CAPÍTULO 6
Madre readmite a padre con el desayuno, que en esta casa es como se firman los tratados.
Le pone delante el cuenco más lleno, le retira la paja del pelo con dos dedos y un desdén perfectamente ensayado, y dictamina que los hombres que mandan a sus hijas a los riscos sin avisar desayunan de pie.
Padre desayuna de pie. Oisín disfruta tanto del espectáculo que madre lo manda a desayunar fuera, y la paz vuelve al clan Kyntire como vuelve siempre: por agotamiento del enemigo.
Y mientras desayunamos a medias, el clan entero se despereza alrededor como se despereza cada mañana de mi vida.
Por la puerta abierta entra el mundo de Kyntire en orden de batalla: el repique de la fragua de Struan, que ya tiene el fuego cebado; el escándalo de los gansos a los que alguien ha soltado antes de tiempo; dos mozos jóvenes midiéndose con palos en la era, más torpes que peligrosos, parando cada tres golpes para discutir quién ha ganado el anterior; el olor del pan de madre peleando con el del estiércol recién sacado, que es el perfume exacto de mi infancia.
Cael no ha bajado todavía del cobertizo de arriba, pero se le oye: enseña a sus crías a trepar por el muro bajo, y las tres berrean de risa y de rabia a la vez, con Aila reclamando paz desde algún sitio y sin la menor esperanza de obtenerla.
Kyntire huele a fuego y a animal y a comida y a gente, todo mezclado, todo vivo, todo mío.
En Dargath hay torres más altas y murallas más fuertes.
No hay nada de esto. En Dargath el humo sale flaco y los niños se apartan de su señor contra el muro.
Aquí los niños aúllan a la luna y nadie los manda callar.
—El tejo —anuncia padre al rebañar el cuenco— no se va a cortar solo. Me llevo a la niña.
—Llévatela. —Madre ni levanta la vista del amasado—. Y esta vez, Ronan, si el risco se la queda tres días, no vuelvas tú tampoco.
—¿Puedo ir yo? —Oisín asoma medio cuerpo por la puerta, siempre dispuesto a cualquier cosa que no sea su trabajo—. El arco es mío, digo yo que el tejo de mi arco...
—Tú tienes leña que partir —sentencia madre.
—Esa leña ya está partida espiritualmente, madre.
—Pues remátala en lo material.
Así que media mañana después subo con mi padre por la senda del risco gris, él con el hacha pequeña al hombro y yo con la cuerda, a convertir en verdad la mentira que nos salvó a los dos.
Es un día limpio, de esos en que el otoño se disculpa, y durante la primera legua hablamos de nada: del arco de Oisín, de los pequeños de Cael, que ya se ponen en pie agarrándose a todo y la semana pasada aullaron los tres a coro a la luna llena, con gran escándalo de Aila y enorme orgullo mal disimulado de su padre.
La piel me tira menos que ayer. La Madre me devolverá las alas en dos amaneceres, tres a lo sumo, y esa cuenta me la guardo donde guardo ahora todas mis cuentas: al norte.
Es padre quien rompe el acuerdo de hablar de nada.
—Anoche me preguntaste qué sabía yo de él —dice, sin dejar de subir—. Del Cuervo.
—Y me dijiste que era cuento largo.
—Lo es. —Señala con el hacha una roca plana, a media ladera, con vistas al valle y al norte—. Y los cuentos largos se cuentan sentados.
Nos sentamos. Abajo, el lago copia un cielo de nubes rotas; al norte, detrás de tres cordales azules, está el desfiladero, y detrás del desfiladero, él.
Padre apoya el hacha entre las botas y empieza a hablar con la voz de las noches de invierno, la de los cuentos, solo que esta vez el cuento es verdad y los dos lo sabemos.
—Yo tenía más o menos tus años cuando pasó lo de Dargath.
Se supo en todas las cañadas en un verano: los tratantes de ganado llevan las noticias más rápido que los reyes.
—Entorna los ojos hacia el norte—. Dargath era entonces de los Dargath, como había sido siempre.
Buena casa. Dura, como todo lo de allá arriba, pero de ley: el padre de tu Cuervo tenía fama de pagar lo justo y ahorcar lo justo, que en un señor ya es milagro. Y tenía un hijo. Uno solo.
—Ciaran.
—Seis años tenía. —Padre deja que el número se asiente entre los dos—.
Seis años la noche que el Usurpador cruzó el vado con cien lanzas.
Al señor de Dargath y a su mujer los degollaron en su propio salón.
Delante del niño, Bríde. Lo cuentan igual todos los que lo cuentan: que el Usurpador limpió el hierro, miró al crío que lo había visto todo sin soltar una lágrima, y le ofreció elegir.
Morir allí mismo, o quedarse. Vivir bajo su techo, comer de su mesa, crecer sirviendo al hombre que acababa de matar a sus padres.
El viento sube del valle y me mueve el pelo, y yo no siento el viento. Estoy en un salón que no he visto nunca, mirando a un niño que conozco.
—Eligió quedarse —digo.
—Eligió quedarse. Veinte años, hija. Veinte años durmió bajo el techo del asesino de su sangre.
Le sirvió la mesa, le limpió la halconera, cargó su escudo en tres guerras y peleó en ellas, y peleó tan bien que el Usurpador acabó fiándose de él más que de sus propios capitanes, que es la clase de error que comete un hombre que confunde el silencio con el olvido.
—Padre escupe a un lado, su único comentario—.
Y una noche de invierno, hace diez años, el niño que ya no era niño entró en la alcoba del señor y lo mató.
Con las manos. Sin hierro, dicen, para que la última cara que viera fuese la del crío del salón.
Después bajó al patio, dijo a la guarnición quién era y de quién era hijo, y les dio a elegir lo mismo que le dieron a él: marcharse o quedarse. No se marchó ni uno.
—¿Por qué? —La pregunta se me escapa con un hilo de rabia que no esperaba—. Veinte años, padre. En veinte años, ¿nadie hizo nada? ¿Nadie del clan, nadie de la gente de sus padres, nadie lo sacó de allí?
—¿Y llevarlo adónde? El Usurpador tenía las lanzas, el castillo y el miedo, que son las tres patas del poder.
La gente de Dargath hizo lo que hace la gente: agachar la cabeza y sobrevivir.
—Padre tuerce la boca—. Aunque algo hicieron, si se mira fino.
Lo alimentaron de cuentos. Las cocineras, los mozos de cuadra, los viejos: cada uno le fue contando a escondidas quién había sido su padre, cómo pagaba, cómo ahorcaba lo justo.
Veinte años de migas de memoria. Por eso, cuando el crío bajó al patio con las manos todavía calientes y dijo su nombre, no se marchó ni uno.
Llevaban veinte años esperándolo igual que él.
—Y desde entonces gobierna Dargath.
Veinte años de migas de memoria. Mientras yo aprendía a volar en estas colinas, con un padre que me esperaba al pie del risco y una madre que afilaba espadas de puro amor, un niño aprendía al norte a servir la mesa del hombre que degolló a los suyos.
Sin soltar una lágrima. Nadie le enseñó dónde se sueltan.
—Desde entonces gobierna Dargath, y desde entonces media Escocia cuenta lo que vino después: los ahorcados, las cosechas, los nombres.
El Carnicero. El Laird Negro. —Padre se vuelve a mirarme, y en sus ojos no hay reproche; hay algo mucho más difícil, que es cuidado—.
Y todo eso es cierto, Bríde, no lo olvides ni un amanecer.
Lo que pasa es que ahora ya sabes la otra mitad: que antes de todos esos nombres hubo un crío de seis años en un salón, aprendiendo de la única escuela que le dejaron.
Que la bondad de su padre no detuvo cien lanzas.
Que llorar no resucita a nadie. Que sobrevive el que espera, y espera el que no siente, o el que entierra lo que siente tan hondo que ni él lo encuentra.
Las manos de un hombre tienen que saber hacer algo además de empuñar. Yo tenía seis años y me dejaba recoger las virutas. Es el único trabajo que recuerdo haber hecho feliz.
Algo me sube por dentro, lento y enorme, como sube la marea por las rías.
No son lágrimas; es otra cosa, anterior a las lágrimas, una claridad terrible que ordena de golpe todo lo que vi en aquella torre: el cuchillo de empuñadura gastada que no se separa de su cinto.
La alcoba sin un adorno, porque adornar es confiar en el mañana.
El sueño con la mano armada. La halconera que limpió de niño y que no ha vuelto a pisar.
La ventana abierta para un ave, de par en par, por un hombre que juró no tener nunca nada encapuchado.
—No es un monstruo —digo, y la voz me sale rara—. Es un niño que aprendió demasiado pronto que ser cruel era la única manera de no morir. Y lleva veintisiete años sin que nadie le enseñe otra cosa.
Padre me mira largo. Después mira el norte, los tres cordales azules, lo que hay detrás.
—Eso que acabas de decir —responde al fin, levantándose y tendiéndome la mano— es lo más peligroso que se puede pensar de un hombre peligroso.
Más que odiarlo. Más que temerlo. —Me iza de la roca, recoge el hacha, y no me suelta la mano hasta que termina—: Porque al que odias le das la espalda y al que temes le pones murallas.
Al que entiendes, hija, le abres la puerta.
Cortamos el tejo casi en silencio, una rama vieja y torcida de viento, perfecta para un arco, perfecta para una coartada. Padre marca el corte, yo sujeto, y el trabajo a cuatro manos nos devuelve poco a poco al mundo de las cosas pequeñas, que es donde esta familia descansa de las grandes.
—¿Padre?
—Dime.
—La tercera condición. La que te guardas. —Le tiendo la rama cortada—. ¿Es sobre él?
—Es sobre ti. —Carga el tejo al hombro y echa a andar senda abajo—. Y te la diré cuando haga falta, que ojalá sea nunca.
Madre nos espera en el corral con las manos enharinadas y el ojo puesto en la rama antes que en nosotros. La toma, la sopesa, le recorre la veta con el pulgar, y durante un instante larguísimo el destino de la coartada entera cuelga de ese pulgar.
—Tejo del risco gris —concede al fin—. Torcido de viento. —Me lo devuelve, y sus ojos me hacen el mismo examen que a la madera, veta a veta—. Seis días de búsqueda para una rama que tu padre corta en una mañana en cuanto se lo llevan de la mano. Qué cosas tiene el norte, ¿verdad, hija?
—El norte es grande, madre.
—Enorme. —Se sacude la harina, da media vuelta hacia la casa, y suelta el resto sin volverse, como quien deja un cepo armado en mitad de la senda—: Y cada vez te queda más cerca.
De noche, en mi cuarto, con la casa ya dormida y el tejo curándose junto al hogar, abro el postigo y dejo que entre el frío.
El cielo está limpio, las estrellas de otoño afiladas, y la piel me tira con menos fuerza, casi con dulzura, como tira un perro viejo de una correa que sabe que van a soltarle.
Dos amaneceres. Tres a lo sumo.
Pienso en un crío recogiendo virutas junto a un fuego que iba a apagarse. En veinte años de migas de memoria. En una guarnición entera que se quedó. En una vieja que le habla como a un niño y en un ave a la que le cuenta el grano, y en lo que dijo padre en el risco, que entender es abrir la puerta.
Pues sea.
En cuanto la Madre me devuelva las alas, hay una ventana entornada en lo alto de una torre negra que va a recibir visita.