CAPÍTULO 11
Las cuentas son las cuentas, y las mías con el laird de Dargath están torcidas desde hace una luna.
Lo he meditado mucho, en los vuelos largos del desfiladero, que es donde mejor se piensa.
Él pone el venado, el fuego, el parte del día y el respaldo del sillón.
Yo pongo la escucha, los chasquidos, alguna vida salvada cuando se tercia.
Y no basta. Entre los míos, quien come del trabajo de otro paga con el suyo, y en la familia de los halcones la cosa es todavía más clara: la comida es la palabra más seria que existe.
Madre nos lo enseñó antes que a hablar: no hay regalo más grande que poner en el plato de alguien algo que has cazado tú.
Cael se declaró a Aila a base de liebres en el umbral durante años, aunque él lo llame de otra manera, y el día que Oisín quiere algo de madre aparece en la cocina con truchas.
Es la lengua de esta familia. Yo no tengo otra.
Así que hoy le llevo a Ciaran Dargath el regalo más grande que existe.
Y no un regalo cualquiera, que conste. Llevo tres días estudiando los graneros del castillo desde mi viga del salón, y en el granero del este vive la rata más insolente de Escocia: gorda como un gato joven, lustrosa de grano robado, tan crecida que los gatos de la cocinera han firmado con ella una paz vergonzosa.
La he cazado esta mañana en un picado limpio del que se hablará entre las ratas durante generaciones, y la traigo colgando de las garras a través del cielo de Dargath, sintiéndome, lo confieso, magnífica.
Servicio doble, además: le quito al grano una ladrona y le pongo al laird cena en la mesa. Que venga madre y me diga que no sé llevar una casa.
Cruzo la ventana de la torre con mi trofeo y la suerte redonda de que está cenando: la mesa puesta, el pan, el queso, la jarra, un guiso humeando en su cuenco.
Mejor escenario imposible. Planeo sobre la mesa con un golpe de alas solemne y deposito la rata, con toda la ceremonia que merece el momento, exactamente entre el pan y el guiso.
El silencio que se hace es magnífico también.
Ciaran se queda con la cuchara a medio camino. Mira la rata. Me mira a mí. Vuelve a la rata, que en su muerte conserva una dignidad orgullosa, las patas recogidas, el lustre intacto. La cuchara desciende muy despacio hasta el cuenco.
—¿Qué —dice, con una calma de vísperas de batalla— es eso?
Empujo la rata dos dedos hacia él con el pico. Está claro qué es. Es una rata excelente.
—En mi mesa —continúa, todavía en esa calma—. Hay una rata. En mi mesa. Entre mi pan y mi cena. —Se pasa la mano por la cara, de arriba abajo, y la voz se le empieza a deshilachar por los bordes—. Una rata del tamaño de un tejón. Me has traído... tú me has cazado... a mí... una rata...
Y entonces ocurre.
Empieza como un fallo, una grieta en el pecho de la montaña: un resoplido por la nariz que él mismo intenta tragarse, y otro detrás, y de pronto la presa revienta y el Cuervo de Dargath, el Carnicero del Norte, el hombre cuya sombra detiene conversaciones, echa la cabeza atrás y suelta una carcajada.
No una sonrisa. No esa media mueca suya que dura menos que un parpadeo.
Una carcajada entera, enorme, de las que doblan a un hombre por la mitad, una tras otra, en oleadas, golpeando la mesa con la palma abierta, haciendo bailar la jarra, espantándose con el dorso de la mano algo que le brilla en los ojos.
Suena rota y oxidada, como suena una puerta que lleva años sin abrirse, y suena más fuerte precisamente por eso, porque sale de un sitio donde había mucha guardada.
Abajo, en el patio, dos centinelas se detienen en seco y levantan la cabeza hacia la torre.
Los veo desde la ventana: se miran entre ellos, miran arriba, uno se persigna.
En las cocinas se asoma alguien a la puerta.
El castillo entero parece contener el aire, tratando de identificar ese sonido que baja rodando por las escaleras de la torre, porque nadie en Dargath, comprendo de pronto con un apretón extraño en el pecho, nadie en este castillo ha oído nunca reír a su señor.
La carcajada amaina como las tormentas buenas, a regañadientes, con réplicas. Ciaran se queda al final apoyado en la mesa, sin aliento, mirándome con una cara que no le había visto: más joven. Años más joven. Como si la risa le hubiera quitado de encima algo que pesaba lo suyo.
Y entonces hace una cosa pequeña que me puede más que la carcajada entera: se lleva la mano al pecho, despacio, con el ceño fruncido, como quien se palpa una herida nueva para entender de dónde ha salido.
Mira la mano. Me mira a mí. Está sorprendido, comprendo; sorprendido de sí mismo, de ese sonido suyo que no reconoce, igual que me sorprendí yo la noche que me descubrí riendo en mitad del desfiladero con un sonido que ningún halcón había necesitado nunca.
Algo nos está enseñando a los dos una lengua que no sabíamos.
—Por la tumba de mi padre —resuella—. Estás orgullosa. Mírate. Estás ahí plantada, orgullosa de tu rata.
Pues claro que estoy orgullosa. Es una rata extraordinaria y la he cazado para él. No veo dónde está el chiste, y mi cara debe de decirlo a su manera, porque a Ciaran le da otra réplica de risa, más corta, y levanta las dos manos en son de paz.
—Está bien. Está bien. —Respira. Se recompone a medias—.
A ver cómo te explico esto, ave. Entre los tuyos, esto será un tesoro, no lo dudo.
Entre los míos, las ratas son... no se comen, ¿entiendes?
Son la cosa que uno espera no encontrarse en la mesa.
Son lo contrario de un regalo. —Mira la rata.
Le tiembla la comisura—. Aunque he de reconocer que como rata es soberbia.
¿Es la del granero del este? ¿La que tenía amedrentados a los gatos?
Chasqueo una vez.
—Llevábamos meses detrás de esa ladrona. —Mueve la cabeza, entre la admiración y la derrota—. Mi cocinera te va a hacer un altar.
Y entonces el laird de Dargath hace algo que vale más que todas sus reglas de la casa: toma la rata por la cola, con dos dedos y un respeto exagerado, se levanta, y me dedica una inclinación de cabeza breve y completamente seria, de señor a señor.
—Acepto el tributo —declara—. Queda recibido y apuntado en el muro de esta casa.
—Y arruina la solemnidad al instante, camino de la ventana, con la rata colgando—: Lo que no pienso es cenármelo, eso que quede claro entre nosotros.
Y si has de seguir trayéndome la caza, que la Madre te oiga: liebre.
La liebre se agradece, se guisa y no escandaliza a la servidumbre.
¿Liebre, ave? ¿Tenemos trato? Haz el chasquido.
No chasqueo, por principios. Los tributos los elige quien los trae.
Lo aprende a su costa tres tardes después, cuando le dejo sobre la almohada una culebra de agua entera y perfecta, enroscada con un gusto que no me canso de celebrar.
Entra de la sala de armas, ve el bulto en la penumbra, y el cuchillo de su padre sale de la vaina tan rápido que el aire silba; tarda dos latidos en comprender, uno en localizarme en la viga, y el resto de la tarde en terminar el sermón.
—¡La almohada! —Es el estribillo del sermón, al que vuelve cada poco—. ¡Hay un castillo entero, ave! ¡Almenas, arcones, treinta estancias! ¡¿Y eliges el sitio exacto donde un hombre pone la cabeza a oscuras?! ¡Casi la parto en dos! ¡Casi parto en dos tu tributo, ¿es eso lo que quieres?!
Aunque al final, como siempre, llega la inclinación de cabeza, seria y completa, de señor a señor, y el apunte en el muro inexistente de la casa: «Una culebra de agua, soberbia, recibida en mal sitio».
Y luego media perdiz, generosamente compartida; y un topo, que según él ni sabía que existiera en sus tierras y que examina con auténtico interés de naturalista antes del sermón de turno.
Cada tributo recibe su ceremonia, su sermón y, dos de cada tres veces, esa risa nueva y oxidada que va perdiendo el óxido a fuerza de uso.
La rata del granero, por cierto, ha tenido consecuencias.
A la visita siguiente encuentro en mi alféizar, colocado con esmero, un platillo de barro con tres tiras del mejor lomo que he probado en mi vida, y abajo, en la puerta de las cocinas, a la cocinera de Dargath mirando hacia la torre con los brazos cruzados y cara de haber saldado una deuda de honor.
Desde entonces el platillo aparece cada vez que vengo.
Ciaran jura que él no ha dado ninguna orden, y por una vez le creo: en este castillo empiezo a tener mi propia gente.
Una me lo confirma sin saber que me lo confirma, una tarde que me ve en la viga de la escalera mientras sube sus ungüentos.
—Tú —me dice, parándose a recobrar el aliento, señalándome con un tarro—.
A mí no me engañas como a esos zoquetes del patio, que te creen un presagio.
Veinte años llevo en esta torre sin oír lo que se oye ahora.
—Baja la voz, y los ojos de leche le brillan—.
Sigue trayéndole ratas, presagio. Las que hagan falta.
Vuelo a casa esa noche con el desfiladero en calma y la cuenta, por fin, un poco menos torcida.
Madre, que pesa mis silencios en la mesa con esa paciencia suya de tormenta aplazada, me pregunta al verme entrar de qué vengo tan contenta, y le digo la verdad a mi manera, que es el arte que más estoy puliendo este otoño: de cazar, madre. He hecho una pieza buena.
Y en algún punto sobre el lago helado, antes de eso, me había sorprendido planeando ya la pieza siguiente, no por las cuentas, me confieso, sino por el sonido.
Y aquí es donde tengo que ser honrada conmigo, que es lo único que un halcón se debe: no es que me gustara oírlo reír.
Es que no sonaba como yo esperaba. Veinte años de historias junto al fuego me habían enseñado la voz del Cuervo, grave y gastada y hecha para que la obedezcan, y esa carcajada no encajaba en ninguna parte de aquel hombre, lo desmentía entero, y un halcón no puede dejar en paz lo que no encaja, igual que no puede dejar en paz la presa que cojea fuera de tiempo.
Eso es lo que me lleva de vuelta, me digo, planeando la siguiente pieza sobre el lago: la grieta, no el hombre. El sonido que no cuadra con la leyenda.
Es una buena explicación. Casi me la creo.
Cruzaría el cielo entero de Escocia por volver a oírlo mañana.