El guerrero de Morvenna (Corazones de brezo y acero 4) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

Tardo tres jornadas enteras en dar con el origen de la fuente.

No es un trabajo de un solo día; hay que rastrear la plaga desde los síntomas hasta el origen —las reses de los establos primero, que murieron lunas antes de que la podredumbre llegara al trigo, lo que fija una cronología exacta; luego el grano de los arcones, que se deshizo en fango por sectores concretos y respetó los almacenes del oeste, lo que da un patrón de asedio; al final el agua del vado, que enfermó unos pozos de la plaza y mantuvo limpios los caudales del norte, lo que dibuja el mapa definitivo de la traición—.

Es química pura de la tierra. Raíces venenosas y minerales del azufre, usados con precisión quirúrgica y con el tiempo a favor de las manos criminales.

Conozco esa clase de saberes de las plantas mejor que ninguna otra alma viviente en estas colinas del norte.

Lo que veo al cabo de la tercera tarde de molienda no me sorprende en cuanto a la autoría —ya la sospechaba—; me sorprende como sorprende siempre que una cosa que sabes en la cabeza aparece de pronto escrita en el pergamino.

No es magia oscura ni maldiciones de brujas: es lo que ya le dije a Ronan, codicia disfrazada de superstición, obra de unas manos que no supieron ocultar el rastro ante quien sabe leer la podredumbre.

Escribo los nombres en un trozo de pergamino gastado. Los seis oficiales del consejo. Con las rutas exactas que cada uno habría necesitado para llegar a las aguas, y las jornadas aproximadas que se deducen de cómo avanzó la peste en los establos.

Ronan lee los trazos en absoluto silencio un largo rato de brasas. Luego levanta los ojos grises hacia mi chal.

—Cathal —pronuncia, sin sorpresa en la mandíbula. Como quien confirma un parte de bajas que ya esperaba.

—Y las otras cinco firmas de las actas —señalo los nombres con el cuchillo de las raíces—. Este controla los pastos del este. Este otro, el acceso a los arcones del trigo del sur. Este tercero, los turnos de guardia del pozo principal de la plaza.

—¿Y cómo has aislado sus nombres, Morvenna? —pregunta el laird.

—Porque la podredumbre avanzó justo por donde ellos podían controlarla —respondo, plana la voz—. No siguió el curso que habría tenido un mal natural del invierno.

Dobla el pergamino viejo con sus dedos callosos y lo guarda en el jubón de cuero.

Me mira fijamente con algo que no es la gratitud común de las ferias, sino algo tres veces más serio: el reconocimiento del guerrero que acaba de recibir del aliado el arma que necesitaba para el asalto, y sabe lo que cuesta forjar ese hierro en la fragua.

—¿Y tú qué quieres cobrar de esta campaña de Strathos? —pregunta, los ojos en mis manos.

Lo miro fijo a las pupilas.

—Que la mentira cese en los valles —sentencio—.

Que mi nombre de paria deje de andar en la boca de una gente que no entiende lo que dice junto a las tabernas.

—Pausa corta—. Y que las tres criaturas de mi casa puedan caminar por los senderos sin que su naturaleza sea una sentencia de muerte ante el hierro del sur.

—Eso te lo garantizo con mi espada en cuanto recupere la plaza —responde el guerrero.

—Sé que tienes esa fuerza, laird. Por eso te entrego el pergamino.

Es el trato más honesto y sin dobleces que hemos hecho sobre esta mesa. Sin adornos de cortesía, sin añadir nada que la realidad no pida. Dos voluntades rudas que se deben una fianza de sangre y la están saldando en mitad del invierno.

Lo que viene después, en el banco de pino, no pertenece a las leyes de los tratos de mercado.

La distancia entre los dos hombros se cierra sola, sin que ninguno la empuje.

Es distinto a las dos veces anteriores. No tiene la urgencia ciega de la noche de tormenta ni el cálculo del segundo encuentro junto a las brasas. Es lo que nace de haber estado a los dos lados de una puerta cerrada por la traición y haberse vuelto a encontrar al mismo lado del fuego.

Él no me impone nada. Yo no levanto la guardia.

Esta vez su boca se demora en la mía sin prisa, y sus manos me buscan la piel bajo la túnica con una calma que ya no pregunta permiso porque conoce la respuesta, y yo le dejo entrar en cada hueco que llevaba doce inviernos cerrado a cal y canto.

No hay cálculo, ni distancia, ni recelo.

Solo dos cuerpos que ya no tienen nada que demostrarse.

Después, en el silencio limpio que sucede a las mantas, vuelvo al asunto que ha quedado pendiente sobre la mesa.

—Voy a necesitar lunas para decidir si bajo a Strathos, laird —le recuerdo, fija la vista en los leños.

—Ya me lo dijiste ayer, Morvenna —responde su voz profunda.

—Te lo repito para que no se te olvide en mitad de la fragua.

—No se me va a olvidar, curandera.

Una pausa en la estancia penumbrosa.

—Pero las tres criaturas del bosque ya han decidido por su cuenta —añado, mirando hacia el corredor.

—Eso lo tengo más que visto —concede Ronan.

—Y cuando los niños deciden algo en este prado…

—…ya está hecho —completa el laird de las murallas.

Lo miro fijamente en la penumbra. En mi rostro serio no hay nada que los hombres del sur llamarían rendición.

Es otra cosa: el reconocimiento de que ciertas decisiones de la carne ya se han tomado solas, bajo las leyes del bosque, y de que lo único que nos queda por hacer es alcanzar el sitio hacia donde ya avanzan las botas.

—Dame unas lunas más de espera en este prado —pido, plana la voz.

—Los amaneceres que necesites, Morvenna.