El guerrero de Morvenna (Corazones de brezo y acero 4) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Todo empieza sin que yo lo planee, con el mismo azar que gobierna casi todo lo que pasa en esta cabaña.

Cael lleva tres jornadas enteras con las pupilas fijas en mi daga de repuesto.

No la mira de forma descarada; lo hace con discreción ruda, con esa manera suya de vigilar que no se anuncia con gestos y que mis años de oficio han aprendido a notar.

La examina cuando paso la piedra de afilar junto a las brasas.

La mide con los ojos cuando la dejo sobre el tablón de la mesa.

No tiene costumbre de pedir. Cael nunca pregunta por lo que de verdad quiere: se limita a esperar a que la guardia se debilite.

Al cuarto amanecer, pongo el madero sobre la mesa de pino.

No es la daga de hierro. Es una rama recta de fresno, cortada con la longitud exacta de una espada corta, con el peso aproximado del acero, pelada de corteza y con el extremo redondeado con cuidado para que no corte las manos.

Cael clava los ojos grises en la madera.

Luego levanta las pupilas hacia mi cara.

—Es para tu mano, niño —le digo.

La recoge del tablón. La sopesa en la palma derecha —un gesto instintivo, de cazador que ya sabe qué equilibrio busca en un arma aunque nadie le haya explicado todavía los principios de la esgrima—. Comprueba el centro de gravedad. Examina la punta roma del fresno.

—No tiene filo —observa, plano el tono.

—No es una espada de la guardia —respondo—. Pero pesa lo mismo y mide lo mismo que un hierro corto. Las manos aprenden primero a bloquear con esta madera.

—¿Y qué pasará cuando mi brazo aprenda el movimiento?

Me estudia un segundo entero con los ojos grises. Luego asiente, breve, como quien acepta un trato razonable.

Bríde y Oisín han aparecido en el umbral del salón antes de que empecemos la primera lección, con esa capacidad misteriosa suya de materializarse en el punto exacto donde se desata una novedad de interés. Los miro fijamente.

—Vosotros también entráis —ordeno.

Bríde gana el espacio sin acelerar la marcha. Oisín entra corriendo, que es su única velocidad para cualquier cosa.

Los tres palos de fresno ya descansan cortados junto a la pared.

Dediqué los minutos de la noche anterior a calcular las dimensiones y los pesos para cada cuerpo —el de Cael más largo y denso, el de Bríde un punto más corto y de equilibrio impecable, el de Oisín ligero y reducido porque a los cuatro inviernos el enemigo principal de la infantería es la propia coordinación de las piernas—.

Los reparto en silencio. Cada uno sopesa su fresno con distinto grado de solemnidad: Cael con concentración absoluta, Bríde con un cuidado casi místico, Oisín con el entusiasmo de quien acaba de recibir algo que no sabía que necesitaba.

—La primera ley del acero —digo, plantándome frente a la fila— es la calma de la postura. No el golpe. La posición de los pies.

Me coloco delante de sus túnicas cortas.

Les enseño la disposición del calzado —la distancia exacta entre las botas, el peso del torso repartido por igual en la tierra, la rodilla izquierda apenas doblada para encajar el impacto—.

Les muestro cómo sujetar bien el fresno —sin apretar los tendones más de la cuenta, gobernando la madera con control, entendiendo la distancia que hay entre agarrotar el puño y sostener el arma—.

Cael imita mis movimientos con una precisión inmediata que me sorprende. Su cuerpo asimila la idea de la defensa de una forma que apenas necesita las correcciones de mi mano.

Bríde tarda un poco más en encontrar el encaje del pie, pero en cuanto da con el aplomo de la postura lo mantiene con una estabilidad que no esperaría en una niña de cinco años. Tiene un centro de gravedad firme y una paciencia monótona que no corresponde a su edad.

Oisín aguanta la posición correcta unos ocho segundos antes de que el batir de un ave en el borde del bosque le robe las pupilas y le quiebre el torso sin darse cuenta. Lo recoloco con las manos en sus hombros. Aguanta otros seis segundos. Vuelve a torcer el flanco derecho hacia la arboleda.

—Oisín —lo freno.

—Hay un pájaro en el abeto viejo, Ewart.

—Ya lo he visto, niño. El pájaro puede esperar a que terminemos.

—Pero va a levantar el vuelo hacia el río.

—Entonces mañana habrá otro pájaro.

Considera mi argumento con cara de no estar del todo convencido, y vuelve a la contemplación de sus pies.

Trabajamos el fresno una hora entera bajo el frío de diciembre.

No fuerzo sus brazos —una hora basta para el primer día; ir más allá es contraproducente para los músculos—.

Les enseño el movimiento básico del bloqueo: no detener el golpe de frente contra el madero, sino desviar la punta, dejar que la propia inercia del golpe contrario trabaje en contra de quien lo lanza.

Cael asimila la táctica deprisa y pregunta el porqué de cada cosa —por qué desviar en lugar de resistir el choque, qué pasa cuando el atacante te dobla en tamaño, cuándo conviene retroceder en lugar de aguantar—.

Son las preguntas de alguien que no memoriza ejercicios mecánicos: aprende las leyes reales de la guerra.

Bríde no gasta aire en preguntas. Practica el desvío en silencio. Una vez, otra vez, con esa metodicidad suya, hasta que la línea del fresno queda limpia de vacilaciones en el aire.

Oisín bloquea de frente tres veces seguidas porque el choque ruidoso le resulta más satisfactorio para su desorden, recibe la corrección de mis dedos tres veces, y a la cuarta desvía el madero sonriendo, como quien acaba de descubrir que hacerlo bien también tiene su gracia.

Cuando la hora se agota, los tres tienen el sudor pegado a la cara a pesar del frío y ninguno quiere dar por terminada la lección. Detengo los fresnos con mi propio madero.

—Mañana seguimos —digo.

—¿Y por qué no seguimos ahora con las posiciones? —protesta Oisín, agitando su fresno corto.

—Porque los músculos del brazo necesitan descansar para fijar lo de hoy, niño. Si fuerzas el madero ahora, mañana no podrás ni levantar la túnica del dolor.

—Mi brazo sí aguanta.

—Mañana me cuentas qué tal el brazo, Oisín.

Cael sujeta el madero con las dos palmas, mirándolo fijamente. No ha soltado los dedos del fresno todavía.

—¿Puedo guardarlo en mi rincón? —pregunta, levantando los ojos grises.

—Es tuyo, Cael.

Algo pasa por sus facciones limpias. Un movimiento mínimo, controlado bajo su seriedad vieja. Y lo capto en el acto: ese instante exacto en que un niño de siete años recibe algo que no esperaba y no sabe muy bien cómo cargar con lo que pesa tenerlo.

—Gracias, Ewart —lo dice como quien le da peso de verdad a la palabra.

—De nada, niño.

Morvenna está de pie junto al umbral cuando nos giramos.

Lleva ahí un buen rato de la mañana —no sé en qué momento se incorporó a la vigilancia—.

Nos observa con una expresión distinta de su rigidez de costumbre: hay algo más suave en los bordes de sus cejas oscuras, un matiz que su voluntad no ha decidido si deja que se note en el patio.

No hace ningún reproche por los fresnos. Solo sostiene la madera de la puerta abierta para que los niños ganen el pasillo.

Los tres cruzan el acceso. Oisín avanza todavía con el palo alzado hacia el cielo como un estandarte de victoria. Bríde camina con el suyo pegado al costado, en posición vertical, con una naturalidad que no tiene sentido en un primer día de entrenamiento.

Cael cierra la marcha. Detiene las botas un instante junto a la túnica gris de Morvenna —no para decir nada, solo para detener un momento su madero a su lado— y luego gana la penumbra del pasillo.

Yo cruzo el umbral el último. Morvenna me clava los ojos oscuros al pasar a la altura de sus hombros. Sin palabras entre los dos. No retira la mirada hasta que mis botas están dentro de la cabaña.

Esa misma noche, en cuanto las tres criaturas descansan en sus jergones de paja, el silencio de la cabaña tiene otra textura en los troncos.

Más lleno. Del tipo denso que se produce cuando han pasado cosas en el patio que ninguna lengua nombra junto al fuego y que se quedan ahí, asentándose en las vigas oscuras.

Pienso en la penumbra en Cael sujetando el fresno con las dos palmas y preguntando si el madero sigue siendo suyo.

Pienso en lo fácil que me ha resultado decirle que sí.

Y en por qué esa concesión me pesa en el centro del pecho de la manera en que me pesa esta noche de invierno.