CAPÍTULO 15
El invierno ha entrado en Dargath como entran los acreedores: sin llamar y contándolo todo.
El parte de esta tarde es el más corto y el más pesado que le he oído.
Los cazadores del castillo han vuelto del tercer ojeo con las manos vacías: la nieve temprana ha empujado al venado a los valles bajos, fuera de sus tierras, y lo poco que queda en los bosques propios está flaco y arisco.
En los establos del oeste han sacrificado dos reses más, enfermas de algo que la vieja Una no reconoce y que pudre la lengua, y por precaución han apartado a otras cinco.
Las raciones medidas que el despensero pregonó tras lo de Beathan llevan camino de medirse otra vez, más cortas.
El agujero de grano que dejó el traidor no se ve en un día; se ve en marzo, dicen los viejos del valle, que han contado más inviernos que nadie y saben que el hambre no llega de golpe, llega restando.
Y todo esto me lo cuenta con la voz de inventario, sin queja, porque quejarse es para los hombres que tienen a quién.
—Si el invierno es corto, llegamos —concluye, mirando el fuego—. Si es largo, en primavera me sobrarán enemigos y me faltará gente. —Y añade, bajo, como quien escupe una espina—: Mi padre decía que un señor se mide en los inviernos. Los veranos los gobierna cualquiera.
Es la segunda vez esta tarde que nombra a su padre. La primera fue al pasarme el cuenco —«mi padre no consentía que un animal de la casa comiera después que los hombres»— y se le quedó la frase a medio camino, como sorprendida de haber salido.
Yo estoy en la percha nueva, que merece su párrafo: roble recio junto al fuego, el travesaño forrado de cuero viejo, suave de años, y ni una anilla, ni una argolla, ni un solo lugar donde atar nada, y juro que la primera tarde la revisé entera buscándoselo, porque eso hace una criatura del aire ante un mueble hecho para ella.
No lo tiene. Es un sitio donde quedarse, no un sitio donde sujetar, y cuando me posé en él por primera vez, el hombre que la mandó hacer fingió tan mal que no miraba que tuve que fingir yo que no lo veía fingir.
Esta noche no duerme. Lo sé por el ritmo de la talla: cuando el sueño se le acerca, el cuchillo se le vuelve lento y los cortes largos; cuando algo lo ronda por dentro, los cortes se acortan, secos, y las virutas saltan con rabia pequeña.
Esta noche las virutas saltan. La nieve teje en la ventana, el castillo duerme entero menos su señor y su halcón, y al cabo de un silencio muy largo, el cuchillo de su padre se detiene sobre la madera y Ciaran Dargath empieza a hablar sin que yo haya hecho nada, o quizá porque llevo una luna entera haciendo lo único que hace falta: estar.
—Tenían un perro —dice.
Así empieza. No por las lanzas, no por el vado, no por nada de lo que cuentan los tratantes en las cañadas. Por un perro.
—Un mastín viejo, ciego de un ojo, que dormía en el salón porque mi madre lo consentía.
Bran. Ladró antes que los centinelas, ¿sabes?
El perro ciego oyó lo que no oyeron los hombres del muro.
Eso es lo primero que recuerdo de aquella noche: Bran ladrando, y mi madre levantándose de la silla con la labor todavía en la mano, y la labor cayendo.
—El cuchillo reposa en su rodilla. Los ojos grises están en el fuego, lejos—.
Yo tenía seis años y los recuerdos de los seis años son así: la labor en el suelo.
Las botas, muchas, mojadas, sonando en mi casa donde las botas mojadas no entraban.
El frío de la piedra en la mejilla, porque mi madre me había metido bajo el arcón del rincón y desde allí el suelo se ve muy grande.
Las manos de mi padre, que eran las manos más grandes del mundo, quietas de una manera en que las manos no se quedan quietas.
No se me mueve una pluma. Si respiro, que no se note. Si la Madre me quiere, que detenga el viento.
—Al Usurpador no le vi la cara esa noche.
Le vi las botas, primero, plantadas delante del arcón.
Luego la mano, entrando a buscarme. Y te diré una cosa que no sabe nadie vivo: no me sacó a rastras.
Me sacó con cuidado, como se saca un cachorro de debajo de una cama, y me sostuvo en alto, y me estuvo mirando un rato largo mientras yo no lloraba.
No lloraba porque mi madre me había dicho «calla y no salgas», y de las dos cosas ya solo podía cumplir una, así que la cumplí con todo lo que tenía.
Él lo tomó por temple. «Este vale», dijo, a la sala, al hierro, a mis padres en el suelo.
«Muchacho: puedes irte con ellos o quedarte conmigo.
Elige.» —Una pausa que dura tres latidos míos, que son rápidos—.
Seis años, ave. A los seis años no eliges vivir.
Eliges no soltarte de lo único que te sostiene, y lo único que me sostenía aquella noche era la orden de mi madre: calla y no salgas.
Callé. No salí. De aquella casa no he salido todavía, si quieres que te diga la verdad entera.
El fuego cruje. Yo aprendo lo que es odiar con todo el cuerpo a un hombre que lleva diez años muerto.
—Lo demás te lo puedes figurar, y lo que no, mejor.
Veinte años son muchos días y casi todos se parecen.
Aprendí lo que enseñaba: que la puerta se cierra por dentro, que el que llora pierde, que la lealtad se finge mejor con los hombros que con la boca.
Hubo manos buenas, no creas: la cocinera vieja, que me decía el nombre de mi padre en un susurro cuando amasaba, para que no se me olvidara de quién era hijo, y me lo estuvo diciendo veinte años, un nombre por hogaza.
Una, que me cosió lo que hubo que coser sin preguntar nunca de dónde venía.
Bran, que vivió tres años más y dormía conmigo en la halconera cuando me tocaba limpiarla.
—La comisura se le mueve, ni sombra de la risa de la rata—.
Un crío, un perro ciego y las rapaces encapuchadas. Esa fue mi corte, ave. Mi primer clan.
Y por eso no soporta una capucha. Y por eso la percha no tiene anilla. Todo estaba escrito y yo aprendiendo a leer ahora.
—¿La noche del final? —Se encoge de hombros, y es el gesto más pesado que le he visto hacer—.
Esa la cantan mejor los bardos que yo. Solo te corrijo una cosa que cantan mal: dicen que entré en su alcoba ardiendo de venganza.
No ardía nada. Llevaba veinte años esperando sentir algo aquella noche, lo que fuera, rabia, miedo, gloria, y cuando llegó la hora no sentí nada de nada.
Las manos hicieron su trabajo como hacen las cuentas.
Lo único que sentí, después, en el patio, cuando dije mi nombre y el de mi padre y nadie se marchó, fue cansancio.
Un cansancio de veinte años, todo junto, de golpe.
Me dormí aquella noche en el suelo del salón, donde el arcón, y dicen los que lo vieron que dormí un día entero.
Es el último sueño de un tirón que recuerdo. Hasta esta luna.
Se queda callado. La nieve teje. Y cuando creo que la noche ya ha dado todo lo que tenía, se levanta, va al arcón de los herrajes de hierro, y de debajo de todo, envuelto en un paño aceitado que sus manos abren con un cuidado que no usa ni con las heridas, saca una cosa pequeña.
Un caballo de madera. Tosco, cabezón, de los que se tallan para manos de niño, con una pata trasera ennegrecida por un fuego viejo y la pintura, si la tuvo, comida por los años.
—Lo talló mi padre. —No lo acerca al fuego; lo sostiene en la palma abierta, a media luz, como si la luz entera fuera mucha—.
Me lo dio el invierno antes. Yo recogía las virutas, ¿te acuerdo que te lo conté?
, y de las virutas de ese invierno salió esto.
La noche de las botas lo llevaba en la mano, debajo del arcón.
Veinte años lo tuve enterrado en la halconera, bajo la piedra suelta del rincón, porque era lo único mío que él no podía encontrar y convertir en lección.
—Lo envuelve de nuevo, paño sobre paño, y lo devuelve al fondo del arcón con las dos manos—.
Es la única cosa de aquella casa que era verdad.
Lo demás lo quemaron, lo robaron o me lo enseñaron a golpes.
Esto lo hizo mi padre para mí porque sí.
Hay días enteros en que se me olvida que existió esa clase de cosas. Entonces abro el arcón.
Algo me arde detrás de los ojos con una presión que no conozco, que empuja y empuja y no encuentra puerta, porque la Madre hizo a los halcones para muchas cosas y para esta no: los halcones no lloran.
No tenemos con qué. Toda esa agua que no existe se me queda dentro, apretada contra el esternón, y hago lo único que mi cuerpo de plumas sabe hacer con lo que no cabe en él: cruzo la alcoba, me poso en su hombro —no en el brazal, en el hombro, donde no me he posado nunca— y apoyo la cabeza fiera contra su sien, despacio, pluma contra cicatriz.
El hombre más temido de Escocia se queda inmóvil. Luego, muy despacio, levanta la mano y me roza el lomo con dos nudillos, una vez, dos, con ese cuidado suyo de sostener cosas rotas que ya va aprendiendo a sostener cosas frágiles.
—No sé por qué te cuento a ti lo que no he contado a nadie —murmura—. Sí lo sé. Porque escuchas como escuchaba Bran. Sin arreglar nada. Sin tenerme lástima. —Una pausa—. Como si te importara y no te diera miedo. Nadie me ha mirado así desde la labor en el suelo, ave. Nadie.
Vuelo de Dargath con el alba gris, y el desfiladero entero pesa.
Tomo tierra detrás del primer roble de nuestras lindes, hago el cambio con la sacudida de siempre, me visto con el vestido del hueco con las manos torpes de frío, y entonces, de pie en la nieve nueva, con cuerpo de mujer y puerta por fin para el agua, me alcanza todo junto.
Lloro como no lloraba desde niña. No por mí, que de mí no hay queja: por un crío de seis años cumpliendo bajo un arcón la última orden de su madre, por un caballo de madera con la pata quemada enterrado veinte años bajo una piedra de halconera, por un nombre dicho en susurros sobre la masa del pan, por un hombre que mató sin sentir nada y a quien nadie ha mirado sin miedo desde que el suelo era grande y la piedra estaba fría.
Lloro lo que él no puede, lo que el halcón no pudo, lo de los dos, con el hipo y el frío y la nieve calándome las rodillas, hasta quedarme vacía y limpia y temblando.
Y cuando levanto la cara para escupirle al cielo algo sobre la justicia del mundo, veo, parado en la linde del brezal, a medio camino entre la casa y yo, a mi padre. Quieto. Mirándome llorar.