CAPÍTULO 4
Vuelo hacia casa con el corazón hecho un nudo que el viento no deshace.
Debería ser el vuelo más feliz de mi vida.
Soy libre, el ala responde, el norte me empuja por la espalda y delante están mis colinas, mi gente, mi nombre.
Lo es y no lo es, y la culpa la tiene lo que dejo atrás: fui a las tierras del monstruo buscando un monstruo, que es una cosa sencilla de encontrar y sencilla de odiar, y en su lugar he encontrado un hombre que cuenta los bocados de un pájaro, que da de comer a quien lo espera, que abrió la ventana pudiendo no abrirla.
Un monstruo se deja en su valle y se olvida. Un hombre así, no sé dónde se deja.
Cruzo el desfiladero prohibido con la última luz y el corazón se me arregla un poco, porque el mundo de abajo vuelve a ser el mío: el lago como un espejo roto, el humo de nuestras chimeneas, los tejados de turba del clan Kyntire desparramados en la falda de la colina.
Lo conozco todo desde aquí arriba con los ojos cerrados, que es como se conoce de verdad: la mancha más oscura del fondo es el tejo viejo del que mi hermano lleva años amenazando con hacerse un arco; el reguero de humo más gordo es la fragua de Struan, que no apaga el fuego ni en domingo; el cuadrado de tierra removida detrás de la casa es el huerto de madre, defendido de los conejos con una saña que ya quisieran las murallas de Dargath.
Huelo desde el aire el pan de la cena y la turba y el agua dulce del lago, olores tan míos que no los noté nunca hasta que estuve seis días respirando humo ajeno.
Y en el claro detrás de casa, una figura pequeña y terrible con los brazos en jarras, oteando el cielo.
Madre.
Llego, además, con el plazo justo. Seis días llevo de plumas entre el vuelo del valle y la alcoba del laird, y la Madre nos hizo a los míos con una correa invisible: una semana de ala, ni un amanecer más, y después la piel reclama lo suyo durante días, quiera una o no quiera.
Ya la siento tirar, esa correa, un hormigueo hondo bajo las plumas del pecho, un peso nuevo en los huesos.
Si me hubiera entretenido otra jornada en Dargath, habría hecho el cambio delante del hombre más peligroso de Escocia, desnuda y sin excusa, y esa idea me eriza entera por razones que no me paro a ordenar.
Tomo tierra detrás del granero, donde guardo siempre un vestido en el hueco seco del muro, y hago el cambio deprisa, con esa sacudida de calor y de huesos que después de veinte años sigue sin dolerme y sigue sin ser cómoda.
Plumas fuera, piel dentro, el vestido por la cabeza, el pelo cobrizo hecho un desastre de viento.
Respiro. Compongo la cara de hija que vuelve de un paseo largo.
No me da tiempo ni a rodear el granero.
—¡TÚ!
Madre dobla la esquina como dobla todo en esta vida, sin avisar y ganando, y trae en la mano —que la Madre de las aves me asista— la espada vieja de padre, la de practicar, desenvainada y en alto.
—¡Seis días! —El acero corta el aire a un palmo de mi oreja cuando me agacho—. ¡Seis días y seis noches, Bríde Kyntire, sin una pluma, sin una señal, sin un mal grito desde el cielo!
—¡Madre, baja eso!
—¡Te voy a desplumar! —Me persigue alrededor del abrevadero con un brío que ya quisieran los guerreros de seis clanes—. ¡Como a una gallina te voy a desplumar, pluma a pluma, y con las plumas voy a rellenar la almohada sobre la que lloraré a mi hija muerta de tontería en un risco!
—¡Eso no tiene ningún sentido!
—¡La que no tiene sentido eres tú! —Mandoble al aire; salto el abrevadero; Fearchar, el gato de las cocinas, sale disparado hacia el tejado entre los dos bandos—. ¡Veinte años criándote para que un águila real me traiga un día tus huesos en el buche!
—¡Las águilas no comen halcones, madre!
—¡Pues yo sí! ¡Yo como halcones, gallinas y lo que haga falta! —Otra vuelta al abrevadero; empiezo a quedarme sin abrevadero y sin aliento, que tres días de cesto no dejan las piernas para estas fiestas—. ¡Y deja de correr en círculos, que pareces tu hermano huyendo del trabajo!
—¡Si dejo de correr me ensartas!
—¡Esa es la idea!
La puerta de casa se abre y aparecen los refuerzos, si es que pueden llamarse así: Oisín, masticando algo, que se apoya en el quicio con la sonrisa del que llega al mejor momento de la fiesta, y detrás padre, que evalúa la escena —su mujer armada, su hija acorralada, el gato en el tejado— con la calma de quien lleva veinte años evaluando escenas parecidas.
—Vienen de avisar a Cael —me informa Oisín, alegre, esquivando a madre cuando pasa blandiendo el acero—. Mañana baja con Aila y los pequeños a buscarte por los riscos. Vas a tener recibimiento de heroína, hermanita. Bueno, o de difunta. Según cómo acabe esto.
—Morvenna —dice padre.
—¡Ni Morvenna ni nada! ¡Tu hija! ¡Seis días!
—Yo de ti confesaba, hermanita —aporta Oisín, masticando—. Tiene el brazo fresco. Esta mañana ha tumbado a Struan el herrero echando un pulso, y Struan dobla yunques.
Y entonces, acorralada entre el muro del granero y el acero de mi madre, hago lo que cualquier criatura de la Madre haría en mi lugar: traiciono a mi padre.
—¡Cumplía una orden de padre!
El silencio que cae sobre el corral es de los que hacen historia. La espada de madre se detiene en el aire. La nuez de padre sube y baja. Oisín deja de masticar, que en él es señal de acontecimiento solemne.
—¿Una orden —repite madre, sin volverse aún hacia su marido, con esa voz baja que en ella es mil veces peor que el grito— de tu padre?
Por encima del hombro de madre busco los ojos de padre y le digo todo lo que se puede decir con una mirada y dos cejas: sálvame, te lo explico luego, te lo compensaré hasta el fin de mis días.
Padre sostiene mi súplica durante un latido eterno.
Cierra los ojos un instante, como quien encomienda el alma.
—El tejo —dice.
—¿El tejo? —Madre se gira despacio, la espada todavía en la mano.
—El tejo del risco gris, mujer. Para el arco nuevo de Oisín hace falta madera de tejo viejo, del que crece torcido de viento, y el mejor está en los riscos del norte.
Mandé a la niña a buscarlo desde el aire.
—Se cruza de brazos, crecido en su propia mentira—.
Seis días me parecieron pocos, hasta a mí. Es mucho risco.
—¿Y no se te ocurrió decírmelo?
—Se me pasó.
—Se te pasó. —Madre envaina la espada, y el corral entero respira; conozco a mi madre, y ese alivio es de aficionados—. Seis días con el alma en un puño, Ronan. Seis noches velando esa ventana. ¿Y a ti se te pasó?
—Mujer...
—Al establo.
Oisín emite un sonido que intenta ser tos.
—Morvenna, por todos los...
—Al establo, Ronan Kyntire. Esta noche duermes con las cabras, que también se les pasa todo, y mañana ya veremos si te readmito entre la gente.
—Se vuelve hacia mí, me agarra la cara con una mano que huele a romero y a acero, me revisa entera con dos ojos como brasas: el pelo, el cuello, los brazos, esa mirada de madre que cuenta huesos a través de la ropa—.
Y tú. Tú come, que vienes con la cara chupada.
Y la próxima vez que un risco te entretenga seis días, más te vale volver con el tejo, con el arco y con una flecha de oro, porque ni tu padre ni todos los tejos de Escocia te van a salvar de mí.
Entra en casa como entró en el corral, ganando. Oisín la sigue después de dedicarme una reverencia burlona y un «bien jugado» mudo que me cobrará caro. El corral se queda en silencio, oliendo a tierra y a cena, y quedamos padre y yo, y entre los dos la mentira recién parida.
Padre recoge un cabo de cuerda del suelo, lo enrolla sin prisa y echa a andar hacia el establo, hacia su destierro, con la dignidad intacta. Al pasar a mi lado se detiene. No me mira; mira el cielo del norte, por donde he venido, ese cielo que él no puede leer y que sabe que yo sí.
—Esta noche —dice, sereno como el lago grande—, cuando tu madre duerma, vas a bajar al establo, me vas a traer algo caliente de la cena... y me vas a contar dónde has estado de verdad.
La cena es un campo de batalla disfrazado de guiso.
Y la casa, alrededor, es exactamente la que dejé: la misma mesa de tablones que mi bisabuelo no supo dejar derecha, la misma mancha de hollín con forma de liebre sobre el hogar, las mismas voces pisándose unas a otras, el mismo olor a cordero y a turba y a lana mojada secándose junto al fuego.
Todo está donde debe estar, hasta el cucharón torcido que nadie endereza por costumbre.
Y a mí, sentada en mi sitio de siempre, me sobra algo y me falta algo a la vez, como un vestido que era el mío y han lavado en agua distinta.
Madre me sirve el doble que a nadie y vigila cada cucharada como si las contara, que las cuenta; manda a Oisín por el pan con un gesto y a mí me deja quieta con otro, y entre el cordero y las gachas despliega el interrogatorio fino, el de verdad, el que no necesita espada.
No pregunta de frente; eso lo hace una madre cualquiera.
La mía caza. Suelta una pregunta boba, mira a otro lado mientras la contesto, y es entonces, cuando creo que ya no mira, cuando de verdad me está leyendo las manos, la garganta, el segundo que tardo en responder.
—¿Frío, el viento del norte? —Parte el pan sin mirarme.
—Mucho.
—¿Viste gente por los riscos?
—Pastores. De lejos.
—¿De qué color el tejo?
—Rojo por dentro. Como todos.
—¿Y esa marca rara que traes en el hombro izquierdo?
—Del propio tejo —respondo, y bendigo al lino del laird por no haber dejado más que esa sombra—. Una rama traicionera.
—Ya. —Madre rebaña su cuenco sin quitarme los ojos de encima, y en esos ojos hay algo peor que el enfado de esta tarde: hay paciencia—. Traicioneras están últimamente muchas ramas.
Oisín, que ha vuelto con el pan y sin la mitad, llena el silencio contando que el herrero quiere la revancha del pulso, que Cael ha prometido enseñar a los pequeños a aullar antes que a hablar, y que un tratante de pieles bajó esta tarde del norte con la lengua suelta: que si en Dargath el Cuervo ha doblado las rondas del paso, que si huele guerra con los MacRath para la primavera.
Y yo, que estaba rebañando el cuenco como una hija cualquiera, levanto la cabeza una pizca demasiado rápido, escucho una pizca demasiado bien, y pregunto «¿guerra?
» con una pizca de prisa que no debí ponerle.
Lo cazo a media palabra y bajo otra vez la vista al guiso, pero ya es tarde para el guiso y para mí: madre no ha dicho nada, madre no ha movido un músculo, y sin embargo sé, por el modo en que su cuchara se ha detenido medio latido sobre el cuenco, que el norte acaba de entrar en esta cocina por mi boca y que ella lo ha oído entrar.
Madre lo deja hablar a Oisín igual que se deja correr el agua: porque no cuesta nada y tapa otros ruidos.
Pero por encima del parloteo de mi hermano, dos veces, tres, sus ojos vuelven a mí con esa paciencia nueva, y comprendo que la espada de esta tarde era el trueno y esto de ahora es la tormenta de verdad: madre no me cree. Madre va a esperar.
La casa tarda en dormirse. La oigo apagarse cuarto a cuarto: las brasas que alguien cubre, el catre de Oisín quejándose dos veces, los pasos de madre que se detienen —lo juraría— un instante de más ante mi puerta.
Espero a que el silencio sea de los de verdad.
Después bajo, cojo los zuecos junto a la puerta, lleno un cuenco con lo que queda del guiso, le pongo encima el pan que escondí de Oisín, y cruzo el corral helado hacia la luz de sebo que tiembla entre las cuadras.
El establo está igual que ha estado siempre, igual que estará cuando yo sea polvo.
La misma horca colgada del mismo clavo, el mismo poste contra el que Cael me enseñó a caer sin romperme, el mismo olor espeso a cabra, a paja húmeda y a cuero viejo que es el primer olor que recuerdo de esta vida.
Podría cruzarlo con los ojos vendados y no tropezar con nada.
Y sin embargo lo cruzo como si pisara un sitio extranjero, porque todo aquí sigue donde lo dejé y la única cosa que se ha movido de su lugar soy yo.
Es un pensamiento incómodo, de los que pican y no se ven. Lo dejo en la puerta, con los zuecos.
Padre me espera sentado en la paja, la espalda contra el pesebre, con la paciencia de los hombres que han pasado la vida esperando a criaturas con alas. Le pongo el cuenco caliente en las manos. Me siento a su lado, en la paja que huele a cabra y a infancia.
Y mientras busco por dónde empezar, descubro que hay frases que no se pueden preparar. Que se dicen o no se dicen.
—He estado en Dargath, padre. Con el Cuervo.