CAPÍTULO 8
Llego antes de tiempo y esa es toda mi culpa, que conste.
Llevo media luna de visitas y Dargath ya tiene mi mapa hecho: sé que el centinela joven de la torre este se llama Domhnall y que fue el de la lanza, el que juró que yo los contaba desde el vado, y que ahora es el primero en alzarme la barbilla, con esa devoción culpable de los conversos.
Sé que la cocinera deja el ventanuco del humo abierto cuando asa, y que la vieja Una habla sola por los pasillos, y que habla de mí más de lo que el laird sospecha.
Sé a qué hora cambia la guardia, qué tramo de muralla tiene el viento traidor, y que el parte del día me espera siempre, entero y ordenado, aunque tarde tres días en venir a cobrarlo.
En casa, padre pregunta con los ojos cada vez que vuelvo; le pago con un asentimiento, todo bien, y las dos condiciones se cumplen, y la tercera sigue en su manga.
Madre amasa y espera. Yo vuelo. Así estamos todos.
El viento de poniente me ha regalado media tarde, las corrientes del desfiladero venían mansas, y cruzo la muralla de Dargath con el sol todavía a dos palmos de los cordales.
La ventana de la torre está cerrada —demasiado pronto, el laird sigue abajo—, así que hago lo que hace un ave con tiempo de sobra y curiosidad de la mía: me poso en lo alto del muro del patio de armas, donde el sol calienta la piedra, y miro.
Y por primera vez veo al señor de Dargath siendo lo que las canciones cuentan y la torre me esconde: un guerrero entre guerreros.
Está en mangas, en mitad del patio, corrigiendo a una docena de hombres que practican con espadón.
No grita. Esa es la primera sorpresa: yo esperaba al monstruo de los cuentos repartiendo voces, y lo que hay es un hombre que se mueve entre las parejas en silencio, parándose aquí y allá, y cuando habla habla bajo, una frase corta al oído del que falla, y el que falla asiente y lo arregla y nadie pierde la cara delante de los demás.
Corrige como cura Una: justo donde duele, sin gastar de más.
A un mozo que baja la guardia por enseñar el golpe le aparta el codo con dos dedos, le dice algo, y el mozo cambia la postura y de pronto es otro hombre.
A otro que finge cansancio para no sudar le pone la peor pareja del patio, sin un reproche, solo el castigo exacto: que sude el doble, ya que no quería sudar.
Castiga con trabajo, no con vergüenza. Lo apunto, porque es lo mismo que vi en sus audiencias contadas: este hombre no humilla.
Rompe huesos si hace falta, pero no humilla, que es una distinción que muy pocos señores conocen y menos aún practican.
Después coge él mismo el espadón, para enseñar un quiebro, y entiendo de golpe por qué seis clanes le tienen miedo.
No hay furia. Eso es lo que hiela. Se mueve con una economía terrible, sin un gesto de sobra, como si llevara tantos años matando que ya hubiera podado del oficio todo lo que no mata.
El hombre con el que practica —Torcall, lo reconozco por la barba gris— aguanta dos pasos y termina con el filo de madera en la garganta sin haber visto cómo ha llegado allí.
Y en el último movimiento, cuando el mozo de antes se mete sin querer en la línea del golpe, el laird desvía el espadón medio palmo, hacia su propio costado, para no rozar al chico.
Recibe él el roce del arma de Torcall en las costillas, por proteger a un mozo torpe que ni se ha enterado.
Nadie en el patio lo nota. Yo sí. Así pelea: protegiendo a los suyos incluso de sus propios golpes, sin que se enteren, sin cobrárselo.
Cuando despide a los hombres y sube, yo ya he aprendido del señor de Dargath lo que la torre no me enseñaba: que el hombre privado que cuenta bocados de pájaro y el guerrero que congela el patio son el mismo, y que la dureza no es una máscara que se quita en la alcoba.
Es el filo con que cuida. Le sale así porque no le enseñaron otro.
Le doy tiempo de subir. Después cruzo a la ventana de la torre, que ya estará abierta.
La ventana está abierta, como siempre. De la alcoba sale un olor nuevo: vapor, jabón de sebo y brezo, leña recién echada. Me dejo caer en el alféizar con mi golpe de alas de siempre, dispuesta a ocupar mi respaldo y juzgar lo que haga falta.
Y ahí está el laird de Dargath, el Cuervo, el Carnicero del Norte, metido hasta el pecho en una tina de agua humeante, con el pelo chorreando y media cara cubierta de jabón.
Nos quedamos los dos quietos. El agua gotea. Un tronco cruje en el fuego.
—No —dice.
Entro y me poso en el respaldo de mi sillón, que para algo es mío.
—¡No! —El rugido hace temblar el vapor—.
¡Fuera! ¡Esto no...! ¡Largo de aquí, ave del demonio!
¡¿Es que no hay horas?! —Manotea buscando algo que lanzarme, alcanza la esponja, la sopesa, comprende que lanzarle una esponja a un halcón es indigno de todos los implicados, y la deja caer al agua con una derrota sonora—.
¡Vuélvete al alféizar! ¡Gira la cabeza! ¡Algo!
No me muevo, porque no hay ningún sitio mejor al que ir, y lo estudio con un desconcierto que crece por momentos.
Está rojo. El hombre que sostiene la mirada de seis clanes está rojo desde el nacimiento del pelo hasta donde el agua le tapa, y se ha hundido en la tina hasta que el agua le lame la barba, y ha cruzado los brazos sobre el pecho como si yo fuera a robarle algo que guarda ahí.
—El plaid —dice de pronto, con una idea iluminándole la desgracia—.
Está en el arcón. Tú podrías... —Me mira.
Mira el arcón. Mira mis garras. La idea se le apaga sola—.
No. Claro que no. Eres un pájaro. Estoy pidiéndole la ropa a un pájaro.
—Se pasa la mano mojada por la cara—. Diez años aguantando a seis clanes y me va a enterrar una rapaz con problemas de horario.
Espero. Es lo que mejor hago.
—¿Sabes lo que le pasaría a un hombre que entrara así en mi alcoba? —prueba entonces, señalándome con la esponja—. Lo sabes. Lo has visto desde tu muralla. Pues entérate de que tienes los mismos derechos que un hombre, ave, exactamente los mismos, que en esta casa hay justicia.
Ladeo la cabeza hacia el cuenco de venado, que está lleno, recién subido, esperándome como cada tarde.
—...Eso no prueba nada —dice el laird de Dargath.
No lo entiendo. Que la Madre me perdone, no lo entiendo.
He crecido entre cambiantes. He visto a Cael volver del bosque sin más abrigo que el escándalo de los mirlos, he visto a media familia cambiar de piel detrás de cualquier roca, y en mi casa un cuerpo es lo que hay entre el alma y la ropa: se lava, se cura, se seca al fuego y no se le pide opinión.
La vergüenza, me explicó madre una vez, es cosa que los humanos llevan puesta debajo de la ropa, y por eso les pesa más cuando se la quitan.
Me pareció un disparate entonces y me lo parece ahora, viendo al guerrero más temido de Escocia parapetado detrás de una esponja.
—Esto es lo que vamos a hacer —negocia, con la voz de tratar rendiciones—. Tú te vas a cazar algo. Un ratón. Lo que sea. Y vuelves cuando el sol toque el cordal, y ninguno de los dos volverá a mencionar esta tarde. ¿Hay trato?
Ladeo la cabeza.
—El chasquido. Haz el chasquido si hay trato.
Silencio.
—Maldita seas, ave.
Se rinde como se rinden los hombres grandes: de golpe y para siempre.
Suelta el aire, recupera la esponja, y reanuda su baño con una dignidad rota y recompuesta a la vista, dándome la espalda a medias, gruñendo por lo bajo un censo completo de mis defectos: ingrata, insolente, sin horas, sin modales, sin temor de Dios ni de laird.
Y entonces, con el pelo lleno de jabón, empieza a hablarme. Como cada tarde. Porque ya no sabe estar conmigo de otra manera.
—Torcall volvió del valle alto. Tenías razón, para variar: no exageraban.
Hay reses muertas sin lobo, sin marca y sin sentido, y eso o es mal del agua o es mano de hombre.
—Se aclara el pelo con el cubo, resopla, escupe agua—.
Mandé apostar dos hombres en los pastos. Si es mano de hombre, quiero la mano.
Mientras habla, yo hago lo que un halcón hace: mirar. Y por primera vez lo miro entero, sin lino ni plaid ni penumbra de por medio, y lo que veo me seca el desconcierto de golpe.
Cicatrices. No tres, no diez. El cuerpo del laird de Dargath es un mapa de guerra escrito por manos distintas: la línea larga que le baja del hombro izquierdo, blanca de vieja; el zarpazo torcido sobre las costillas; la marca redonda y fea de una punta de flecha bajo la clavícula; otras menudas, paralelas, en los antebrazos, que no son de batalla, que son de aprender a cubrirse tarde, de niño que para golpes.
Cada una contó un día en que alguien quiso matarlo y no supo.
Las canciones dicen cuántos hombres ha matado el Cuervo.
Ninguna canción cuenta cuántas veces han intentado matarlo a él.
Suelto un chasquido sin querer. Él se vuelve, sigue mi mirada hasta su propio hombro, y algo le cruza la cara, una sombra rápida que no es vergüenza, que es más vieja que la vergüenza.
—¿Esta? —Se toca la línea blanca del hombro—.
Glenmore. El vado. Tenía veinte años y más prisa que juicio.
—La de las costillas—: Un jabalí con malas ideas, que no todo van a ser hombres.
—La de la clavícula, y aquí la voz se le queda un punto más plana—: Esta fue de aprender.
Hay maestros que enseñan con vara y maestros que enseñan con flecha. A mí me tocó de los segundos.
Seis años. Veinte inviernos en la casa del asesino. Hay maestros que enseñan con flecha.
No pregunto más, porque no puedo, y por primera vez desde que tengo plumas lamento de verdad no tener boca de mujer en este cuarto: no para decir nada sabio, sino para decir cualquier cosa, lo que fuera, antes que dejarle ese silencio donde acaba de quedarse solo con sus maestros.
Él mismo lo rompe, porque ha aprendido a no quedarse en esos silencios más de lo justo. Carraspea, recupera la esponja, y remata el censo de cicatrices con la voz ya recompuesta:
—Y esta de la ceja ya la conoces, que la llevas mirando desde el primer día. Esa no tiene historia de guerra. Me la hizo una escalera de la halconera, a los siete años, por bajar a oscuras. —Una pausa—. A oscuras se bajaba mejor. Había noches en que convenía no ser visto ni por las aves.
Sale de la tina dándome una espalda escrupulosa, ejecuta una maniobra de plaid digna de un contorsionista de feria —alcanzar el arcón en dos zancadas chorreantes, sujetar, envolver, anudar, todo sin exponer un palmo de más, todo bajo la supervisión de un ave a la que el espectáculo le importa lo que a la luna—, y a medio nudo se detiene, cae en la cuenta de lo que está haciendo, y me fulmina por encima del hombro.
—Estoy escondiéndome de un pájaro. En mi propia alcoba. —Remata el nudo de un tirón—. Si los MacRath levantan la cabeza algún día, que sea para ver esto. Se mueren de risa y nos ahorramos la guerra.
Cuando por fin queda envuelto y seco se planta delante de mí con el pelo goteando y la autoridad recompuesta.
—Reglas nuevas de esta casa —anuncia—. Regla primera: cuando haya agua y jabón de por medio, la ventana se respeta.
Regla segunda: el respaldo es tuyo, la tina es mía.
Regla tercera... —se inclina hasta dejar sus ojos grises a la altura de los míos, y baja la voz hasta ese terreno áspero donde este hombre guarda lo que no sabe decir—: si le cuentas esto a alguien, a quien sea, en la lengua que sea, te cambio el venado por sebo rancio el resto de tus días.
Le sostengo la mirada. Y chasqueo dos veces, que entre nosotros empieza a querer decir muchas cosas y esta tarde quiere decir: tus reglas me parecen sugerencias.
—Lo sabía —dice, y se deja caer en el sillón a mi lado, vencido y seco y, aunque él no lo sepa, menos solo que ningún laird de Escocia—. No sé para qué legislo.
Vuelo a casa con la luna ya alta y las corrientes frías, y el día entero me viene detrás como vienen las bandadas: el patio de armas y el golpe desviado hacia su propio costado, el rugido y el vapor, la esponja sopesada y descartada, el censo de mis defectos, los maestros que enseñan con flecha, el niño que bajaba a oscuras las escaleras de la halconera para no ser visto ni por las aves.
Todo revuelto, lo ridículo y lo terrible, lo rojo y lo blanco de las cicatrices, y a mitad del desfiladero la mezcla hace lo que hacen las mezclas imposibles, que es desbordarse por donde puede.
Me descubro haciendo un sonido que no le he oído nunca a ningún halcón, un cloqueo entrecortado que me sube del pecho y se pierde en la noche, y tardo media legua en ponerle nombre, porque ningún halcón lo ha necesitado nunca.
Me estoy riendo.