CAPÍTULO 36
Del centro de las casas del pueblo hasta las maderas de las puertas principales del castillo se extiende un camino en cuesta empinada que las botas de Ronan han subido mil veces en sus jornadas de gloria y que jamás en las lunas pasadas le ha parecido tan largo de cubrir para sus piernas.
Se lo descubro en la rigidez de su espalda pesada y en el ritmo igual de su marcha.
Caminamos con paso pausado por las piedras.
No por una estrategia de repliegue de las fuerzas —o no únicamente por el cálculo del asedio—.
Porque existen distancias en la tierra que el cuerpo del caminante asimila antes de que la cabeza haya trazado las líneas en el plano, y esta cuesta de granito representa la última franja de mundo habitable que media entre lo que hemos sido en el aislamiento y lo que vamos a ser ante las espadas del clan.
«Por la salud de su cota» —pensé en mi fuero al abandonar el prado de la cabaña, en el suspiro en que mi sospecha formuló la duda de por qué motivo mis botas avanzaban hacia las empalizadas de un pueblo que habría encendido la paja para quemar mi túnica—.
Corregí la línea del pensamiento antes de terminar de trazar las letras en el cerebro, porque la honestidad ruda es el único valor que jamás le he negado a mis propios mapas junto al fuego: el avance no se ejecuta únicamente por el favor de su laird.
A nuestra retaguardia, las gentes del pueblo continúan la marcha en la subida.
Un número mayor de siervos se incorpora a la línea en cada tramo de la cuesta —las novedades relativas al incidente de la calle de la herrería han terminado de correr por los callejones y ya no queda una puerta cerrada de madera o una ventana desprovista de un rostro que vigile la descubierta—.
No siguen nuestra línea de la forma en que se sigue la cota de un señor de las murallas.
Tampoco persiguen nuestros pasos bajo la furia con que se acosa a una bruja de las leyendas.
Siguen el avance de la misma manera en que las gentes del norte siguen a los sucesos que todavía no tienen un nombre legible en los registros del clan.
Cada una de las cinco almas acomete la subida de la cuesta bajo las leyes de su propia naturaleza.
Cael avanza en la vanguardia de la formación.
El lobo gris adelanta las patas sin que mi boca firme una orden de descubierta y trabaja las líneas de la cuesta de la misma forma ruda en que un rastreador de frontera trabaja un territorio hostil —inspecciona los flancos del granito, mide las bocacalles que cortan el sendero, vigila las vigas de los tejados bajos donde podría apostarse un tirador del traidor con un arco largo—.
No corre sin sentido por la tierra. Traza círculos de seguridad.
Cubre las líneas del laird. Retorna al chal gris.
Siete inviernos suma en su túnica corta, y despliega el oficio de la defensa con una insistencia que ninguna lengua humana le ha enseñado entera en las colinas altas.
Bríde realiza la descubierta desde las leyes del aire.
Los círculos concéntricos del halcón de ojos dorados, que durante la totalidad de las horas de la mañana se han mostrado amplios y pausados en las nubes, van reduciendo su diámetro sobre las torres del castillo a medida que nuestras botas acortan la distancia con el foso.
Desciende dos veces consecutivas a media altura del aire —ejecutando pasadas largas frente a los merlones de las almenas, de las lunas que le parecen un azar de las aves a quien no sabe mirar las señales del bosque.
Doce hombres armados guardan las líneas de las almenas altas.
Un volumen mayor aguarda parapetado detrás de las maderas de las puertas principales.
Me lo dirá en voz baja en cuanto sus pies descalzos toquen el patio, y ninguna lengua de la casa le formulará la duda de cómo su mente conoce las cifras con números exactos.
Oisín avanza pegado a la orilla de mi costado izquierdo.
El ciervo joven, que lleva la mañana entera sosteniendo la dignidad alta de su cornamenta y las pupilas fijas en el frente de la cuesta, acorta la separación de la tierra hasta caminar a un palmo escaso de las telas de mi túnica.
No realiza el movimiento por el espanto del siervo —o no únicamente por el miedo al hierro—.
Lo ejecuta por esa otra ley interna que gobierna a Oisín desde su llegada al prado: en cuanto algo grande se acerca a su vida, su cuerpo se pega con dureza a lo que reconoce como su legítima propiedad.
Gira la cabeza corta hacia mi rostro una vez, dos veces en las piedras.
Y yo, que llevo inviernos enteros traduciendo las maniobras de Oisín sin necesidad de que las letras del mercado medien en la cocina, escucho la duda de su pecho con la misma nitidez que si la dijera con voz de hombre en el patio: ¿vamos a ganar esta campaña contra las capas verdes?
—Vamos a poner la verdad delante del clan, niño —respondo en un susurro, sin desviar los ojos oscuros de las torres altas.
El ciervo mantiene las facciones giradas hacia mi túnica un paso más del camino. ¿Y esa concentración del revés conserva la fuerza para ganar las murallas?
—A veces las verdades demoran lunas enteras en asentar las líneas en los mapas de los hombres —le entrego la frase amarga—. Pero no conocen el cansancio de las levas.
Oisín devuelve las pupilas al frente de la cuesta y parece darse por satisfecho con las leyes del tratado.
Es una conclusión propia de su estilo rudo: las materias de la tierra que no conocen el cansancio terminan siempre por ganar la plaza ante el acero.
Su propia naturaleza opera bajo esa misma constancia del invierno.
Yo acometo la subida de la cuesta empinada sintiendo la presencia de los muertos de Strathos.
Se manifiesta el suceso a medio camino de las torres —primero bajo el margen de un cambio drástico de la temperatura que no pertenece a los vientos del aire, luego bajo la nitidez de lo que verdaderamente representa para mis destrezas—.
La tierra que sostiene las murallas de Strathos se muestra llena de vidas pasadas.
Generaciones enteras de un clan antiguo, sepultadas capa sobre capa en el fango, siglos de gentes rudas que trabajan este valle del norte y deciden quedarse fijas en sus peñascos para el resto de la eternidad.
«Un territorio provisto de memoria en sus piedras» pienso, sintiendo la vibración del granito bajo mis botas. «Un volumen de historia muy denso.»
Si las horas de esta mañana de diciembre terminan donde mi sospecha calcula que el hierro puede forzar el desenlace, voy a requerir solicitar el favor del auxilio a unas almas completamente desconocidas para mis remedios.
A los muertos de un clan que lleva meses pronunciando mi nombre con la calma del odio y la peste. Esa idea debería inquietarme.
Lo que experimento en la carne en mitad de la subida se nota de una forma más extraña: la tierra de las murallas no rechaza el paso de mis botas.
Los muertos de Strathos no heredan las sospechas supersticiosas ni los miedos cobardes que gobiernan a las gentes que habitan los salones de los vivos.
Eso lo tengo aprendido desde la infancia, junto al mortero.
Las almas que habitan bajo el suelo únicamente reconocen la autoridad de quien conserva la destreza de escuchar su lamento en el negro, y bajo las piedras de este castillo se descubren siglos de gentes mudas esperando que una voz de la tierra preste oído a sus deudas.
Y Ronan no prepara ningún discurso para la plaza.
Lo vigilo de reojo de mi guardia mientras las botas salvan los últimos tramos de la cuesta.
Conozco ya las líneas de su rostro en cada una de sus facciones —la del cálculo militar, la del centinela de la linde, la del laird que carga con el peso de la traición—.
Esta gravedad que exhibe ante las torres no pertenece a ninguna de las plantillas del pasado.
No mueve los labios bajo la barba corta.
Evita ensayar los discursos ante la tropa.
Veinte inviernos enteros suma en el sur preparando las arengas para los consejos de los clanes, ordenando las levas para las batallas de frontera, seleccionando las letras de consuelo para los padres de los hombres que han entregado la cota de malla en las zanjas —él mismo me lo contó en el jergón—, y en la mañana más importante para el destino de su linaje acomete la subida de la cuesta con las manos desprovistas de pergaminos.
Porque no existe un discurso ensayado para la verdad real.
Hay únicamente lo que es en el terreno. Un laird rudo que regresa a sus murallas en compañía de su familia a poner el hierro de la verdad sobre el tablón, y la verdad legítima no necesita los adiestramientos de la oratoria —se sostiene por la obstinación de su propio peso contra el viento—.
Mira las piedras a su flanco izquierdo: el lobo gris ha retornado de su descubierta y camina en paralelo a la altura de su muslo derecho.
Eleva las pupilas hacia las nubes: el halcón de ojos dorados cierra la última línea de su círculo sobre la torre del homenaje.
Desvía el examen hacia su flanco derecho: encuentra mi túnica gris, con la nuca recta y la fijeza de mi vista orientada al frente de la empalizada, y el ciervo joven pegado al lienzo de mis ropas.
La sombra fría de la muralla de Strathos alcanza nuestra formación a veinte pasos de las puertas principales —la línea helada que corta el sendero de granito como una frontera física, la última aduana del invierno—.
Cruzamos el borde del negro sin ralentizar la marcha de las botas, las cinco almas al mismo tiempo en el suelo, y la claridad del sol de diciembre queda relegada a nuestra retaguardia.
Las gentes del pueblo detienen el calzado a una distancia prudencial que se selecciona sola entre las casas y el foso.
Las voces de los tratantes se apagan en el valle.
Arriba, en las almenas altas del castillo, los cascos de hierro de los guerreros de Cathal se mueven entre los merlones de la piedra gris.
Ronan levanta los ojos de laird hacia las torres de su casa legítima.
Y detiene la marcha de sus botas ante las maderas de las puertas principales.