CAPÍTULO 15
Ronan llega tarde al umbral, y trae la fiebre metida en la carne.
Lo noto antes de que su boca suelte la primera frase —el color encendido de la piel bajo la barba corta, las botas un grado más lentas que su ritmo de siempre, el hecho de que detenga los hombros en el acceso cuando su costumbre es cruzar el pasillo sin dilaciones—.
Lo miro a los ojos grises. Él me sostiene las pupilas.
—Es una cicatriz vieja que se ha abierto —explica, entornando las cejas—. En el hombro izquierdo. El tejido ha supurado con el frío.
No pide auxilio. Es lo que necesita decirme antes de que mis manos le exijan las razones del retraso. Le señalo el banco de pino junto al fuego sin abrir los labios y voy al cobertizo a reunir los remedios del arcón.
La carne rota está en su hombro izquierdo —una incisión profunda, hecha doce inviernos atrás, mal cicatrizada desde el primer tratamiento del sur—.
El frío cortante de diciembre y las salidas constantes al norte han terminado por irritar los bordes del tejido hasta el punto en que el cuerpo ha dicho basta.
Limpio los restos de la herida, corto las adherencias muertas con el hierro limpio, dreno la supuración con el lienzo de lino y aplico la pasta densa de milenrama y raíz de consuelda que guardo para las infecciones.
No deja salir un solo sonido en todo el rato de las curas —la misma intensidad de siempre, esa forma suya de encajar el dolor que ya no me sorprende y que sigo registrando por dentro.
Lo que no pertenece al orden de los días comunes es lo alta que tiene la fiebre.
Le pone un color insalubre en la cara y un brillo inestable en las pupilas que conozco al dedillo de las pestes del sur y que no me gusta.
Le apoyo la palma de la mano izquierda en la frente, con una suavidad mayor de la que tenía prevista para un guerrero.
—La tienes alta, Ewart —digo, fija la mano.
—Bajará antes del alba —responde, cerrando los ojos.
—Esta noche no sales de este prado.
—Ya lo había dado por hecho.
Lo instalo en mi propio jergón de paja, porque el de la habitación de las hierbas es demasiado estrecho para los giros de un hombre grande, y con fiebre esa comodidad ayuda a la cura.
Le acerco el caldo de avena, la infusión amarga de sauce y el agua fría del pozo para renovar el lienzo de la frente.
Rutina de curandera. Doce años enteros sumando rutinas con cuerpos deshechos en distintos grados por el hierro o los cepos del valle.
Lo que no esperaba ver en la estancia es lo que hacen los niños.
Cael es el primero en notar el cambio en la casa —Cael siempre es el primero en enterarse de cualquier movimiento del patio, por razones que hace tiempo dejé de intentar entender—.
Aparece en el marco de la puerta con el tratado bajo el brazo izquierdo y se queda inmóvil en el umbral, midiendo la estancia con las pupilas grises.
No pregunta si el laird mejora. No tiene esa costumbre blanda. Se sienta en el suelo de tierra apisonada, pegado a las maderas de la entrada, y abre el cuero de sus páginas en silencio.
Bríde llega diez minutos después. Camina derecha hacia el rincón de la cocina, sin que yo le diga nada, y vuelve con el cuenco pequeño de agua fría y el lienzo de lino más limpio que hay en mis arcones. Me lo pone en las manos con la precisión de quien ya ha decidido qué puesto le toca ocupar.
Oisín tarda más porque está fuera, en el prado, jugando con sus leños, y nadie ha bajado a la vaguada a buscarlo.
Cuando cruza el umbral y ve la figura de Ronan tendida en el jergón con los ojos cerrados, detiene las botas en el centro exacto de la estancia.
No corre hacia el madero. No hace preguntas de niño.
Se queda clavado mirando el lienzo, los brazos caídos a lo largo del cuerpo.
Es lo más aterrador que Oisín ha hecho en sus cuatro años de vida en esta casa: quedarse completamente quieto.
—¿Seguro que se va a poner bien, Morvenna? —su voz suena más baja y contenida de lo que le he oído nunca.
—Sí, Oisín —respondo, renovando el paño de la frente—. La costura está limpia.
—¿Lo dices por tus remedios?
—Lo digo con calma, niño.
Asiente despacio con la cabeza corta. Avanza despacio y se sienta junto a sus hermanos en el suelo de la estancia.
Y allí se quedan los tres juntos, en una fila silenciosa, durante todo el rato que tardo en terminar de aplicarle los lienzos a Ronan y en quedarme con la certeza de que la fiebre va a empezar a retirarse antes de la madrugada.
No hablan de juegos. No cruzan los palos de fresno. No discuten por el espacio del suelo. Solo están ahí.
Es la primera vez en siete años que veo a las tres criaturas completamente quietas sin que sea la noche la que gobierne las maderas y sin que el sueño les haya cerrado los párpados grises.
Ronan los observa desde el lecho con las pupilas entreabiertas —el peso de la fiebre es denso en su cara, pero no lo bastante para taparle la vista—. Los mira un buen rato, fijos los ojos en sus tres túnicas basta. Luego entorna los párpados de golpe.
Salgo al pasillo estrecho. Necesito un momento fuera de la estancia.
Me apoyo con fuerza en la pared fría de los troncos, oriento la vista hacia las vigas oscuras y pienso en la imagen de tres niños sentados en la tierra en absoluto silencio porque un guerrero al que conocen desde hace menos de una luna sufre la fiebre del hierro.
Pienso en la cara de Oisín congelada en mitad de la habitación con los brazos caídos.
En Cael midiendo el espacio desde la puerta antes de elegir su rincón.
En Bríde sosteniendo el barro del cuenco, sabiendo qué hacía falta para la cura sin preguntar.
Doce años habitando estas colinas altas. Doce inviernos enteros siendo lo único que tiene la obligación de no fallar, la única persona que no puede permitirse el miedo porque no hay un segundo adulto a quien pasarle el peso de la tranca de la puerta.
Bríde aparece en el marco de la estancia.
No dice una palabra. Gana el pasillo estrecho y sienta su cuerpo en el suelo de tablas, justo al lado de mis botas, las rodillas recogidas contra la túnica y la espalda apoyada en los troncos fríos de la pared.
La miro de arriba abajo. Ella mantiene las pupilas fijas en el suelo.
Bajo mi propio cuerpo para sentarme a su lado. En el suelo de tierra, en mitad del pasillo helado de la cabaña, compartiendo el espacio sin decir nada.
Bríde apoya despacio la cabeza pequeña en mi hombro.
No hago ningún movimiento para apartar su peso de mi túnica. El pasillo a oscuras. El silencio de las maderas. La habitación al fondo del corredor con dos niños mudos y un laird con fiebre que ya respira con más regularidad que al alba.
No dejo salir las lágrimas. Y estoy más cerca de quebrar el blindaje de lo que he estado en muchos inviernos en el norte.
Esa misma noche, en cuanto las tres criaturas duermen por fin en su habitación y la fiebre de Ronan baja a una temperatura manejable para mis paños, me quedo sentada junto al jergón con el lino en la mano y sé que ha pasado algo en esta casa que no sé dónde colocar.
El problema no es que a Ronan se le haya infectado el hombro del sur. Lo que de verdad ha cambiado es que los niños han reaccionado a su debilidad como reaccionan las familias cuando el que las sostiene está en peligro de muerte.
Y que mi propia carne ha sentido la necesidad de sentarse en la tierra del pasillo junto a Bríde, porque su salud también es algo que empieza a pesarme.
Llevo doce años entrenando la mente para no necesitar ninguna presencia que mi mano pueda perder en el barro del camino real.
Voy a tener que reaprender las leyes de mis defensas antes de que termine el invierno.
Me traen la prueba envuelta en un trapo, y por primera vez en muchas lunas algo me aprieta el pecho que no es el frío.
Es una hebilla. La del cinto de Ronan Strathos, con el escudo del clan grabado, recuperada por una de mis partidas en el barro de un sendero del norte, lejos de la zanja donde mis hombres juraron haberlo dejado desangrándose con tres lanzas en el costado.
Un muerto no pierde la hebilla a tres jornadas de donde cae.
La hago girar entre los dedos junto al fuego y rehago las cuentas, porque las cuentas son lo único que nunca me ha mentido.
Tres lanzas. La nieve de noviembre. Ningún hombre cruza un invierno del norte con esas heridas y sin techo.
Y, sin embargo, aquí está el metal, limpio de óxido, perdido hace poco, demasiado al norte para un cadáver.
Alguien lo recogió. Alguien lo curó. Alguien, en algún rincón de estas cumbres, ha estado guardando bajo su techo al único hombre que puede sentarme en el banquillo de los traidores ante el consejo de los clanes.
No doy la voz de alarma. El miedo del señor se contagia a la tropa, y un clan que huele la duda de su laird empieza a calcular igual que calculo yo. Me guardo la hebilla en el jubón, contra las costillas, y doblo las patrullas hacia el norte con la excusa de unos cazadores furtivos.
Pero esta noche, por primera vez desde que ocupé la silla de roble, no duermo del todo.
Mientras Ronan Strathos respire, la silla de roble sigue teniendo otro dueño. Y yo sé, mejor que nadie, lo que un hombre traicionado es capaz de hacer para volver a casa.