CAPÍTULO 16
Padre no pregunta. Padre cruza el brezal, me abre el abrigo de pastor y me mete dentro como cuando tenía seis años y me caía de los árboles que aún no sabía que eran míos, y se queda sosteniéndome el temblor sin decir nada, que es la primera lengua que aprendió este hombre y la que mejor habla.
—¿Te ha hecho daño? —dice al fin, sobre mi coronilla.
—No.
—¿Te ha hecho daño alguien?
—Sí. Hace veintisiete años. —Me aparto lo justo para mirarlo, y debo de tener la cara hecha un estrago, porque a mi padre se le afloja algo en la suya—.
A él, padre. Se lo hicieron a él, y yo acabo de enterarme de cuánto, y el halcón no llora, ¿sabes?
No tenemos con qué. Lo he traído todo aquí dentro desde el desfiladero.
Caminamos hacia casa dando el rodeo largo, el del lago, que es el camino que esta familia usa para las conversaciones que no caben en línea recta.
Le cuento lo que se puede contar sin romper lo que se me confió: el perro ciego, la elección a los seis años, el nombre susurrado sobre el pan.
No le cuento el caballo de madera. Hay cosas que se quedan en la palma de una mano abierta a media luz, y enseñarlas sería volver a quemarles la pata.
Padre escucha entero, con la vista en el hielo de la orilla, y cuando termino camina cien pasos más antes de hablar.
—Te voy a decir una cosa de viejo y me la vas a escuchar entera, aunque no te guste.
—Se detiene—. Compadecer a un hombre peligroso puede ser tan arriesgado como odiarlo, Bríde.
Más. El odio te mantiene los ojos abiertos.
La lástima te los cierra, y te los cierra justo del lado por donde el peligro entra.
He visto hombres buenos morir por darle la mano al lobo cojo, convencidos de que la cojera era el lobo entero.
—No lo compadezco.
—Hija...
—Escúchame tú ahora a mí, entera. —Me planto delante, y el viento del lago me echa el pelo a la cara y lo aparto de un manotazo—.
La lástima mira hacia abajo, padre. Yo no he mirado hacia abajo a ese hombre ni un solo día: la mitad del tiempo lo miro desde una viga, y la otra mitad, de frente.
No me da pena. Me da rabia lo que le hicieron, que es otra cosa, y me da asombro lo que hizo con ello, y me da...
—busco la palabra como se busca el viento bueno, por capas— ...
me da hambre de entenderlo. Quiero saber cómo un crío al que enseñaron a golpes que la bondad mata acaba abriendo ventanas.
Eso no es lástima. La lástima no madruga lo que yo madrugo.
Mi padre me estudia un rato largo con esos ojos que han capeado cuarenta años de tormenta con trenzas, y al final mueve la cabeza, despacio, no sé si asintiendo o rindiéndose, que en los padres se parecen.
—Entenderlo —repite—. Ya. ¿Y cuando lo entiendas del todo, Bríde? ¿Qué piensas hacer con un hombre entendido? Porque te aviso de algo que tu madre me enseñó a mí a base de años: entender del todo a alguien y quererlo son la misma puerta. Solo cambia el lado por el que la cruzas.
—Pues si llego a esa puerta —respondo, más brava de lo que me siento—, ya decidiré entonces qué lado es cuál.
—Eso decimos todos en el umbral. —Mi padre reanuda el paso, las manos a la espalda, y deja para el final, como deja siempre lo importante, la última piedra—: La condición tercera sigue en mi manga, hija. Por hoy. Camina, que tu madre nos huele el lago desde la cocina.
No le contesto. El lago tampoco ayuda.
La cena de esa noche se me atraganta de pura abundancia.
La mesa de mi madre es la de siempre, que es la de un clan al que la Madre bendice: el guiso espeso de cordero, el pan tierno de la segunda hornada, la mantequilla de la mantequera implacable, los quesos de Aila, la cerveza de invierno.
Comida de sobra, comida segura, comida que nadie ha contado por cabeza y por fuego.
Y yo, entre cucharada y cucharada, veo el cuenco de venado con la mitad de tiras, los cazadores con las manos vacías, las reses de la lengua podrida, y a un despensero pregonando raciones bajo la nieve, y el guiso me sabe a culpa de una manera que no le sabe a nadie más en esta mesa.
—¿No comes? —dispara madre, que registra mis cucharadas desde el otro lado de la mesa como registra todo.
—Como, madre.
—Comes como los enamorados o como los enfermos, y para ninguna de las dos cosas hay edad mejor que la tuya.
—Me rellena el cuenco sin pedir permiso—.
Termina. En esta casa, gracias a Dios y a mi despensa, sobra; y lo que aquí sobra no le quita el hambre a nadie en ninguna parte, por mucho que tú pongas esa cara de estar comiéndote el pan de otro.
Y ahí me quedo helada con la cuchara en el aire, porque mi madre acaba de describir, sin saber nada, exactamente lo que me pasa. Esta mujer da miedo.
Esa noche, recogiendo la mesa, el contraste me sigue trabajando por dentro como trabaja el agua a la piedra.
Cuento sin querer lo que esta casa no cuenta: el pan que sobra de la segunda hornada y mañana será para las gallinas, el fondo del guiso que se queda en la olla, los quesos de Aila apilados en la despensa de tres en tres, las nasas que dan más trucha de la que comemos.
Abundancia honrada, ganada a brazo, y aun así, por primera vez en mi vida, me parece estar viendo dos platillos de una balanza que nadie más ve: en uno, esta despensa; en el otro, un despensero pregonando raciones bajo la nieve.
La Madre reparte los inviernos como reparte las alas, sin consultar.
Y yo soy la única criatura viva que come en las dos mesas.
Oisín me intercepta en el corral cuando saco las sobras a las gallinas, con su cara de feriante puesta del revés, que es como se le pone cuando va en serio.
—Aviso de hermano, gratis, el segundo del invierno.
—Echa un vistazo a la puerta de la cocina y baja la voz—.
Madre le ha preguntado a padre, así, como quien no quiere, a qué hora sales tú a las nasas.
Y esta tarde ha estado engrasando las botas de monte.
Las de pisar callado. —Me sostiene la mirada—.
Tú sabrás lo que haces con la información, hermanita.
Yo solo digo que las palomas, llegado este punto, cambiarían de palomar una temporada.
El intento llega al alba siguiente, y gracias a Oisín no me caza dormida.
Salgo de casa con la primera luz y el morral del teatro, camino del roble del vestido, y llevo andada media legua cuando el cuello se me eriza solo, ese aviso viejo que las criaturas del aire tenemos repartido por la piel.
Me agacho a recomponer una abarca que no lo necesita y barro la ladera con el rabillo del ojo.
Nada. Sigo. Cien pasos después, un urogallo estalla del brezo a mi izquierda, demasiado lejos de mí para ser cosa mía, y demasiado cerca del sendero de atrás para ser cosa de nadie...
salvo de alguien que viene por el sendero de atrás pisando como pisan los que saben pisar.
Madre. Tenía que ser madre. Oisín pisa como un buey y padre no me seguiría: me lo prohibió a sí mismo en un establo.
No vuelvo la cabeza. Cambio de plan con la sangre fría que esta familia me ha entrenado a base de cenas: dejo atrás el roble del vestido sin dedicarle ni una mirada, tuerzo hacia el arroyo de las truchas, y le regalo a mi perseguidora media mañana de hija ejemplar.
Compruebo las nasas, las vacío, recoloco dos piedras del paso, recojo berros de la orilla con una paciencia de santa, y hasta canturreo, que esa es la puntilla.
El frío hace el resto: a media mañana, el brezal de atrás suelta un estornudo diminuto, furioso, instantáneamente sofocado, y tengo que hundir la cara en los berros para que no se me vea la sonrisa desde el sendero.
Vuelvo a casa con las truchas y los berros, beso a mi madre en la mejilla helada —helada de brezal, no de corral, y las dos sabemos que lo sé y ninguna lo dice—, y le pongo delante la cesta con una inocencia tan redonda que casi me la creo yo.
Madre mira las truchas. Mira los berros.
Me mira a mí. «Buena mañana», concede, con la voz de quien apunta una partida más en un libro muy largo, y las dos volvemos a nuestras tareas como dos jugadoras que recogen los naipes sin enseñarlos.
Espero dos días enteros de hija intachable antes de volver a intentarlo.
La segunda vez salgo de noche cerrada, sin morral, sin teatro y sin huella: descalza hasta el arroyo para no marcar la escarcha, con las abarcas colgadas del cuello y los pies hechos dos piedras de frío que no me permito sentir.
Cruzo el agua aguas arriba como las truchas que le regalé a mi madre, salto de roca en roca el tramo del salto, que ni los perros sacan rastro del granito mojado, y me visto del aire detrás de las peñas grandes, donde el rugido del agua se traga hasta el sonido del cambio.
Cuando el alba despunta ya estoy a cuatro leguas, alta y libre, con el mundo ordenado allá abajo y el orgullo del oficio calentándome más que el sol.
Y allá abajo, en el sendero del roble del vestido, pequeña como una figura de juego, está mi madre.
Plantada en mitad del brezal escarchado, las manos en jarras, mirando el camino vacío por donde su hija no ha pasado.
No ha encontrado nada. Ha encontrado que no hay nada que encontrar, que tratándose de mi madre es infinitamente peor: a la gente normal, el vacío la tranquiliza; a Morvenna Kyntire le confirma el tamaño de lo que le esconden.
Y aun desde esta altura, donde la gente es figura y el dolor no debería verse, le veo en los hombros una cosa que me cala más que el viento: no es rabia de cazadora burlada.
Es la quietud de la madre que acaba de medir, en un camino vacío, cuánto de su hija ya no le pertenece.
Pongo rumbo norte, cuarta al oeste, con el corazón repartido en dos mitades que ya no sé juntar: una vuela hacia un hombre que guarda caballos quemados en arcones, y la otra se queda mirando, desde demasiado arriba, a una madre cada vez más sola en mitad de un brezal, rodeada de un secreto que crece.
El cerco se estrecha por las dos orillas. Y yo, en medio, cada día vuelo más alto para que no se me note que ya no sé de qué lado caer.