El guerrero de Morvenna (Corazones de brezo y acero 4) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

La tormenta de invierno irrumpe esta vez de día, lo que dificulta el regreso.

Llevo una semana entera recuperado de los rastros de la fiebre del hombro cuando el cielo del norte cierra sus líneas con esa velocidad de los temporales que no avisan en las cumbres. He salido al mediodía con la intención de ganar la cresta de la colina alta antes de que caiga el sol. No llego.

La lluvia ruda me alcanza a media hora de la arboleda, y la temperatura del aire baja con el agua de una forma drástica que no le da margen a la cota de malla.

Busco un refugio en el terreno. El bosque de pinos altos no da defensa suficiente para mis costillas; las copas son elevadas y sus ramas no cierran filas contra esta clase de lluvia horizontal que muerde el flanco derecho.

Sigo por las piedras hasta dar con el acceso de la cueva.

Es una cavidad reducida en el peñasco. Justo las dimensiones para el cuerpo de un hombre y un pertrecho más. Piedra gris de granito, suelo de tierra compacta sin humedades, sin vías de filtración para el agua del norte. Suficiente para la noche.

Avivo un fuego pequeño con las chispas del pedernal que llevo siempre en el zurrón —eso al menos me responde— y acomodo mi envergadura contra las rocas del fondo, con el plaid enrollado sobre el hombro sano y la certeza de que voy a pasar aquí la madrugada.

El temporal no va a deponer las armas antes del amanecer.

Las tres bestias del bosque alcanzan el refugio al cabo de una hora de lluvia.

No irrumpen en bloque, desordenadas por el trueno.

Primero asoma la silueta del lobo gris —que ya reconozco, con esa manera suya de aparecer sin sigilo fingido, natural como las piedras del riachuelo, como si hubiera estado siempre en el peñasco y mis ojos solo acabaran de ver la línea de su cuerpo—.

Entra en la cavidad y acomoda las patas a tres pasos de mis botas sin pedirme permiso.

Me clava las pupilas grises. Le sostengo la mirada.

Ninguno de los dos rompe la tregua de la cueva.

El halcón de ojos dorados llega después, con las plumas de las alas mojadas por el temporal, y asienta las garras en un saliente de la roca gris cerca de la entrada.

Se sacude las gotas con esa dureza y dignidad de las aves de presa, que consigue que hasta la miseria del plumaje empapado parezca una elección deliberada.

El ciervo es el último bulto en quebrar la lluvia.

Es joven, corto de proporciones todavía, con las pupilas más grandes que he visto en una bestia de su tamaño.

Entra despacio, midiendo el espacio con los belfos, y acomoda los cuartos traseros entre el lobo gris y las rocas de la pared, con esa economía de movimientos de quien conoce al dedillo sus medidas.

Las tres bestias me clavan la concentración de sus miradas en mitad del peñasco. Yo sostengo el examen de sus ojos desde mi rincón.

No es la primera vez que veo a las tres figuras juntas en las colinas. Pero sí es la primera vez que las tengo tan cerca —en un espacio tan reducido de piedra, con las brasas del fuego entre nosotros, con la tormenta azotando el exterior y volviendo el resto del mundo una realidad irrelevante—.

Me quedo inmóvil contra la roca. El crujido de los leños. El batir del agua en la entrada. La respiración acompasada de los tres animales del bosque.

No sé en qué momento el sueño me gana los párpados. El calor denso de las brasas y la fatiga residual de la fiebre hacen su trabajo en mis tendones, y la cercanía de las tres bestias es, contra toda lógica de los campamentos, algo que me baja la guardia en lugar de levantarla.

Lo que me despierta es el frío.

No es un latigazo súbito de la ventisca. Es el frío del norte que ha ganado el acceso a la piedra despacio mientras dormía, a medida que bajaba el nivel de los leños, hasta que ha quebrado el límite de lo que el sueño del guerrero puede ignorar. Despego las pupilas de la penumbra.

El fuego es un reducto de brasas moribundas. El temporal sigue castigando los pinos exteriores. Y las tres bestias del bosque ya no están en la piedra del peñasco.

En el sitio exacto que ocupaban sus cuerpos hay tres niños.

Cael está acurrucado en la tierra donde descansaban las patas del lobo gris, los brazos cortos alrededor de las rodillas y los ojos cerrados.

Bríde ocupa el saliente de roca donde se asentaban las garras del halcón —no es una postura cómoda para dormir, y su cuerpo ha encontrado la manera de encajar las líneas contra el granito—, la mejilla pequeña apoyada en la piedra fría y la respiración pausada.

Oisín está entre los dos, con la boca abierta a la penumbra y la postura desordenada de quien ha caído rendido en mitad de un movimiento y ha terminado donde la tierra ha frenado el peso.

Los tres duermen el sueño profundo.

No muevo las botas.

No soy capaz de mover una sola línea de mi plaid en este suspiro.

No porque los tendones no respondan —responden con la presteza de siempre— sino porque hay una gravedad mística en este rincón del peñasco que vuelve impensable cualquier movimiento que altere el aire.

Como cuando una vanguardia toma una posición antes del alba y la quietud es tan absoluta que la mente cree que el menor ruido del hierro quebraría el orden del universo entero.

Los observo bajo la luz roja de las brasas un tiempo que no me detengo a contar.

Luego, con movimientos pausados —con el cuidado de quien se niega a turbar un sueño—, me quito el plaid.

Es grande. El suficiente para cubrir los tres cuerpos si lo coloco con acierto.

Me levanto de las rocas sin que suene una hebilla, cruzo la distancia que nos separa y extiendo la lana de mi abrigo sobre sus túnicas —primero el flanco de Oisín, que es el más desprotegido y el que menos ropa basta lleva, luego la espalda de Cael, y el borde del paño alcanza a abrigar las piernas de Bríde en su saliente de piedra—.

Cael mueve los hombros un grado en cuanto el peso de la lana le alcanza la túnica. No quiebra el orden de su sueño. Solo acomoda el contorno contra la tierra, bajo ese instinto que gobierna el sueño profundo de los monteros, y el ritmo de su respiración vuelve a la monotonía de siempre.

Bajo mi cuerpo para sentarme de nuevo en la tierra.

Apoyo la espalda recta contra las rocas del fondo.

Añado los últimos maderos de fresno que llevo en el petate a las brasas, hasta que la llama vuelve a subir y da calor suficiente.

Y me quedo así, de centinela, despierto en mitad del negro de la cueva, con las tres criaturas de la casa durmiendo bajo el amparo de mi propio plaid de laird, la tormenta rugiendo ahí fuera en las colinas y el fuego entre nosotros.

No dejo que mis pensamientos marchen hacia las murallas de Strathos. No cuento las deudas de Cathal. No trazo planes de reconquista ni calculo el coste de las traiciones del consejo ni mido lo que mis manos tendrán que hacer con el hierro en cuanto el flanco esté del todo restablecido.

Solo estoy presente en el interior de la piedra.

Cael con los brazos alrededor de las rodillas cortas. Bríde con la mejilla pegada al granito gris. Oisín con la boca abierta a las brasas y un brazo descalzo salido fuera del margen de mi capa, que vuelvo a meter bajo el abrigo con mis dedos callosos sin pararme a pensar por qué.

La tormenta del norte sostiene el asedio hasta el amanecer.

Cuando la lluvia afloja fuera y la primera luz gris empieza a entrar por la boca de la cueva, las tres criaturas siguen quietas en sus jergones improvisados.

Les dejo seguir. Me pongo en pie, voy hasta el filo de la entrada, vigilo la arboleda empapada y el cielo de diciembre que empieza a abrirse entre las nubes, y pienso que hay cosas en la vida de los hombres que cambian de rumbo sin que ninguna orden lo decida.

Pasan solas, en mitad del barro de las colinas. Y una vez que la costura ha cerrado la carne, ya no hay forma de hacer que no hayan pasado.

Oisín es el primero en quebrar el sueño.

Despega las pupilas, procesa las dimensiones de la cueva, nota el peso de mi plaid sobre su túnica y clava la obstinación de sus ojos en mi silueta apostada en la entrada.

Entiende toda la situación con esa velocidad de sus cuatro inviernos que no necesita contexto para saber dónde está.

—¿Me puedo quedar este plaid en mi rincón de la cabaña, Ewart? —pregunta el pequeño, quitándose la lana de encima—. Es botín de guerra.

—No, Oisín —respondo, sin mover la mandíbula—. Esa prenda es de mi equipo de viaje.

—Mantiene la carne caliente contra el frío del norte.

—Mi hombro la necesita para la marcha en las colinas.

Lo considera un instante, midiendo la firmeza de mi voz de Ewart. Luego se quita el lienzo y me lo tiende con la resignación de quien entrega algo que sabe que no es suyo pero que habría sido una buena conquista si la suerte hubiera firmado el trato.

Cael quiebra el descanso mientras el pequeño negocia la capa. Me clava los ojos grises. Le sostengo la mirada en la piedra del peñasco. Ninguno de los dos dice una palabra para alterar el orden de la cueva.

Bríde es la última en salir del sueño. Se incorpora en su saliente de granito con cuidado de sus piernas cortas, evalúa la situación con las pupilas grises, baja a la tierra con una agilidad que ya no me sorprende, y acorta el paso hacia mi posición en la entrada.

Me mira fijamente en la luz gris. Yo sostengo su mirada mística.

—Gracias, Ronan —murmura la niña en un susurro. Solo esas letras cruzan el aire de la mañana.

—De nada, Bríde —respondo, plano el tono.

Volvemos hacia la cabaña los cuatro juntos, quebrando el bosque empapado y respirando el aroma denso a tierra húmeda que sucede a los temporales de diciembre, y cargo el peso de Oisín en mis brazos durante el último tramo del sendero de piedras, porque al pequeño se le ha agotado el fuelle de golpe, que es lo que le pasa siempre cuando se le acaban las reservas sin avisar.

Morvenna está inmóvil junto al umbral de la puerta principal cuando nuestras botas ganan el patio.

Vigila la línea de las cuatro siluetas. En su rostro serio no se nota ningún gesto.

Se corre un palmo hacia el límite de la madera para abrirnos el paso, y cuando cruzo la linde cargando el cuerpo dormido de Oisín, sus ojos oscuros se detienen en los míos un segundo más de lo que pide un saludo cualquiera.

Sostengo el impacto de su mirada de paria con mis propios ojos grises.

Ninguno de los dos dice una palabra para romper el silencio de la cabaña.

No nos hace falta, en este invierno del norte.