CAPÍTULO 7
El problema crónico con Oisín es que su cabeza no distingue entre las situaciones que piden reserva y las que permiten el desorden.
Lo tengo comprobado desde que el niño llevaba dos inviernos en su túnica.
Intenté corregirlo con paciencia primero y con firmeza ruda después, y he llegado a la conclusión de que Oisín no está sordo ante las leyes de la casa: funciona desde una lógica propia en la que las normas son meras sugerencias y las oportunidades del camino, obligaciones sagradas.
Esta mañana, la oportunidad tiene la forma del tarro de miel de brezo.
Lo dejo siempre en la estantería alta de la cocina, en el rincón donde ha pasado los últimos tres inviernos sin que ninguna mano lo rozara sin mi permiso, porque la estantería alta es un límite sagrado que no necesita repetirse en voz alta. Hasta hoy.
El barro cocido del tarro no está en su estante.
Oisín tampoco asoma por ninguna estancia visible, lo cual, en sí mismo, ya lo dice todo.
Lo encuentro detrás de la cabaña, encajado en el rincón estrecho que se abre entre la pared este y los maderos del cobertizo.
Sostiene el tarro entre las rodillas, con los dedos pringosos y una cantidad de oro pegado a la cara que delata que el asunto empezó bastante antes de que yo echara en falta el objeto.
Ronan está a su lado, sentado en el tocón grueso que usamos para descortezar la leña, a dos pasos, con el plaid limpio de miel y las manos sobre los muslos.
Los dos levantan los ojos en cuanto mi chal gris dobla la esquina.
Oisín se queda inmóvil, con la cuchara de madera a medio camino de la boca para otra carga.
Ronan tiene la calma del guerrero que mide si hay una salida digna y decide que lo más prudente es no moverse.
—Él dice que mi mano puede —anuncia el pequeño, señalando al guerrero con el dedo pegajoso.
—Ronan no conoce el orden de estos estantes ni tiene autoridad para repartir el invierno de la casa —respondo, plana la voz, que siempre resulta más terminante—. No es su miel la que está en ese barro.
—Yo no le he dicho que pudiera cogerla, Morvenna —aclara Ronan, con una franqueza ruda que apreciaría más en otro momento de la mañana—. Solo le hice ver que, con la tapa ya abierta y los dedos dentro, el daño a las raciones ya no tenía arreglo.
—No es lo mismo —protesta Oisín, mirando el tarro.
—No —conviene el laird, entornando las cejas—. No es el mismo trato.
Miro al niño. Miro al guerrero sin nombre. Calculo lo que queda en el barro, ya medio vacío, lo que significa que Oisín lleva en este rincón más minutos de los que mi vigilancia suponía, o que la miel de brezo desaparece a una velocidad digna de estudio.
—El tarro. En mi mano. Ahora. —Extiendo los dedos, plana la palma.
Oisín obedece con la resignación del guerrero que entrega una posición que ya ha saqueado a placer. Deposita el barro sobre mi piel con una solemnidad que desentona con el rastro dorado que le brilla en la punta de la nariz.
Me giro sobre las botas para volver a la cocina. A mi espalda, la voz del niño suena en el callejón, baja pero no lo bastante para esquivar mi oído:
—Te dije que su chal volvería antes de la tercera cucharada.
Y la respuesta de Ronan, más sorda entre los maderos:
—También te dije que no me metieras en tus batallas, niño.
Sigo hacia el umbral. En algún punto entre el cobertizo y las tablas de la entrada, algo en mi cara cambia durante una fracción de segundo que nadie alcanza a ver en el patio.
No es una sonrisa. Es el movimiento previo, el instante en que los músculos deciden si van a permitir el adorno o si mantienen la guardia alta.
«No hay sitio para eso», me digo, y la contención me cuesta más esfuerzo que en los inviernos pasados.
La carcajada de verdad llega por la tarde.
No la busco entre las tareas. Esa clase de risas son las más peligrosas: las que irrumpen en la garganta sin aviso, sin preámbulo, sin darte tiempo a calcular si vienen a cuento de la seriedad de la casa.
Cael lleva cuatro días empeñado en enseñarle a Oisín el orden del ajedrez, con una paciencia que en cualquier otra criatura de siete años sería imposible y que en él es solo otra cara de su carácter viejo.
Esta tarde ha colocado las figuras de madera tallada sobre el tablero tosco. Ha explicado el salto en escuadra del caballo por cuarta vez seguida. Ha esperado el movimiento ajeno con los brazos cruzados.
Oisín desplaza el rey tres casillas de golpe.
—El rey no tiene permiso para ir a esa casilla, Oisín —observa Cael, con una calma que le cuesta un mundo mantener en la voz.
—El rey de mi mano sí puede —replica el pequeño, afianzando los dedos en la madera.
—Las reglas del tablero son las mismas para los dos lados.
—Mis reglas son distintas esta tarde.
—No puedes cambiar las reglas en mitad de la partida. Es el mismo juego para los dos.
—Entonces el juego está mal hecho desde el principio.
Cael aparta la vista del tablero. Mira la cara de su hermano menor. Luego busca los ojos de Ronan, que sigue junto a la ventana oeste y que hasta este minuto no ha aportado una sola frase al pulso de los niños.
—¿Has visto lo que ha hecho? —pregunta el mayor, como quien busca el arbitraje de una autoridad superior.
—Lo he visto, Cael —responde Ronan, sin despegar la espalda del marco.
—¿Y qué hago ahora con mis piezas?
El laird examina la disposición de las figuras, mide la obstinación de Oisín y la rigidez en las cejas de Cael.
—Enroca —dice el guerrero.
—¿Eso qué es?
—Enroca y déjale al rey que avance por donde quiera. A veces los reyes hacen marchas sin lógica, y lo más listo es blindar las torres de los lados.
Cael lo estudia un segundo entero, asimilando la lección. Luego desplaza su torre. Oisín vuelve a empujar su figura hacia delante, con cara de estar ejecutando una maniobra que solo existe en su propia cabeza.
Y yo, que llevo diez minutos limpiando nabos junto a las brasas y siguiendo la partida sin admitirlo ante mí misma, dejo salir la carcajada de la garganta.
De verdad. Limpia. De las que no piden permiso a la prudencia.
Los tres detienen sus movimientos para clavarme las pupilas.
Cael muestra sorpresa en los ojos grises; Oisín exhibe satisfacción en la cara, como si la risa de mi boca fuera el trofeo que perseguía desde que colocó el primer peón.
Y Ronan —Ronan se me queda mirando desde su ventana con una fijeza que no acierto a descifrar, porque dura un suspiro y la retira enseguida bajo la mandíbula dura—.
Algo entre el asombro del extranjero y otra cosa que me niego a nombrar en esta cocina.
Ha visto mi cara romper la rigidez. Eso ya no lo borra ningún paño.
Vuelvo al ritmo del cuchillo sobre los nabos. Mis manos recuperan la monotonía del oficio. Y por dentro, en un rincón del pecho que lleva inviernos mudo bajo el peso del aislamiento, algo sigue vibrando como una cuerda tensa después del golpe.
Esa misma noche, cuando las tres criaturas duermen en el silencio de sus jergones y el fuego es solo un puñado de brasas rojas, cuento la vieja historia de las colinas.
No es costumbre bajo este techo. No soy mujer de repartir historias en voz alta para entretener las noches; las guardo en la memoria y las saco solo cuando el invierno se hace tan largo que los niños necesitan algo a lo que agarrarse.
Esta noche la suelto porque Oisín ha insistido antes de cerrar los párpados, y porque hay un aire en la cabaña que pide el relato.
—Había una vez una mujer que vivía sola en lo alto de las colinas —empiezo, bajando la voz para que gane la penumbra del pasillo—, y con ella vivían tres bestias del bosque profundo. Un lobo gris de mirada vieja, un halcón de garras limpias y ojos dorados, y un ciervo joven que guardaba el prado.
—¿Y el guerrero del sur? —pregunta Oisín desde sus mantas, reconociendo el cuento—. El de las lanzas.
—El guerrero llegó después —sigo, midiendo las pausas—. Vino buscando hierro y se encontró otra cosa entre los pinos. Y las tres bestias lo eligieron a él antes que a la propia mujer de la casa.
—¿Por qué lo eligieron a él? —pregunta Bríde, con su voz suave desde el fondo de la estancia.
—Porque los animales del bosque conocen verdades en la carne que los ojos de los hombres todavía no saben leer.
Silencio en la habitación de los niños. El fuego exhala su último vaho de resina en la chimenea.
—¿Y qué pasó después de que lo eligieran? —insiste Oisín, con los ojos a medio cerrar.
—Eso es para otra noche, niño.
Llegan las protestas habituales del pequeño, negociaciones cortas que no consiguen nada de mí, y luego se instala en las mantas el silencio espeso del sueño, el más denso de todos los que gobiernan la casa.
Recojo el candil de hierro y avanzo por el corredor estrecho.
Ronan está firme junto al marco de su puerta, la espalda apoyada en las maderas oscuras. Ha escuchado cada palabra del cuento. No hace nada por disimular su vigilia ante mi candil.
—Es una historia vieja de los páramos —digo, sin detener las botas hacia mi estancia.
—Trae la quietud de las cosas reales, Morvenna —responde su voz profunda en la penumbra.
Entro en mi cuarto y echo la tranca de madera.
Y tardo más de lo normal en encontrar el sueño, con las figuras del cuento dando vueltas en la cabeza, donde no las dejaba habitar desde hacía inviernos; porque decirlo en voz alta, con ese guerrero escuchando cada sílaba desde el pasillo, ha sonado mucho menos a cuento de cuna que todas las veces que me lo conté a mí misma en mitad del aislamiento.