero la mañana siguiente, frío, y a la tercera ya no lo sube.
El tributo del cielo sigue cayendo cada alba, puntual, generoso, intacto —ella no castiga al clan con mi falleba, y esa grandeza suya me hace más pequeño cada amanecer—, y el patio entero alza la cabeza para verla dirigir la noria de alas y después, sin disimulo ninguno, gira las cabezas hacia los postigos cerrados de la torre de su señor, y cuenta, y calla, y no le gusta.
Una me embosca al tercer día de postigos, en la escalera, sin tarros. Viene a pecho descubierto, que es como viene cuando viene en serio.
—Los del patio andan revueltos —dice—. La santa lleva tres albas trayendo el tributo del cielo y tres tardes dándose el pico contra la madera de vuestra torre, mi señor, y eso lo ha visto media guarnición, y a media guarnición no le gusta.
Dicen los viejos que rechazar lo que el cielo manda trae lo que trae.
—Hace una pausa de las suyas, larga, médica—.
¿A quién estáis castigando, mi señor? Porque a ella no le llega el castigo: le llega el portazo.
El castigo entero se queda de este lado de la falleba.
—No es un castigo, Una. Es una retirada.
—Ah, una retirada. —Asiente despacio, con los ojos de leche puestos en mí como dos lunas—.
Mi difunto decía que las retiradas también se pierden, mi señor.
Solo que más despacio y sin canciones. —Recoge sus faldas para seguir escalera abajo y suelta la puntilla sin volverse, como hace siempre, que esta mujer remata mejor que mi verdugo—: Los postigos paran flechas, eso es verdad.
También paran el calor. Y de las dos cosas, en esta torre, yo sé cuál ha matado siempre más gente.
Esa noche, la cuarta, vuelve al alféizar.
Ya no toca la madera. Se queda, sin más: la oigo acomodarse contra el postigo, del lado del viento, las plumas contra la rendija, montando en el frío de fuera la guardia que yo le he cerrado dentro.
Y entonces entiendo, demasiado tarde para que sirva de algo, el error de cálculo de toda la maniobra: yo he quemado el puente, pero el puente tenía dos orillas.
Esta criatura no negocia, no se ofende, no se retira.
Hace lo que hizo el primer día con la lanza y lo que hará el último con lo que sea: vuelve.
Y se queda. Contra los postigos, contra el invierno, contra mí.
El sueño no viene, claro que no viene; el sueño es suyo y está al otro lado, a un dedo de madera, a un invierno entero. Me quedo a este lado con la mano en la falleba, sin abrir, sin dormir, contando barrigas, defendiendo con todas mis fuerzas la única muralla mía que ya está tomada por dentro.