PRELUDIO #2
No responde. Gira el cuchillo, lo envaina, y cuando creo que va a alzarse y dejarme al brezo y a los zorros, sus manos —esas manos enormes, llenas de cicatrices, las manos de todas las historias que me helaron la sangre junto al fuego— se deslizan bajo mi cuerpo roto con un cuidado que ningún cuento mencionó nunca.
—Mi señor, esa cosa puede tener mal de ojo, los MacRath...
—Si los MacRath supieran adiestrar algo así de hermoso —replica sin mirarlo—, ya gobernarían Escocia.
Nadie contesta. Y el silencio que se abre después de esas palabras no es el de antes, el de funeral: es un silencio de hombres que no entienden lo que acaban de ver.
Domhnall mira a otro soldado, el soldado mira a un tercero, y el tercero baja los ojos al brezo como si la respuesta estuviera ahí.
El monstruo del que cuentan que mató a su propio señor con las manos desnudas acaba de perdonar a una posible espía de los MacRath, herida y a su merced, porque le ha parecido hermosa.
Eso no cabe en ninguna de sus canciones.
Lo leo en sus caras antes de que el señor se incorpore: no le temen menos que hace un instante.
Le temen de una manera nueva, la que se le tiene a lo que no se comprende.
Me alza contra su pecho. El corazón le late despacio, fuerte, un tambor de guerra en descanso, y su calor me atraviesa las plumas empapadas de sangre. Con la mano libre se suelta el plaid del hombro y me envuelve en él, lana áspera que huele a humo, dejándome fuera solo la cabeza.
—Nadie la toca —ordena al montar, y la columna entera baja la vista—. En marcha.
El camino de turba es largo y la tarde se va gastando despacio.
Aprendo en ese trayecto más del hombre que en veinte años de historias junto al fuego, porque las historias mienten y el cuerpo no.
Voy apoyada contra su pecho, envuelta en el plaid, y desde ahí le cuento los latidos: lentos cuando el terreno es bueno, un punto más rápidos en cada vado, en cada recodo donde un hombre prudente esperaría una flecha.
No es miedo. Es oficio. Este hombre lleva tanto tiempo esperando que lo maten que su propio corazón hace la guardia por él.
Va al paso, no al trote, y me cuesta entender por qué hasta que un bache lo obliga a tirar de las riendas y noto cómo su brazo cambia el ángulo bajo mi cuerpo, amortiguando el vaivén, manteniéndome quieta contra el ala rota.
Va despacio por mí. Un señor con doce hombres cansados y un castillo que aún queda a horas no aminora por un pájaro que podría rematar de un pisotón, y sin embargo este lo hace, y no le dice a nadie por qué, y nadie se atreve a preguntárselo.
Los soldados sí hablan, detrás, creyéndose lejos del oído del señor y sin saber que el mío es mejor que el suyo.
—Tres días llevamos fuera y vuelve con un halcón —dice uno, en voz baja—. Mi mujer no me lo va a creer.
—Tu mujer no se cree ni que respiras —contesta otro, y los dos ríen, esa risa apagada que se permiten los hombres a espaldas de quien los manda.
—¿Tú has visto sus ojos cuando ha bajado el cuchillo? —El tercero ya no ríe—. Yo he visto a ese hombre degollar a un Glenmore por mirarlo mal. Y hoy no ha podido con un pájaro.
—Calla, Eachann.
—Calla tú. Pasa algo raro, y cuando con el señor pasa algo raro, alguien acaba muerto. Reza por que no seas tú.
Callan. El único ruido durante un buen rato es el de los cascos en la turba, el tintineo del metal, la respiración pesada de los caballos y, debajo de todo, ese tambor lento y fuerte contra el que tengo pegada la cabeza.
La niebla baja del cordal a media tarde y lo borra todo poco a poco: primero las cumbres, después los pinos, al final hasta los jinetes de cabeza, que se vuelven sombras grises montadas sobre otras sombras.
El hombre no manda encender antorchas. Conoce el camino sin verlo; lo noto en cómo el caballo elige el paso sin que la mano lo guíe, en cómo el cuerpo del señor se inclina antes de cada curva que la niebla aún no me ha dejado ver. Esta tierra es suya hasta en lo oscuro.
El dolor del ala sube y baja con el balanceo, una marea de fuego que me arranca temblores, y cada vez que tiemblo el brazo del hombre se cierra un punto más sobre mí, no con fuerza, sino con esa torpeza atenta de quien sostiene algo que no sabe sostener.
Huelo a caballo sudado, a cuero mojado de la niebla, a humo viejo prendido en la lana del plaid.
Y huelo, debajo de todo eso, al hombre: hierro y frío y algo más hondo, como tierra removida, como la cosa que queda cuando se ha quemado todo lo demás.
No me habla. No me acaricia. No es de esos.
Solo cabalga, despacio, mirando al frente, llevándome como se lleva una carga que importa y de la que uno no piensa hablar con nadie.
Y yo, que debería estar pensando en cómo escapar, me sorprendo haciendo lo único que sé hacer mejor que volar: mirar, contar, aprender.
Apunto cada latido, cada bache esquivado, cada palabra de los soldados, como apunto desde el aire los pasos de una presa.
Solo que esta presa me lleva en brazos, y por primera vez en mi vida no sé del todo quién caza a quién.
El castillo de Dargath aparece al caer la tarde, recortado contra un cielo de ceniza: torres negras, muros sin estandartes, ni una sola luz encendida de más.
Un lugar construido para resistir, no para vivir.
Todo en mí debería gritar peligro. Veinte años de historias junto al fuego deberían estar gritando peligro.
Y, sin embargo, mientras las puertas del monstruo se cierran a nuestra espalda, lo único que hago es lo que llevo haciendo desde que esos ojos grises me encontraron en el cielo.
Mirarlo.