El halcón de Dargath (Los hijos de Morvenna 2) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Hay un traidor en Dargath y soy yo, y la prueba es que duermo.

Lo he negado mientras he podido, que ha sido poco, porque los hechos son tercos y yo llevo la vida entera ganándome el pan leyéndolos.

Estos son los hechos: las noches en que el ave se queda, duermo de un tirón hasta el alba, hondo y sin fondo, como duermen los niños y los inocentes, dos gremios a los que dejé de pertenecer hace veintisiete años.

Las noches en que se va con la última luz, vuelvo a lo de siempre: el sueño a ras de superficie, el oído de guardia, la mano cerrada sobre el cuchillo de mi padre y el despertar tres veces por noche a contar sombras.

Un hombre serio comprueba antes de creer.

Lo comprobé como se comprueba todo: ocho noches seguidas, llevando la cuenta en la misma tablilla donde llevo el grano, en un rincón, cifrado a mi manera por si la tablilla cae en manos de Torcall.

Cinco noches con ella, tres sin ella. Cinco amaneceres con la mano abierta, tres con los nudillos blancos.

Probé a cambiar la cena, el vino, la hora del fuego, todas las variables que un hombre puede tocar sin admitir la que importa.

La cuenta no admite pleito y la tablilla menos: el grano de Dargath y el sueño de su señor, lado a lado, los dos contados, los dos dependiendo de cosas que vuelan.

Duermo cuando ella monta guardia. A los treinta y tres años, el señor de Dargath ha externalizado el sueño en un pájaro.

Se lo dije una noche, porque a estas alturas se lo digo todo, que para algo es la única alma de Escocia que no puede repetirlo.

—¿Sabes cuánto hace que no dormía así? —Le hablé al bulto fiero del poste de la cama, con las brasas ya bajas—.

Te lo digo yo, porque llevo la cuenta: desde antes del salón.

Veintisiete años durmiendo como duermen las liebres, con un ojo en cada peligro.

El Usurpador decía que era mi mejor cualidad.

«El cachorro no duerme», presumía ante sus capitanes, como quien presume de un perro.

Le hacía gracia. —La culebra del recuerdo se movió donde se mueven esas cosas, y la dejé pasar—.

Nunca se le ocurrió preguntarse por qué no dormía el cachorro.

Por qué un crío aprende a no dormir en una casa.

Tú tampoco preguntas, ave, y sin embargo mírame: contándotelo.

El ave acomodó las plumas en la oscuridad, ese rumor mínimo y doméstico, y fue toda su respuesta, y fue suficiente.

Sus puestos varían y los conozco todos. La viga sobre la puerta cuando hay luna, porque desde allí domina la entrada y la ventana a la vez.

El respaldo del sillón cuando hace frío de verdad, más cerca de las brasas.

Y algunas noches, las que más me cuesta explicarme, el poste de los pies de la cama, a tres palmos de mis botas, de cara a la puerta, tan cerca que la oigo acomodar las plumas en la oscuridad, un rumor mínimo, doméstico, que no se parece a nada que haya sonado en esta alcoba desde que es mía.

Las mañanas son el precio. Lo pago a primera hora, recién abiertos los ojos, antes de que el hombre que mando durante el día tome el relevo: ese instante en que la busco.

La cabeza gira sola hacia la viga, hacia el respaldo, hacia el poste, en ese orden, y si está, algo se asienta, y si no está, algo no.

Llevo una luna diciéndome que es el reflejo del soldado que inventaría las defensas al despertar.

El soldado de esta historia inventaría la puerta y la ventana.

Yo busco plumas. Esta mañana, sin ir más lejos, he repasado los tres puestos dos veces antes de recordar que se marchó anoche con la última luz, y me he quedado un momento mirando la viga vacía con una cara que doy gracias que nadie ve.

Nadie la ve, digo. Es un decir.

—Tenéis buen color, mi señor —me suelta Una a media mañana, emboscada en la escalera con sus tarros, que esta mujer empieza las guerras donde otros ni patrullan—. Cara de hombre que duerme, diría yo. Hacía años.

—Será el otoño.

—Será. —Reordena los tarros sin prisa ninguna—. Otoños así deberían venderse, mi señor. Con receta: uno con plumas, aplicado por las noches, en el poste de la cama.

—Una.

—Ya me iba. —Y se va, dejando en la escalera ese rastro suyo de victoria sin sangre.

Torcall es más sobrio y por eso más grave.

Lleva diez años midiéndome cada mañana con el mismo vistazo con que mide el cielo, calculando qué tormenta gobierna hoy a su señor, y desde hace una luna el vistazo le sale cambiado.

Ayer, repasando las rondas de invierno, me sorprendí proponiendo yo el relevo doble que él llevaba dos años pidiéndome y que yo llevaba dos años negando por no gastar hombres.

—¿Y este milagro? —preguntó.

—Un señor descansado decide mejor.

—Eso mismo os dije yo hace dos años.

—Hace dos años yo no descansaba.

Lo dejó estar, que es su forma de apuntarlo.

En el libro de Torcall debe de estar todo: el cuenco de venado, la ventana abierta en otoño, los relevos dobles, las risas que bajan rodando por la torre desde la noche de la rata.

Un día me presentará la cuenta entera y espero estar muerto para entonces.

Aunque hay partidas de esa cuenta que ya no se pueden esconder.

El clan tiene su propio libro, que se escribe en las cocinas y se lee en los corros, y ese libro no lo gobierno yo.

Dice que el señor baja al patio con otro paso.

Que esta luna no ha ahorcado a nadie y no ha hecho falta.

Que el martes, en plena ronda, el crío de la lavandera se le escapó a la madre entre las piernas y se le plantó delante agarrándole la bota, y que el Cuervo de Dargath, en lugar de apartarlo como se aparta un estorbo, se agachó, lo levantó con una sola mano hasta ponérselo a la altura de los ojos, lo miró un momento como se mira un acertijo, y se lo devolvió a la lavandera entero y sin sermón; y que la lavandera, que esperaba lo peor, tardó unos pasos en volver a respirar.

Cosas pequeñas. Las cocineras las cuentan con un asombro que me molesta y me ablanda a partes iguales.

La piedra de Dargath sigue siendo piedra; lo que cambia, dicen ellas sin saber que lo dicen, es la mano del cantero.

La tercera noche sin ella, lo del sueño se cobró los atrasos.

Volvió el sueño viejo. No voy a gastarlo aquí, que bastante lo gasto durmiéndolo: hay un salón en él, y un suelo de piedra que está frío contra la mejilla de un niño, y dura lo que dura y me dejó sentado en el lecho con el cuchillo ya en la mano sin memoria de haberlo cogido, el corazón al galope y la alcoba en silencio.

La viga vacía. El respaldo vacío. El poste vacío.

Me quedé así un rato largo, un hombre grande y armado a oscuras en mitad de su fortaleza inexpugnable, escuchando su propia respiración bajar del galope al paso, y pensé, con una claridad que no le deseo a nadie a esas horas: esto era mi vida entera hace una luna.

Todas las noches eran esta noche. Solo que entonces no lo sabía, porque no tenía con qué compararla.

Esa es la trampa de las cosas buenas, y el Usurpador, que de trampas sabía, me lo advirtió sin querer hace muchos años, hablando de otra cosa: al hombre que nunca ha comido caliente no se le doblega con frío.

Guárdate del día que pruebe la lumbre. Yo he probado la lumbre.

La lumbre pesa cuatro libras, juzga mis cenas y deja culebras en mi almohada, y el frío de las noches sin ella es ahora el doble de frío, porque ya sé cómo se llama.

Al día siguiente volvió, con la última luz y media perdiz de tributo, y esa noche ocupó el poste de los pies de la cama, y yo dormí hasta el alba como duermen los hombres que no conozco.

De modo que esta tarde he bajado al taller del carpintero, que es adonde van los señores derrotados.

—Una percha —le he dicho, con la cara de quien encarga un patíbulo—. De roble. Recia. El travesaño forrado de cuero viejo, así de alto, para junto al fuego.

El carpintero, un hombre que lleva veinte años haciéndome ataúdes, astas y mangos sin levantar una ceja, ha medido el aire con las manos.

—¿Para... un ave, mi señor? ¿Del tamaño de un halcón, digamos?

—Digamos.

—¿Con anilla para la correa?

—Sin anilla. —Y me ha salido tan seco que el hombre ha dado un paso atrás—. Sin anilla, sin argolla, sin un solo hierro. Madera y cuero. Si le veo un sitio donde atar algo, la quemas y empiezas de nuevo.

—Madera y cuero —ha repetido, apuntándolo—. Para mañana la tenéis.

Ha tenido el buen juicio de no preguntar más y el mal juicio de sonreír al agacharse sobre el banco, y mañana toda la servidumbre sabrá que el señor manda hacer muebles para su ave, y pasado lo sabrán seis clanes, y que lo sepan.

Una percha no es una alcándara, me he dicho todo el camino de vuelta. No lleva correa, ni capucha, ni anilla. Es un sitio donde quedarse, no un sitio donde atar: la diferencia exacta entre esta torre y la halconera del viejo señor, y pienso defenderla con la guarnición entera si hace falta.

Y mientras subo la escalera me alcanza la pregunta que llevo una luna esquivando, la que el sueño viejo me dejó anoche sembrada: cuando se va con la última luz, ¿adónde va?

Algo come, en algún sitio duerme, de algún cielo baja cada tarde.

Hay un lugar en Escocia que la ve marcharse cada mañana hacia mí, y no sé cuál es, y no pienso averiguarlo, porque seguir a esa criatura sería ponerle la primera correa.

Tengo medios, esa es la parte que callo hasta conmigo.

Tengo jinetes rápidos, ojeadores que leen un vuelo, media docena de maneras de saber en tres días de qué valle baja la moteada del señor.

Lo he pensado entero, como pienso los asedios, y lo he desmontado entero, pieza a pieza, porque hay asedios que se ganan no empezándolos.

Lo que ella hace conmigo funciona por una sola razón: porque puede no hacerlo.

Cada tarde que cruza esa ventana es una tarde que eligió cruzarla.

El día que yo sepa dónde encontrarla, esa elección tendrá un testigo, y los testigos lo estropean todo.

Lo que no me impide, al llegar arriba, encontrar la alcoba vacía y la noche cerrada, quedarme un rato en la ventana abierta, mirando hacia el sur, preguntándole al cielo a oscuras qué clase de tierra cría halcones que adoptan hombres.