CAPÍTULO 1
Castillo de Dargath
El dolor me despierta antes que la luz.
Late en el ala izquierda con la insistencia de un segundo corazón, sube por el hombro, se enrosca en las costillas.
Abro los ojos a un techo de vigas negras que no conozco, a un olor a humo de turba y a sebo que no es el de casa, y durante dos latidos enteros no recuerdo nada.
Después lo recuerdo todo: el valle, la columna de jinetes, los ojos grises alzándose hacia mí. La lanza.
Estoy en un cesto de mimbre forrado de lana, junto a un hogar donde arden tres troncos mal contados.
Alguien me ha vendado: tiras de lino limpio me sujetan el ala contra el cuerpo, firmes sin estrangular, y bajo el vendaje algo huele a milenrama y a grasa de oca.
Un cuenco de agua descansa a un palmo de mi pico.
Otro con tiras de carne cruda, cortadas pequeñas.
Cortadas pequeñas. Para un pico herido .
El instinto llega tarde y llega mal: despliego el ala sana, empujo con las patas, y el mundo se tuerce igual que se torció en el valle. El cesto vuelca. Ruedo por un suelo de piedra helada, manoteo el aire con un ala sola, y el chillido que se me escapa tiene más rabia que dolor.
—Quieta.
La voz atraviesa la estancia desde un rincón que mis ojos no habían registrado.
Allí está él, sentado en un sillón de respaldo alto, con un cuchillo en una mano y un pedazo de madera a medio tallar en la otra.
El Carnicero del Norte talla madera junto al fuego como un pastor cualquiera, y ese descubrimiento me desconcierta tanto que dejo de debatirme.
Se levanta. El suelo transmite cada paso hasta mis huesos huecos.
De pie es todavía más grande que en mi memoria, y mi memoria ya exageraba: la cabeza le roza la viga más baja, y la sombra que proyecta sobre mí me cubre entera y sobra sombra.
Se acuclilla. Sus manos se acercan despacio, abiertas, mostrándome las palmas como haría con un caballo asustado.
—Si vuelves a abrir esa ala antes de tiempo —dice—, quedará torcida para siempre. Y un halcón con el ala torcida es un cuervo con plumas bonitas.
Me alza con las dos manos. Podría aplastarme cerrando los dedos, lo sabemos los dos; en lugar de eso me deposita en el cesto enderezado, me acomoda la lana alrededor con un par de toques torpes y empuja el cuenco de carne un dedo más cerca.
—Come.
Le sostengo la mirada sin tocar la carne. El hambre me roe por dentro desde hace sabe la Madre cuántas horas, y antes me arranco las plumas una a una que dárselo a entender al hombre que me derribó del cielo.
—Come, ave. —Se frota la nuca—. No la he envenenado. Si te quisiera muerta, lo estarías.
Cierto. E insultante. Picoteo una tira de carne con toda la dignidad que me permite un ala atada al cuerpo, y juraría que algo se le mueve en la comisura de la boca, una sombra de algo que en otro rostro se llamaría sonrisa y que en el suyo no dura lo bastante para merecer nombre.
—Eso es. —Vuelve a su sillón, retoma la madera—. La vieja dijo que, si no comías hoy, no valía la pena seguir gastando vendas en ti.
La vieja dijo. Y él lleva dos días contando mis bocados .
Como despacio, vigilándolo por encima del cuenco, y aprovecho para hacer lo que un halcón hace mejor que ninguna otra criatura: mirar.
La alcoba del señor de Dargath cabe en tres frases.
Un lecho grande sin un solo adorno. Un arcón con herrajes de hierro.
Un sillón, una mesa, una jarra. Ni un tapiz en las paredes, ni una piel sobre la piedra, ni un escudo pintado con sus colores.
He visto celdas de ermitaño con más vanidad.
El único lujo de esta torre es el fuego, y hasta el fuego arde con mesura, como si alguien le hubiera enseñado a no pedir demasiado.
Pasado un rato se va. No me dice adónde, claro; los hombres como él no le dan cuentas a un pájaro.
Pero la torre entera me lo cuenta: una puerta pesada abajo, su voz grave repartiendo órdenes en el patio, el revuelo apagado de un castillo que se endereza cuando pasa su señor.
Y entonces, sola por primera vez, hago la tontería.
La ventana está a cinco saltos. La veo desde el cesto, alta y estrecha, con su cristal emplomado y, detrás, una raja de cielo gris que me tira del pecho con más fuerza que el hambre.
Un halcón sano los cubre en un parpadeo.
Salgo del cesto con el ala sana abierta para equilibrarme, doy el primero —bien—, doy el segundo —el suelo se inclina—, y al tercero el ala rota me pesa como si llevara una piedra cosida a las plumas y el mundo entero se va de lado.
Caigo sobre el costado malo. El dolor me ciega un instante, blanco, total, y suelto un chillido que ojalá nadie haya oído.
No me he caído por estar herida. Eso sería sensato.
Me he caído porque no quería estar herida, que es distinto y mucho más estúpido, y porque un halcón que ha volado más lejos que nadie del clan Kyntire no se cree, ni rota y atada en la torre de un monstruo, que cinco saltos puedan vencerla.
Me arrastro de vuelta al cesto a fuerza de pico y de orgullo, y me prometo no volver a intentarlo hasta que el ala obedezca.
Es una promesa que no pienso cumplir y lo sé mientras la hago.
Desde el cesto, al menos, se observa. Y observo, porque no tengo otra cosa que hacer y porque es lo único que sé hacer sin alas.
La ventana da al patio, y el patio es un libro abierto para quien sabe leer alturas.
Cuento la guardia: cambian al filo de cada cuarto de sol, sin pregón, con una contraseña que se dicen al oído.
Eso no lo hace una guarnición floja. Abajo a la izquierda hay una fragua: oigo el martillo antes de oler el carbón, y por el ritmo —dos golpes secos, una pausa, uno largo— sé que el herrero endereza, no forja, que es trabajo de quien repara armas usadas y no fabrica nuevas.
Hay perros, tres al menos, y no ladran a desconocidos: ladran a la hora de comer, lo que quiere decir que en este castillo entra poca gente nueva.
Y el humo. Sale de pocas chimeneas y sale flaco, medido, como el fuego de esta alcoba.
Un castillo que no malgasta leña es un castillo que se prepara para inviernos largos.
Lo aprendo todo sin moverme, como aprendía desde el aire los pasos de una presa, y lo voy guardando: cuántos hombres, cuánto miedo, cuánta hambre. Es la costumbre la que manda. Solo que aquí, por primera vez, la presa que estudio es la casa entera del hombre que me tiene.
Llaman a la puerta dos veces a lo largo de la mañana.
Las dos veces él sale al pasillo a escuchar lo que sea que vengan a decirle, y las dos veces vuelve con la mandíbula un punto más apretada que antes.
A la tercera ni siquiera llaman: una voz de hombre mayor habla desde el otro lado, áspera y tranquila.
—Los del valle alto piden audiencia, mi señor. Lo del ganado.
—Que esperen a la tarde.
—Llevan esperando desde ayer.
—Pues ya están acostumbrados. —Una pausa; la voz de él baja, y si yo no fuera lo que soy no la habría atrapado—: Dales de comer mientras esperan, Torcall. De lo nuestro.
Pasos que se alejan. Él se queda un momento con la frente apoyada en la puerta cerrada, de espaldas a mí, los hombros enormes vencidos durante exactamente tres respiraciones. Después se endereza, recompone la espalda piedra a piedra, y cuando se vuelve ya es otra vez el Laird Negro.
Dales de comer. De lo nuestro. Eso tampoco salía en las canciones .
La puerta se abre sin que nadie llame. Entra una mujer vieja y pequeña, doblada como un junco al viento, con un canasto de vendas al brazo. No baja la vista ante él. Es la primera persona que veo en este castillo que no baja la vista ante él.
—¿Ha comido? —pregunta ella.
—Acaba de empezar.
—Bien. —La vieja se acerca, me estudia con ojos lechosos que ven más de lo que aparentan—. Entonces vivirá. Lo que no sé es si viviréis vos, mi señor, que lleváis dos noches velando a un pájaro como una madre primeriza.
—Vigila tu lengua, Una.
—La vigilo desde antes de que vos caminarais. —Deshace mi vendaje con dedos de hueso, expertos, y el aire frío sobre la herida me arranca un temblor—. Hueso de ala, limpio. Quien lanzó esa lanza tuvo buen pulso y peor juicio.
—El juicio lo pongo yo en mis tierras.
—Y por eso media Escocia duerme con un ojo abierto. —Una extiende el ungüento sobre la herida; escuece como ortiga viva y aprieto el pico para no chillar—. Sujetadla. Con suavidad, que no es una espada.
—Sé sujetar cosas frágiles.
—Sabéis sujetar cosas rotas, que no es lo mismo. —La vieja enrolla el lino nuevo con vueltas precisas—. Más cerca, mi señor, que tenéis las manos donde no estorban a nadie y aquí hacen falta. Sujetad ahí. No, ahí no. Ahí.
Y el Carnicero del Norte, el hombre cuyo nombre usan las madres de seis clanes, mueve las manos adonde la vieja le dice, cuando se lo dice y como se lo dice, dócil como un mozo de cuadra en su primer día.
Lo miro hacer y se me posa dentro una idea nueva, distinta de la del dolor y más útil: a este hombre se le puede mandar.
No cualquiera. No los que le temen. Pero hay al menos una criatura en esta fortaleza, vieja, pequeña y armada solo con una lengua, que le da órdenes y a la que obedece.
La leyenda no menciona eso. La leyenda dice que nadie manda al Cuervo de Dargath. La leyenda no ha visto a Una.
—¿De dónde decís que cayó? —pregunta ella sin levantar la vista del lino.
—Del cielo.
—Del cielo caen la lluvia y las desgracias, mi señor, y esto no moja.
—Me alza el ala una pulgada, comprueba algo con el pulgar, asiente para sí—.
Hembra, por el tamaño. Las hembras de halcón son más grandes que los machos, ¿lo sabíais?
Más grandes, más fieras y listas. La Madre repartió con justicia al menos una vez.
—¿Cuánto hasta que vuele?
—¿Tenéis prisa por perderla?