El halcón de Dargath (Los hijos de Morvenna 2) CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

El silencio que sigue dura más de lo que debería. Una alza sus ojos lechosos hacia él, y lo que sea que lee en esa cara de piedra le arruga la boca en algo parecido a una sonrisa sin dientes.

—Cuatro días, cinco —responde al fin la vieja, recogiendo sus trapos—. Si come y no hace tonterías. Las tonterías corren de cuenta de los dos.

Las manos enormes me envuelven de nuevo.

Y entonces ocurre la cosa extraña, la que ningún cuento de los que me contaron junto al fuego mencionó jamás: cuando el ungüento me arranca otro temblor, los dedos del Carnicero del Norte se aflojan en el acto, y el hombre que según las canciones degolló a su propio señor masculla entre dientes, tan bajo que solo la vieja y yo lo escuchamos:

—Maldita sea. ¿Es necesario hacerle daño?

—Curar duele, mi señor. Vos deberíais saberlo mejor que nadie.

Él no contesta. Sostiene. Y yo me quedo muy quieta entre sus manos, no por miedo, sino porque desde aquí, a un palmo de su rostro, distingo lo que la distancia escondía: la cicatriz que le parte la ceja es vieja, de niño; los ojos grises tienen un cerco oscuro de quien no duerme entero desde hace años; y la mandíbula se le tensa cada vez que tiemblo, como si mi dolor le llegara por un camino que él no ha autorizado.

Este hombre no disfruta haciendo daño.

La idea se me posa dentro con la naturalidad de un ave en su rama, y es una idea peligrosa, mucho más peligrosa que la lanza. Las lanzas rompen alas. Las ideas como esta rompen otra cosa.

Una recoge su canasto y se marcha mascullando sobre lairds que no cenan. Él vuelve a su sillón, a su cuchillo, a su madera. Fuera, la tarde se desangra contra las montañas, y el castillo entero parece contener la respiración alrededor de esta torre.

Cuento con lo que tengo: el sol que entra sesgado por la única ventana dice que han pasado dos días desde el valle.

Me quedan cinco amaneceres antes de que mi propia naturaleza me obligue a soltar las plumas y volver a la piel, quiera yo o no.

Cinco amaneceres para curarme, escapar de la fortaleza del hombre más temido de Escocia y cruzar medio cielo hasta casa, donde madre debe de estar afilando ya algo más que palabras.

Debería pasarlos durmiendo. Reuniendo fuerzas. Ignorándolo.

En vez de eso pienso en casa, y pensar en casa es pensar en madre.

A estas horas habrá recorrido ya cada risco en tres leguas a la redonda, habrá zarandeado a Oisín por si esconde algo, habrá clavado en padre esa mirada suya que abre a los hombres como cartas, y padre habrá dicho con su calma de siempre que su hija sabe cuidarse, que volverá cuando vuelva.

Padre tiene fe en mí. Madre tiene memoria, que es peor: sabe exactamente de quién he sacado esta costumbre de volar más lejos de lo prudente, y no se lo perdona ni a ella misma.

Cael ni siquiera preguntará. Olerá el aire, fruncirá el ceño y dirá «está bien, está lejos», con esa seguridad insufrible de hermano mayor que casi nunca se equivoca. Espero que la conserve. Espero que les baste.

Al caer la tarde, antes de que Una vuelva a subir, él hace algo que no esperaba: se acerca al cesto con una tira de lino limpio en la mano y se acuclilla, dispuesto a revisarme la venda por su cuenta.

Lo intenta. La Madre sabe que lo intenta.

Me sujeta el ala con un cuidado de oso que destripa una colmena, suelta el nudo de Una de un tirón que casi me lo deshace en dolor, y se queda mirando el lino suelto en sus dedos como si le hubieran puesto en las manos un problema de geometría.

Lo enrolla. Demasiado flojo: se desliza.

Lo vuelve a enrollar. Demasiado apretado: me corta el aire de la pluma y suelto un chasquido de protesta.

Maldice por lo bajo, deshace, repite. Tarda en una venda lo que un buen arquero tardaría en despachar a tres hombres, y le sale peor.

Y yo, quieta bajo esas manos que tropiezan, pienso lo único que se puede pensar: este hombre podría atravesarle el ojo a un enemigo con una lanza a cien pasos, en mitad de un vendaval, sin pestañear.

Y no sabe qué hacer con una tira de lino.

Hay manos que aprenden a destruir tan pronto y tan a fondo que ya no les queda sitio para aprender lo otro.

Las suyas son de esas. Lo curioso, lo que me tiene mirándolo en vez de durmiendo, es que las esté usando igual.

—Ya está —dice al fin, con la venda decente a base de pura terquedad—. No me mires así. La vieja lo hace mejor. Lo sé.

Cae la noche y la torre cambia de sonidos. Suben desde el patio las voces de la guardia que se releva, un nombre, una contraseña, el golpe de una alabarda contra la piedra. Y entonces lo veo cenar, y la cena del señor de Dargath me dice más de él que todas las canciones juntas.

Un criado mudo deja la comida en la puerta y se va sin entrar; ni una palabra, ni una mirada cruzada.

Él recoge la bandeja él mismo: pan, queso, una jarra.

Nada que necesite mesa, ni cuchillo más allá del que ya lleva, ni un segundo plato para nadie.

Come de pie, junto a la ventana, mirando la noche de sus tierras, partiendo el pan con las manos.

No hay sirvientes que le sirvan. No hay perro a sus pies.

No hay un alma con quien decir una palabra sobre el día, ni un juglar, ni una música, ni siquiera el ruido de otra respiración en la habitación que no sea la mía y la del fuego.

Mastica despacio, traga, bebe, y vuelve a empezar, y todo lo hace con el orden gastado de quien repite los mismos gestos solo desde hace tantos años que ya ni sabe que está solo.

He visto comer a mi clan. En casa la cena es una pelea cariñosa por el último trozo, madre repartiendo y regañando, Oisín robando del plato ajeno, padre presidiendo el escándalo con cara de paciencia.

Una mesa es ruido. Esto no es una mesa. Esto es un hombre alimentándose para seguir vivo un día más, de pie, junto a una ventana, en lo más alto de una torre que gobierna seis valles.

Y entiendo entonces algo que tres páginas de lástima no me habrían enseñado: la soledad de este hombre no es un castigo que le hayan puesto.

Es una costumbre. Se la ha enseñado a sí mismo, como se enseñó a no encapuchar nada y a no encender más fuego del justo, y ya no sabe vivir de otra manera.

Termina, deja la jarra, revisa el cierre de la ventana, atiza el fuego —pensando en mí, porque un hombre solo no necesita la alcoba tan caliente— y vuelve a la madera.

La talla cruje bajo su cuchillo, paciente, y las virutas caen junto a sus botas.

Talla con el mismo cuidado torpe con que enrolla vendas y empuja cuencos de carne, este hombre hecho de cicatrices, y cuando el fuego le da de lado se le ve en la cara algo que no es crueldad ni dureza ni ninguna de las palabras de las canciones.

Se le ve cansancio. Un cansancio antiguo, de los que se heredan.

Cierro los ojos y finjo dormir, porque quiero ver qué hace un monstruo cuando cree que nadie lo mira.

Dejo la respiración lenta, la cabeza floja contra la lana, un ojo apenas entreabierto en esa rendija que los míos sabemos guardar.

Y durante un rato no hace nada distinto: talla, calla, mira el fuego.

Después deja el cuchillo. Se mira la mano izquierda, le da la vuelta, y con el pulgar de la otra se recorre despacio una cicatriz vieja que le cruza la palma, de un lado a otro, como quien repasa una cuenta que ya se sabe de memoria.

No es un gesto de dolor. Es más raro: es el gesto de un hombre comprobando que algo sigue donde lo dejó.

Lo hace una vez, dos. Después se saca de la bolsa del cinto una cosa pequeña y la sostiene a la luz —no llego a ver qué es, algo claro, una pluma quizá, una astilla— y la mira un instante largo con una atención que no le dedica a nada de lo que gobierna de día.

La guarda. Vuelve a la mano, a la cicatriz, al fuego.

Nadie lo ve. Cree que nadie lo ve. Y por eso es exactamente el mismo hombre cansado de siempre, sin la armadura del nombre puesta, repasando con el pulgar las pruebas de que ha sobrevivido a todo lo que ha sobrevivido.

Verlo así, desarmado por su propia certeza de estar solo, me cuesta más que la lanza. La lanza solo me rompió el ala.

Ya entrada la noche, cuando cree de verdad que duermo, se levanta, se acerca al cesto y me observa un rato largo con el ceño fruncido, como quien estudia un acertijo escrito en una lengua extranjera. Después dice, a media voz, a nadie, a mí:

—¿Qué hacías tan lejos de todo, ave?

Y yo, que llevo dos días fingiendo ser solo un halcón, descubro que me muero por contestarle.