El halcón de Dargath (Los hijos de Morvenna 2) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Hoy he firmado la sentencia del ganado de cría, y mañana la mitad de Dargath me bendecirá por la carne y la otra mitad sabrá lo que significa.

Significa que el señor ha dejado de jugar al año que viene.

Que la apuesta entera va al invierno presente, a llegar vivos a marzo, y que en marzo, si llegamos, seremos un clan de pie, comido y arruinado, con los pastos llenos de nieve y los establos llenos de nada, esperando que los MacRath vengan a cobrar la puerta sin tranca.

He mandado matar el futuro para pagar el presente.

Es la decisión correcta, porque era la única, y ojalá quien escriba mi canción anote esa diferencia, aunque los bardos nunca anotan nada que rime mal.

La firmé al mediodía, en el salón, delante del consejo, porque las sentencias se firman donde se vean.

Torcall fue el único que habló, y habló como habla él, una sola vez y al hueso: «Es la decisión que yo no habría tenido estómago de tomar, mi señor.

Para eso os pagamos con la obediencia». El despensero lloró otra vez, sin ruido, sobre sus tablillas, y nadie se lo afeó, porque cada cual lleva los números como puede.

Firmar fue un trazo de carboncillo en una tablilla, tres palos torcidos que valen por mi nombre, el mismo gesto con que confirmo una compra de sal.

Tardé más de lo que tarda un señor en firmar, y los del consejo apartaron la vista mientras yo lo alargaba, que es la cortesía que se gastan los hombres duros: no mirar al otro hombre duro en el único momento en que no lo es.

Después subí a la torre, cerré la puerta, y me quedé un rato con la espalda contra la madera, a oscuras, haciendo una cosa que no hacía desde los nueve años: contar respiraciones para que el pecho se acompase.

A los nueve me enseñó la cocinera, con las manos en la masa: «cuenta diez con la barriga, pequeño, que el miedo no sabe contar y se aburre».

Veinticuatro años después, el laird de Dargath cuenta barrigas a oscuras contra una puerta.

Si el Usurpador levantara la cabeza, qué decepción tan grande.

Ella está en la percha cuando enciendo las velas.

Ha venido cada tarde de esta agonía, puntual como las malas noticias, y come una tira de dos y me deja la otra con esa tozudez de acreedora que ya ni discuto.

Hoy ni eso: el cuenco está intacto y ella muy quieta, las plumas apretadas, siguiéndome por la alcoba con el ámbar grave, y pienso, no por primera vez, que esta criatura entiende el invierno mejor que mi consejo entero.

Me siento. No en el sillón: en el suelo, contra el arcón, donde no me siento desde niño, porque esta noche las alturas de los hombres me quedan grandes. El fuego está bajo y no lo cebo. Y le hablo, porque es lo último que me queda que no esté contado, medido y tachado.

—Se acabaron las ideas, ave. —Así, sin preámbulo, que entre nosotros los preámbulos murieron en la tina—.

Te lo digo a ti porque eres la única alma de este castillo a la que puedo decírselo sin que mañana cunda el pánico, y porque si no lo digo en voz alta una vez, una sola, va a terminar de pudrirme por dentro: no sé qué hacer.

—Las palabras salen y el mundo no se cae, lo cual ya es información—.

No-sé-qué-hacer. Llevo diez años sabiendo siempre qué hacer.

Es mi oficio entero, ¿comprendes? Saber.

Cuando los demás dudan, el señor sabe; para eso se le teme, para eso se le obedece, para eso sirve.

He sabido qué hacer con guerras, con traidores, con sequías, con Glenmore, con los MacRath, con mi propia alma negra.

Y ahora viene un invierno, un simple invierno, agua helada cayendo del cielo, y me desarma como no me desarmó el acero en diez años.

El ave baja de la percha a la mesa de los mapas. Camina sobre mis tierras de pergamino con sus garras pequeñas, mirando las tablillas, las marcas, los caminos tachados, con una atención que en cualquier otra criatura llamaría lectura.

—El grano de Glenmore es veneno con cáscara —le explico, porque a estas alturas le explico mis ruinas como otros explican sus huertos—.

El vado del este en prenda es la guerra de mis hijos, si los tuviera.

Mendigarle al sur es enseñarle el cuello a media Escocia: el día que se sepa que el Cuervo pide, las dagas salen solas.

Y el ganado ya está sentenciado desde hoy, así que el año que viene ya está hipotecado.

¿Sabes lo que descubre un hombre como yo una noche como esta?

—Echo la cabeza atrás, contra el arcón, y se lo digo al techo de vigas—: Que construí exactamente el señor que necesitaba para sobrevivir, y exactamente el que no sirve para esto.

Hice de Dargath una piedra a la que nadie ataca.

Y a las piedras, ave, nadie las ayuda. Nadie le presta grano al Carnicero.

Nadie casa su cosecha con el Laird Negro.

El miedo me compró diez años de paz y me los cobra todos juntos este invierno.

La muralla era yo. Y la muralla no da de comer.

—Y hay otra cuenta que no está en las tablillas, porque esa la llevo yo solo.

—Bajo la voz sin querer, que hay cosas que ni a un ave se le dicen alto—.

Sé lo que les hace el hambre a los clanes.

Lo he visto. El invierno de mis once años hubo hambre en la casa del Usurpador, y vi lo que el hambre hace antes de matar: primero se come la vergüenza, después la lealtad, después al vecino.

Vi a buena gente delatar por media hogaza.

Vi madres eligiendo. Esa es la guerra que no sé pelear, ave, la que empieza dentro de mi propia muralla cuando los pucheros lleven vacíos una luna: no me da miedo que Dargath muera de hambre.

Me da miedo en qué se convierta para no morir.

Silencio. La nieve de siempre en la ventana de siempre. Y de pronto, un ruido nuevo: las garras dejando los mapas.

El ave cruza la alcoba en dos aletazos y se planta en el alféizar.

Y yo me incorporo a medias, porque esto no es su liturgia.

No es la hora. No ha habido parte, ni guardia, ni la mirada larga de despedida que esta criatura ceremoniosa no se ha saltado ni una sola noche desde el día que la solté: ese volverse desde el borde del cielo a cobrarme la última mirada, como quien apunta la deuda en su libro.

Hoy no hay libro. Hoy se detiene apenas un latido en la piedra fría, de espaldas a mí, las plumas apretadas contra el viento.

—¿Ave?

Y se va. Sin volverse. Se deja caer a la noche cerrada, un golpe de alas, dos, y la oscuridad del norte se la traga tan rápido y tan entera que durante un instante dudo de que estuviera aquí.

Me quedo mirando el cuadrado negro de la ventana con una estupidez nueva en el cuerpo, una que no sé dónde ponerme porque no la había estrenado: la del hombre al que dejan.

He despachado ejércitos, embajadas y mujeres con dote, he visto irse de mis tierras a todo el que quiso irse y a varios que no querían, y jamás, ni una vez, se me había quedado esta cosa hueca aquí, debajo de donde se cuenta con la barriga.

—Claro —le digo a la ventana, y la voz me sale con una calma que no me creo ni yo—.

Claro que sí. Es ley vieja, la más vieja: los animales se van de donde no hay comida.

No se les reprocha. Es su sabiduría entera, irse a tiempo, y por eso sobreviven a los inviernos que matan a los hombres, porque los hombres se quedan por cosas que no se comen.

—Recojo el cuenco intacto, las dos tiras finas, el peso ridículo de mi última despensa—.

Hasta el ave me abandona. A buenas horas aprende juicio.

La ley vieja me dura hasta que apago las velas.

A oscuras las leyes pesan menos que las horas, y las horas de esta noche vienen cargadas: ahí está la viga vacía, el respaldo vacío, el poste vacío, la percha sin anilla hecha encargar por un imbécil que creyó que la diferencia entre quedarse y estar atado bastaba para que algo se quedara.

El sueño no viene, naturalmente. El sueño era de ella, estaba en su lado de la guardia, y se lo ha llevado al norte con todo lo demás.

Hacia la hora del lobo me levanto, descalzo sobre la piedra helada, y hago una ronda absurda por mi propia alcoba: toco la percha, el travesaño de cuero gastado por unas garras que ya no volverán a gastarlo; recojo del suelo, junto al arcón, una pluma pequeña del pecho, de las que suelta al acicalarse, y la guardo en la bolsa del cinto con las otras dos, que ya van tres, que ya es colección, que ya es de hombre acabado.

Después me asomo a la ventana abierta al frío negro y me obligo a decirlo otra vez, despacio, a ver si repetido se vuelve verdad:

—Es un ave. Las aves se van de donde no hay comida.

No se vuelve verdad. Se vuelve de día, que no es lo mismo.

Amanece gris y vacío. Me lavo, me visto, me cuelgo el cuchillo de mi padre y bajo al patio a hacer lo único que sé hacer cuando no sé qué hacer: estar delante.

Hoy se sacrifica la primera res de cría y el señor estará presente, sin capa, dejando que la nieve le blanquee los hombros, porque las sentencias se acompañan hasta el final, todas, también las que uno se firma a sí mismo.

En la escalera me cruzo con Una, que sube sus tarros y me lee la cara con un solo vistazo de esos ojos de leche, como me la lleva leyendo desde que medía cuatro palmos.

No pregunta por el ave. Esa es la medida de lo que sabe: que no pregunta.

Me deja pasar, y solo cuando ya la he dejado atrás suelta, peldaños abajo, a nadie, a todos: «Las criaturas listas vuelven, mi señor.

Y la suya es la más lista que ha entrado nunca por esa ventana».

No me vuelvo. Los señores no se vuelven en las escaleras, y menos cuando los están salvando.

Cruzo el patio bajo un cielo bajo, cerrado, mudo, sin un ala de punta a punta, y me prohíbo mirarlo dos veces.

La res de cría espera atada al poste, vaheando en el frío, ajena a la cuenta que la condena, y los hombres me esperan a mí, que para eso vine: para que la primera la vean caer delante del señor y no a escondidas, como se esconde la vergüenza.

Me planto donde se planta uno. La nieve me busca los hombros. No me muevo de ahí hasta que termina.

Que el cielo quede vacío. Yo aprendí a vivir de la piedra.