CAPÍTULO 29
El mapa amanece con una mancha densa de avena rancia en mitad del cuero.
Oisín niega su autoría ante mí. Lo hace con una convicción ruda, desgranando detalles y ofreciendo una versión alternativa de los hechos en la que el cuenco de barro vuelca su contenido por su propia cuenta; una teoría que desafía varias leyes fundamentales del mundo físico habitable.
—El cuenco volcó solo sobre el mapa —repite el pequeño, las manos cortas tras la túnica basta.
—Solo, según tú —añado, manteniendo la mandíbula rígida en el banco.
—Solo, Ewart. Sin ayuda de mis dedos.
—¿Sin que ninguna mano de niño rozara la madera?
—Exacto. Esa es la ley del vuelco de esta mañana.
—¿Y si te dijera que la mano de Oisín estaba justo al lado del cuenco en el momento en que la avena ganó el mapa?
Lo reflexiona en su cabeza corta, midiendo las fuerzas del contrario.
—Estaba cerca del borde, sí —concede—. Pero no tocaba el barro cocido.
—¿Y si te jurara que mis propios ojos vieron el movimiento de tu brazo?
Una pausa larga en la cocina de humo. Me examina fijamente, duro, como quien calcula si el emisario del sur miente para cobrar la tasa de la aduana.
—¿Tus ojos vieron el movimiento de mis dedos de verdad? —pregunta el pequeño.
—No, niño —admito, plano el tono—. Estaba atendiendo las leñas del hogar en ese momento.
—Entonces no tienes derecho a afirmarlo, Ewart.
Cael, sin levantar las pupilas grises de las líneas del tratado que descansa sobre sus rodillas descalzas, tercia en mitad de la escaramuza:
—Yo sí vi el golpe de tu mano, Oisín. Yo lo vi entero.
Silencio absoluto en la mesa de pino. Oisín clava las pupilas en la túnica basta de su hermano mayor. Luego me mira a mí. Al final baja la vista al cuero del mapa, que exhibe la mancha de avena con una elocuencia bastante más demoledora que cualquier testimonio.
—Le paso el paño a la mancha —concede el pequeño, con la dignidad del general que cede terreno razonadamente ante las pérdidas del frente.
—Sí, niño —convengo con la cabeza—. Tú limpias el desorden del mapa.
Morvenna, apoyada en el marco de la puerta de la cocina, observa la limpieza —una operación que involucra tres lienzos de lino distintos, mucha más agua del pozo de la que pide la mancha y la reorganización involuntaria de media mesa—.
No suelta ningún reproche. Solo mira. Se le ve el pensamiento en los ojos oscuros.
Por la tarde, Bríde me enseña a distinguir el tomillo del romero solo con el tacto de las yemas.
Es más difícil de lo que esperaba. Las hierbas secas tienen texturas sutiles que unos dedos acostumbrados al pomo de la espada no separan a la primera, y me equivoco tres veces seguidas antes de que Bríde pierda la única clase de paciencia que pierde en el patio: cogiéndome la mano derecha entre sus dedos cortos y guiándome las yemas hasta las venas de las plantas.
—¿Notas el relieve que esconde la hoja? —pregunta la niña, fijos sus ojos grises en mis callos.
—El tomillo es más áspero al tacto —respondo.
—No, Ewart —corrige, con su voz suave—. Es más firme en el tallo. El romero tiene agujas de hierro en las puntas. El tomillo lleva escamas en su túnica verde.
—¿Y para qué sirve saber eso, en los remedios?
Me mira fijamente con esa expresión suya que cuestiona el valor real de lo que enseña ante quien solo sabe de guerras.
—Para curar la carne rota sirven cosas distintas —explica Bríde—. Para las vasijas de la cocina, también. Para casi todas las leyes de las colinas altas son cosas contrarias.
—Entendido, niña. —Paso los dedos de nuevo sobre las hojas secas—. Textura de escamas.
—El tacto es mejor ahora —dictamina ella, soltándome los dedos.
La aprobación de Bríde es escasa, precisa, y vale justo lo que cuesta ganarla en mitad del invierno.
Cael pierde al ajedrez esa misma noche.
No cae ante mí —cae ante Morvenna, el único rival que el niño reconoce digno de su rango desde que aprendió las leyes del juego junto al fuego—. Entrega el rey en el movimiento veintidós, vencido por una combinación que ella llevaba preparando desde el movimiento doce.
—Mi torre tenía que haber ganado el flanco izquierdo mucho antes —analiza el mayor, los ojos fijos en las figuras de madera tosca.
—Esa era la defensa correcta, Cael —responde Morvenna, avivando la mecha.
—¿Por qué no vi venir tu avance?
—Porque tus ojos grises estaban fijos en los saltos del caballo —pausa la mujer—. El caballo era solo el señuelo, para apartarte de la torre principal.
Cael estudia la geometría del desastre sobre el madero. Asiente despacio con la cabeza corta, con el peso sordo de quien anota una lección de estrategia en su cuaderno.
—¿Me dejas empezar otra partida ahora? —pregunta el mayor.
—Mañana, Cael. Las velas ya se han consumido.
—Un único asalto más antes del jergón.
—Mañana, Cael. La orden está firmada.
Desvía las pupilas grises hacia mí, en el banco de pino lateral, donde he seguido la partida en absoluto silencio.
—¿Tú sabes las leyes del tablero, Ewart? —pregunta el niño.
Es la primera vez en todas las semanas de convivencia que Cael me pregunta algo que no es estrategia de levas ni logística de rutas del norte. Noto el cambio en el aire del pasillo. Y Cael también sabe, en su fuero, que su flecha ha alcanzado un terreno nuevo entre los dos.
—Soy flojo contra el tablero —reconozco, aplanando la voz—. Pero juego, si la línea lo exige.
—Entonces mañana echamos una partida.
—Mañana se ponen las piezas, niño.
Recoge las figuras de madera tosca con el orden meticuloso de siempre. Las guarda en el arcón de los pertrechos. Gana la penumbra de su habitación sin añadir una palabra a la tregua de la noche.
Morvenna apaga la llama del candil de la mesa. Yo sigo inmóvil en el banco largo de la pared.
—¿Qué ha cambiado hoy, Morvenna? —pregunto en voz baja, escuchando el viento del norte.
—¿A qué te refieres?
—A que hoy las maderas de la casa se sentían distintas.
Me mira fija en la penumbra casi absoluta de los troncos, con el único auxilio de la luz roja que exhalan las brasas bajas del hogar.
—No era distinto, laird Strathos —responde, suave el tono—. Era solo lo que de verdad es este prado.
Sostengo el impacto de sus ojos oscuros en la sombra un suspiro de velas. Luego asiento con la cabeza.
—Sí, curandera. Tienes toda la razón de las colinas.
Y me levanto del banco de pino a apagar los últimos restos del fuego, porque ya toca descansar, porque las tres criaturas duermen en el silencio regular de sus jergones, porque mañana traerá otra jornada calcada a esta de hoy.
Y eso —pienso, mientras las brasas mueren bajo el chorro del agua fría — es lo que de verdad quiero defender con el acero de mi mano para el resto de mis inviernos. Ni más ni menos. Este hogar.