El halcón de Dargath (Los hijos de Morvenna 2) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

El hacha ya está en alto cuando cae del cielo la primera liebre.

Cae como caen las cosas imposibles: sin aviso y en mitad de todo.

Golpea la nieve del patio a un par de pasos de la res arrodillada, rebota una vez, queda tendida —parda, gorda, recién cazada, con la sangre del cuello todavía caliente humeando en el frío—, y el matarife se queda con el hacha arriba y la boca abierta, y los cuarenta que hemos venido a acompañar la sentencia del ganado de cría levantamos la cabeza a la vez.

Y el cielo está lleno.

No hay otra manera de decirlo y llevo desde entonces buscándola: el cielo está lleno.

Del desfiladero del norte viene una nube que no es nube, baja, ancha, viva, batiendo, y el aire de la mañana entera se llena de un rumor de alas que la piedra multiplica, y la nube se abre sobre Dargath como se abre una mano, y son halcones.

Docenas. Cientos. Halcones de paso y halcones de risco, esmerejones pequeños como puños y azores de bosque que jamás cazan en abierto, milanos, cernícalos, hasta las águilas pescadoras del lago grande que no se apartan de su agua ni en el deshielo, todos juntos, todos en un mismo cielo, en un orden que ningún cetrero ha visto desde que el mundo es mundo.

El primer instante es de guerra, porque mi gente solo conoce un cielo que se oscurece de golpe.

«¡A cubierto!», ruge alguien del muro, y media guarnición echa mano al arco antes de que el ojo entienda lo que mira, y yo mismo tengo el brazo a medio alzar para dar una orden que no sé cuál es.

La doy a tiempo, gracias a la Madre de quien sea: «¡ARCOS ABAJO!

¡NADIE TIRA!», con toda la voz que tengo, porque acabo de ver lo que vuela en cabeza de la nube.

Al frente, abriendo la mano entera, conociendo mi patio como se conoce lo propio, ella.

La moteada. Mi moteada, con su círculo amplio e insolente de pasar revista, y juro por la tumba de mi padre que el corazón me hace la cosa indigna más grande de su historia y esta vez no muevo un dedo por estrangularla.

Entonces empieza a llover comida.

Liebres. Perdices. Conejos de monte. Palomas torcaces de las que ya no quedaban.

Urogallos enteros, que un urogallo pesa lo que un cordero recién nacido y hay que ver caer uno del cielo para creerlo.

Truchas y lucios brillando al sol frío, soltados por las pescadoras sobre el empedrado como una red vaciada del revés.

Cae sobre el patio, sobre las almenas, delante del horno, en el carro del matarife, una lluvia mansa y ordenada de caza, cada ave bajando en su turno, soltando su pieza y remontando para dejar sitio a la siguiente, una noria de alas dando vueltas sobre Dargath, y el rumor de cientos de alas lo cubre todo menos los sonidos que hace la gente.

He mandado y visto maniobrar a tres ejércitos en mi vida, y ninguno se movió con este orden.

Nadie pelea por una pieza, nadie se adelanta a su turno, nadie riñe en el aire: cazan como si los gobernara una sola voluntad, y la voluntad lleva mis plumas moteadas y conoce mi patio mejor que mi propio capitán.

Porque la gente. Dios de mis padres, la gente.

El matarife suelta el hacha en la nieve y se persigna tres veces seguidas.

Dos mujeres de la cola del horno caen de rodillas donde están, y luego cinco, y luego no las cuento, y una voz de vieja empieza un rezo que se contagia por el patio en oleadas.

Domhnall grita desde la torre este, sin un asomo de disciplina, «¡ES ELLA!

¡ES LA MOTEADA! ¡VIENE AL FRENTE!», y nadie lo manda callar porque todos están gritando o rezando o riendo o las tres cosas.

La cocinera sale del horno enharinada hasta las cejas, mira el cielo, mira las perdices amontonándose en su puerta, se sienta en el escalón y se echa a llorar a gritos, con un urogallo en el regazo, meciéndolo como a un crío.

Y Torcall, mi capitán de hierro, diez años de guerras sin que se le mueva una ceja, se quita el casco.

Despacio. Como en los entierros y las coronaciones.

Y se queda con él contra el pecho, mirando arriba, moviendo los labios sin sonido.

Yo no me muevo. Estoy plantado en mitad de mi patio, bajo la noria de alas, con la nieve llenándose de comida alrededor de mis botas, haciendo la cuenta que nadie más puede hacer porque nadie más estuvo anoche en la torre: anoche le dije a esta criatura que no sabía qué hacer.

Le enseñé los mapas tachados. Le confesé que la muralla no da de comer, que a las piedras nadie las ayuda, que el cielo quedara vacío.

Y ella me escuchó enterita, se fue sin la mirada de despedida, y yo, imbécil entre los imbéciles, primer imbécil de Escocia por aclamación, la di por ida.

No se fue. Fue a por ayuda.

Dos amaneceres he vivido con el cielo vacío, y que quede dicho aquí lo que costaron, porque en el patio no se me notó: dos días de señor de piedra, impecable, firmando raciones y rondas con la espalda recta y un agujero dentro con forma exacta de percha.

Anoche guardé la tercera pluma y di la cosa por enterrada.

Estaba escribiendo su despedida en mi libro de pérdidas, donde mejor letra tengo, y mientras yo enterraba, ella estaba allá arriba, en los riscos de la Madre sabe dónde, haciendo lo que nadie en mi consejo, ni en mi clan, ni en mis veintisiete años de cuentas supo siquiera imaginar.

Fue a vaciar los cielos de seis valles, a juntar lo que no se junta, a levantar la única hueste que el Carnicero del Norte no ha ahuyentado nunca porque vuela por encima de las canciones, y la ha traído de vuelta en dos amaneceres y la ha puesto a cazar para mi clan.

Nadie ayuda a las piedras, dije. Y el cielo entero ha venido a ayudar a la piedra, porque se lo ha pedido un halcón con el que ceno cada noche.

Cruza el patio en un planeo bajo, por encima de las cabezas arrodilladas, y se posa en mi antebrazo desnudo, sin brazal, con un cuidado de cirujana para no clavarme las garras, delante de la guarnición entera, del clan entero, del invierno entero.

Y el patio se calla. Hasta el rezo se calla.

Cuarenta, sesenta, cien personas mirando al Laird Negro con un halcón en el brazo bajo un cielo de milagro, y sé exactamente lo que están viendo, porque llevo diez años administrando lo que ven: están viendo a su señor de otra manera.

No menos temible. Distinta. Están viendo que al Cuervo lo quiere algo del cielo, y eso, en la teología sencilla de un patio con hambre, cambia de bando a un hombre para siempre.

Debería decir algo de señor, algo de mando, aprovechar el momento como se aprovechan los momentos.

Y lo que me sale, ronco, bajito, solo para ella, es:

—Volviste.

Chasquea una vez. Obvio, dice el chasquido.

Cierra la boca, dice. Y me sostiene la mirada con el ámbar tranquilo de siempre, como si no hubiera traído el cielo entero colgando del ala, y algo me sube por dentro que no es el vuelco indigno, que es más grande y serio y mucho más peligroso, algo con raíces, y comprendo en mitad de mi patio nevado, con precisión de tasador, que estoy perdido.

Que esto ya no es un ave que me visita. Que tiene un nombre, lo que me pasa, un nombre que los hombres no pueden decir de un halcón sin que les ardan la lengua y el juicio, y que voy a pasarme las noches que me quedan sin decirlo y sabiéndolo.

El día se va en trabajar el milagro. Ordeno abrir el horno grande y las salazones, la cocinera deja de llorar y empieza a mandar como un general, el despensero cuenta piezas riendo y llorando a la vez sobre su tablilla —ciento doce piezas el primer día, ave, ciento doce—, y a media tarde doy la orden que me sube desde anoche como sube la savia:

—Indultad el ganado de cría. Todo. La sentencia queda revocada. —Y como Torcall me mira, añado lo que es justo añadir—: Dargath vuelve a tener año que viene. No lo he comprado yo.

La segunda orden sale sola detrás de la primera: carros a las aldeas, empezando por el valle alto, con la mitad de cada tributo del cielo, repartida por fuegos delante del cabecilla de cada una, para que nadie pueda contarse otro cuento.

Que el milagro llegue entero hasta la última cabaña, hasta el último crío.

Diez años he repartido en Dargath miedo medido por cabeza, con la misma báscula con que el despensero reparte el grano, y hoy reparto lo contrario por las mismas sendas, con los mismos carros, y descubro que la báscula no distingue: pesa igual el pan que el escarmiento.

Solo cambia lo que carga. Al de la lavandera lo veo esa misma tarde en la puerta de las cocinas con media perdiz asada en las dos manos y los carrillos a reventar, vigilado por su madre y por la cocinera a la vez, comiendo con esa seriedad total con que comen los críos que han pasado hambre, y me descubro mirándolo más rato del que un señor mira, y no me corrijo.

Al alba siguiente vuelven. Y al otro. Cada amanecer, la noria de alas sobre el patio, más corta o larga según el día, su diezmo de caza sobre la nieve, y ella al frente, siempre al frente, dirigiendo aquello con chasquidos y picados como dirige Torcall las rondas.

El clan ya le ha puesto nombre a la hora: la llaman el tributo del cielo, y he oído a la vieja del rezo decirle a los críos, que ya corretean otra vez entre las perdices, que el ave moteada del señor es cosa santa, y no la he desmentido, porque los señores no deben mentir y desmentirla sería mentir.

De noche, en la torre, ocupa su percha como si nada, harta de cielo, oliendo a viento y a plumaje ajeno, y se duerme antes que yo por primera vez desde que la conozco.

La miro dormir desde el sillón, este general pequeño que me ha ganado la única guerra que yo no sabía pelear, y el nombre que no se puede decir me da vueltas toda la noche, paciente, como dan vueltas los halcones.

No lo digo. Pero ya está dentro, y lo que está dentro de una muralla, eso lo sé yo mejor que nadie, tarde o temprano abre las puertas.