El halcón de Dargath (Los hijos de Morvenna 2) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Se llama Beathan y es uno de los dos hombres que Ciaran apostó en el valle alto.

Lo voy entendiendo a retazos, primero desde las almenas, donde Domhnall, pálido y locuaz de puro nervio, le cuenta a otro centinela lo que ya sabe el castillo entero: que el otro apostado del valle, harto de noches en vela sin ver nada, decidió por su cuenta vigilar también a su compañero, que era lo único del valle que se movía.

Que lo siguió una noche de permiso hasta una taberna del camino real y lo vio sentarse con un forastero sin colores.

Que se lo calló dos días, masticándolo, y al tercero se lo escupió a Torcall.

Y que cuando registraron el jergón de Beathan, debajo de la paja, la plata estaba contada y guardada como cuentan y guardan los hombres que piensan gastarla.

Después lo entiendo entero desde mi viga del gran salón, que hoy está lleno como no lo he visto nunca: la guarnición en pleno, las cocinas, los pastores del valle, todos convocados, porque hay justicias que se hacen a puerta cerrada y justicias que se hacen para que las vea el clan entero, y esta es de las segundas.

Beathan está de rodillas en el centro, las manos atadas por delante, y no levanta la cabeza.

Lo conozco de vista: un hombre del montón, ni joven ni viejo, de los que alzan la barbilla cuando paso. Me la alzó la semana pasada.

Torcall deposita sobre la mesa del consejo, a la vista de todos, una bolsa de cuero, y la vuelca. La plata cae y rueda y se queda quieta, y el sonido que hace al caer es el único que se atreve en todo el salón.

—Dieciocho piezas —dice Torcall—. Bajo la paja de su jergón. Aquí hay hombres que no juntan dieciocho piezas en dos vidas.

Ciaran no está en el sillón de piedra. Está de pie, que es peor.

—Dilo —ordena—. Como me lo dijiste a mí. El clan tiene derecho a tu voz, ya que pagó tu silencio.

Y Beathan lo dice, con la voz rota de quien lleva una noche diciéndolo: que fueron monedas, primero por mirar a otro lado cuando mataban las reses.

Que él no sabía para qué era. Que luego fueron más monedas por una sola cosa más, por decir qué día bajaba el señor al valle y con cuántas lanzas.

Que el hombre de las monedas no tenía colores ni nombre y pagaba en una taberna del camino real.

Que con la primera plata tapó deudas, y la segunda...

la segunda ya fue porque la primera existía.

—¿Y el grano? —La voz de Ciaran no sube ni baja. Es la calma la que hiela el salón.

—El grano fue antes que todo, mi señor. —Beathan traga—. Medio saco aquí, medio allá. Tenía las llaves del almacén del este. Pensé que con la cosecha nadie... que no se notaría hasta...

—Hasta el invierno. Cuando ya no hubiera remedio.

—Ciaran deja que las palabras crucen el salón entero, y veo a más de uno acordarse del juicio de la simiente, porque son las suyas, las mismas, vueltas del revés—.

Tres traiciones, entonces. Mi grano, mi ganado, mi vida.

La primera te hizo ladrón. La segunda te hizo cómplice.

La tercera casi hace viudas. Seis hombres cabalgaban conmigo aquel día, Beathan. Pon sus nombres.

—Mi señor...

—Los nombres.

Y el hombre arrodillado los pone, uno a uno, con el salón en un silencio de iglesia, y comprendo lo que está haciendo Ciaran y se me eriza la pluma: no lo humilla por crueldad.

Está cosiendo la traición a sus caras concretas, delante del clan, para que nadie en Dargath pueda contarse nunca el cuento amable, el de que vender al señor no es vender al vecino.

—Tu mujer y tus hijos conservan la casa y el fuego —dice entonces Ciaran, y un murmullo bajo recorre el salón—. Los hijos no eligen a los padres. Comerán del común este invierno como todos, ni más ni menos. —Una pausa—. Tú cuelgas al alba.

No hay grito. Beathan se dobla sobre sí mismo como un saco al que cortan la cuerda, y dos guardias se lo llevan, y el salón se vacía despacio, sin mirarse nadie, y yo me quedo en mi viga con las garras clavadas en la madera y una pregunta zumbándome donde zumban las moscas: ¿y ahora qué esperas tú, Bríde Kyntire?

¿Que suba a la torre y se ría? ¿Que talle madera?

Podría irme. Lo pienso con todas las letras: el cielo está ahí, el alba queda lejos, nadie me ha pedido que mire.

Y debería irme, además, por una razón que no tiene que ver con el horror: llevo cuatro días de plumas y el plazo aprieta, y la primera condición de mi padre, la que juré en el establo, era no demorarme jamás en este valle con la piel a punto de reclamarme.

Quedarme una noche más es asomarme a esa frontera.

Quedarme dos es jugar con ella. Lo sé mientras decido lo contrario, que es la peor manera de saber las cosas.

Me quedo. Porque irse sería quedarse con la mitad del hombre, la mitad cómoda, la de las ratas y las carcajadas, y yo vine al norte a entenderlo entero o a no entenderlo en absoluto.

Paso la noche en las almenas de la torre este, lejos de su ventana, que esta noche no es noche de ventanas, y Domhnall, en su ronda, se detiene a mi altura y no me alza la barbilla.

Se queda mirando la horca del patio, negra contra la nieve que empieza, y dice, a mí o al aire, con esa voz de muchacho al que el mundo le va quedando grande: «Beathan me enseñó a tensar el arco, ¿sabes?

Cuando entré en la guardia». Y sigue su ronda, porque eso es Dargath: la pena se dice andando.

Cuelgan a Beathan al alba, con la primera nieve cayendo mansa sobre el patio.

Lo veo desde la muralla, entre los estandartes que no hay, con el clan formado en silencio y el verdugo haciendo su oficio sin teatro.

Ciaran está presente, al pie, sin capa, dejando que la nieve le blanquee los hombros, y no aparta la vista en ningún momento, ni cuando es fácil ni cuando deja de serlo.

Dura lo que dura. No lo voy a contar. Hay cosas que los ojos de halcón ven con demasiado detalle, y esa nitidez me la quedo yo, que para eso la pedí.

Y esto es lo que aprendo de mí mientras la soga se aquieta: que el horror me sube por las plumas como sube el frío, entero, sin descuento, y que aun así, en ningún momento, ni uno, tengo miedo de él.

Horror de lo que pasa, sí. Miedo del hombre que lo ordena, no.

Lo busco dentro de mí como se busca una muela con la lengua, a propósito, queriendo encontrarlo, porque sería más sencillo: el miedo ordena el mundo, pone a cada monstruo en su canción.

No está. Donde debería estar el miedo hay otra cosa más difícil, que todavía no sé nombrar.

Subo a la torre con la última luz, sin tributo. Hoy no es día de tributos.

Está junto al fuego, en su sillón, con la talla en la mano.

No talla: la sostiene. El parte del día no llega, ni el venado, ni el censo de mis defectos.

El fuego trabaja solo durante un rato largo, y la nieve teje en la ventana, y al fin habla, sin mirarme, con una voz que ha gastado toda su calma en el patio y viene a la torre a estar cansada:

—Dieciocho piezas. —Gira la talla entre los dedos, despacio—.

Eso costó Dargath entero: mi grano, mi gente y mi cuello, dieciocho piezas de plata pagadas en una taberna.

El que las pagó habrá cenado caliente esta noche, donde sea que cene, y mañana enviará a otro con otra bolsa a otra taberna, porque bolsas le sobran y Beathans nunca faltan.

Y yo he colgado al instrumento porque el instrumento es lo que tengo.

—La talla se detiene—. Eso también va en el oficio.

Que casi nunca cuelgas la mano. Cuelgas el guante.

—Querías ver al monstruo de las canciones.

—No es pregunta—. Ya lo has visto. No era cuento.

—Gira la cabeza, y los ojos grises me buscan en el respaldo con algo desnudo dentro, algo que se parece a esperar un veredicto—.

La ventana está abierta, ave. Hoy más que nunca.

Si lo que has visto te sobra, esta es la noche de cobrárselo al cielo, y no habrá reproche en esta torre.

Yo lo entendería. Soy el que mejor lo entendería.

Y yo hago la cuenta entera, porque me la enseñó mi padre en un risco: las dos cosas a la vez.

El hombre que colgó a Beathan y el que dejó su casa y su fuego a los hijos de Beathan.

El grano robado que este invierno faltará en cuencos concretos, de gente concreta, que hoy formaba en el patio.

Los seis nombres cosidos a la traición. La desgracia mayor que esa soga evita y que nunca tendrá patio ni testigos, porque las desgracias evitadas no dejan cuerpo.

La canción que mañana correrá por seis clanes, una más, el Cuervo cuelga a los suyos, y este hombre alimentándola a sabiendas, porque el miedo de hoy son las vidas de mañana.

No es un buen hombre como los cuentan los curas. No es el monstruo como lo cantan los bardos. Es la cosa más difícil de las tres: un hombre que hace lo terrible sin volverse terrible, y paga la diferencia él, por las noches, a solas, sosteniendo tallas que no talla.

Cruzo la alcoba y me poso donde no me he posado nunca a esta hora: en su antebrazo, sobre el cuero del brazal, cerca.

El brazo se tensa entero bajo mis garras.

Lo oigo soltar el aire despacio, muy despacio, como quien suelta un asedio.

No dice nada. Yo no digo nada, que es lo mío.

La nieve sigue tejiendo en la ventana abierta, el fuego baja, y el hombre más temido de Escocia se queda muy quieto en su sillón, con un halcón en el brazo, aprendiendo a respirar con el peso.

Me quedo esa noche. Y la siguiente. Y la piel, que no entiende de duelos ni de hombres, me cobra la imprudencia a su manera: las dos noches duermo en la percha con un hormigueo nuevo bajo las plumas, el aviso del plazo, y las dos noches lo ignoro, que es exactamente lo que mi padre me prohibió hacer.

Por un hombre que sostiene tallas que no talla, estoy gastando el margen que me mantiene en plumas. Lo sé. No me muevo.

La tercera mañana, en la despensa de la torre, el cuenco de venado amanece con la mitad de tiras que de costumbre, y abajo, en el patio, no es de comida de lo que se habla.

Lo que veo desde el alféizar es a un castillo afilándose: Torcall ha sacado a los hombres al patio de armas pese al frío, y los hace formar, romper y volver a formar, una y otra vez, hasta que el vaho de cien alientos sube como una sola niebla.

En la herrería repican desde el alba —puntas de lanza, no rejas de arado—, y en el establo bajo veo a los mozos herrar en serie las monturas de refuerzo, las de la cara este, las del paso que llevan dos generaciones sin cruzar.

Dargath entero ha entendido sin que nadie lo diga lo que su señor leyó en una talla la noche del juicio: que la mano que pagó a Beathan sigue ahí fuera, con la bolsa llena, y que el invierno no va a venir solo.

Ciaran cruza ese patio una vez, lento, revisándolo todo —las filas, los cascos nuevos, el filo de las puntas— con esa atención suya de tasador de murallas, y los hombres se enderezan a su paso, no de miedo ya, sino de esa otra cosa más rara que les ha crecido este otoño: la de quien sigue a un señor a un invierno feo sabiendo que él irá delante.

Lo veo detenerse junto al herrero, decirle dos palabras, probar el peso de una lanza recién forjada en la palma.

Un señor que mide el filo de sus propias armas el día después de colgar a un traidor no es un señor asustado: es un señor que ha decidido que el siguiente cuchillo lo va a sostener él.

Miro el cielo desde la muralla, camino de casa, ya con la piel tirando de verdad, ya con el margen mordido.

Está bajo, gris, cargado de una nieve que no ha hecho más que empezar, y por primera vez desde que vuelo lo miro como lo debe de mirar él: no como un camino, sino como un adversario que acaba de sentarse a la mesa, frente a un hombre que afila lanzas y no aparta la vista.

El invierno va a ser largo. Y el Cuervo de Dargath ya ha cerrado el puño.