El halcón de Dargath (Los hijos de Morvenna 2) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

El hambre se ve desde el cielo antes que desde el suelo. Eso no lo sabe nadie que no tenga alas.

Se ve en los humos. Las chimeneas de Dargath siguen encendidas, la turba no falta, y sin embargo los humos han cambiado: salen flacos, cortos, humos de olla con más agua que sustancia, humos que se apagan pronto porque no hay nada que tener al fuego toda la tarde.

Se ve en los corrales, medio vacíos, con la nieve intacta donde antes la pisaban las reses.

Se ve en la cola del almacén común, que la última luna era de seis personas y hoy da la vuelta al horno, quieta y ordenada y silenciosa, porque el hambre de los primeros días grita y el de las semanas calla.

Y se ve en los niños, que ya no corretean el patio: el frío gasta, y lo que se come ya no repone lo que el frío gasta, y las madres lo saben y los guardan dentro.

Hasta los perros lo dicen. Los perros de Dargath, que en otoño me ladraban por deporte cada vez que cruzaba bajo, ya no gastan ladrido en pájaros: están echados en los portales, el hocico entre las patas, administrándose.

Cuando los perros de un castillo aprenden a administrarse, el castillo va sabiendo lo que viene.

Doy dos vueltas al castillo antes de bajar, contra toda mi costumbre, porque desde arriba todavía puedo mirar esto como se mira un mapa, y en cuanto baje será gente.

El crío de la lavandera, el que se le escapó a su madre en plena ronda aquel otoño y acabó en brazos del laird para escándalo de los dos, ya no corretea.

Lo veo en el patio, pegado al muro de las cocinas, esperando a su madre, y el invierno le ha comido los mofletes que tenía: la ropa le baila donde antes le apretaba.

Los críos que no corretean son la peor señal que existe, peor que las colas y que los humos, porque los críos corretean hasta debajo del granizo, hasta en los entierros, hasta en la guerra. Solo el hambre los para.

Hoy he traído tributo, además, y por primera vez el tributo no es un juego: una liebre de mis colinas, gorda de los brezales del sur, cazada al alba en territorio Kyntire donde la caza sobra.

La dejo en la mesa de los mapas con mi ceremonia de siempre, y él la mira un rato largo, y no hay sermón, ni inclinación de señor a señor, ni libro inexistente de la casa.

Hay otra cosa: la recoge, la sopesa con una seriedad que me encoge algo por dentro, y llama al mozo de la escalera.

—A las cocinas. Que la vieja Una diga qué enfermo la necesita más. —Y a mí, después, ronco—: Queda apuntada. Esta vale por diez ratas, ave, y la casa lo sabe.

Una liebre. Una liebre para un clan. Es como echarle una gota a un pozo seco, y los dos lo sabemos, y los dos hacemos como que no. Pero algo me roe desde ese momento, una idea sin forma todavía, un picor debajo de las plumas: yo sola soy una gota. Yo sola.

Sigo a mi liebre. No puedo evitarlo: salgo por la ventana, bajo en dos círculos y me poso en el alféizar alto de las cocinas, donde el vaho de la olla sube tibio y huele a poco.

Y veo lo que se hace con una gota en un pozo seco.

Una recibe la liebre del mozo, la sopesa igual que la sopesó él, y no la reparte: la gobierna.

La despelleja entera, aparta el hígado y los riñones —«para la Maire, que ha parido en mala luna y se desangra por dentro», le dice a la moza—, echa la carne al caldo común con dos puñados de cebada de su reserva escondida, y los huesos, hasta los más pequeños, los machaca y los vuelve a hervir, porque «de un hueso bien roto sale otro día».

Una liebre se convierte, en las manos de esa vieja, en treinta escudillas de algo caliente y en una madre parida que quizá vea la primavera.

Y al final, raspando el fondo, le tiende al crío de la lavandera —que ha entrado a esperar a la suya, callado, sin corretear— una corteza mojada en la grasa de arriba, la mejor parte, y le revuelve el pelo, y el crío se la come despacio, mirándola, como se come lo que se sabe que es escaso.

Desde mi alféizar lo veo todo, y el picor de debajo de las plumas se me vuelve casi dolor.

Porque esa es la cuenta de verdad, la que no está en las tablillas de la torre: una liebre mía, robada al sur, ha alcanzado para hoy.

Para hoy. Mañana el caldo vuelve a ser agua, y la Maire vuelve a desangrarse, y el crío vuelve al muro a no corretear.

Yo sola soy una gota. Y este castillo, que las canciones llaman guarida de un monstruo, se reparte hasta los huesos rotos con una decencia que no he visto en ninguna mesa rica del sur.

A la vieja Una la oigo esa misma tarde, en la escalera, librando su propia guerra de invierno.

—...y me da igual lo que ordene mi señor, le digo yo a mi señor —su voz sube los peldaños delante de sus pasos—, que llevo tres días viéndoos repartir vuestra escudilla entre los mozos del muro y a mí no me gobierna un hombre transparente.

Cenáis lo que un mozo de cuadra y trabajáis lo que seis bueyes.

¿Sabéis qué pasa cuando la muralla no come, mi señor, ya que tanto os gusta llamaros muralla? Que se cae. Y debajo estamos todos.

—¿Has terminado, Una?

—No. Comed. Ahora he terminado.

El platillo de la cocinera no está en mi alféizar.

Es la primera vez desde la rata. En su lugar, cuando entro en la torre, encuentro mi cuenco de siempre con dos tiras de venado, dos, cortadas más finas que nunca, y al hombre de la torre de pie junto a la mesa de los mapas, que ya no es la mesa de cenar porque hace días que en esta alcoba no se cena: se cuenta.

—Llegas tarde —dice, sin volverse—. Te has perdido al despensero llorando. Un hombre de cincuenta años, ave, llorando sobre una tablilla porque los números no le salen, y los números no le salen porque no hay números. No se puede repartir lo que no hay, por mucho que se afine el cuchillo.

No toco el venado. Él lo nota, claro que lo nota, este hombre que lleva una luna contando mis bocados, y algo se le endurece en la cara.

—Come.

No como. He cenado en casa, guiso espeso de la olla de mi madre, y esas dos tiras finas equivalen a algo aquí: a media escudilla de alguien, a un día más de un viejo, a un llanto menos de un crío.

No pienso comérmelas. Las empujo con el pico hacia el borde de la mesa, hacia él, y le sostengo la mirada con todo el ámbar que tengo.

—No me hagas esto. —La voz le sale baja y peligrosa, la del salón de los juicios—.

Tú no. Los hombres me devuelven la ración entera, ¿lo sabías?

Llevan tres días devolviéndomela, los muy cabezones, «para los críos, mi señor», como si yo no supiera que un guardia que no come es una muralla que se cae.

He tenido que ordenarles comer. Ordenárselo.

No me obligues a ordenártelo a ti también, porque contigo no me funciona ni el miedo, y es lo único que me queda en la despensa.

Los hombres devuelven la ración. El señor cena lo que un mozo, dice Una. Y todos se mienten los unos a los otros por amor, en este castillo de gente dura, y a esto lo llaman las canciones la guarida del Carnicero.

Como una tira. Una. La otra la dejo, y el pacto queda sellado en la lengua de los tercos, que es la oficial de esta torre.

Después miro los mapas, porque están a la vista y porque mirar es lo mío.

La mesa entera es Dargath en tablillas y pergaminos: las aldeas con sus fuegos contados, columnas de marcas que se acortan, el grano por semanas, y tres caminos dibujados con carboncillo hacia tres salidas que hasta yo, que no sé leer letras, sé leer que están tachadas.

Torcall entra al anochecer con la última cuenta y se quedan los dos sobre la mesa, dos hombres grandes hablando bajo, y yo en mi percha oigo lo que el clan no oirá nunca.

—Glenmore vende —dice Torcall—. Lo he confirmado por el tratante.

Grano viejo, mitad mojado, a tres veces su precio.

Y quiere el pago en algo mejor que plata: quiere el vado del este «en prenda».

—Escupe la palabra—. La prenda de Glenmore.

Ya sabéis cómo devuelven las prendas: con los intereses clavados en una pica.

—¿Los MacRath?

—Los MacRath no venden. Los MacRath esperan.

Se han enterado de nuestras raciones antes que nuestras aldeas, mi señor, que eso también dice algo de nuestras tabernas, y si compran caballos en otoño y callan en invierno, es que tienen primavera en la cabeza.

Un clan con hambre en marzo es una puerta sin tranca.

—¿Y el ganado de cría?

El silencio que hace Torcall es de los que pesan.

—Si lo matamos, comemos seis semanas más este invierno —dice al fin— y mendigamos los diez próximos. Es comerse la simiente, mi señor. Vos mismo se lo dijisteis al del almacén: robar simiente es robar el pan de todos dentro de un año.

—Ya sé lo que dije. —Ciaran se inclina sobre el mapa, los puños a los lados, los hombros enormes vencidos como solo se los he visto una vez, contra una puerta cerrada, hace una vida—.

Lo que no sé es qué les digo dentro de un mes a los que tengan hambre hoy.

Que aguanten por el año que viene. Los muertos no llegan al año que viene, Torcall. Tú lo dijiste: los muertos no comen.

Esa noche no hay parte, ni talla, ni censo de mis defectos.

Trabaja hasta que las velas se rinden, pasando cuentas que ya se sabe, buscándole una cuarta cara a una moneda de tres, y por primera vez desde la tina, desde la rata, desde el principio de nosotros, no me habla.

No es desprecio. Es peor: es un hombre tan dentro del pozo que ya no le llega la voz al borde.

A medianoche se queda dormido sobre los mapas, sentado, con la mejilla en una tablilla de números, y ni siquiera así descansa: el ceño sigue armado, trabajando, soñando grano.

Bajo de la percha sin ruido. Me poso en la mesa, entre los pergaminos, a un palmo de su cara dormida, y miro de cerca lo que el clan no ve: el gris nuevo en la barba descuidada, los huesos del pómulo más a la vista, las ojeras de tres inviernos juntándose en uno.

Este hombre se está gastando como se gastan los humos flacos, a fuego de no llegar, y no hay emboscada que yo pueda gritarle desde la niebla, ni traidor que señalar, ni lanza que esquivar.

El enemigo de ahora no tiene cara ni cuello.

Y por primera vez desde que cruzo el desfiladero, mi humano tiene un peligro encima y yo no sé por dónde se le entra.

Vuelo a casa con la luna ya vieja y el picor debajo de las plumas creciendo a cada legua.

Una liebre es una gota, sí. Pero las gotas no son lo único que conoce el cielo: conoce las bandadas.

He visto a los gansos oscurecer el lago grande en otoño, miles de alas obedeciendo a un solo viento; he visto a los estorninos hacer figuras que tapan el sol; he visto, en los riscos de mi infancia, a los halcones de seis valles juntarse en los pasos cuando la presa corre.

El cielo sabe juntarse. Lo que no sé es si sabría juntarse por mí.

Todavía.