El halcón de Dargath (Los hijos de Morvenna 2) CAPÍTULO 7
22%

CAPÍTULO 7

La ventana lleva cuatro noches abierta y empiezo a quedarme sin excusas.

La primera noche fue el humo de la turba.

La segunda, el calor del fuego, que cargaba el aire.

La tercera no me molesté en buscarla, y esta cuarta, mientras el viento del norte me hiela media alcoba y yo ceno de pie con el plaid sobre los hombros como un pastor sin techo, admito ante el queso y el pan que el señor de Dargath está dejando una ventana abierta en otoño por si vuelve un pájaro.

El cesto sigue junto al fuego. Mañana mando que lo quiten. Llevo cuatro días mandándolo mañana.

Una no ha dicho nada, lo cual en ella es una forma agravada de decirlo todo.

Esta mañana ha subido sus ungüentos para mi hombro viejo, ha mirado la ventana, ha mirado el cesto, ha mirado al techo pidiendo paciencia a algún santo de su devoción, y se ha marchado sin soltar más que un «abrigaos, mi señor», con un retintín que en cualquier otra boca habría costado dientes.

Torcall ha sido menos prudente, porque la prudencia de Torcall se acabó hace dos guerras.

—Los centinelas preguntan —me ha dicho a mediodía, sin levantar la vista de las tablillas— si el ave moteada del norte es de las nuestras. Para no tirarle, dicen.

—¿Qué ave?

—La que no miráis buscar cada vez que cruzáis el patio. —Ha pasado una tablilla con toda la calma del mundo—. Les he dicho que quien le toque una pluma responde ante vos. ¿He hecho mal?

—...No.

—Eso me parecía. —Y, ya en la puerta, sin volverse, el tiro de despedida—: También han contado dos hogueras nuevas al otro lado del paso, esta vez. Por si entre pájaro y pájaro os interesa el dato.

Lo apunto. Dos hogueras nuevas. La amenaza del norte engorda despacio, una hoguera cada pocas noches, como engorda todo lo que se prepara para durar, y un señor cuerdo le daría a eso la cabeza entera.

Yo se la doy a medias. La otra mitad la tengo en una ventana abierta, y eso, lo sé incluso mientras ocurre, es exactamente la clase de descuido por el que mueren los hombres como yo.

Hasta la cocinera se ha sumado a la conjura del silencio a voces.

Cada mañana mando bajar por venado fresco, cortado en tiras pequeñas, y cada mañana el cuenco vuelve a subir sin que nadie pregunte para qué quiere el señor venado en cuencos de gato.

Ayer Una se cruzó con el mozo que lo subía, miró el cuenco, me miró a mí, que cruzaba el patio en ese momento, y le faltó el tiempo para informarme de que el venado en tiras es mano de santo para los señores que cenan poco y esperan mucho.

Le he retirado el saludo. Le da exactamente igual.

Es un ave, me digo a la hora del lobo, con el frío de la ventana en la cara. Las aves no vuelven. Comen, sanan y olvidan, que es lo natural y lo sano, y un hombre con seis clanes deseándole la muerte tiene asuntos mejores que esperar criaturas que no saben que se las espera.

Vuelve al quinto día, con la última luz.

Estoy junto a la ventana, precisamente, midiendo si esta noche por fin la cierro, cuando una sombra cruza el sol bajo y el corazón me hace una cosa indigna, una cosa de muchacho, un vuelco completo que me niego a ponerle nombre.

Conozco ese vuelo antes de ver las plumas: el círculo amplio, insolente, sin prisa, el mismo que dibujó sobre mi columna el primer día y sobre mi torre al marcharse.

Da una vuelta entera al castillo, dos, como si pasara revista a sus posesiones, y por fin se deja caer sobre el alféizar con un golpe de alas que me echa el aire frío a la cara.

Nos miramos. El ámbar, el acero. Cinco días.

Tendría que haber un nombre para esto que hace el pecho de un hombre cuando algo que dio por perdido se planta en su alféizar como si tal cosa.

No es alegría; la alegría la recuerdo de antes del salón y era más simple.

Esto pesa y aligera a la vez, aprieta y suelta, y dura lo que tardo en estrangularlo, que es lo que llevo haciendo con todo lo que me hace el pecho desde los seis años.

Y lo peor no es el vuelco. Lo peor es la rabia que viene detrás, contra mí, por haberlo sentido: un hombre que se permite alegrarse de que algo vuelva es un hombre que ya ha aceptado que ese algo puede no volver, y esa cuenta yo la cerré de niño y no pienso reabrirla por un pájaro.

—Vaya —digo, con toda la indiferencia que consigo reunir, que es poca y mal hilada—. Mira lo que trae el viento.

El ave ladea la cabeza, esponja las plumas del pecho y entra en mi alcoba como quien entra en la suya: un salto al respaldo del sillón, su sillón, su respaldo, una sacudida que deja dos plumas de despedida flotando hacia el fuego, y esa mirada de juez que me repasa de arriba abajo comprobando que su humano sigue de una pieza.

—Cinco días —le digo. Me sale más áspero de lo que pretendo, y no lo corrijo—.

Cinco. ¿Sabes lo que ha pasado aquí en cinco días, ave ingrata?

Te lo cuento: los MacRath han comprado doce caballos más, los del valle alto han vuelto con lo del ganado, el herrero ha hecho un arado torcido y nadie, fíjate lo que te digo, nadie se ha plantado en ese respaldo a juzgarme la cena.

He tenido que juzgármela yo solo. Un desastre.

El ave me sostiene la mirada con una fijeza que en cualquier vasallo sería insolencia y en ella es costumbre, y os juro que espera. Espera a que termine de vaciar el saco, como esperan las esposas viejas, como espera Una, con esa paciencia de quien sabe que el trueno pasa y el hombre queda.

—Te marchaste sin mirar atrás —añado, más bajo, y esto ya no es teatro y por eso me sale peor—. Está bien. Es lo que hacen las criaturas con juicio. Lo que no está bien es volver, ¿entiendes? Volver es de tontos. Esta es la casa donde te tiraron una lanza.

Y la lanza la tiré yo, y los dos lo sabemos, y por eso esta criatura sentada en mi sillón es la cosa más incomprensible de cuantas han cruzado mis murallas: hombres han vuelto a Dargath por miedo, por hambre, por paga.

Por su voluntad, a la torre del que los hirió, no ha vuelto nunca nadie. Hasta hoy.

Se acicala una pluma del ala. La del ala que le rompí, exactamente, con una precisión que no puede ser casual, y luego me mira como diciendo: tú sabrás lo que haces con tus lanzas, que yo sé lo que hago con mis alas.

—Ingrata e insolente —dictamino, y voy a buscar la carne.

Mientras la traigo, hace su inspección. Lo hace siempre desde aquella primera tarde, ahora lo sé: un vuelo bajo y minucioso por la alcoba, el arcón, la mesa, la talla junto al fuego, comprobando que nada falte, que nada sobre, que su mundo de piedra sigue donde lo dejó.

Esta vez la inspección termina en el cesto.

Se posa en el borde de mimbre, lo recorre con una pata, y levanta hacia mí una mirada larga que no pienso traducir.

—Sigue ahí porque nadie ha tenido tiempo de quitarlo —informo—. En este castillo se trabaja, ¿sabes? No todos nos pasamos el día volando.

El ave deja el cesto, ocupa su respaldo y me dedica el silencio más elocuente de las Highlands.

Porque hay carne. Eso tampoco pienso explicárselo a nadie: que en la despensa de la torre hay desde hace cuatro días un cuenco con tiras de venado cortadas pequeñas, renovadas cada mañana, por si acaso.

La pongo sobre el arcón, a su altura. Come sin remilgos, con ese apetito limpio de las criaturas que no han aprendido a disculparse por tener hambre, y yo me siento en mi sillón usurpado a medias, recupero la talla, y la alcoba se acomoda alrededor de los dos con una facilidad que asusta, como si los cinco días hubieran sido un parpadeo, como si esto, el fuego, las virutas, el ave y el hombre, fuese el estado natural del mundo y todo lo demás la interrupción.

Le hablo. Por supuesto que le hablo; a estas alturas mentirme me da más trabajo que rendirme.

Le cuento los doce caballos nuevos y lo que opino de los tratantes de Inverness, le cuento que el arado torcido del herrero acabó en pelea y la pelea en mi sala, y que condené al herrero a enderezar arados gratis un mes, y que el muy zorro está enderezándolos tan despacio que la condena le va a salir rentable.

El ave escucha. Sabe la Madre cómo lo hace, pero escucha: gira la cabeza en los momentos justos, esponja las plumas cuando algo no le cuadra, y suelta un chasquido corto, una sola vez, exactamente cuando digo que quizá los del valle alto exageran lo del ganado.

—¿No? —pregunto—. ¿No exageran?

Chasquido.

—Tomo nota. Mañana mando a Torcall al valle. —Y caigo en la cuenta, viruta en mano, de que acabo de cambiar una orden por el chasquido de un pájaro, y de que no pienso deshacer el cambio. El consejo de Dargath se ha ampliado en un miembro y nadie ha votado.

Se queda hasta la luna alta. Cuando el fuego baja, salta del respaldo al alféizar con dos golpes de ala, se vuelve —siempre se vuelve, esta criatura, como si llevara la cuenta de las miradas que me debe— y se deja caer a la noche.

La rutina nace así, sin acta ni juramento, a la manera de las costumbres que de verdad gobiernan a los hombres.

Vuelve a los dos días. Después a los tres.

Después al siguiente. Llega con la última luz, pasa revista al castillo en dos círculos, ocupa su respaldo, come de su cuenco, escucha el parte del día y juzga mi cena.

Los centinelas ya la saludan a su modo, alzando la barbilla cuando cruza la muralla, y he oído a uno joven llamarla «la moteada del señor» sin que yo haya ordenado ahorcarlo, lo cual me preocupa por lo que dice de mí.

Hay tardes en que no viene, y son tardes más largas que otras, eso es todo lo que estoy dispuesto a conceder.

En esas tardes la talla avanza menos y el parte del día se queda sin dar, porque he descubierto que contarle el día a la pared, después de habérselo contado a ella, es de las pocas humillaciones que me quedan por estrenar y pienso morirme sin estrenarla.

Guardo el parte. Al día siguiente, o al otro, cuando el golpe de alas sacude el alféizar, se lo doy entero, atrasado y ordenado, y ella escucha el doble de tiempo con la misma cara de juez, cobrándose los intereses.

Y una de esas tardes vacías, la cosa de fuera aprieta.

Una patrulla vuelve del paso del norte con un hito quemado y un cordero degollado sobre las cenizas, colocado, no caído: un mensaje sin letras, de los que entiende cualquiera que haya hecho la guerra.

Glenmore jura por carta que no es cosa suya, y jurar tan pronto es de por sí media confesión.

Reúno a Torcall, doblo la guardia del paso, mando dos hombres de paisano a la taberna del camino real a oler quién paga, y hago todo lo que un señor cuerdo debe hacer, con la cabeza fría y la mano firme.

Y al terminar, ya de noche, me sorprendo en el alféizar, repasando el incidente en voz baja, ordenándolo en frases —el hito, el cordero, la prisa de Glenmore—, y tardo un latido entero en darme cuenta de para quién lo estoy ordenando.

No para el consejo. Para una percha vacía.

Llevo media jornada guardando una amenaza de muerte como quien guarda una anécdota buena, para contársela a un pájaro que a saber si vuelve.

Eso, me digo cerrando el postigo de golpe, no es descuido de hombre enamorado de la calma: es otra cosa, y no le pienso poner nombre, pero sé contar, y la cuenta no me gusta.

Una noche, mientras se acicala en su respaldo, caigo en la cuenta de que llevo la jornada entera sin preguntarme quién me quiere muerto.

Es la medida de mis días desde hace diez años, esa pregunta: me despierta, me viste, cena conmigo.

Hoy no ha venido a la mesa. La he pasado contándole a un ave la historia del arado torcido y esperando que chasqueara.

Debería alarmarme. Lo apunto en la lista de cosas que deberían alarmarme y que guardo en la misma bolsa que las dos plumas.