El halcón de Dargath (Los hijos de Morvenna 2) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

El valle alto amanece con niebla a media ladera, que es la peor altura posible: tapa los riscos y deja el camino limpio, invitando a usarlo. Si yo quisiera matar a un hombre en este valle, daría gracias por esta niebla.

Salimos siete: Torcall, cinco lanzas escogidas y yo. A media legua del castillo, una sombra cruza por encima de la columna, alta y sin prisa, y los hombres alzan la cabeza a la vez como un solo cuello.

—Vuestra ave, mi señor —anuncia Domhnall, innecesario y radiante, que desde que la moteada le perdonó la vida de la lanza se ha nombrado su heraldo.

—No es mi ave.

—Como digáis, mi señor. —Una pausa de tres trancos—. Os sigue desde la muralla.

—Domhnall.

—Callo, mi señor.

Torcall, a mi altura, ni se molesta en mirar arriba; lleva la cuenta de otras cosas. La niebla, los pliegues del terreno, los silencios. Cabalga como cabalgan los viejos soldados por tierra propia que ha dejado de parecerlo: con el cuerpo cómodo y los ojos incómodos.

—Once reses —dice—. Ni una pieza de carne llevada, ni un cuero. ¿Sabéis lo que cuesta una flecha buena, mi señor? Pues quien paga esto tira el dinero en ganado ajeno solo por veros venir. Mal negocio, salvo que el negocio seáis vos.

Las reses muertas están donde dijeron los pastores, repartidas con un orden que no es de lobo ni de enfermedad, y bajo del caballo a leer la primera con las manos. Cuello limpio, un solo tajo, la carne entera y echada a perder a propósito. Trabajo de hombre. Trabajo de hombre que quiere ser leído.

—Esto no es un ladrón —dice Torcall a mi espalda, llegando a lo mismo—. Es una carta.

—Y la firma estará al final. —Me incorporo, miro valle arriba, donde la senda se estrecha entre dos laderas de pedrisco antes de abrirse a los pastos altos—. Que es siempre donde firman los cobardes.

Y entonces la oigo.

Llega desde la niebla alta, primero el grito y después ella, plegada en una caída que no le he visto nunca, una piedra con plumas que se abre a diez palmos de mi cabeza y vuelve a gritar, un sonido nuevo, serrado, que no es el chasquido de las tardes ni el saludo de la muralla.

Pasa rasante sobre la columna, tan cerca que dos caballos se encabritan, gira sobre el ala y vuelve a cruzar, una y otra vez, siempre en el mismo eje: entre nosotros y la senda estrecha.

—¿Qué demonios le pasa al ave del señor? —masculla una lanza.

—Se ha vuelto loca —dice otro.

No se ha vuelto loca. Llevo media luna aprendiendo el idioma de esta criatura, sus chasquidos, sus silencios, la liturgia exacta de sus llegadas, y esto no es locura: esto es la palabra más urgente que sabe decir.

Me planto en los estribos, sigo su eje de vuelo con los ojos, y lo veo.

Un destello en el pedrisco de la ladera este, gris sobre gris, donde la niebla acaba: el codo de un hombre tumbado corrigiendo la postura.

Y si hay uno que se mueve, hay diez que no.

—¡Emboscada! ¡Atrás y escudos!

La primera andanada cae donde habríamos estado a cuatro trancos del caballo: cuatro flechas, juntas, en el barro del camino.

La segunda ya nos busca, y el aire se llena de ese silbido que no se olvida una vez aprendido.

Una lanza recibe un asta en el escudo; el caballo de Torcall relincha con un corte en la grupa; yo cuento arqueros por el ritmo de los silbidos —seis, quizá siete— mientras gritamos la maniobra vieja: pie a tierra, caballos al socaire de la torrentera, escudos en cuña.

—¡Quieren que retrocedamos al camino! —me grita Torcall por encima del escudo—. ¡El camino estará sembrado!

—Pues iremos ladera arriba, que es lo que nadie quiere. —Desnudo el acero—. ¡Conmigo!

Subir un pedrisco bajo flechas es la clase de locura que solo funciona porque es locura.

Funciona. A medio subir, los arqueros comprenden que su presa viene a buscarlos y la calma del que dispara desde arriba se les agria; dos sueltan el arco y echan mano al hierro tarde, y a partir de ahí ya no es una emboscada, es trabajo.

El trabajo que mejor sé hacer. El primero que me llega lo despacho en dos tiempos, sin saña y sin pausa, como se despachan las cuentas; al segundo lo desarma Torcall y lo abate una lanza; el tercero me busca la espalda mientras tengo el acero ocupado.

Al tercero no lo veo. Lo oye el aire.

Cae del cielo gritando su grito serrado y le abre la cara de un solo paso de garras, sien y pómulo, y el hombre suelta el arco corto con un alarido y se lleva las manos a los ojos, y mi acero llega a tiempo de sobra porque ella me ha comprado el tiempo.

Después remonta, da una vuelta sobre la refriega como pasó revista siempre a mis murallas, y se cierne sobre el pedrisco buscando el siguiente peligro de su humano.

Su humano. Ya está dicho, aunque lo haya dicho yo.

Se acaba pronto, como se acaban estas cosas cuando se tuercen para quien las armó: tres quedan en el pedrisco, dos ruedan ladera abajo y escapan por la niebla, y el de la cara abierta se desangra sin contestar preguntas, porque los muertos firman mal.

Les registramos lo que no llevan: ni colores, ni marcas, ni una moneda con cara conocida.

Botas buenas, arcos buenos, silencio caro.

Torcall me mira por encima del último cuerpo y no hace falta que lo diga: esto no lo paga un cuatrero.

—Cuatreros con arcos de guerra y paciencia de once reses —resume de todos modos, porque resumir lo malo en voz alta es su manera de escupirlo—. Alguien ha pagado mucho por veros muerto en este barro, mi señor. Y lo que más me gusta de todo: ha pagado por adelantado, que es de gente con fe.

—Recoged los arcos. Quiero saber qué fresno los parió. —Limpio el acero en el brezo y alzo la vista.

Está en una roca, a veinte pasos, las plumas del pecho revueltas y una mancha oscura en las garras que no es suya.

Me acerco despacio, como se acercó ella a mi vida, sin pedir permiso y sin hacer ruido, y por primera vez desde que el mundo es mundo soy yo quien la revisa a ella: el ala que curé, entera; las plumas, todas; el cuerpo pequeño y feroz, indemne.

Algo se me desanuda en el pecho que no sabía que llevaba anudado desde el primer grito en la niebla, y las manos —estas manos que acaban de despachar a dos hombres sin que el pulso se inmutara— me tiemblan un punto al retirarse del plumaje, lo justo para que lo note yo y lo note ella, que lo nota todo.

—Podrían haberte ensartado —le digo, y me sale áspero, casi furioso, que es como me sale últimamente todo lo que importa—. Seis arcos, ave. ¿Qué clase de halcón se lanza contra seis arcos?

Me sostiene la mirada, el ámbar tranquilo sobre la sangre ajena, y la respuesta está tan a la vista que da vergüenza preguntarla.

La misma clase de halcón que vuelve a la casa donde le tiraron una lanza.

Torcall se acerca con los arcos al hombro, sigue mi mirada hasta la roca, y este hombre que ha visto conmigo diez años de guerras dice la frase que el clan entero repetirá esta noche en las cocinas:

—Esa ave vale por diez lanzas, mi señor. Lo que no sé es qué le dais de comer para que os quiera tanto, porque a vos no os quiere ni el clima.

Cabalgamos de vuelta con la niebla levantando y ella escoltándonos desde arriba, y yo repaso emboscadas.

Llevo diez años esperándolas: en los vados, en los pasos, en mi propia mesa.

Sé qué hacer con un enemigo que me quiere muerto; es el oficio de mi vida, el idioma que el Usurpador me metió a golpes antes de saber leer.

Para eso tengo murallas, rondas, acero, instinto.

En el patio, la guarnición entera encuentra excusas para estar presente cuando desmontamos.

La historia ha llegado antes que nosotros, como llegan todas; para la cena tendrá seis arqueros más y para mañana un dragón.

Pero por debajo del cuento crecido hay algo que me cuesta más nombrar y que veo cruzar de cara en cara mientras descabalgo: el modo en que la guardia mira ahora a la moteada cuando pasa la muralla.

No es el miedo al presagio del primer día.

Es la cara que pone un hombre ante quien le ha salvado al señor que le da de comer.

Sin que yo lo ordenara ni ella lo buscara, ese pájaro ha hecho en mi castillo lo que no han hecho diez años de victorias mías: que mis hombres miren hacia arriba esperando que algo bueno baje del cielo.

La moteada cruza la muralla por encima de cuarenta cabezas alzadas, indiferente a su propia leyenda, y sube directa a la torre a esperar su venado, que hoy, ordeno a la cocina sin mirar a nadie, será del lomo.

Esa noche no se marcha.

Cena su lomo, escucha el parte —corto: el parte lo ha vivido—, y cuando el fuego baja y llega su hora de siempre, la hora del alféizar y la mirada de despedida, no hay alféizar ni despedida.

Se instala en el respaldo del sillón, de cara a la puerta, las plumas del pecho todavía revueltas de la refriega, y monta la guardia que nadie le ha pedido.

—Vete a tu casa —le digo desde el lecho—. Lo de hoy ya lo hiciste de día.

No se mueve. Y yo no insisto, porque insistir sería mentir dos veces.

Me tiendo con el cuchillo de mi padre bajo los dedos, como cada noche de media vida, y el sueño viene a buscarme más pronto y más hondo que ningún día que recuerde, con esa sombra fiera recortada contra las brasas entre la puerta y yo.

Duermo de un tirón hasta el cambio de guardia del alba, sin pesadillas, sin sobresaltos, sin la mano cerrada.

Cuando despierto, el alféizar está vacío, el cielo del este clarea, y mi mano descansa abierta a un palmo del cuchillo, relajada como la mano de otro hombre, de uno que no conozco y que duerme bien.

Para lo otro no tengo nada.

Para una criatura que se lanza contra seis arcos sin que nadie se lo pague ni se lo ordene, que me protege sin querer cobrarse nada, que no me necesita y vuelve, no hay muralla levantada ni instinto que sirva.

Los enemigos, al final, siempre quieren algo, y lo que se quiere se negocia.

Esto no quiere nada. Y un hombre que aprendió todo lo que sabe defendiéndose no sabe dónde poner las manos cuando lo que le llega no ataca.

Seis clanes me quieren muerto y duermo. Un halcón me quiere vivo y llevo toda la noche, en mitad del mejor sueño de mi vida, sin saber qué hacer con eso.