El halcón de Dargath (Los hijos de Morvenna 2) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Gobernar es decidir a quién se le da la razón sabiendo que el otro se irá enemistado, y esta mañana me toca dos veces antes del desayuno.

La primera es un herrero y un arriero que se disputan una yegua: el arriero la dejó a herrar, el herrero dice que no le pagaron y se la quedó en prenda, y los dos gritan en mi salón como si la bestia fuera a votar.

Escucho, miro los cascos de la yegua —recién herrados, trabajo limpio—, y fallo: el arriero paga el hierro y un día de cuadra, el herrero devuelve la yegua hoy mismo y se traga la multa por haberse cobrado por su mano lo que es mío sentenciar.

Ninguno sale contento. Eso, con los años, he aprendido a leerlo como buena señal: cuando los dos se van rezongando por igual, el fallo solía ser justo.

La segunda es peor, porque es sangre y no metal.

Un mozo del arrabal le partió la nariz a otro en una reyerta de hidromiel, y el de la nariz rota trae a su madre, y la madre trae el llanto que las madres traen cuando huelen que el señor puede colgar a un hijo ajeno.

No cuelgo a nadie por una nariz. Pongo al mozo a reparar el tejado de la familia agraviada hasta que sane el hueso, lo dejo dormir tres noches en el cepo del patio para que el clan vea que la reyerta tiene precio, y despido a la madre con la promesa de que su hijo cobrará igual su jornal.

Justicia menor. La que de verdad sostiene una casa: no las batallas, que llegan una vez por generación, sino las narices rotas de los martes.

Con el salón despejado de pleitos, llega lo que de verdad me quita el sueño, y lo trae Torcall en voz baja.

—Repítelo —ordeno.

Torcall, capitán de mi guardia desde antes de que yo gobernara esta piedra, se rasca la barba gris. Es el único hombre del salón que no mide la distancia hasta la puerta cuando alzo la voz.

—Los MacRath compran caballos en la frontera.

Caballos de guerra, no de tiro. Y el valle alto amanece inquieto: alguien cruza los pastos de noche, no para robar, para que se sepa que puede.

Glenmore calla, que en ellos es la forma más ruidosa de tramar algo.

Tenemos para el invierno si el invierno es corto, mi señor.

Lo que no tenemos es saber de dónde vendrá el filo.

—¿Y si es largo?

—Entonces, mi señor, rezad para que los MacRath ataquen pronto. Los muertos no comen.

—¿Cuántos caballos?

—Veinte que sepamos. Treinta si el tratante de Inverness no mintió, y los tratantes de Inverness mienten como respiran.

—Torcall aparta las tablillas y baja la voz, que es su manera de decirme que lo que viene no es para el resto del salón—.

Hay otra cosa. Dos pastores del valle alto juran que vieron jinetes sin colores al otro lado del paso, contando nuestras hogueras. Tres noches seguidas.

—¿Y por qué lo sé ahora y no hace tres noches?

—Porque os tenían miedo. —Lo dice sin parpadear, masticando la verdad como pan duro—. Os lo dirían antes si os temieran menos, y os temerían menos si fuerais otro hombre, y si fuerais otro hombre ya estaríamos todos muertos. Esa cuenta no la arregla ni Dios.

—Dobla las rondas del paso. Y manda dos hombres a la linde de Glenmore, de paisano, que escuchen tabernas. Quiero saber quién paga esos caballos antes que ellos sepan que lo sé.

—Se hará. —No recoge sus partes todavía. Se queda mirándome con esa paciencia suya de piedra que lleva pulida treinta años—. Vais a vaciar el establo de monturas de refuerzo para vigilar un paso que llevan dos generaciones sin cruzar. Los hombres lo notarán.

—Que lo noten.

—Lo notarán y dirán que el señor huele guerra donde no la hay. Y un señor que huele guerra de más cansa a su gente igual que uno que la huele de menos la entierra.

—¿Me estás diciendo que me equivoco?

—Os estoy diciendo lo que diría un hombre menos prudente que yo. —Ahora sí recoge sus partes—. Yo solo doblo las rondas, mi señor. Y rezo por equivocarme yo y no vos.

Ese es Torcall entero: jamás me lleva la contraria, jamás me da la razón del todo.

Me deja la orden en pie y, debajo, el precio escrito con letra pequeña, para que no pueda decir nunca que nadie me avisó.

Cualquier otro capitán que me hablara así llevaría un año bajo tierra.

A él lo conservo precisamente por eso. Un señor rodeado de ecos se vuelve sordo, y la sordera, en esta frontera, se paga en cabezas.

—Una última cosa —añado—. La próxima vez que alguien tarde tres días en traerme una noticia que me concierne, el miedo se lo voy a dar yo en persona.

—Eso —dice Torcall, ya de pie— ya lo arreglaréis con vuestra conciencia, mi señor.

Nadie ríe. En mi salón nadie ríe nunca, y hace años que dejé de notarlo; lo noto ahora, vaya a saber por qué, igual que un hombre nota de pronto una cicatriz que lleva media vida en la mano.

Despido al consejo. Salen en orden, sin darme la espalda más tiempo del imprescindible, y el último en cruzar la puerta es un criado joven que tropieza con mi mirada y palidece como si hubiera tropezado con un filo.

Cruzo Dargath de punta a punta antes de subir, porque un señor que no recorre lo suyo deja de saber lo que tiene, y lo que no se sabe se pierde.

El patio primero: las cocinas sueltan a sus mujeres con los cestos de la cena, y una madre tira de su crío hacia el muro al verme venir, la cabeza gacha, la mano apretada sobre el hombro pequeño, y el crío me mira con esos ojos redondos con que se mira a los dragones de los cuentos.

Le sostengo la mirada al pasar. Que aprenda pronto: en estas tierras conviene saber qué cara tiene el monstruo que te protege de los otros monstruos.

Sigo. En la fragua, el herrero alza la vista del yunque, inclina la cabeza una pulgada exacta —ni una menos, que sería desafío; ni una más, que sería miedo— y vuelve al hierro sin que el martillo pierda el compás.

A ese no lo asusto: me respeta, que es distinto y vale más.

En la puerta del granero, una viuda a la que el invierno pasado le enterré al marido bajo el muro este me ve y no baja los ojos como los demás; me sostiene la cara un instante con una dureza seca, sin reproche y sin perdón, la cuenta de una mujer que sabe que su hombre murió defendiendo mi paso y que yo sigo vivo.

Le debo esa mirada. La cobro entera, sin apartar la mía, porque esconderse de las viudas que uno hace es la peor cobardía de un señor.

En lo alto de la muralla, un soldado joven se cuadra tan deprisa al verme que casi suelta la lanza, y el veterano que tiene al lado ni se inmuta: lleva tantos años bajo mis órdenes que ya solo teme las cosas que de verdad matan, y yo hace tiempo que dejé de figurar en esa lista para él.

Cuatro personas, cuatro maneras de aguantar al mismo hombre.

El crío me teme, el herrero me respeta, la viuda me cobra, el veterano me ha gastado el miedo a fuerza de años.

Y entre las cuatro sostienen lo que soy aquí: no un hombre, una función.

Una muralla con cara. Así me quieren. Así me necesitan.

Un señor al que se teme es una muralla más; uno al que se ama es una puerta abierta, y por las puertas abiertas entró la muerte en Dargath una vez. Yo estaba allí. Tenía seis años.

Subo a la torre con la última luz.

El ave está despierta. Sigue mis movimientos desde el cesto con esos ojos de ámbar encendido, y otra vez me asalta la sensación absurda de los últimos dos días: la de estar siendo no mirado, sino leído.

Ningún halcón mira así. Los he visto en los puños de media docena de lairds, encapuchados, rapaces de ojo redondo y vacío.

Este no. Este mira como miran los jueces.

—Sigues aquí —digo, y al instante me arrepiento de decirlo, porque dónde va a estar, atada y rota en mi alcoba.

Me siento en el sillón. El cuenco de carne está vacío; bien. La talla a medio hacer me espera junto al fuego y la retomo por tener algo entre las manos, que es para lo único que ha servido nunca este vicio heredado.

El silencio de la alcoba es distinto desde que ella lo habita. Antes era el silencio de las criptas. Ahora es un silencio que escucha.

—Los MacRath compran caballos —me sorprendo diciendo en voz alta—.

¿Sabes lo que significa eso, ave? Que en primavera habrá viudas nuevas, aquí o allí.

Llevan dos generaciones queriendo este paso del valle y dos generaciones estrellándose contra estas murallas, y cada vez que se estrellan yo gano una historia nueva.

El Carnicero. El Cuervo. —La viruta cae, fina—.

Las historias son más baratas que los soldados.

Las alimento yo mismo, si quieres saberlo. Un rumor a tiempo ahorra cien muertos.

El ave ladea la cabeza.

Y yo sigo hablando. Esa es la parte que no sé explicarme: sigo hablando.

Le cuento lo de los pastos pisados de noche por nadie, lo del silencio de Glenmore que huele a tinta y a juramentos comprados, lo de los jinetes sin colores que cuentan mis hogueras desde el otro lado del paso.

Cosas que no le he dicho enteras ni a Torcall, porque a Torcall le debo calma, y un señor que duda en voz alta delante de sus hombres es un señor muerto que aún no se ha enterado.

—¿Sabes lo que cuesta saber quién te quiere muerto cuando te quiere muerto todo el mundo?

—le digo, y dejo la talla sobre la rodilla—.

Es como buscar una gota en la lluvia. Los MacRath querrían el paso.

Glenmore querría la vergüenza antes que la tierra, que llevan cuarenta años masticando la suya.

Y luego están los otros, los que no tienen nombre todavía: los hijos de los hombres que maté, que ya van teniendo edad de afilar algo.