El guerrero de Morvenna (Corazones de brezo y acero 4) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

Morvenna responde que sí dos días después.

No lo hace valiéndose de las palabras del sur.

Estoy asentado ante el tablón de la mesa con el mapa extendido cuando su túnica gris entra en la cocina, estira el brazo para tomar el zurrón grande de cuero del gancho de madera, y empieza a pasar revista a su estado —comprobando con los dedos la gravedad de las costuras, el peso del fondo, el herraje que se necesita para la marcha y lo que sobra para aligerar la carga—.

La miro fijamente. Ella no levanta las pupilas oscuras de las correas del zurrón.

—¿Eso es un sí para la marcha, mujer? —pregunto, manteniendo la voz plana de Ewart.

—Esto es un zurrón de viaje —responde Morvenna, sin alterar el ritmo de sus manos largas.

—Ya veo el cuero, mujer.

—Entonces tu mente ya guarda la respuesta que buscaba.

No es un sí entusiasta de los que se escuchan en los mercados.

No representa una rendición de sus posiciones defensivas.

Se muestra como lo que verdaderamente es —una mujer del norte que ha tomado una determinación práctica empleando la misma eficiencia ruda con que gobierna cada suceso de su prado, y que se niega a añadir adornos narrativos que la decisión no necesita para sostenerse—.

Vuelvo la vista a las líneas del mapa de Strathos. En las facciones de mi rostro no asoma ningún movimiento visible para su guardia. Por dentro de las costillas, algo que lleva semanas sostenido bajo una tensión sorda encuentra por fin tierra firme donde apoyar el peso.

Cael aparece en el marco de la puerta diez minutos después, con los pies descalzos sobre las tablas.

—Ya he dictaminado el orden en mi fuero —anuncia el niño—. Mi calzado irá al norte.

Lo miro de arriba abajo, midiendo su corta estatura.

—No, Cael. Tu puesto está en la cabaña.

—Pues yo marcharé de todas formas, Ewart.

—Cael. Tienes siete inviernos en tu túnica basta.

—Ya sé los años que tengo —responde el mayor.

Su voz suena desprovista de inflexiones, armada con esa paciencia igual suya que no es pasiva y opera como una expectativa activa, de la estirpe del centinela que aguarda su turno—.

Y en mitad de la espesura del bosque soy más veloz que cualquier guerrero de tu cota.

Y conozco la geometría del terreno que media entre este prado y las murallas de Strathos mejor que tus propios manuales.

—Esa ventaja no justifica el…

—Entonces iniciaremos la marcha los dos flancos en solitario, sin habernos puesto de acuerdo en las señales del camino.

Lo miro fijamente a sus pupilas grises. Sostiene el impacto de mi examen. Ninguno de los dos cede un palmo.

Morvenna, sin levantar los ojos oscuros de las correas del zurrón, interviene desde su rincón:

—Discutid el orden de las lanzas sin involucrar mis oídos.

—Tu voluntad está de su lado en esta escaramuza —protesto, volviéndome hacia su chal gris.

—Mis manos están preparando un zurrón de viaje, guerrero.

Cael toma asiento en el banco largo de pino que descansa junto al tablón, cruza los brazos cortos sobre el pecho y aguarda inmóvil, convencido de que el curso del tiempo juega a favor de sus líneas. Lo observo un instante más de mi guardia. Luego regreso las pupilas al dibujo del mapa.

—Si tus botas forman parte de mi vanguardia —planteo, sin levantar la vista de las rutas—, ejecutas cada orden que salga de mi boca. Sin excepciones de campaña.

—Dentro de lo que mi razón considere aceptable —matiza el niño.

—Sin una sola excepción en la orilla, Cael.

Se instala una pausa corta en la cocina. El mayor evalúa el peso del tratado.

—Bien —acepta con la cabeza.

No es una rendición ante mi mando de laird. Constituye una negociación con un resultado aceptable para su fuero, lo que en la disciplina de Cael representa lo más parecido a la capitulación que existe en sus leyes de la infancia.

Oisín irrumpe en la cocina en ese preciso instante, trayendo una energía ruda que sugiere a mi oído que ha estado escuchando el pulso desde la penumbra del pasillo y ha aguardado el momento exacto de mayor impacto para asomar las facciones.

—Mi brazo también irá a las murallas —proclama el pequeño, plantándose en mitad de las maderas.

—No, Oisín —respondemos Morvenna y yo al mismo tiempo, unificando las voces.

Nos mira fijamente. A los dos adultos. Sopesa las escasas opciones que le restan en el patio.

—¿El calzado de Bríde también ganará el sendero del norte? —preguntó.

—Bríde formará parte de la marcha —resuelve Morvenna, dejando el lino—. Y tu túnica también avanzará. Toda la casa marchará hacia el sur. Pero bajo otra manera diferente.

—¿Qué fórmula es esa que mentas?

—Tus ojos la verán en el sendero.

Oisín lo piensa en su cabeza corta. No representa la totalidad de lo que ambiciona para sus leños, pero tampoco es un no rotundo en el margen, y en la economía de trueques de Oisín esa circunstancia cuenta como un progreso de la posición.

—De acuerdo —concede el niño, exhibiendo la generosidad del general que otorga una concesión que en realidad no tenía la posición de negar ante sus superiores.

Esa misma noche, en cuanto las tres criaturas habitan ya en el silencio regular de sus jergones de paja, Morvenna y yo nos quedamos a solas en la cocina con el pergamino del mapa mediando entre los dos, las rutas del sur marcadas con carbón y el saber que guardamos sobre Strathos junto con las líneas que todavía ignoramos del asedio.

Planificamos la marcha despacio, sin buscar atajos que debiliten las defensas, con la seriedad ruda de quien sabe que los detalles pequeños deciden la fortuna de estas campañas.

Cuando recogemos los planos, lo que pasa entre los dos ocurre con la misma naturalidad de las noches anteriores —sin anuncios, sin distancia calculada, sin la prudencia de las primeras semanas—. Ya no nos sorprende a ninguno de los dos.

La busco en la penumbra, y esta vez no espero a que el silencio decida por mí. Le aparto el pelo del cuello y encuentro el pulso con los labios; noto cómo respira distinto, más hondo, cuando mis manos le aprenden la espalda bajo la lana.

Morvenna me deja acercarme. Cede en la piel sin ceder nada más de sí misma —y esa diferencia, lo que entrega el cuerpo y lo que se guarda dentro, la sabemos los dos en mitad de las mantas—.

No hay prisa. Solo su calor contra el mío, el frío del norte arañando los troncos, y por una vez ninguno de los dos cuenta el coste.

Después, en mitad del silencio limpio que sucede a las manos:

—Cuatro días de sol restan para el avance —establece ella, fija la vista en las brasas.

—¿Bajo qué propósito dilatas la marcha esa cifra? —pregunto.

—Para preparar los remedios y las vasijas que mi cesto necesita guardar —hace una pausa uniforme, escuchando el viento del norte—. Y para que la mente de Oisín asimile la idea de que sus piernas no forman parte de la primera línea de la avanzada.

—¿Cuántas jornadas requiere su cabeza corta para asimilar las ideas del consejo?

—Ese cómputo depende enteramente de la naturaleza de la idea, Ronan. Esta en concreto puede tardar varias lunas en asentarse.

Amago un movimiento en las comisuras de los labios.

—Cuatro días —convengo con la cabeza.