CAPÍTULO 16
El tejado de paja de la cabaña lleva tres inviernos enteros reclamando la atención de mis manos, y Ronan decide subirse a las maderas un martes de diciembre.
Nos lo avisa durante el desayuno, sin preámbulos, con el mismo tono plano con que comentaría un cambio en la llovizna del norte.
—Hoy me ocupo del tejado —anuncia, apurando el cuenco.
Levanto las pupilas de mi taza de barro cocido.
—Ese tejado aguanta la misma linde de tablillas desde hace tres inviernos, Ewart —le recuerdo.
—Razón de más para no dejarlo otra luna, Morvenna.
—Aguanta el peso de la nieve.
—Aguantar no es lo mismo que estar bien asentado en la tierra. —Termina la avena—. Y la fiebre de la costura ya me abandonó los músculos. Mi cuerpo necesita un trabajo de manos que no sea esperar noticias del sur sentado en el banco.
Considero sus razones en silencio. Hay una parte de mi cabeza —la vieja, la que gobierna los doce años de aislamiento— que quiere replicar con crudeza que el tejado es asunto mío, y que llevo asegurando las tablillas sola desde antes de que sus botas supieran que esta casa existe.
La otra parte vigila la tablilla suelta de la esquina noreste, cuyo dibujo conozco de memoria, y echa una cuenta distinta para la mañana.
—Hay tablillas de abedul de repuesto en el cobertizo este —concedo al fin, apartando el barro—. Las corté yo misma con el hacha el verano pasado.
—Sé dónde están —responde, poniéndose en pie—. Las vi el primer día que salí al patio.
—Claro que las viste, laird. Ningún hierro escapa a tus inspecciones.
Para media mañana, el arreglo está en marcha en el prado, y tiene el mismo orden caótico que gobierna todo lo que pasa en esta cabaña: un plan razonable trazado por el adulto y tres niños orbitando alrededor con agendas propias y desordenadas.
Cael se nombra a sí mismo ayudante de la obra.
No me pide permiso: se planta al pie de la escalera con las tablillas de abedul ordenadas escrupulosamente por tamaños sobre la tierra y empieza a entregarlas hacia las manos de arriba en el orden exacto en que la reparación las pide, lo que exige entender la geometría del trabajo desde la base, algo que Cael, salta a la vista, ha aprendido en la primera media hora a base de observar quieto.
Oisín se nombra a sí mismo el encargado de acarrear.
Lleva las maderas desde la sombra del cobertizo hasta la base de la escalera de una en una, asegurando el abedul con las dos palmas manchadas, con la ceremonia ruda de quien transporta reliquias de valor incalculable.
Lo intercepto una vez a mitad de camino por el patio, cuando ya tiene el pie derecho asentado en el primer travesaño de la escalera de Ronan.
—Solo quería ver el dibujo de las colinas desde lo alto del techo, Morvenna —explica el pequeño, devolviendo las botas a la tierra limpia del patio.
—Eso lo verás cuando seas más alto que este invierno, niño —resuelve la voz profunda de Ronan desde las maderas altas.
—¿Y cuántos inviernos me faltan para eso?
—Cuando tus pies alcancen el cuarto travesaño de la escalera sin necesidad de ponerte de puntillas contra la tierra.
Oisín marcha de inmediato a medir su cuerpo contra el cuarto madero. Le falta medio palmo para cumplir la norma. Vuelve a acarrear tablillas con la dignidad intacta y un objetivo nuevo apuntado en su lista privada de conquistas para el año que viene.
Bríde se nombra a sí misma la encargada de que todo quede bien.
Ninguna lengua de la casa sabe en qué minuto exacto del mediodía se incorpora al filo del prado.
Solo se percibe que, por la tarde, cuando Ronan ya ha cubierto dos tercios del faldón norte, la niña se materializa en su campo de visión —quieta en la tierra, a una distancia prudente de las herramientas, la cabeza corta inclinada un grado y las pupilas grises recorriendo las filas de abedul nuevo—.
—Esa madera de ahí —señala con el dedo pequeño hacia un punto del alero.
Ronan detiene el golpe del martillo para examinar la tablilla que acaba de asegurar contra los troncos.
—¿Qué le ves de malo a este abedul, Bríde?
—Está más alta que las otras de la fila —explica la niña, plana la voz—. Cuando la llovizna de la noche golpee las maderas, el agua del norte entrará por debajo del lino y dañará la cocina.
Vigilo desde el patio cómo el laird examina la posición de cerca, entornando las cejas.
La tablilla está desplazada apenas un dedo por encima de la línea —lo justo para que el ojo de un guerrero cansado no lo note y el agua de las tormentas sí—.
La recoloca con dos golpes secos del hierro.
Busca la cara de Bríde con las pupilas. La niña ya ha retirado la atención de ese tramo del techo: ha pasado a revisar la fila siguiente con la concentración de sus ojos grises.
Comemos el mediodía fuera de la cabaña, sentados sobre un tablón de pino entre dos tocones gruesos, porque Oisín ha defendido con firmeza que en los días de faena se come en el mismo sitio donde se trabaja, y nadie encuentra razones de peso para discutírselo.
Pan de cebada, queso rústico del que trae el pastor Gillespie y la olla de barro con el caldo caliente de las hierbas.
Salgo del pasillo cargando la olla y me quedo en la mesa.
No era algo que tuviera planeado. Mi intención era dejar el barro de la comida sobre el tablón y volver a la molienda de mis raíces en el cobertizo.
Oisín se corre un palmo sobre el madero para hacerme sitio con la naturalidad de quien no contempla otra opción, y me encuentro sentada entre su túnica corta y la figura silenciosa de Bríde, sosteniendo un cuenco entre las palmas.
La conversación del mediodía gira alrededor de asuntos sin la menor urgencia.
Sobre si las ardillas de las colinas guardan el grano en las oquedades de los pinos o lo olvidan en el barro —Cael sostiene que lo olvidan, y que por ese descuido crecen abetos nuevos en las vaguadas, lo que a Oisín le parece el mejor sistema de intendencia jamás inventado por las bestias y a Bríde un argumento de peso a favor de las virtudes del olvido—.
Sobre cuántas maderas de abedul faltan para terminar el faldón norte.
Sobre si el queso que Gillespie cobra en el mercado del sur tiene mejor sazón que el del mes pasado.
Nada de importancia para los consejos. Nada urgente para las espadas. Nada que haya que anotar en los registros del clan.
Y yo, mirando el fondo vacío de mi cuenco de barro y escuchando el estrépito de las tres voces a mi lado, caigo en que llevo doce inviernos enteros midiendo los días solo por las amenazas que se perfilan en el horizonte: el frío que viene del norte, la leña que escasea en el cobertizo, el rumor de las capas verdes que baja de Strathos.
Esta tarde no hay ninguna amenaza que medir en el prado.
Hoy es, sencillamente, un día de tejado y abedul. Nada más allá de las tablillas.
Me parece una unidad de medida extraordinaria para la vida de una paria.
Terminan la faena con la última luz gris del sol de diciembre.
Ronan baja por los travesaños, recogemos los hierros y las herramientas entre los cuatro —Oisín transporta el martillo de forja sujetándolo con las dos palmas y con la solemnidad de un portaestandarte— y la cena entra en el pasillo trayendo ese cansancio bueno, denso, que solo dan las jornadas que han servido para arreglar algo real de la casa.
Esa misma noche se desata un viento hostil desde el norte.
Lo escucho desde mi jergón de paja —el viento de siempre, el mismo que lleva doce inviernos golpeando los troncos por el mismo flanco derecho— y espero, por puro reflejo, la llegada del crujido en las maderas altas.
El tejado tiene un quejido propio que reconozco.
Lo ha tenido siempre, en la esquina noreste, un lamento de madera vieja que uso sin pensarlo para medir la fuerza del temporal en mitad del negro: si cruje una vez contra las vigas, es viento normal del valle; si el crujido es continuo, es temporal de nieve; si la madera calla, es calma en las cumbres.
El crujido de la esquina noreste no llega a mi oído esta noche.
El viento del norte empuja los troncos con fuerza, la cabaña aguanta el impacto, y la esquina noreste guarda silencio absoluto por primera vez en doce inviernos de aislamiento.
Me quedo despierta escuchando esa ausencia de sonido un buen rato de la madrugada.
Se siente extraño perder un lamento que nunca quise tener bajo mi techo.
Algo que formaba parte de mi día a día ha cambiado de sitio sin pedirme permiso —otra vez; una línea más que añadir a la lista de las cosas que se mueven de su rincón desde que tres lanzas rotas dejaron el cuerpo de un laird en mitad de mi camino de herradura—.
Espero a que se instale la incomodidad de siempre en mi pecho, el recelo que asoma cada vez que una pieza de mi mundo se mueve de su sitio por una mano ajena.
La sospecha no encuentra el modo de entrar esta noche de diciembre.
Me duermo en la penumbra antes de averiguar las razones de la tregua.