CAPÍTULO 3
El ave amanece distinta.
Lo distingo antes de abrir los ojos del todo, por el sonido: un ir y venir de garras sobre la madera del arcón, un aleteo corto que se repite, se contiene, vuelve a repetirse.
Cuando me incorporo, la encuentro junto a la ventana cerrada, midiendo el cielo a través del cristal emplomado con una fijeza que no le había visto ni cuando le cambiaba los vendajes. Hoy no me mira a mí. Hoy mira el aire.
—Buenos días a ti también —gruño.
Ni caso. Despliega el ala herida, la despliega entera por primera vez, y la mantiene abierta un instante, temblando del esfuerzo, antes de plegarla con un cuidado que parece de cirujano.
Está haciendo cuentas. Juraría sobre hierro que está haciendo cuentas, esa criatura, calculando su ala como Torcall calcula el grano.
Una llega a media mañana con su canasto y su lengua.
—Inquieta —dictamina antes de tocarla siquiera—. Eso es buena señal y mala noticia, según para quién.
—Habla claro.
—Más claro que el agua os lo digo, mi señor: el ala ha soldado. —Extiende la articulación con dos dedos, la rapaz aguanta el examen con las pupilas clavadas en la ventana—. Aún no está para cazar tormentas, que eso pide semanas. Para volver a donde sea que la esperen, sobra.
—Dijiste cinco días.
—Dije cuatro o cinco, y los huesos jóvenes no me consultan a mí.
—Recoge el lino sobrante, me estudia con esos ojos de leche que ven a través de la carne—.
Podéis tenerla otra semana, si gustáis. Atada va a ponerse hermosa: dejará de comer pasado mañana, se arrancará las plumas del pecho al tercer día, y para la luna nueva tendréis en esta alcoba el cadáver más bonito de Escocia.
Los halcones no entienden de jaulas, mi señor.
Se mueren de cielo igual que otros se mueren de hambre.
Se marcha sin esperar respuesta, que es su manera de dármela hecha.
Y empieza el día más largo que recuerdo en años, que es el día de un hombre buscando razones para no hacer lo que sabe que tiene que hacer.
La primera me la doy con la primera luz, todavía en la torre: hoy no, que el viento del norte viene cargado y un ala recién soldada no debería estrenarse contra un vendaval.
Razonable. Falsa, pero razonable. La segunda me la doy en la escalera: que coma una vez más a mediodía, carne buena, para el viaje; soltarla con el buche vacío sería echarla a los zorros.
La tercera ni me molesto en pulirla: bajo al salón diciéndome que un señor tiene audiencias que atender y que el ave puede esperar a la tarde, como si el ave fuera un asunto de gobierno y no la única cosa de esta fortaleza que me quita el sueño.
Bajo al salón con la cabeza en dos sitios, y Torcall, que lleva treinta años leyéndome como otros leen el cielo, me lo nota antes de la segunda audiencia.
—¿Mal dormís, mi señor?
—Al contrario.
—Ya. —Ordena sus tablillas con una flema sospechosa—. Será eso lo que os tiene mirando la torre cada vez que pasa una nube.
—Torcall.
—¿Mi señor?
—¿Cuántos hombres hacen falta para llevar las cuentas del grano?
—Uno, si no le sobra lengua.
—Pues mírate la tuya.
Paso el día abajo, donde debo. Audiencias del valle alto, el herrero que pide carbón, dos lindes en disputa que resuelvo en diez palabras porque ambas partes prefieren perder tierra a discutir conmigo.
Trabajo de señor. Lo hago como siempre lo he hecho, entero, presente, y sin embargo una parte de mí se queda toda la jornada en la torre, junto a una ventana cerrada, escuchando garras sobre madera.
Cada vez que despacho un asunto me prometo que el siguiente será subir a soltarla, y cada vez encuentro un asunto más que despachar antes.
«Cuando termine con los del valle alto.» «Cuando hable con el herrero.
» «Cuando caiga el sol, que con luz baja vuela mejor.
» Un hombre que se ha pasado la vida sabiendo distinguir lo verdadero de lo falso en boca ajena no debería tragarse mentiras tan flacas de su propia cosecha, y aquí estoy, tragándomelas de a una.
Cruzo el patio entre audiencia y audiencia y el cielo se me va solo a los ojos, alto y vacío, con esas nubes de otoño que corren como desertores.
Dos centinelas me siguen la mirada desde la muralla, buscando lo que busca su señor allá arriba, y no encuentran nada porque no hay nada: solo un hombre grande plantado en mitad de su fortaleza, mirando el aire como un pastor que ha perdido la cuenta del rebaño.
Bajo la vista antes de que la guardia entera empiece a otear nubes por imitarme.
Lo que faltaba en Dargath: un señor que mira pájaros.
El viejo señor guardaba halcones. Lo recuerdo mientras el herrero enumera sus carbones: la halconera detrás de las cocinas, una docena de rapaces encapuchadas en sus alcándaras, quietas como muertas, esperando que a un hombre se le antojara usarlas.
De niño me mandaban limpiarla. Aprendí allí lo que es una criatura espléndida reducida a herramienta, el olor que tiene la espera sin esperanza, y juré una de esas cosas que juran los niños y que luego la vida se encarga de cobrar: que yo nunca tendría nada encapuchado.
Había una, la más grande, una hembra parda que el viejo señor llamaba su reina.
La tenía atada tan corto a la alcándara que no podía abrir las alas del todo, y al cabo de una estación dejó de intentarlo: se quedaba quieta bajo la caperuza, gastando las plumas del pecho contra la madera, viva por fuera y muerta por dentro de una manera que entonces yo no sabía nombrar y que después he visto en demasiados hombres.
Un día amaneció caída del palo, las patas tiesas hacia el techo.
El viejo señor le retorció el pescuezo a otra para reemplazarla antes del desayuno, sin mirar siquiera la que se le había muerto de quietud.
«Para eso están», me dijo, al ver mi cara.
Yo tenía nueve años. No lloré, que llorar delante de aquel hombre se pagaba caro, pero esa noche solté de su caperuza a la más joven y la dejé pasar la madrugada con la cabeza descubierta, mirando por el ventanuco el único pedazo de cielo que iba a ver en su vida.
Me costó una paliza que todavía me sé de memoria.
La di por bien empleada entonces. La doy por bien empleada ahora.
He tenido hombres ahorcados, tierras quemadas, enemigos de rodillas. Encapuchado, nunca nada.
El viejo señor se reía de aquel asco mío.
«Todo lo que vuela acaba en un puño o en un plato, muchacho», decía, acariciando a su favorita con el mismo dedo con que señalaba a los hombres que iban a morir.
Murió sin saber cuánta razón tenía y cuán al revés: él acabó en mi puño.
Yo no he vuelto a entrar en una halconera.
Subo a la torre con la última luz, como anoche, como todas las noches de esta semana que ha cambiado el peso de mis noches. El ave está donde la dejé, montando guardia ante su pedazo de cielo emplomado. Sobre la mesa, intacta, la carne del mediodía.
Dejará de comer pasado mañana.
Me siento en el sillón. La talla espera junto al fuego; no la cojo. Nos quedamos así un rato largo, el ave y yo, cada uno mirando lo que no tiene: ella el aire, yo a ella.
—¿Sabes de quién es el vicio? —pregunto al fin, girando la madera a medio hacer entre los dedos—.
De mi padre. Tallaba junto al fuego, igual que yo ahora, todas las noches de invierno que le dio la vida, que no fueron tantas.
Decía que las manos de un hombre tienen que saber hacer algo además de empuñar, porque empuñar lo aprende cualquiera y lo otro no.
—La viruta cae—. Yo tenía seis años y me dejaba recoger las virutas.
Es el único trabajo que recuerdo haber hecho feliz.
El ave ha dejado de mirar la ventana. Me mira a mí, muy quieta, con esa atención de juez que ya no me molesta y que debería.
—No le cuentes a nadie tampoco eso —digo—. Tengo una reputación que dar de comer.
La carne del mediodía sigue intacta sobre la mesa, y la advertencia de Una me pesa en algún sitio entre el pecho y la nuca.
Podría esperar a mañana. Podría regalarme una noche más de este silencio que escucha, una guardia más de esa centinela absurda en el respaldo del sillón, y soltar al ave con la primera luz, descansada, comida, agradecida si las aves agradecen.
Podría. La palabra de los hombres que empiezan a mentirse.
Llevo todo el día encadenándola a otras —hoy no, mañana, cuando sane más, cuando haga mejor tiempo—, y cada una era un eslabón más de la misma cadena con la que el viejo señor ataba a su reina al palo.
La diferencia entre él y yo nunca fue el corazón.
Fue que yo lo sabía. Y un hombre que sabe lo que hace y lo hace igual no es mejor que el que no sabe: es peor.
—Podría quedarme contigo —digo, y la voz me sale rara, oxidada—.
Nadie en estas tierras me lo discutiría.
Mandaría construirte una alcándara junto al fuego, te traería las mejores presas de seis valles, y serías el halcón mejor guardado de Escocia.
—La rapaz vuelve la cabeza hacia mí, al fin, y me clava el ámbar—.
Y me odiarías antes de la luna nueva, y tendrías razón, y yo me habría convertido exactamente en el hombre al que maté.
Me levanto. Cruzo la alcoba. Descorro el pasador de la ventana, que protesta de poco uso, y abro las dos hojas de par en par.
El frío de la tarde entra como entra el agua en un barco roto. Entra el olor a brezo y a lluvia lejana, el ruido del patio, el mundo entero. El ave no se mueve. Está a dos pasos del cielo abierto y no se mueve: me mira a mí, la cabeza ladeada, como si la que no entendiera algo ahora fuese ella.
—¿Qué esperas? —Señalo la ventana con la barbilla—. Anda. Largo de mis tierras.
Salta al alféizar. Las garras buscan apoyo en la piedra, el viento le alborota las plumas del pecho, y todavía entonces, con todo el cielo de Escocia servido delante, esa criatura imposible se vuelve una última vez a mirarme.
Guardo la imagen sin querer guardarla: el ámbar encendido por el sol bajo, la cabeza fiera, el ala que curé recortada contra las nubes.
Nadie me ha mirado así al marcharse. Los que se van de Dargath se van mirando al suelo, o al camino, o por encima del hombro con el miedo bien puesto. Esta se va mirándome a los ojos, tomándose su tiempo, como quien deja una deuda apuntada en un libro que solo ella lee.
—Vete —repito, más bajo.
Y se va.
Se deja caer al vacío, abre las alas a media caída con una insolencia que me arranca algo del pecho, y remonta. Dos aleteos, tres, un círculo sobre la torre —uno solo, lento, idéntico al que dibujó sobre mi columna el día que la derribé—, y después el norte se la traga, una mota, un punto, nada.
Me quedo en la ventana hasta que se apaga la última luz. Después hasta que la guardia cambia. Después un rato más.
Cuando al fin me vuelvo, la alcoba ha encogido y crecido a la vez, y la cruzo despacio, sin necesidad, como se recorre una habitación buscando a alguien que uno sabe que no está.
El cesto sigue junto al fuego, con la lana hundida en la forma de un cuerpo que ya no la ocupa.
El cuenco de carne, intacto, que mañana habrá que tirar.
La ventana abierta dejando entrar un frío que no me molesto en cortar.
No hay nada que hacer aquí y me quedo de pie en medio, un rato más largo del que ningún asunto justifica, escuchando un silencio que ha vuelto a ser el de las criptas y ya no me sirve.
Hay dos plumas moteadas en el suelo, junto al cesto, que no pienso recoger y que recojo.
Caben en la bolsa pequeña del cinto, junto al pedernal.
Ahí se quedan, y el primero que pregunte por ellas conocerá el fondo del foso.
Una sube a recoger sus ungüentos cuando ya he encendido las velas. Mira el cesto vacío. Mira la ventana abierta. Mira, por último, mi cara, con esa insolencia ganada a pulso de décadas.
—¿Voló? —pregunta, por preguntar algo.
—Voló.
—Hicisteis bien. —Recoge sus tarros uno a uno, sin prisa—. Pocos lo habrían hecho. El viejo señor no la habría soltado ni muerta.
—Yo no soy el viejo señor.
—No. —Se cuelga el canasto del brazo y, ya en la puerta, sin volverse—: Por eso volverá.
—Es un ave, Una. Las aves no vuelven a donde las hirieron.
—Las aves no. —La oigo sonreír en la oscuridad del pasillo—. Buenas noches, mi señor.
Ceno de pie. Me descalzo. Dejo el cinto al alcance de la mano, el cuchillo de mi padre bajo los dedos, todo el rito de media vida. Y a la hora de cerrar la ventana, con el pasador ya en la mano y el frío de la noche lamiéndome el brazo, me sorprendo a mí mismo dejándola entornada.
Por el aire de la alcoba, me digo. Por el humo de la turba, que hoy tira mal.
Hace veintisiete años que no me miento. Mal momento para empezar, y sin embargo aquí está el Laird Negro, el Carnicero del Norte, acostándose con una ventana abierta por primera vez desde que gobierna esta piedra, no fuera a ser que algo con las alas moteadas cambiara de idea a medio cielo.