El halcón de Dargath (Los hijos de Morvenna 2) CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

Cuando vuelvo a coger la talla, descubro que llevo un rato sin tocarla.

La tengo en la rodilla, intacta, y los ojos puestos en el ave en vez de en la madera.

Lo noto y no lo entiendo: corrijo la mano, doy tres tajos al pino, y al cuarto ya estoy mirándola otra vez, comprobando si come, si respira bien, si el ámbar sigue donde estaba.

Un hombre que pasa el día midiendo a quién quiere matarlo no puede permitirse perder la cuenta de la madera por un pájaro.

Vuelvo al pino. Aguanto seis tajos esta vez.

Después, nada: la vista se me va sola, como el agua busca la pendiente.

—Una lleva en Dargath desde antes del viejo señor —digo, por decir algo que me devuelva al sillón y no al cesto—.

Curó a mi madre de unas fiebres cuando yo no levantaba un palmo del suelo, y es la única alma de este castillo que me habla como si aún no lo levantara.

Debería desterrarla por eso. La haría más feliz una horca que la sordera con que la castigo.

Me levanto a cambiarle el agua del cuenco.

Es tarea de criados y no dejo entrar criados aquí, así que la hago yo, con estas manos que han hecho cosas mucho peores que servir agua a un pájaro.

El ave bebe sin apartarme los ojos de encima.

Tiene mejor color en las plumas, o eso me parece; voy aprendiendo a leerla, lo cual es ridículo, y voy comprobándolo cada pocas horas, lo cual es peor.

—Media Escocia espera verme caer —le digo al halcón—. La otra media apostaría a quién me remata. Y todos ellos, hasta el último, dormirían más tranquilos si supieran lo que sabes tú: que el Laird Negro pasa las noches hablando con un pájaro.

Me callo. Me oigo. Un hombre adulto, señor de estas tierras, confesándose con una rapaz herida como una beata con su santo. Si Torcall me viera, tendría la decencia de no reírse; cualquier otro estaría ya vendiendo el cuento en tres mercados.

—Si repites algo de esto —le advierto—, te desplumo.

El ave parpadea, lenta, y os juro por la tumba de mi padre que hay burla en ese parpadeo.

Ceno pan y queso de pie, junto a la ventana, como cada noche que recuerdo.

Abajo, los fuegos del patio dibujan las rondas de la guardia; más allá de las murallas, la noche de Dargath es una boca cerrada.

Conozco cada sombra de ese paisaje como conozco las cicatrices de mis manos: ahí el vado donde desangramos a los Glenmore del viejo señor, ahí el bosque donde aprendí a esperar, ahí el camino por donde llegó hace veintisiete años el hombre que degolló a mis padres y me enseñó, sin querer enseñarme nada, todo lo que sé.

La cena es la misma de siempre, en el mismo sitio de siempre, mirando lo mismo de siempre.

Solo que esta noche la espalda no me pesa igual, y tardo en entender por qué, y cuando lo entiendo preferiría no haberlo entendido: hay alguien más respirando en la habitación.

El ave me observa desde el cesto. Lo sé sin volverme: ese peso de mirada en la nuca lo distingo entre cien, me ha salvado la vida más veces que la cota de malla. Solo que este peso no avisa de un puñal. Este es otro. Más raro. Casi descansa.

—¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y todos ellos?

—pregunto a la ventana, al ave, a nadie—.

Que tú me miras igual desde el primer día.

Los hombres miran al señor, o al carnicero, o a la herencia que esperan repartirse.

Las mujeres miran las tierras con mi cara puesta encima.

Tú me miras a mí, lo que sea que quede de eso, y no he sabido todavía si me juzgas o me cuentas.

—Mastico el último pan—. Cuando vueles, casi lo voy a echar de menos.

El juicio, digo. Es el más honrado que me han hecho nunca.

La debilidad mata. Lo demás son canciones.

Antes de acostarme reviso su vendaje, como me enseñó la vieja, con estos dedos que fueron hechos para empuñaduras y no para nudos de lino.

El ave se deja. Esa es otra de las cosas que no me explico: una rapaz salvaje, herida por mi mano, y se deja tocar por mi mano como si llevara la cuenta de las deudas mejor que un prestamista y hubiera decidido que la mía está pagándose.

El lino sigue firme. La herida, limpia. El ala, cada día menos rota.

—Cuatro días —le recuerdo, o me recuerdo—. Cinco.

Me descalzo, dejo el cinto al alcance de la mano derecha, como cada noche desde hace media vida, y me tiendo en el lecho con el cuchillo de mi padre bajo los dedos. El sueño y yo negociamos mal desde niño: él pide confianza y yo no tengo de eso.

Estoy en esa frontera turbia donde los pensamientos empiezan a soltar amarras cuando lo escucho: un roce de plumas, un aleteo corto, contenido, el peso mínimo de un cuerpo posándose en el respaldo del sillón.

El ave ha salido del cesto. Con un ala atada, a saltos y a tozudez, ha cruzado la alcoba entera para apostarse a tres pasos de mi cama, de cara a la puerta.

De cara a la puerta. Como un centinela.

He pagado oro bueno por hombres que vigilaran esa puerta. He colgado a dos que se durmieron vigilándola. Y ninguno, ni el mejor, me ha dado nunca esto que me da un pájaro roto sin que yo se lo pida: la certeza absurda de que, si algo cruza ese umbral esta noche, alguien gritará por mí.

Debería devolverla al cesto. El ala, la vieja Una, el hueso que suelda.

Es lo sensato y no lo hago, y no quiero pensar por qué no lo hago.

Me quedo mirando su silueta recortada contra las brasas, esa cabeza fiera vuelta hacia la única entrada de la alcoba, y la última idea que me cruza antes de que el sueño me venza de verdad, por primera vez en no sé cuántos años sin la mano cerrada sobre el cuchillo, es que mañana su ala estará más fuerte.

Y que un hombre con dos dedos de juicio empezaría a desear que sanara más despacio.