El halcón de Dargath (Los hijos de Morvenna 2)
© inepub.com
PRELUDIO
El viento del norte sabe a tormenta vieja y a brezo quemado.
Lo surco con las alas abiertas, dejando que me suba por el pecho y me empuje más allá del desfiladero que madre me tiene prohibido cruzar.
No es un viento cualquiera. Es de los que nacen contra una pared de roca y suben calientes desde la turba que el sol ha estado mordiendo toda la mañana, y un halcón que sabe leerlos no necesita batir las alas: se deja poner, se cuelga del aire como de una mano, y sube.
Yo lo leo mejor que nadie del clan Kyntire.
Encuentro la corriente donde otros encontrarían solo cielo vacío, me dejo izar hasta que el frío me afila las plumas, y desde ahí lo veo todo.
Abajo, el mundo se ordena para mí: los ríos son cicatrices de plata, los pinos se apiñan como guerreros antes de una carga, y las montañas de Dargath se alzan al fondo, negras incluso bajo el sol.
Huelo el agua antes de verla —ese filo húmedo y mineral que sube de los vados—, y huelo también la sangre tibia de las presas: un topillo que se mueve mal entre el brezo a media legua, una liebre que confía demasiado en su quietud al borde de un seto.
Podría caer sobre cualquiera de ellas. Mido la distancia sin pensarlo, como se mide el aire al respirar, y sé en qué punto del picado me alcanzaría el viento de costado y en cuál no.
No bajo. No he cruzado medio norte por una liebre.
Y hay un orgullo en esto que no sé explicar a los que andan por el suelo.
Madre vuela hasta el lago y vuelve. Mi hermano apenas se aparta del valle.
Yo subo hasta donde el aire se vuelve delgado y frío y los pulmones tienen que trabajar el doble, hasta donde el clan no es más que un puñado de tejados de turba del tamaño de mi pico, y desde ahí miro tierras que ninguno de los míos ha visto nunca.
Volar más lejos que nadie es la única cosa que hago mejor que todos, y la hago a diario, y aun así no me cansa: cada legua nueva sabe igual de bien que la primera.
Nadie del clan Kyntire vuela tan lejos. Nadie del clan Kyntire es tan curiosa como yo, tampoco.
Conozco las historias. Las he escuchado junto al fuego desde niña, contadas en voz baja, como si pronunciar su nombre demasiado alto pudiera traerlo hasta nuestra puerta.
El Cuervo de Dargath. El Carnicero del Norte.
El Laird Negro. Tres nombres para un solo hombre, y ninguna historia en la que no corra la sangre.
Dicen que mató a su propio señor con las manos desnudas.
Dicen que gobierna un castillo donde jamás se enciende más fuego del necesario.
Dicen que las madres de seis clanes asustan a sus hijos con él.
Pero las historias se contradicen, y eso es lo que llevo semanas masticando en los vuelos largos.
Dicen que es un monstruo, y dicen también que en quince años de gobierno no ha quemado una sola cosecha que no fuera enemiga.
Dicen que es el carnicero del norte, y los buhoneros que pasan por casa juran que en Dargath no se cuelga a nadie sin juicio, cosa que no puede decir ni la mitad de los lairds que se llaman a sí mismos justos.
Un monstruo no debería tener esas grietas.
Y un halcón curioso no debería poder dejar de pensar en ellas.
Llevo semanas rondando esta frontera como ronda la lengua una muela que duele: bajo, miro, me digo que mañana ya no vuelvo, y al amanecer siguiente el desfiladero prohibido me llama otra vez con la voz de madre diciéndome que no.
Yo digo que un hombre al que todos temen y nadie ha visto es, sobre todo, una tentación.
La columna de jinetes aparece al doblar el valle, una serpiente oscura sobre el camino de turba. Doce hombres armados, los caballos cansados, los escudos sin pintar. Desciendo en círculos amplios, sin prisa, fingiendo cazar. Un halcón más sobre un valle cualquiera.
Entonces lo distingo, y el corazón me golpea las costillas con un ritmo nuevo.
No necesito que nadie me lo señale. Es el más grande de todos, más alto a caballo de lo que otros hombres serían de pie sobre una roca, los hombros envueltos en un plaid tan oscuro que parece luto.
El cabello negro le cae suelto hasta los hombros, revuelto por el viento, y hasta a esta distancia se le adivinan las cicatrices en las manos enormes que sostienen las riendas.
No monta como un señor que pasea sus tierras.
Monta como un hombre que espera una emboscada en cada sombra.
Bajo un poco más. Solo un poco.
—Ahí está otra vez. —La voz del jinete más joven llega nítida hasta mí; el aire de otoño lleva las palabras como lleva el polen—. Esa ave. Nos sigue desde el vado.
—Es un halcón, Domhnall. Los halcones cazan.
—Los halcones cazan ratones. —El joven se persigna sin soltar la lanza—. Ese nos cuenta.
Una risa recorre la columna, corta y sin alegría, de esas que los hombres usan para taparse el miedo.
Pero la risa se apaga sola, y deprisa, porque uno de los jinetes de cabeza ha dejado de hablar a media frase y los demás lo notan.
No miran al cielo. Miran al gigante del plaid oscuro, de reojo, esperando a ver qué hace él antes de decidir si lo de arriba es un pájaro o es otra cosa.
Así se mide a un señor de verdad: no por lo que ordena, sino por la cantidad de hombres que dejan de respirar cuando él levanta la barbilla.
El gigante del plaid oscuro no ríe. Alza la cabeza despacio, y por primera vez en mis veinte años entiendo lo que sienten las liebres un instante antes de que yo caiga sobre ellas.
Ojos grises. Grises como el acero, como el lago en enero, como ninguna otra cosa viva que yo haya visto. Me buscan en el cielo sin entornar los párpados, sin protegerse del sol, y me encuentran.
—Los MacRath adiestran aves —dice. Su voz es grave, gastada, hecha para que la obedezcan—. Y los centinelas de Glenmore juraron que algo les contaba los pasos desde el aire la noche en que los degollaron.
—Mi señor, es solo un pájaro...
—Nada es solo nada. —Extiende la mano sin apartar los ojos de mí—. Una lanza.
La lanza está en su mano antes de que el joven termine de tragar saliva. Nadie discute. Nadie pregunta. Doce hombres y un solo gesto, y la columna entera se queda quieta como si fuera una sola bestia que aguanta el aliento.
Debería reírme. Río, de hecho, a mi manera: dibujo un círculo lento sobre sus cabezas, insolente, porque ningún hombre nacido de mujer alcanza a un halcón en vuelo, y porque esos ojos de acero me producen algo parecido al vértigo y quiero mirarlos un instante más.
Ese instante me cuesta el cielo.
No le veo el brazo moverse. Veo el mundo torcerse, el dolor estallar en el ala izquierda como un rayo blanco, las plumas saltar arrancadas, y de pronto el valle gira, gira, gira.
El cielo se me cae encima y el suelo que siempre estuvo abajo viene a buscarme con la boca abierta.
No hay arriba ni hay abajo: solo el volteo, el brezo y la roca alternándose tan rápido que me revuelven el buche, el ala rota golpeándome el costado en cada vuelta como un remo suelto.
Intento abrirla. No obedece. Por primera vez desde que rompí el cascarón, el aire deja de sostenerme, y descubro que un halcón sin cielo no es nada, es solo un puñado de huesos huecos y de orgullo cayendo.
Caigo entre el brezo con un golpe que me vacía el pecho.
Dolor. Dolor por todas partes, en el ala doblada bajo el cuerpo, en las costillas diminutas, en cada hueso hueco que la Madre me dio para ser ligera y que ahora me condena.
Intento alzarme y el ala izquierda responde con una punzada que me arranca un chillido.
Sangre en las plumas. Sangre en la tierra negra.
Levántate. Vuela. Levántate.
No vuelo. No me levanto. Y la verdad de lo que he hecho me cae encima más pesada que la caída: crucé medio norte para ver al monstruo, que es la curiosidad más estúpida de la que tengo memoria, y ahora el monstruo viene hacia mí con doce hombres detrás.
He visto morir presas. Conozco la cuenta que se hace en ese último instante, esa cuenta que yo misma he cobrado mil veces desde el aire.
Solo que ahora la presa soy yo, y el cazador no tiene alas ni pico: tiene botas que hacen temblar la tierra y un nombre con el que las madres asustan a sus hijos.
Las botas hacen temblar el suelo antes de que las sombras me cubran. Doce hombres en círculo, y un silencio de funeral.
—Buen tiro, mi señor. —Domhnall se inclina sobre mí con la cara torcida de asco y de alivio—. ¿La remato? Si era de los MacRath, mejor muerta. Y si no, herida así no sirve ni para el puchero.
—Apártate.
El círculo se abre. El Laird Negro desmonta con una agilidad que un hombre de ese tamaño no debería poseer, y el suelo cruje bajo su peso cuando se acuclilla a mi lado.
De cerca es peor. De cerca las historias se quedan cortas: la nariz rota tiempo atrás, una cicatriz que le parte la ceja, la barba corta y descuidada de quien no dedica un solo pensamiento a su propio rostro.
Huele a cuero, a caballo y a hierro frío.
Desenvaina un cuchillo de empuñadura gastada.
Esto es morir, entonces. Lejos de casa, en la tierra del monstruo, por curiosa. Madre tenía razón, y ese va a ser mi último pensamiento, qué humillación: madre tenía razón.
Plantó cara a la muerte quien pudo elegir cómo. Yo solo puedo elegir cómo mirarla. Así que no cierro los ojos. Los clavo en los suyos, ámbar contra acero, y le sostengo la mirada al Carnicero del Norte mientras el cuchillo baja hacia mi garganta.
El cuchillo se detiene.
Un suspiro. Dos. El viento mueve el brezo, un caballo piafa, alguien murmura una oración entre dientes.
Y los ojos grises, esos ojos que según las canciones no se han ablandado jamás ante nada que respire, se estrechan sobre mí con algo que no es crueldad.
Es otra cosa. Algo que se le mueve por dentro y que él mismo no parece reconocer.
—¿Qué clase de ave mira así? —masculla, tan bajo que solo yo lo escucho.
—¿Mi señor?