El halcón de Dargath (Los hijos de Morvenna 2) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Hoy he descubierto que en Dargath me consideran un presagio, y todavía no he decidido si me ofende.

El otoño ha doblado ya hacia su mitad oscura y mis días tienen ahora dos nortes: el de casa, donde madre amasa y espera y padre cobra sus condiciones con miradas, y el de la torre negra, donde un hombre guarda partes atrasados y venado del lomo.

Voy y vengo entre los dos con la regularidad de las mareas, y como las mareas, cada vez me llevo un poco de una orilla a la otra: a Dargath, el descaro que mamé en mi cocina; a casa, un silencio nuevo en la mesa que madre pesa con los ojos y todavía no me cobra.

Ha sido culpa de la lluvia. Llegué a media mañana con el cielo a punto de rajarse, la ventana de la torre estaba cerrada por el agua, y en lugar de esperar en las almenas como un ave decente, hice lo que hago siempre que hay una puerta entreabierta y una curiosidad por delante: entrar.

La puerta era el ventanal alto del gran salón, abierto por el humo, y la curiosidad era el día de audiencias del laird de Dargath.

Así que cuando los del clan empezaron a entrar con sus pleitos bajo el brazo, lo primero que vieron fue al Cuervo en su sillón de piedra negra y, en la viga maestra sobre su cabeza, quieta como una talla, a la moteada del señor.

La mitad se persignó. Un viejo le susurró a su nieto algo de los augurios, y el nieto me miró toda la mañana con los ojos como cuencos.

Pero lo que más me llamó la atención no fue el miedo de los que se persignaban: fue la naturalidad de los que no.

La guardia ya no me mira; me cuenta, como se cuenta una viga o una antorcha, parte del salón.

Un mozo de cuadra, al cruzar con un haz de leña, me buscó con la vista en mi viga, me localizó, y siguió su camino tranquilo, como quien comprueba que el perro de la casa sigue en su sitio.

Llevo media luna entrando y saliendo de esta fortaleza, y la fortaleza, sin que nadie lo decida, ha empezado a contar conmigo.

Ciaran levantó la vista una sola vez, me localizó en la viga, y la sombra que le pasó por la boca pudo ser resignación o pudo ser otra cosa; en cualquier caso, no mandó ahuyentarme, y a estas alturas en Dargath eso equivale a un decreto.

Las audiencias del Cuervo son famosas en seis clanes: cortas, duras y sin apelación. Yo llevaba media luna oyéndoselas contar a él por las tardes, su versión, la de la torre. Hoy las he visto desde arriba, y desde arriba se ven cosas que no se ven desde ningún otro sitio.

El primero fue un campesino del lado del río, hueso y pellejo, que había robado grano de simiente del almacén común.

Lo trajeron dos guardias y el hombre no negó nada: tres hijos, la mala cosecha, el invierno asomando.

El salón entero esperaba la horca, se les notaba en cómo no miraban al reo, y yo en mi viga apreté las garras en la madera.

—El grano de simiente —dijo Ciaran, sin alzar la voz, que es como dice las cosas que quiere que se oigan— es la cosecha del año que viene.

Robarlo no es robar pan: es robar el pan de todos, dentro de un año, cuando ya no haya remedio.

— Dejó que el silencio pesara—. Devolverás el doble en trabajo al almacén, empezando por la techumbre, que da pena.

Tus hijos comerán del común mientras tanto, porque los hijos no eligen a los padres.

Y si vuelves a tocar la simiente, el problema dejarás de ser tú y empezaré a ser yo. Fuera.

El campesino salió tan deprisa que tropezó dos veces, sin entender del todo, me pareció, que salía vivo, alimentado y con empleo.

El salón tampoco lo entendió: oí a dos mujeres murmurar que el Cuervo estaba enfermo, porque otra explicación no le encontraban a tanta blandura.

Blandura. Si el doble de trabajo en una techumbre en invierno es blandura, no quiero ver el rigor.

El segundo pleito fue al revés, y ahí entendí el juego entero.

Vino el cabecilla de una aldea del oeste a pedir que se retirara la guardia doblada del paso, que los hombres hacían falta en las granjas y total, dijo, hace años que nadie cruza ese paso con malas mañas.

Ciaran lo dejó terminar. Después se inclinó en el sillón de piedra, y el aire del salón cambió como cambia el aire antes del granizo.

—¿Hace años que nadie cruza? —repitió—. Hace años que nadie cruza PORQUE la guardia está doblada.

Quitarla porque no pasa nada es quitar el techo porque no llueve dentro.

—La voz le bajó un tono, y el cabecilla retrocedió medio paso—.

La guardia se queda. Tus granjas recibirán dos mozos del castillo en la siembra, que esos sí me sobran.

Y la próxima vez que vengas a pedirme que abra una grieta en mi muro, tráete mejor razón que la pereza. Fuera.

Una grieta. Lo dijo como otros dicen una herida.

Después entraron dos hermanos con la tierra del padre muerto a cuestas, cada uno con su versión y los dos con la misma cara de carnero. El mayor reclamaba el prado del río por primogénito; el menor, por haber cuidado al viejo seis inviernos.

—¿El padre dejó dicho algo? —preguntó Ciaran.

—Dijo que no peleáramos —admitió el menor.

—Pues empezáis mal los dos. —Pidió el mapa, lo estudió lo que se tarda en respirar dos veces, y trazó con el dedo—: Prado del río partido por la acequia vieja.

Tú la mitad alta, tú la baja. Y este rincón del molino, que es el mejor pedazo y los dos lo sabéis porque ninguno lo ha nombrado, queda común: lo trabajáis juntos y lo cosecháis juntos, a medias exactas.

—Los hermanos abrieron la boca a la vez—.

Vuestro padre pidió que no pelearais. Yo solo me aseguro de que tengáis que hablaros para comer. Fuera.

La viuda de la vaca se llevó la vaca, y de propina un consejo sobre su cuñado que hizo palidecer al cuñado, presente en la tercera fila.

Un tratante con papeles confusos enderezó los papeles allí mismo, de puro miedo, sin que el laird dijera más de seis palabras.

Y a media tarde el salón se vació, y el Cuervo de Dargath quedó solo en su sillón de piedra bajo mi viga, frotándose el puente de la nariz rota con dos dedos, más cansado de lo que el clan entero lo verá nunca.

—¿Y bien? —dijo hacia arriba, sin mirarme—. Tú dirás. Has tenido el mejor asiento.

Bajé a su antebrazo. Fue idea mía y fue impulso, las dos cosas, y solo cuando las garras tocaron el cuero del brazal caí en la cuenta de que era la primera vez: en toda esta media luna de respaldos y alféizares, nunca me había posado en él.

Se quedó muy quieto, este hombre enorme, como se queda la gente cuando un copo le cae en la mano y no quiere que se derrita.

La respiración le cambió, apenas, un compás más hondo, y durante un instante el Cuervo de Dargath y yo nos quedamos solos en mitad de su salón vacío, él sin atreverse a mover el brazo y yo sin querer moverme de él.

En mi casa, la justicia la imparte madre en la mesa de la cocina, y consiste en mirar a la gente hasta que confiesa, y funciona porque todos en tres leguas saben que madre los quiere, aunque los esté mirando así.

Aquí es al revés y es lo mismo: este hombre cuida a los suyos con la única lengua que el clan entiende de él, que es la dureza, y la dureza les llega entera y el cuidado se les pierde por el camino.

Madre puede permitirse que la quieran. Él no se lo ha permitido nunca, y empiezo a sospechar que no es porque no sepa, sino porque cree que el cariño es la grieta más ancha de todas.

—El de la simiente te ha tomado por blando —me informó, ronco—.

Lo he visto en su cara. Para la cena ya estará contando en la aldea que el Cuervo perdona.

¿Sabes lo que me cuesta a mí ese cuento?

Tres robos más antes de la primavera, de tres listos que vendrán a probar la blandura.

Y entonces tendré que ahorcar a uno, a uno que quizá no habría robado si hoy ahorco al de la simiente.

—Suspiró por la nariz—. Así se gobierna esto, ave: eligiendo qué cuento cuentan de ti, porque alguno van a contar.

El miedo de hoy son las vidas de mañana.

Cada vez que me ablando, alguien paga el ablando con sangre más tarde.

Lo he visto. Lo vi durante veinte años, desde dentro, en una casa donde el señor confundió su capricho con su fuerza.

Subimos a la torre con la lluvia ya encima, él por las escaleras y yo por el hueco, y la tarde siguió su rito: el fuego, el venado, la talla, el parte. Y el parte de hoy traía cuenta nueva.

—Las reses del valle alto —dijo, afilando la madera con golpes cortos—.

Ya van once muertas, y mis dos hombres apostados no han visto nada, que es lo que más me preocupa: la nada hay que trabajársela.

Quien mata ganado sin llevarse la carne no tiene hambre, tiene propósito.

Está midiendo cuánto tardo en responder y con cuántos hombres.

—Levantó la talla, le sopló las virutas—.

Mañana voy yo. Con Torcall y seis lanzas, a leer ese valle en persona.

Las garras se me cerraron solas en el respaldo.

—No pongas esa cara, que las aves no deberían tener caras.

—Me apuntó con el cuchillo de su padre, suave—.

Llevo diez años leyendo valles. Es lo que hay detrás de todas las canciones que te asustaron de pequeña, si es que los halcones tienen pequeña: un hombre que va él mismo a mirar.

Los señores que mandan a otros a mirar acaban viendo lo que otros quieren.

Voló de mi cabeza todo lo demás. Once reses sin carne robada.

Una nada trabajada. Un valle que alguien quiere que el laird vaya a leer en persona, con seis lanzas y dos ojos a ras de suelo.

Quien mata ganado sin llevarse la carne no tiene hambre, tiene propósito, ha dicho él mismo, y no se ha dado cuenta de que la frase se le vuelve en contra: si matar reses es para medir cuánto tarda en responder y con cuántos hombres, entonces la respuesta —él, en persona, con seis lanzas, bajando por una senda conocida a una hora previsible— es exactamente lo que el propósito estaba comprando.

El cebo no son las reses. El cebo es su propia costumbre de ir él mismo a mirar.

Y a mí el propósito me huele a cebo desde el aire, que es de donde mejor se huelen estas cosas.

Salgo de Dargath con la lluvia amainando y no tomo el camino de casa.

Subo, alto, donde el aire pesa poco y el mundo se ordena, y me quedo un rato largo dando círculos sobre el valle alto, grabándome cada pliegue, cada roca, cada senda: la torrentera seca de la ladera oeste, el pedrisco del este donde la niebla suele dormir hasta media mañana, la senda que se estrecha entre las dos antes de abrirse a los pastos.

Si yo quisiera cazar algo grande en este valle, lo esperaría ahí, en el embudo, con el sol de la mañana a la espalda.

Mañana, cuando el Cuervo baje a leer su valle, va a tener encima unos ojos que leen más rápido.