El guerrero de Morvenna (Corazones de brezo y acero 4) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

La noche empieza con una disputa por el último trozo de pan de cebada en la mesa y termina siendo la mejor noche que han visto las maderas de esta cabaña.

Nadie en la casa lo ha planeado. Las mejores noches de los parias no se planean: se reconocen solo después, cuando los minutos ya se han disuelto en la turba, en el instante en que la mente piensa «esto era la tregua» y ya es tarde para guardar el dibujo entero en el arcón.

La pelea por el pan la empieza Oisín, alegando el derecho de quien lo ha visto primero en el plato.

Cael opone el derecho de antigüedad. Bríde resuelve el conflicto partiendo la cebada en dos mitades tan exactas con sus dedos cortos que ninguno de los dos encuentra base para apelar el laudo ante mi autoridad.

Después de retirar el barro de la cena, Oisín exige la entrega de las historias.

Lo hace con su método habitual de asedio: anunciando a voces que no tiene sueño en las pestañas, plantando su túnica corta en el centro exacto de la cocina con la manta de lana alzada como un estandarte, y declarando abierta la sesión del fuego.

—Cada boca de esta mesa tiene que contar lo más raro que hayan visto sus ojos en el norte —dictamina el pequeño—. Ese es el juego de esta noche.

—¿Y dónde pone que eso sea un juego, Oisín? —pregunta Cael, sin levantar los ojos de su madero.

—Bajo las leyes de mi mano para esta tarde. Lo acabo de inventar en el cobertizo.

La lógica de su fuero es irrebatible, y nadie se atreve a discutírsela.

Empieza él mismo, como corresponde a su rango.

Lo más raro que han visto las pupilas de Oisín en las colinas altas es una rana verde con tres patas que vive —según los informes de su cabeza corta— en mitad de la charca del este, que es amiga suya, y que responde al nombre de Rana.

El relato dura el triple de lo que da de sí la información, y nadie en la cocina lo interrumpe.

Bríde entrega su historia después. Cuenta con su voz suave que una vez, al alba de la primavera pasada, vio las arañas del prado con todas sus telas cubiertas de escarcha de la madrugada al mismo tiempo —cientos de redes blancas, describe con minucia, todo el prado tosco convertido en un tejido de hilos de plata— y que se quedó inmóvil en la hierba hasta que el sol deshizo las líneas, porque le pareció que una belleza así no se repetiría dos veces ante los ojos de nadie.

Nadie dice nada durante un buen rato de brasas después de su historia. Es el efecto particular de Bríde: tres frases suyas y el silencio trabajando para ella en mitad del salón.

Cael declara ante el fuego que lo más raro que han visto sus ojos grises está sentado en el centro mismo de la cocina envuelto en una manta de lana basta.

Oisín tarda dos segundos enteros en procesar que la designación corresponde a su propia túnica, y celebra el golpe del hermano como el mayor honor jamás concedido en las colinas.

—Tu turno —le ordena Oisín a Ronan, señalando su plaid con el fresno.

Ronan lo piensa, fijos los ojos en las brasas. Y suelta la historia de la cabra del árbol.

Fue durante una campaña en el sur, inviernos atrás, en un vado profundo del oeste.

Una mañana de bruma espesa, su columna de infantería detuvo la marcha porque el explorador de vanguardia volvió jurando ante los lairds que había una cabra negra en lo alto de un roble viejo.

Ningún capitán se creyó al siervo. Fueron los oficiales a comprobarlo.

Allí estaba la bestia: una cabra, asentada en las maderas altas, a la altura de dos hombres montados, comiendo las hojas con absoluta normalidad de pasto.

—¿Y cómo subió tan arriba de las ramas? —exige Oisín, poniéndose de pie en mitad de su manta.

—Nunca llegamos a saberlo, niño —responde la voz profunda del laird.

—¿Y tus hombres la bajaron con el hierro?

—Intentamos montar una escalera para bajarla.

Cuando llevábamos media escalera asegurada contra los troncos, la cabra empezó a bajar por su cuenta, saltando de nudo en nudo con presteza de monte.

Cruzó por mitad de las filas de cuarenta hombres armados y ganó la espesura sin que nadie pudiera frenarla.

—¿Y ningún guerrero la persiguió?

—Ningún oficial de mi hueste se atrevió a seguirla, Oisín.

El pequeño tiene que tenderse en el suelo por la fuerza de la risa.

Es una risa total, de cuerpo entero, sin una pizca de prudencia, y es imposible estar en la misma cocina de humo y no contagiarse —Bríde quiebra las líneas de su seriedad, y yo me descubro con la palma de la mano izquierda tapándome la boca para contener el sonido, lo que cuenta como una victoria—.

—¿Tú viste a la bestia en el roble con tus propios ojos? —pregunta Oisín en cuanto el aire vuelve a sus pulmones—. ¿Con el gris de tus ojos del sur?

—Con mis propios ojos, niño.

—¿Me llevarás a ver ese roble?

—Está a veinte jornadas de marcha de este patio, Oisín.

—¿Eso es mucho para las piernas?

—Para ir a ver un árbol sin cabra, sí; es demasiado camino.

Oisín concede el punto a regañadientes en su fuero interno y archiva la existencia del roble en su lista privada de conquistas pendientes para el futuro.

El juego de las historias se acaba como se acaba todo lo que toca Oisín: de golpe.

En mitad de una frase monótona sobre la rana de la charca —ha vuelto a las leyes de las tres patas— el niño apaga su mecha.

Se queda sentado, soltando las letras, y al suspiro siguiente su cuerpo duerme con la barbilla hincada en el pecho.

Ronan lo levanta sin ruido para llevarlo al jergón de paja.

Bríde gana el pasillo en solitario, con esa dignidad mística suya, repartiendo a cada adulto una mirada gris de buenas noches como quien entrega algo que conserva valor en los cofres.

Cael aguanta despierto diez minutos más por puro principio de primogenitura y se retira cargando el tratado bajo el brazo izquierdo.

La cocina queda envuelta en ese desorden tibio que sucede a las grandes jornadas —la manta de lana de Oisín caída en la tierra, las tazas de barro vacías, el fuego en un nivel medio bajo—.

Me pongo a recoger los enseres del tablón. Y a mitad de camino de la manta de Oisín, con la lana basta entre las palmas, detengo las botas.

Miro las esquinas de la cocina. Las tazas de barro de las cinco almas de la casa.

El tratado de Cael abierto bocabajo sobre el banco de pino, por la página exacta por donde reanudará la lectura al alba.

El nudo imposible de las mantas, que es la firma indeleble de Oisín en cada objeto que rozan sus dedos.

El tallo de milenrama limpia con su hilo de lana roja descansando junto a mi vasija de piedra gris.

«Esto es peligroso para mí», pienso, sintiendo el peso de los leños en el pecho.

No es la palabra que esperaba para esta noche de invierno.

La examino con cuidado, porque tengo por costumbre contar cada pensamiento que entra en mi territorio sin permiso, y debajo encuentro la verdad que mi sospecha ya conoce: que el peligro real de estas colinas no son las patrullas sin insignia de Cathal ni los rumores que Gillespie recoge en el mercado del sur.

El peligro real es este orden doméstico.

Una cocina habitada por cinco tazas de barro.

Una noche de invierno consumida en contar historias junto al hogar.

Lo fácil que es acostumbrarse a la compañía de presencias que se pueden perder en mitad de la nieve.

Doce inviernos enteros dedicados a levantar una existencia ruda que no doliera entregar si el hierro venía a reclamar la plaza.

Y he perdido la fortaleza entera en una sola luna de invierno, reemplazada por esta otra cosa —una familia— cuya pérdida dolería con una violencia que mis arcones no saben cómo soportar.

Salimos al exterior un suspiro de la madrugada, los dos de perfil, bajo la misma costumbre de antes de cerrar las maderas de la entrada.

La noche está limpia de brumas y cortante de frío, con todas las estrellas haciendo su oficio en el cielo gris, y el vaho de nuestra respiración es el único movimiento del patio.

No gastamos aire en frases enteras. No nos hace falta.

—Mañana subo a la cresta de la colina alta —anuncia su voz profunda—. Si el cielo sigue así de limpio.

—Bien, laird —respondo, plana la voz.

Ese es todo el trato hablado de la noche.

El resto consiste en estar presentes —hombro con hombro de perfil, sin que las túnicas lleguen a tocarse, vigilando un cielo estrellado que no exige tributos a los hombres, dos almas a las que la vida en el norte adiestró para vigilar las sombras y que por una sola vez contemplan el negro sin la sospecha del centinela—.

En paz. Esa es la palabra, aunque ninguno de los dos se atreva a usarla, ni siquiera por dentro.

Entramos en el pasillo en cuanto el frío de diciembre gana la carne. Ronan revisa la tranca de madera —lo hace cada noche desde el aviso de Gillespie, sin anunciarlo— y cada uno gana su puerta.

Y esa noche de invierno, por primera vez en doce inviernos de aislamiento, me acuesto en el jergón sin haber comprobado yo misma el cerrojo.

No me hace falta.

Ya lo ha hecho su mano.