El halcón de Dargath (Los hijos de Morvenna 2) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Madre ha cambiado de táctica, y la nueva es peor.

Los gritos los entiendo. La espada la entiendo.

Llevamos veinte años bailando ese baile, ella persiguiendo y yo esquivando, y al final del baile hay siempre un castigo, un abrazo o las dos cosas.

Lo de ahora es distinto. Lo de ahora son preguntas pequeñas, sembradas en mitad de las tareas, suaves como cepos cubiertos de hojas.

—¿Quedan endrinas por el risco gris? —pregunta esta mañana, sin levantar la vista de la mantequera—. Como pasas tanto por allí.

—Pocas, madre. La helada las ha tomado casi todas.

—Mmm. —Sigue batiendo—. Curioso. Tu padre dice que el endrino del risco gris se secó hace dos veranos.

El silencio que dejo dura un latido de más y las dos lo oímos caer.

—Hablaba de los del barranco —recompongo—. Del risco se va al barranco en nada, volando.

—Volando todo está en nada —concede madre, y la mantequera sigue su ritmo, paciente, implacable—. Esa es la ventaja de esta familia. Y la desgracia de las madres.

Así llevamos media luna. Me pregunta por gente que no existe para ver si finjo conocerla.

Anuncia que mañana me acompaña a donde sea que vaya, y observa cómo me escabullo.

Le dice a Oisín, en voz lo bastante alta para que la oiga yo, que qué raro que su hermana vuelva del norte oliendo a humo de turba ajena, si en el norte no vive nadie.

Cuenta mis ausencias en un calendario que no necesita escribir, porque mi madre tiene la memoria de los inviernos largos, y cruza fechas, y espera.

La espada era el trueno. Esto es la tormenta sentada a la mesa, batiendo mantequilla.

Lo de la gente que no existe casi me caza anteayer, y lo apunto aquí para mi vergüenza y escarmiento.

—Dice la hija mayor de Greum que te vio el martes por el lago grande —soltó madre en plena cena, untando pan, sin mirarme—. Pescando con los pies en el agua, con este frío. Le extrañó.

—Sería un momento —respondí yo, que el martes estaba a doce leguas, en una viga del salón de Dargath—. Paré a beber.

—Ya. —Madre untó más pan—. Curioso, porque Greum no tiene hijas. Tiene cuatro varones como cuatro robles. —Mordió el pan, masticó, tragó, todo con una serenidad de catedral—. Pero tú a la muchacha la viste, por lo que parece.

Me salvó Oisín, bendito sea su instinto de feriante, volcando la jarra de leche con un aspaviento sobre la mesa entera, y en el alboroto del trapo y los gritos la hija inexistente de Greum se ahogó en leche y no volvió a salir.

Después, en el corral, mi hermano me cobró el favor con una sola ceja levantada y una palabra: «mejora».

Lo malo de mi madre no es que sospeche. Es que sospecha con método.

La otra mañana, mientras tendíamos juntas la colada al sol pobre del invierno, dejó caer, como quien no quiere, que la mujer del molinero soñó con cuervos tres noches seguidas, y que los cuervos en sueños anuncian forastero en casa, y que ella, madre, no cree en sueños, pero sí en que el humo no sale sin fuego.

Lo dijo a las sábanas, no a mí. Yo seguí tendiendo.

Pero las dos sabíamos que la frase iba dirigida, y que el blanco era yo, y que mi madre, que jamás ha nombrado al Cuervo en su vida, acababa de ponerlo a secar entre dos sábanas para verme la cara.

No se la di. Me está costando un invierno entero no darle a mi madre ninguna cara.

Oisín, naturalmente, está disfrutando como en una feria.

—Yo lo que digo —comenta esa tarde, mientras le ayudo a emplumar flechas para el arco nuevo, el del tejo de la mentira— es que tiene que ser alguien del norte. Por el viento que tomas al salir. Siempre el mismo, hermanita: norte cuarta al oeste. Las palomas son más discretas.

—Vuelo donde hay caza.

—Ya. Caza. —Empluma, sopesa, sonríe con toda la cara de zorro que la Madre le dio—. ¿Y tiene nombre, la caza? ¿Tiene plumas? ¿Es un águila apuesta de los cordales? Porque te advierto que padre no consiente águilas en esta casa. Halcón con halcón, como Dios manda.

—Oisín.

—¿Qué? Es preocupación de hermano. —Me apunta con la flecha a medio emplumar—.

Te diré lo que sé, gratis: sales contenta y vuelves más contenta, llevas así desde el asunto del tejo, y madre lo sabe igual que yo, solo que ella además sabe esperar.

Yo en tu lugar iría pensando una historia mejor que las endrinas.

—Y baja la voz, y por un momento el zorro se aparta y asoma el hermano—: Y si la historia es de las que no se pueden contar, dímelo al menos a mí, tonta. Para cubrirte mejor.

No se la digo. Y me cuesta más de lo que esperaba no decírsela, porque Oisín bromea con todo menos con esto: cuando ofrece cubrir a alguien, lo cumple, y lo sé desde el invierno en que cargó él con la culpa del bote de miel del concejo por no delatar a un primo.

Mi hermano será feriante, pero es de los que pagan sus ferias.

Cael llega el día del mercado, con Aila y los pequeños, y con Cael no hay cepos ni ferias: hay nariz.

Está descargando del carro los quesos de Aila cuando paso a su lado con un saco, y lo veo detenerse a media carga, el gesto quieto, las aletas de la nariz abiertas apenas, ese aire de animal grande que mi hermano no pierde nunca del todo ni en su forma de hombre.

Me huele. A mí, al saco, al aire que traigo pegado.

—Humo de turba —dice, bajo, solo para los dos—. Del negro, del que corta el norte. Y cuero de brazal. Y... —las aletas se cierran; el ceño se le arma despacio— piedra fría. Hueles a castillo, Bríde.

—Huelo a corral, Cael, como todos.

—A castillo —repite, y deja el queso en el carro con un cuidado que conozco: es el cuidado que pone mi hermano en las cosas cuando está conteniendo otras—.

No te pregunto. Aprendí con Aila que hay cosas que se cuentan cuando se pueden contar y no antes.

—Me mira de frente, los ojos de ámbar oscuro, los míos con quince años más de cargas—.

Pero sea lo que sea, o quien sea: si te hace daño, no va a haber en Escocia piedra bastante alta. ¿Nos entendemos?

—Nos entendemos.

—Bien. —Recoge el queso—. Y báñate antes de la cena, que madre tiene mejor memoria que yo para los humos.

La tarde se va en el mercado y en la familia, y es una tarde buena, de las redondas.

Ayudo a Aila con los pequeños, que ya andan a la carrera torpe de los osos nuevos y se me cuelgan de las faldas llamándome a su manera, un aullidito corto que escandaliza a las vecinas y que a mí me derrite entera.

El mediano, que es el más lobo de los tres, se empeña en que lo suba a hombros para ver el puesto del melero, y desde ahí arriba dirige el mercado como un pequeño laird, señalando con el dedo todo lo que en su justicia debería ser suyo.

Cael lo baja de una zarpa suave cuando empieza a gruñirle al melero, y Aila se disculpa con esa sonrisa serena que desarma a las vecinas más que cualquier excusa.

Aila me estudia luego por encima de las cabezas de sus hijos, mientras doblamos mantas en el carro, con esa quietud suya de superviviente, la mujer que pasó años sola en un bosque y aprendió a leer a la gente como se leen los cielos.

—Estás distinta —me dice, sin más, mientras le cambio al pequeño la manta—. Distinta buena. Como quien ha encontrado algo que buscaba sin saber que lo buscaba. —Sonríe apenas—. A mí me pasó. No te pregunto qué es. Solo te digo que se te ve, y que quien tenga ojos te lo va a ver.

Quien tenga ojos. En esta familia tienen ojos hasta las paredes.

Y es esa noche, ya en mi cuarto, con la casa apagándose cuarto a cuarto, cuando me siento en el borde del catre y hago al fin la cuenta que llevo media luna sin hacer.

Hay dos Brídes y ninguna es mentira. Está la de esta casa: la hermana dulce, la tía de los aullidos, la hija que ayuda con la mantequera y canta con Aila mientras caen los quesos.

Esa Bríde existe, la quiero, descansa aquí.

Y está la otra, la que toma el viento norte cuarta al oeste: la criatura que se lanza contra seis arcos, que caza ratas de granero por amor al arte, que monta guardia en el poste de la cama del hombre más temido de Escocia.

Mi familia conoce a la primera y huele a la segunda.

Ciaran conoce a la segunda y no sabe que existe la primera.

Nadie en el mundo me tiene entera, y hasta este otoño nunca me había pesado.

Me pesa ahora porque las dos crecen. La de casa quiere más a los suyos desde que ha visto lo que es no tener a nadie; la del norte vuela más lejos desde que sabe lo que la espera al final del vuelo.

No compiten. Se alimentan. Y la única frontera entre ambas es un secreto que cada día tiene más ojos encima por las dos orillas.

Porque no estoy enamorada. Eso que quede dicho aquí, donde nadie me oye: no es eso.

Lo que tengo es otra cosa, más rara y quizá más honda: quiero entenderlo.

Quiero saber cómo se hace un hombre así, qué quedó del niño del salón, por qué me abrió la ventana pudiendo no abrirla.

Es fascinación, que es un hambre del entendimiento, no del corazón.

Me lo repito como me repetía de niña que no me daban miedo las tormentas, y con el mismo éxito.

Madre me despide dos días después desde la puerta, con las manos en el delantal y los ojos en mi morral, que llevo por el teatro de siempre aunque vaya a quedarse escondido con el vestido en el hueco del primer roble.

No pregunta adónde voy. Esa es la novedad y por eso me dura el frío en la nuca media legua: mi madre ha dejado de preguntar, y mi madre solo deja de preguntar cuando ha decidido averiguar.

Vuelo al norte con la primera nieve amenazando en los cordales y la sensación incómoda de dejar atrás una casa llena de ojos. El vuelo es duro, el viento de cara, y cuando por fin Dargath asoma tras el desfiladero, lo primero que pienso es que algo está mal.

El castillo está en silencio. No el silencio de siempre, el de la piedra disciplinada: otro.

El patio, que a esta hora hierve de fragua y de rondas, está quieto y vaciado, la gente arrimada a los muros en corros que no hablan, y hasta los perros, que siempre ladran a mi sombra, hoy no levantan la cabeza.

Y en el centro, donde ayer no había nada, dos maderos recién cortados se levantan contra el cielo gris, y un hombre del castillo, subido a una escala, asegura la viga cruzada de la que cuelga, meciéndose apenas en el viento que trae la nieve, una soga nueva.