CAPÍTULO 13
Encuentro la serpiente a media mañana.
Está escondida en el zurrón de cuero engrasado que cuelga del gancho junto a la puerta principal —el que uso para las salidas al norte, donde guardo la cantimplora de hierro, el pedernal y la daga de repuesto—.
Lo abro sin mirar el fondo, meto los dedos con el hábito de la milicia, y lo que tocan mis yemas no es el frío del metal ni la aspereza de la piedra de afilar.
Es una superficie lisa y fría que se desliza entre mis nudillos con una flexibilidad perezosa.
La saco del zurrón con cuidado, midiendo la presión para no dañarle la espina. La sostengo en el aire a la altura de mis ojos y la examino despacio, como un guerrero que ha dormido en cien turberas.
Es una criatura pequeña. Inofensiva por completo. Tiene la piel verde con marcas oscuras en el lomo, del tipo rústico que vive en los bordes del bosque y que he visto docenas de veces en las campañas del sur sin que me generara más sentimiento que el de apartarla de la manta con la bota.
La serpiente me examina a mí, con su insistencia fría.
Desde la ventana de la cocina llegan los primeros sonidos del patio —una risa contenida, un ahogo sordo que se convierte en dos soplidos y termina en tres carcajadas abiertas, porque la contención de los niños tiene sus límites y los de Oisín son famosos en toda la cabaña por lo cortos.
Los tres están apiñados en el marco de la ventana, con las caras juntas.
Cael mantiene una expresión rígida que es su versión de siete años de guardar la compostura del clan, aunque está perdiendo la batalla por flancos visibles.
Bríde se tapa la boca con la mano pequeña, los ojos grises brillantes.
Oisín, ya sin defensa posible, ríe con todo el cuerpo.
Los miro fijamente. Miro la serpiente verde. Vuelvo a clavar las pupilas en sus tres caras.
—¿De quién ha sido la idea? —pregunto, con la voz plana de Ewart.
Silencio en el patio.
Luego, en mitad de la tregua, los tres extienden los dedos descalzos al mismo tiempo, señalándose unos a otros en círculo sin que ninguno asuma el mando.
Devuelvo la serpiente al suelo con parsimonia —es un animal del bosque, no tiene culpa de las leyes de la casa— y espero a que se aleje hacia el margen del prado antes de girarme del todo hacia la ventana.
—Fuera de la cocina —ordeno.
Salen al prado en fila.
Cael primero, intentando rescatar la dignidad de quien se retira con cierto orden. Bríde después, con su marcha pausada, sin prisa por justificar la falta. Oisín cierra la marcha, todavía con restos de la risa dorada en la cara, intentando poner cara neutra sin demasiado éxito.
Se plantan delante de mis botas en una fila estricta. Tres alturas distintas bajo el cielo de diciembre. Tres expresiones diferentes ante la disciplina: Cael serio, Bríde evaluadora, Oisín con esa cara del que sabe que el castigo viene de camino y ha decidido aguantar el golpe con honor.
—¿Quién la ha metido en el cuero? —repito, cruzando los brazos sobre el plaid.
—Yo la cobré en el filo del pozo —reconoce Oisín, adelantando un pie descalzo.
—Yo supe qué gancho ocupaba tu zurrón para el norte —añade Bríde, sosteniéndome la mirada.
—Yo ya dije que era una mala idea —puntualiza Cael, plano el tono.
—¿Y aun así la dejaste pasar? —le clavo los ojos grises.
Una pausa mínima en la fila.
—No dije que fuera a impedírselo —responde el mayor.
Los observo en silencio un rato largo. En otra época de mi vida —con otros niños de Strathos, bajo las leyes de mi castillo— habría soltado un discurso severo sobre el peligro del bosque, el juicio de los consejos y las consecuencias del desacato.
No suelto el enojo. La serpiente no tiene veneno y los tres lo saben de sobra: la han elegido con criterio de cazadores, lo que en cierto modo empeora la falta y, a la vez, me hace gracia.
Lo que mi mandíbula no puede permitirse es quebrar la rigidez. Todavía no toca la concesión.
—Bien —sentencio—. Los tres.
—¿Los tres qué? —pregunta Oisín, moviendo los dedos.
Morvenna aparece en el umbral de la cabaña en ese preciso instante. Lleva el delantal de trabajo y una expresión seria que dice que ha oído lo suficiente para tener una opinión formada sobre el asunto.
—¿Qué pasa aquí? —me mira a mí, ignorando a la tropa.
—Una serpiente verde en mi zurrón.
Desvía las pupilas hacia las tres criaturas. Los tres sostienen el examen de sus ojos oscuros con distinto grado de convicción en las cejas.
—Los cuatro —dictamina, sin alzar el tono una octava.
Silencio absoluto en el prado helado.
—¿Los cuatro por qué? —pregunto, conteniendo los hombros.
—Los cuatro en la fila. Tú también, Ewart.
—Mis manos no han colocado ninguna fiera.
—No —concede, cruzando los brazos—. Pero has tardado más de la cuenta en volver al pasillo, lo que significa que el asunto te ha entretenido. Y si el asunto tenía escamas, compartes la culpa del desorden.
La lógica de su tribunal es impecable en sus propios términos norteños.
La miro fijamente. Ella me sostiene las pupilas.
En sus líneas no hay ningún rastro de humor —es una máscara impecable de autoridad ruda— y, sin embargo, juraría, por la dureza de su mirada, que en el fondo de sus ojos oscuros hay algo que se está divirtiendo con el pulso.
«Cedes la posición», me digo. «Bajas la empalizada por esta tarde.»
—Entendido, Morvenna —cedo con la cabeza.
Los cuatro nos ponemos de rodillas sobre la tierra húmeda del prado, las palmas en alto, alineados junto a los troncos de la fachada.
Cael adopta la postura con precisión militar.
Bríde mantiene la espalda recta contra el frío.
Oisín aguanta los brazos arriba, pero agitando los dedos sin parar, porque la inmovilidad absoluta está fuera de su catálogo biológico.
Y yo, cerrando la fila, con la vista fija en el horizonte del bosque, cumpliendo al pie de la letra la norma de la paria.
Desde el interior de la cabaña no llega el eco de un solo cacharro durante los diez minutos que dura el correctivo.
Cuando Morvenna abre la madera para anunciar que las piernas pueden dejar el barro, tiene las pupilas un punto más brillantes de lo habitual y mira hacia el cobertizo este con demasiada aplicación para resultar casual.
Los tres niños se levantan deprisa. Oisín acorta el paso hacia mis botas con la camaradería ruda de quien ha compartido la misma trinchera bajo el fuego enemigo.
—La próxima vez —susurra, pegado al plaid— te avisamos antes de abrir el cuero.
—No va a haber próxima vez con alimañas, niño —respondo en voz baja, sin mover la mandíbula.
—No —conviene el pequeño, mirando la hierba—. La próxima será distinta.
Cael lo vigila de reojo. Bríde mide el espacio. Yo los miro a los tres.
—Id hacia el pasillo —ordeno.
Van. Oisín cierra la marcha con el paso seguro de quien se retira con las banderas intactas.
Me demoro un instante solo en mitad del prado. El frío cortante de diciembre me golpea el rostro. El linde oscuro del bosque. El rincón exacto de la maleza por donde la serpiente verde se ha perdido entre la hierba.
Llevo veinte inviernos de campaña. He sobrevivido a las emboscadas del sur, a las traiciones de mi propia sangre y a los inviernos del norte que devoran cuadras enteras de caballos. He guiado columnas de hombres armados, he perdido posiciones y he reconquistado territorios a base de hierro.
Ninguno de esos lances me ha preparado los hombros para encarar a tres niños descalzos y cumplir un castigo de rodillas en el barro de una colina.
Echo a andar hacia el umbral. Entro en la cabaña.