El guerrero de Morvenna (Corazones de brezo y acero 4) CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

Establecemos la marcha en mitad del prado cuando el cielo del norte todavía no decide si va a conceder el día o mantiene el negro.

Mis botas avanzan en la vanguardia de la fila.

Morvenna camina a mi flanco izquierdo, cargando el zurrón de las raíces al hombro y vistiendo la capa oscura de lana basta que reserva para las jornadas de frío real.

A nuestra retaguardia se extiende la masa del bosque.

Y en mitad de la arboleda —flanqueando la marcha de forma monótona, desprovistos de que ningún ojo del sur pueda notar sus siluetas desde fuera— avanzan los tres.

Ninguna lengua desata palabras durante la primera hora de camino.

No es un silencio incómodo para las filas; es la reserva propia de las personas que conocen con exactitud qué oficio van a ejecutar con el acero y que han dado por terminados los discursos por el momento de la escaramuza.

El sendero que pisamos es el mismo que mi memoria guardaba de las cacerías y que la fijeza de Cael corrigió en el mapa —la ruta del barranco sur, la línea exacta que ningún jinete de Cathal vigila en las lindes porque ningún manual de su guardia sabe que el paso existe entre los peñascos—.

Al consumirse la hora de marcha, Morvenna quiebra el silencio del sendero:

—La frontera del barranco sur se ubica a veinte minutos de nuestras botas —indica, sin detener el paso.

—Conozco esa distancia, mujer —respondo.

—Pasada la grieta de la roca, la geografía del terreno modifica sus líneas. El prado se muestra más abierto ante la vista. Si se percibe la presencia de un centinela vigilando desde la cresta de la colina alta, divisará el movimiento de tu cota.

—También lo tengo en cuenta —hago una pausa invariable, midiendo el viento—. Por ese motivo exacto nuestro flanco omitirá cruzar por la cresta alta.

Me mira de reojo bajo el chal oscuro.

—¿Cael ordenó el desvío?

—Cael fijó la línea en el carbón.

No añade frases al tratado. Reanudamos la marcha por las piedras.

El barranco sur se manifiesta ante mis ojos tal y como la intensidad de Cael hay descrito en el tablón, punto por punto —una hendidura estrecha y ruda en la roca viva que desciende hacia el borde del valle por el flanco que ningún mapa de los clanes capta, porque ninguna alma provista de dos pies humanos ha tenido una razón legítima para recorrer su curso en mitad del invierno—.

Ninguna alma de dos pies descalzos. Ahí radica la ventaja estratégica de la descubierta.

Cruzamos la brecha de granito sin desatar la lengua. El frío que guarda el barranco se advierte con mayor intensidad que el del páramo exterior —ese frío espeso de las piedras de sombra que jamás ven la luz del sol— y el vaho de nuestra respiración sale blanco en el aire quieto de la hendidura.

Al ganar la salida del otro flanco de la roca, detengo las botas sobre la hierba.

El prado norte de Strathos abre sus dimensiones ante mis pupilas.

Conocido por mi linaje. De mi legítima propiedad.

El territorio exacto que he pisado desde las jornadas de mi infancia, que mi carne conoce por el aroma denso de las turberas además de por la quietud de la vista —la hierba húmeda por la escarcha, el humo lejano que exhalan las chimeneas de las cocinas del valle, ese aire particular de mis murallas que no se parece al viento de ningún otro rincón del norte.

En este llano aprenden mis piernas a gobernar la montura.

Ahí abajo, pegado al margen del arroyo que no se ve, pero cuya corriente se oye entre las piedras, mi padre me desató las leyes para leer el vuelo de las aves antes de que la tormenta descargara el agua.

Este prado es la primera imagen real que mi memoria guarda del universo habitable.

Y mi carne está a un suspiro de no volver a clavar los ojos en su dibujo nunca más.

Lo que mis pupilas vigilan en esta mañana de invierno se muestra diferente de la plaza que abandoné tres semanas atrás —no en la geografía de los peñascos, sino en el aire que transmite a la vanguardia—.

El número de reses que pastan en los llanos se ve escaso bajo el frío.

Las luces que asoman en las almenas del castillo, al fondo del valle, exhiben una disposición de guardia estricta, ajena al orden del hogar.

Cathal ha modificado las líneas de la defensa. Ha reorganizado la plaza a su favor.

Morvenna, a mi flanco izquierdo, contempla el mismo paisaje heráldico valiéndose de unos ojos muy diferentes.

Conoce las murallas de Strathos únicamente desde la distancia de las crestas altas —la silueta borrosa del castillo recortada contra las nubes, el vaho de sus fuegos en las jornadas de cielo limpio—.

Jamás sus botas han acortado el sendero hasta hallarse tan cerca del foso.

Es el clan rudo que lleva lunas enteras pronunciando las letras de su nombre con la insistencia del miedo y la sospecha, el mismo pueblo que habría encendido la paja para quemar su cuerpo si Cathal hubiera reunido el valor militar de solicitar la orden en voz alta ante los hombres.

Y camina hacia sus empalizadas bajo la dirección de su propia voluntad.

Sobre nuestras cabezas, en el cielo gris, el halcón desciende un grado en la órbita de su vuelo.

El espacio justo para la descubierta. Bríde posee esa costumbre mística de aproximarse en el aire en cuanto el curso de los pensamientos de los adultos altera su frecuencia en la tierra, como si midiera la gravedad del peligro desde arriba.

Veo a Morvenna respirar con mayor hondura bajo el lienzo de su capa oscura, manteniendo la vista fija en las torres del castillo, y el halcón recupera su altura de siempre en las nubes.

A veces las criaturas sostienen la línea de las defensas sin necesidad de rozar la carne.

—¿Tu vista alcanza a ver las alteraciones del valle? —pregunta Morvenna en un susurro, fija la vista.

—Sí, mujer —respondo, plano el tono—. Los mapas muestran cambios.

—¿Modificó en demasía el orden del castillo?

—El volumen suficiente para comprometer el asalto. —Recorro el perímetro exterior con las pupilas—. Ha dispuesto un número mayor de lanzas en el flanco este. Las defensas del oeste se muestran más débiles para esta mañana.

—¿Equivale esa disposición a una ventaja para nuestro herraje?

—Esa contabilidad depende enteramente del sector por donde nuestras botas decidan forzar la entrada a la plaza.

En la espesura del bosque que se extiende a nuestra retaguardia, algo quiebra la maleza.

No es el movimiento de una amenaza del sur; avanza bajo la familiaridad de la fiera que conoce la geometría del terreno.

El lobo gris aparece desde los abetos a mi flanco izquierdo, acomoda sus patas a mi lado contra la tierra, y vigila el prado norte con la misma atención concentrada con que mis propios ojos están midiendo las torres.

Lo miro de reojo. No me devuelve la mirada —continúa con las pupilas fijas en las murallas, exhibiendo esa dureza suya que es pura evaluación de las fuerzas del traidor.

—¿Acaso vuestros ojos ven un peligro en el llano que yo no veo desde aquí? —pregunto, moderando la voz para que solo el oído de Morvenna capte las letras.

Ella desvía la vista hacia el bulto del lobo.

—Siempre ven más líneas que tus ojos del sur, Ronan —responde, inmutable.

El lobo gris se eleva de la tierra. Trota con paso seguro hacia el flanco oeste del prado, reseguido el borde de la arboleda alta, y detiene su marcha a unos cien metros de nuestra posición. Gira las facciones hacia mi plaid.

—El sector oeste es nuestro punto de avance —resuelvo, apretando la empuñadura.

—Oeste —confirma Morvenna con la cabeza.

Seguimos la línea que dibuja la marcha del lobo.

Es costeando el límite de los pinos, bajo su guía, cuando mis ojos ven el roble partido.

Permanece en el rincón exacto donde ha habitado siempre —en el filo oeste del valle, en solitario, apartado de la masa de los pinos como si los árboles comunes hubieran cedido el terreno por respeto a su antigüedad—.

El viejo roble. Un rayo del cielo abrió su tronco en dos mitades una generación entera antes de que mi cuna fuera construida, y la mitad muerta de la madera continúa firme al lado de la mitad viva, que cada primavera vuelve a desatar las bellotas en las ramas como si el fuego del cielo no hubiera quebrado sus líneas en el pasado.

Crecí midiendo la longitud de mi cuerpo contra la corteza de ese árbol.

La rama baja —la primera del tronco, la que servía de acceso obligatorio para ganar el resto de las maderas altas— fue durante los inviernos de mi niñez el examen real de mis fuerzas.

De niño saltaba con las botas en la tierra y mi mano no llegaba a la madera.

Después alcanzo a rozar la corteza con la punta de los dedos.

El verano de mis doce inviernos logro cerrar la palma de la mano derecha alrededor del nudo, icé mi peso hacia arriba, y desde esa altura del roble el universo de Strathos se muestra bajo otra divisoria muy diferente.

En la mañana de hoy paso al flanco del roble y la rama baja queda exactamente a la altura de mi hombro curtido.

No detengo el paso ante el tronco. El lobo gris ha evitado la detención en su trote y la escaramuza de la noche no concede minutos para los recuerdos del salón.

Pero algo real dentro de mi pecho ejecuta la contabilidad sin solicitar mi venia —el niño que saltaba sin fortuna en la hierba, el muchacho de los doce inviernos que conquistaba las ramas, el laird despojado que regresa a sus murallas en compañía de una mujer paria y tres criaturas extraordinarias del bosque y un clan entero que lo cree muerto en la zanja—.

Entre el borde de esa rama baja y la línea de mi hombro herido se ha consumido una vida entera de hierro.

«Mostramos el mismo dibujo» pienso, contemplando la madera. Y mi mente desconoce a cuál de los dos le dedico la frase —si al árbol partido que insiste en dar bellotas contra el rayo o al hombre que regresa de la muerte a reclamar su herencia.

El lobo gris, diez pasos por delante de mis botas, dobla la esquina del tronco y gira las facciones hacia la corteza del roble un suspiro apenas —un único instante, como el oficial que percibe un punto de control en el plano de la marcha— y reanuda el trote.

El sendero que la concentración de Cael corrige en el carboncillo cruza precisamente por este confín de la madera.

A veces mi sospecha formula la duda de si su mente infantil también sabe el significado de este roble.

Reanudamos la marcha en bloque.

La hechicera paria, el guerrero traicionado, las tres bestias de la espesura del bosque.

Avanzando hacia el castillo de las murallas oscuras.

Hacia lo que viene bajo el acero.