El halcón de Dargath (Los hijos de Morvenna 2) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Padre no suelta el cuenco. Tampoco come.

Se queda con el guiso humeando entre las manos, muy quieto sobre la paja, y la luz de sebo le talla la cara en planos duros que no le conocía.

Las cabras rumian en su rincón. Fuera, el viento del norte rasca la techumbre, ese mismo viento que hace cuatro noches me empujaba hacia las tierras del Cuervo.

—Repítelo —dice al fin.

En esta familia, las cosas grandes se dicen en el establo.

Aquí confesó Oisín lo del bote de miel del concejo, aquí contó Cael que había una muchacha en una cabaña del bosque, aquí anunció madre, dicen, que venían tres y no uno.

Será por el calor de los animales, o porque entre paja y estiércol no hay manera de darse importancia.

El caso es que el establo nos saca las verdades, y por eso padre eligió dormir aquí su destierro con tan poca pelea.

—He estado en Dargath.

—Eso ya lo he oído. La otra parte.

—Con el Cuervo. Con Ciaran Dargath. —El nombre me sale entero, redondo, y descubro que es la primera vez que lo pronuncio en voz alta—. En su castillo. En su alcoba, padre, cinco días.

El cuenco desciende hasta la paja con un cuidado infinito, que es la manera que tiene mi padre de no romper cosas cuando algo se le rompe por dentro.

—Empieza por el principio —ordena, con la voz que reserva para los partos difíciles del ganado y las crecidas del río—. Y no te dejes nada, Bríde. Ni una pluma.

Y empiezo por el principio.

Le cuento el desfiladero prohibido y el valle del camino de turba, la columna de jinetes y aquellos ojos grises que me encontraron en el cielo sin protegerse del sol.

Le cuento la lanza. Ahí mi padre cierra los puños sobre las rodillas, despacio, y los nudillos se le vuelven de cera, y no dice nada.

Pero le veo la mandíbula trabajar, masticar en seco una rabia vieja que no tiene a quién morder, porque el hombre que le rompió el ala a su hija está a tres cordales de aquí, gobierna seis valles, y no hay padre en Escocia que pueda subir a pedirle cuentas.

Le cuento la caída, el brezo, el círculo de hombres, el cuchillo que bajó hacia mi garganta.

—¿Cuánto te dio? —pregunta con la voz rasposa—. El golpe. ¿Cuánto?

—El ala. Hueso limpio, dijo la sanadora. Ya ha soldado.

—Enséñamela.

—Padre, ahora mismo no tengo ala que enseñ...

—El hombro, Bríde.

Me bajo el vestido del hombro izquierdo y le muestro la sombra amoratada que el cambio trasladó de la pluma a la piel, esa marca rara que madre cazó en la cena al primer vistazo.

Padre la mira el tiempo justo de aprendérsela, alarga una mano de pastor, áspera y tibia, y me roza el borde del moratón con el pulgar, apenas, como se toca lo que duele en las crías recién nacidas.

Asiente una vez, y algo en su quietud me dice que acaba de guardar esa marca donde los padres guardan las cuentas que algún día piensan cobrar.

—Sigue —dice.

—Y se detuvo —digo.

—¿Por qué?

—No lo sé. Me miró. Yo lo miré. —Me encojo de hombros, y el gesto se me queda corto para lo que intenta abarcar—. Preguntó qué clase de ave miraba así. Y después me recogió del brezo con las dos manos, me envolvió en su plaid y mandó que nadie me tocara.

Le cuento el cesto de mimbre junto al fuego y la carne cortada pequeña para un pico herido.

La vieja Una y sus vendas de lino. Los cuencos de agua cambiados por la mano del propio laird, porque en esa torre no entran criados.

Las dos noches que pasó velando a un pájaro, según la vieja, como una madre primeriza.

El día que masculló entre dientes si era necesario hacerme daño para curarme.

Le cuento más, porque una vez abierta la presa el agua no entiende de medidas: que habla solo, o eso cree él.

Que le cuenta a un ave las cuentas del grano y los caballos de guerra de sus enemigos.

Que talla madera junto al fuego con un cuchillo viejo, y que el vicio se lo enseñó su padre, y que de eso me enteré sin que él supiera que alguien se enteraba.

Mi padre lleva toda la confesión con las manos ocupadas, porque las manos de un guerrero viejo no saben estarse quietas: talla, sin mirar, un animalillo de madera para el mayor de los aulladores de Cael, un borrico torpe del tamaño del pulgar.

Cuando digo lo del cuchillo viejo y el padre que se lo enseñó, el suyo se para a medio trazo.

No dice nada. Pero las manos de mi padre son donde guarda lo que no dice, y se las miro: el cuchillo detenido sobre el lomo a medio tallar, el pulgar pasando despacio por la madera sin cortarla, una vez, otra.

Ladea el borrico hacia la luz del sebo. Lo mira como si no lo hubiera hecho él.

Y lo deja en la paja, entre los dos, con el cuchillo al lado, y se queda con las manos vacías por primera vez en toda la noche, que en este hombre es lo más parecido a rendirse que le he visto hacer nunca.

—Con un cuchillo viejo —repite, despacio, y no me mira a mí; mira su borrico a medio hacer—. Junto al fuego. Lo que le enseñó su padre.

No es una pregunta. Es un hombre cotejando una herramienta con la suya y encontrándolas idénticas.

Recoge el borrico, lo vuelve a dejar, alarga la mano hacia el cuchillo y la retira sin tocarlo.

Tres veces le veo ir a seguir tallando y tres veces no puede, y en esas tres manos que no terminan el gesto se le cae al suelo del establo, sin ruido, una de las canciones que trajo del norte hace cuarenta años: la del Carnicero que ahorca a doce hombres en una tarde.

Porque una cosa es temer a un monstruo, y otra muy distinta es saber que el monstruo se sienta al caer la noche, como mi padre, como cualquier hombre viejo y cansado, a tallar bestias diminutas con el cuchillo de un muerto para no pensar en lo que ha perdido.

Mi padre no vuelve a tocar la talla en toda la noche. Y ese borrico sin terminar, quieto en la paja entre los dos, me dice más que cualquier cosa que pudiera decirme: en este establo, ahora mismo, la leyenda del Cuervo acaba de perder su primer ladrillo.

—¿Te vio cambiar? —me corta padre, y en la pregunta va toda la sangre de esta familia—. Bríde. ¿Ese hombre sabe lo que eres?

—No.

—¿Estás segura?

—Llegué halcón, viví halcón y me marché halcón. Para Ciaran Dargath no soy más que una rapaz con buen ojo. —Levanto la barbilla—. Hice el cambio detrás de su granero más lejano, de vuelta, con el plazo ya mordiéndome los huesos. Nadie me vio. Ni allí ni aquí.

Padre suelta el aire por la nariz, largo, y algo de la cera se le va de los nudillos.

Recoge el cuenco. Come dos cucharadas, mecánico, por darle a las manos un destino que no sea temblar.

Y entonces empieza la otra parte, la que esperaba: mi padre fue guerrero antes que pastor, y el guerrero hace ahora las preguntas.

—¿Te siguieron?

—Por el aire no se sigue a un halcón, padre.

—Por el aire no. ¿Y desde el suelo? ¿Patrullas en el desfiladero, vigías en los cordales?

—Dos rondas dobles en el paso del norte. Las vi al salir. —Y como sé adónde va, se lo doy entero—: Y sí. Sus hombres me conocen. El más joven de la columna juraba que yo los contaba desde el vado, y no le faltaba razón. Si un halcón con mis plumas vuelve a sobrevolar Dargath, habrá quien lo señale.

—Y quien tenga otra lanza a mano.

—Él no la tendrá.

—Eso —dice padre, muy despacio— es exactamente lo que me preocupa de toda esta historia. No la lanza, Bríde. La seguridad con que dices que no la habrá.

—Cinco días —repite—. En la alcoba del hombre más temido de Escocia. Curada por sus manos. —Me mira de través—. ¿Y al quinto día qué hizo, ponerte precio?

—Abrió la ventana.

—¿Que hizo qué?

—La abrió de par en par y me dijo que me largara de sus tierras.

—Sonrío sin querer, y mi padre me ve sonreír, y eso, comprendo tarde, le dice más que todo el cuento junto—.

Sin capucha, padre. Sin correa, sin jaula, sin pedir nada.

La vieja le ofreció retenerme una semana más y él me soltó esa misma tarde.

El Carnicero del Norte cura a un ave que derribó, la alimenta cinco días y la devuelve al cielo.

Eso no salía en ninguna historia de las que me contasteis.

—Las historias... —Padre deja el cuenco otra vez.

Se frota la cara con las dos manos, y cuando las baja parece más viejo y más despierto a la vez—.

¿Sabes cuántas historias corren sobre ese hombre, hija?

Yo te digo cuántas: todas. Todas las que caben entre el mar y el muro romano.

Que ahorcó a doce hombres en una tarde. Que quemó la cosecha de Glenmore con los graneros llenos.

Que mató a su propio señor con las manos desnudas y se sentó a cenar en su mesa con la sangre todavía fresca.

—¿Y cuántas son ciertas?

—Las suficientes. —Lo dice sin alzar la voz, y por eso pesa—. Ese es el problema de tu Cuervo, Bríde. No es un hombre calumniado. Las historias son ciertas, las bastantes para que seis clanes le tengan miedo, y el miedo de seis clanes no se gana cambiando cuencos de agua.

Tu Cuervo. Lo ha dicho mi padre, no yo. Tu Cuervo.

—Entonces explícame lo que yo vi —respondo—.

Explícame al hombre que da de comer de lo suyo a los campesinos que esperan audiencia.

Al que deja que una vieja le hable como a un crío porque es la única que se atreve.

Al que duerme con la mano sobre un cuchillo, todas las noches, en su propio castillo, detrás de sus propias murallas, porque no se fía ni de la piedra.

Lo he visto de cerca cinco días, padre, más cerca de lo que nadie vivo lo ha visto.

Y no he visto un monstruo. He visto al hombre más solo de Escocia.

Padre calla un rato largo. Una de las cabras se acerca a olisquearle el cuenco vacío y él la aparta con el codo, distraído, los ojos en la llama de sebo.

—¿Sabes lo que dijo mi padre cuando le anuncié que iba a casarme con tu madre?

—pregunta de pronto—. Dijo: «Ronan, hijo, esa mujer es una tormenta con trenzas.

Las tormentas no se casan. Se capean». —Sonríe a la llama, viejo y joven a la vez—.

Cuarenta años llevo capeando, y bendito cada rayo.

Así que no voy a ser yo quien te diga que lo salvaje no merece la pena, Bríde.

Lo que voy a decirte es lo otro, lo que mi padre no me dijo: que tu madre, con toda su tormenta, jamás tuvo seis clanes deseándole la muerte ni un patio donde ahorcaba gente.

La pena de ese hombre puede ser verdadera y sus razones pueden ser justas, y aun así su mundo es un sitio donde a las criaturas como tú les tiran lanzas al verlas.

Las dos cosas, hija. Aprende a sostener las dos cosas a la vez, porque vas a necesitarlo.

El silencio que sigue lo llenan las cabras y el viento. Padre me estudia con esos ojos pacientes que han visto crecer tres criaturas imposibles, y lo que sea que encuentra en mi cara le hace bajar los hombros, vencido por algo que aún no tiene nombre.

—Yo estuve en esas tierras, ¿sabes? —dice de pronto, y no me mira a mí, mira la llama—.

Antes de tu madre, antes de las cabras. Lancero a sueldo, dos veranos, al norte del paso.

No para Dargath: para uno de los que querían sus valles.

—Se frota la cicatriz que le cruza el dorso de la mano, esa que de niña creía que era de lobo—.

Vi cómo se gobierna allá arriba, Bríde. A golpe de horca y de hambre administrada, porque la tierra es pobre y dura y no perdona al blando.

Vi colgar a hombres por menos de lo que tú haces cada vez que cruzas ese desfiladero.

Y vi, una noche, a un crío de los Dargath, el hijo del laird de entonces, plantado en una almena mirando arder una aldea que no era suya, sin llorar, con una quietud que a un hombre hecho le habría dado miedo.

—Levanta los ojos hacia mí, y hay algo viejo y húmedo en ellos—.

No sé si tu Cuervo era aquel crío. Por la edad, podría.

Pero te digo esto para que sepas que no hablo de oídas ni de canciones: ese mundo le come el corazón a la gente buena y se lo deja latiendo, que es lo peor.

Conozco a los que salen de allí. Casi ninguno sale entero.

Si el tuyo salió con sitio para cuidar un ave, hija, es un milagro o es una trampa, y a mí me toca, por oficio de padre, temer que sea lo segundo aunque rece por que sea lo primero.

Me quedo sin palabras, porque nunca le había oído contar esos dos veranos, y porque acabo de entender que mi padre lleva toda la conversación hablándome no del Cuervo, sino de sí mismo a los veinte años, del hombre que volvió de aquel norte y necesitó cuarenta años de cabras y de tormenta con trenzas para volver a estar entero.

—Tu madre no puede saberlo —dice al fin.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. —Se inclina hacia mí, y baja la voz aunque estemos solos con las cabras—.

Si tu madre se entera de que el laird de Dargath te tuvo cinco días, herida y a su merced, no dormirá un invierno entero.

Y si se entera de cómo me brillan los ojos a mí ahora mismo de puro alivio por tenerte entera, me manda a las cabras de por vida.

Esto queda entre tú y yo, y me cobraré el silencio, que esta noche ya me cuesta una cama.

—Gracias, padre.

—Guárdatelas, que el silencio tiene condiciones.

—Levanta un dedo—. Una: jamás vueles a ese valle con el plazo corto.

Si la piel te reclama en tierras de Dargath, ni la Madre te saca de allí con el secreto entero.

—Otro dedo—. Dos: si alguna vez ese hombre te mira dos veces seguidas como se mira a algo que no es un ave, vienes y me lo cuentas esa misma noche.

—El tercer dedo se queda a medio camino, y lo baja—.

Y tres... tres todavía no sé cuál es. La guardo.

Con esta familia conviene guardarse una condición en la manga.

—Hecho.

—Bien. —Recoge el cuenco, lo apura ahora sí, con hambre de hombre que ha decidido algo—. Porque queda una verdad más. La última del día. —Me clava los ojos por encima del cuenco vacío—. ¿Piensas volver?

Y como me enseñaron a no mentirle a mi padre en los establos, que es donde esta familia se dice las cosas ciertas, no le miento.