El guerrero de Morvenna (Corazones de brezo y acero 4) CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

Alcanzamos las casas del pueblo en el suspiro en que el amanecer es ya luz real sobre los tejados y las gentes del clan habitan en mitad de la calle principal.

No hemos podido evitar el encuentro con los siervos —entrar bajo el negro de la noche habría resultado una maniobra más sencilla en términos de sigilo militar, pero se habría mostrado tres veces más difícil en términos del objetivo real que nuestra vanguardia requiere conquistar en la plaza, que consiste estrictamente en que los ojos del clan vean la línea de nuestra formación—.

Que el pueblo de Strathos vea a Ronan laird en persona vivo, caminando con paso firme por el centro de la calle principal, con la mujer a la que las lenguas del consejo llaman bruja al flanco izquierdo y las tres bestias del bosque flanqueando las túnicas.

El primer hombre en verificar nuestra llegada supone un anciano apostado junto al fuego de la herrería, que levanta las pupilas de las herramientas de forja y se queda congelado con el martillo suspendido en el aire y la cara de quien presencia un suceso que no encaja con lo que su mente espera ver cumplido jamás en la tierra.

Para el minuto en que nuestras botas ganan el centro de la calle principal, se nota la presencia de gentes en ambos flancos del camino de piedras.

No es un volumen grande todavía —las horas de la mañana son tempranas en los hogares—, pero muestra la densidad suficiente para que el silencio espeso que dejamos a nuestra retaguardia al pasar sea de la estirpe que se propaga por las casas como la peste.

No detengo el paso ante las miradas. Morvenna imita mi rigidez, fijos los ojos oscuros en la empalizada.

Las tres bestias ejecutan el flanqueo de la línea —el lobo gris firme a mi izquierda, el halcón trazando círculos concéntricos sobre nuestras cabezas, el ciervo joven avanzando a la derecha de la túnica de Morvenna, desplegando esa calma inalterable suya que consigue que el conjunto de la descubierta simule menos una entrada de prófugos y más una procesión legítima de reyes—.

El pánico en las gentes del pueblo se muestra palpable en el aire del valle.

No orienta su fuerza contra mi cota —se dirige directo hacia la figura de Morvenna—.

Hacia las formas de las bestias que guardan su flanco.

Hacia lo que sus cuerpos representan para la superstición, que constituye justamente la mentira de mercado que Cathal ha pasado meses enteros forjando en las tabernas: la bruja de las colinas altas, la causa biológica de todas las desdichas de los graneros.

Siento el impacto de su recelo sin necesidad de volver las facciones a su posición.

Lo percibo en la fórmula en que los pastores retroceden hacia las paredes cuando las patas del lobo gris cortan el sendero.

En los susurros de las mujeres. En los rostros de los viejos que miran la túnica gris de Morvenna con un sentimiento que media entre el miedo supersticioso y el odio rudo que no les pertenece por derecho propio —es el veneno que la boca de Cathal les ha entregado en el salón para llenar el hueco del miedo al invierno—.

Mantengo la marcha hacia las murallas.

Es en ese suspiro de la calle cuando el hombre desata la lengua a voces.

Permanece apostado en el lateral derecho del camino de piedras, con tres o cuatro siervos compartiendo su rincón del muro.

Muestra una mediana edad en sus líneas facciales.

Viste el plaid verde de mi propio clan. Exhibe la cara del colono que ha tomado la determinación de que su boca conserva el derecho legítimo de expresar el enojo de su consejo y que esa licencia importa más en su fuero que las consecuencias del acero.

—¡Monstruos de las colinas! —grita el hombre, extendiendo el brazo para señalar las formas de las fieras—. ¡La paria los ha traído a las casas del clan! ¡Los monstruos de la bruja que seca el ganado!

El silencio de campaña que sobreviene a sus gritos se instala absoluto en la calle de piedras.

Y en mitad de esa tregua sorda —antes de que mi brazo ejecute el giro del cuerpo, antes de que ninguna alma en el patio realice un movimiento de defensa— acontecen tres sucesos casi simultáneos en el terreno que no consumen más de dos segundos de las velas y que mi veteranía alcanza a ver en todo su diseño.

El ciervo joven detiene la marcha en seco en mitad de las piedras.

Oisín, bajo su forma animal, clava las pezuñas en el centro de la calle principal.

No retrocede hacia la cobertura de mis botas.

No se asusta bajo las lógicas habituales en las bestias del monte.

Se limita a frenar el paso y girar la cabeza corta hacia el chal de Morvenna empleando una lentitud que formula la duda.

Morvenna no desvía las pupilas oscuras hacia su figura corta.

Mantiene la marcha hacia adelante. Pero el ritmo de sus botas modifica su frecuencia un grado apenas visible —imperceptible para el ojo de los tratantes del mercado, claro y nítido para mi propia guardia—.

Algo se ha contraído con dureza en las líneas de su pecho.

No es la rabia común de los clanes. Es un sentimiento más antiguo que el enojo, más cansado por las lunas de paria.

Y Cael —el lobo gris, apostado a mi flanco izquierdo— frena también el avance medio segundo de reloj antes de reanudar el trote de sus patas.

No hace ningún otro gesto sobre las piedras.

Pero sus pupilas grises buscan mis ojos con una brevedad extrema que guarda una duda que no pertenece a los siete inviernos de su infancia ni a la naturaleza del lobo.

Pertenece a las dos realidades unificadas en el patio.

«¿Qué orden dicta tu espada ante el insulto?» —pregunta su calma—.

Lo miro fijamente en mitad de la calle.

Y entonces sí comprendo con nitidez absoluta qué oficio he venido a ejecutar en este valle del norte.

No se trata de recuperar las murallas de Strathos por el orgullo del linaje.

No consiste en hacer la justicia del acero contra Cathal.

No representa demostrar la fortaleza ante un clan que abandona mi cuerpo moribundo en la zanja del camino real.

Esas campañas también integran el petate, pero no ocupan el primer puesto de la vanguardia esta mañana.

Completo el giro de mis botas hacia la posición del hombre que ha gritado.

Lo que se mueve por dentro de mis costillas no es el enojo dinástico del laird que ve discutido su mando.

Es una fuerza más primaria e inmediata —el instinto primitivo del oficial que acaba de escuchar un agravio dirigido contra una propiedad de su fuero—.

Pienso en Cael regresando de la espesura con el barro negro pegado a las rodillas en mitad de la noche.

En Bríde atando el cuero trenzado a mi muñeca derecha en el patio este.

En Oisín plantado como una estaca junto a mi banco exterior: «Es mío».

Reflexiono en la penumbra de la cueva del este. En tres niños extraordinarios del bosque durmiendo bajo el amparo de mi propia capa de campaña.

—¿Bajo qué designación de tu boca has mentado a las fieras que guardan mi línea?

—pregunto, reduciendo la voz. Mi tono no ha subido una octava en el aire de la calle.

Es la peor estirpe de voz que un general puede desatar ante la tropa —la que prescinde del volumen del trueno porque le sobra el peso del plomo—.

El colono del plaid verde no suelta la respuesta de los dientes, intimidado por la gravedad del laird.

—Los animales que tus ojos vigilan en estas piedras descubrieron mi cuerpo roto en el bosque norte, cuando mi carne guardaba tres lanzas clavadas por el flanco derecho —le entrego los hechos—.

Guiaron mis botas hacia una cueva seca fuera del temporal.

Protegieron mi salud durante las noches de fiebre.

Sin que ninguna orden firmada por un laird solicitara el servicio a sus vidas.

—Hago una pausa mecánica, barriendo la calle con las pupilas grises—.

¿Qué número de los tratantes que habitan en las casas de esta calle principal habría ejecutado la misma maniobra de piedad por el cuerpo de un extranjero moribundo?

El silencio de las fosas regresa a las piedras de la plaza de Strathos.

—Oisín —indico, sin retirar la obstinación de mis ojos de las facciones del colono—, reanuda la marcha de tus patas hacia el castillo.

El ciervo joven recupera el paso sobre el suelo helado.

Lo ejecuta despacio, desplegando esa dignidad tranquila propia de las bestias que no tienen la necesidad de demostrar la fuerza ante la tropa, y corta el límite del muro pasando al flanco mismo del hombre que ha desatado el grito sin desviar las pupilas hacia su ropa, con la cornamenta alta y la marcha medida de los páramos.

Ninguna alma en la calle principal permite que salga una sola sílaba de la boca para quebrar el orden.

Los miro fijamente —a la totalidad de los siervos del valle, omitiendo reducir el examen al hombre que ha insultado—.

Al herrero que mantiene el hierro suspendido sobre el yunque desde nuestra llegada.

A la mujer que permanece inmóvil junto al pozo, asegurando los mimbres del cesto contra el pecho y exhibiendo las pupilas abiertas por el espanto.

—Lo que de verdad está destruyendo a este clan no ha bajado de las colinas altas, gentes de Strathos —sentencio, firme la voz—.

Ha salido de los estratos de esta misma plaza interior.

Y vuestras orejas van a conocer la historia completa de la traición antes de que el sol de hoy inicie su retirada tras los pinos.

Completo el giro de mis botas. Reanudo la marcha hacia las torres.

Morvenna aguarda la llegada de mi cota tres pasos más adelante en el camino de piedras.

Alcanzo su posición. Caminamos juntos de perfil en mitad del frío, compartiendo el espacio del sendero en silencio.

El lobo gris firme a mi flanco izquierdo, el halcón marcando los círculos arriba en las nubes, el ciervo joven ocupando de nuevo su territorio asignado a la derecha del chal de Morvenna.

—¿Tus defensas se encuentran firmes tras el impacto del grito? —pregunto en un susurro, sin desviar los ojos del frente.

Tarda en soltar la palabra de la boca. No un pasaje largo de las velas. El suspiro justo para que mi veteranía advierta que la duda ha alcanzado el rincón preciso de sus arcones.

—Mi oreja ha escuchado esa misma designación de monstruo en las jornadas del pasado —responde ella, sin inflexiones en la voz—. Muchas veces cruzó el aire de mi patio desde el mercado.

—Lo sé de sobra, mujer.

—Lo que mis leyes omitían haber escuchado jamás en el norte era a un hombre de armas interponiendo su acero para contestar al insulto —hace una pausa muy breve, fijos los ojos en el granito—. No sé qué hacer todavía con eso.

No añade más líneas al tratado de la mañana. Continúa la marcha en la cuesta.

Mis botas imitan su rigidez.

No es una concesión menor para el libro.

Para las leyes de Morvenna, que posee la destreza de aplicar el orden correcto a casi cualquier contingencia que el invierno desata en el prado, reconocer ante el laird que su mente no sabe qué orden aplicar a una acción es la fórmula más honesta y ruda de admitir que el herraje de mi palabra ha calado hondo en sus arcones.

A nuestra retaguardia, las gentes del pueblo reanudan el paso para seguir nuestra línea de avance.

La curiosidad de las ferias primero, el miedo supersticioso después transformándose en una necesidad biológica de presenciar qué suceso va a acontecer en las puertas del castillo.

Es un rumor de calzado que mi oreja reconoce de las campañas —el sonido denso del pueblo moviéndose detrás de una bandera que todavía no decide si debe seguir por fidelidad o temer por su seguridad—.

Y entonces, en mitad de ese silencio rústico que no es la quietud del páramo, el lobo gris acorta la distancia un paso más en las piedras. No se aproxima a mi cota. Sienta sus patas pegadas al chal gris de Morvenna.

Y sé, sin necesidad de desviar las pupilas grises hacia el suelo, que la intensidad de Cael ha contestado por fin a la duda que lunas antes me ha formulado con la quietud de sus ojos en el pasillo de la cabaña.