CAPÍTULO 8
El undécimo día de mi estancia en las colinas altas salgo solo del prado por primera vez.
No le pido permiso a Morvenna para salir.
Tampoco hace falta esa clase de venias en una cabaña de tregua; las normas que me puso el cuarto día son claras y ninguna me prohíbe ganar la espesura: solo me piden que avise del rumbo, y eso lo cumplo.
«Voy hacia el límite norte», le digo antes de calzarme el plaid, y ella asiente sin levantar los ojos de las raíces que machaca en el mortero, que en su idioma es todo el visto bueno que voy a obtener.
Lo que no le digo es que salgo a reconocer el terreno.
Necesito calcular distancias. Saber qué hay entre estas colinas de parias y las murallas de Strathos, cómo se dibuja el camino de herradura, cuántas jornadas me costaría cubrirlo en cuanto el hierro del flanco deje de mandar sobre mis movimientos.
Un capitán sin ejército necesita un plan para recuperar lo suyo. Y todo plan empieza por saber exactamente dónde pisas.
El bosque que se extiende al norte de la cabaña es denso en sus primeros tramos de pinos y abetos, pero más adelante se abre en un corredor de tierra pedregosa que baja con insistencia hacia la orilla del valle.
Desde la cresta de la colina alta —una hora de marcha sostenida, un esfuerzo que mi costilla todavía aguanta— se domina el horizonte entero: las colinas plegándose hacia las tierras bajas, la línea plateada del río cortando el páramo y, más allá, en los días de aire limpio, el perfil difuso de las murallas que me pertenecen por linaje y que siguen siendo mías por mucho que Cathal firme actas de consejo con su anillo de sello falso.
Subo con paso pausado, parando donde el aliento escasea, recorriendo la tierra con los ojos, fijando las referencias que necesitaré recordar cuando el invierno apriete.
Es durante el descenso cuando noto el cambio a mi espalda.
Llega primero como una certeza en la piel: esa presencia constante detrás que un guerrero aprende a notar en la frontera antes de poder ponerle nombre.
Algo se mueve entre la maleza de mi flanco izquierdo, con una marcha demasiado silenciosa para ser un descuido de cazadores y demasiado persistente para ser un azar del bosque.
Su avance es veloz. Cambia de posición entre los troncos sin quebrar una sola hoja seca; entre un paso mío y el siguiente, el bulto puede estar diez metros más al norte o cinco pasos más cerca de mi plaid sin que la oreja capte la vibración que lo explique.
He guiado a los mejores rastreadores de las levas de Strathos en las guerras de frontera.
Ninguno tenía una marcha tan limpia de ruido.
O no se trata de un rastreador de la especie de los hombres.
La otra posibilidad se me asienta en la cabeza con la parsimonia de las verdades amargas que uno preferiría ignorar y que terminan por imponerse. Lo que vigila mis pasos no se mueve como un guerrero. Se desplaza suelto, un animal que conoce la arboleda desde lo más hondo de la carne.
Retomo la marcha por el sendero de piedras. Llego al límite del corredor despejado y detengo las botas sobre la tierra limpia.
A mi flanco izquierdo, encajada entre dos troncos de pino viejo, hay una silueta gris.
Está inmóvil. Tiene el tamaño de un lobo de las tierras altas, grande, robusto, aunque no recuerdo en mis cacerías del sur muchos lobos que se queden así, erguidos; esa quietud de quien observa y mide las fuerzas del contrario, sin la tensión del depredador que va a lanzarse.
Los dos sostenemos el contacto visual en mitad de la arboleda.
El lobo no gana un palmo hacia mí. Tampoco retrocede un grado hacia la sombra de los pinos.
Me clava unas pupilas grises con un destello que no sé clasificar con nada de lo que sé de montería: no es el brillo del hambre, ni el recelo del miedo, ni la rabia de la fiera herida.
Es muy parecido al que me enseña Cael desde el umbral de la cocina cuando sostiene el tratado bajo el brazo y mide el alcance de mis respuestas falsas.
«Me está midiendo», comprendo, sintiendo la dureza del granito en el pecho. «Comprueba de qué soy capaz.»
Mantengo el cuerpo inmóvil contra las piedras. Le dejo terminar.
El lobo inclina la cabeza un grado apenas visible, un movimiento seco de las orejas tiesas, y luego se gira sobre las patas para desaparecer entre los abetos sin rozar una rama.
No huye de mí: reanuda la marcha sin prisa, como quien ya ha visto lo que necesitaba ver y, por hoy, no tiene más preguntas.
Espero un minuto en mitad del prado antes de seguir bajando.
Durante el resto del camino hacia la cabaña, el bosque mantiene su orden de siempre.
No es una quietud absoluta —se oye el reclamo de las aves de invierno, el viento en las copas altas, el crujido de la madera vieja—, pero el silencio particular que acompaña a las persecuciones se ha disuelto del todo.
Lo que sea que vigilaba mis pasos ha dado por terminada su guardia.
Llego al patio cuando el sol de noviembre empieza a caer tras las cumbres. Morvenna está fuera, asegurando con nudos firmes las cuerdas de un haz de ramas de enebro, y levanta los ojos oscuros al oír mis botas sobre la tierra.
—¿Ha ido todo bien por el sendero? —pregunta, como quien cumple un trámite, aunque las pupilas esperan algo más que la respuesta fácil.
—El sendero está limpio, Morvenna —respondo, parándome a dos pasos de sus maderas. Hago una pausa antes de soltar la duda—: ¿Hay lobos en estas colinas en invierno?
No responde de inmediato. Sus manos largas siguen cruzando el hilo encerado sobre las ramas de enebro con precisión ruda.
—A veces asoman por las vaguadas —concede al fin, sin levantar la vista.
—¿Son un peligro de verdad para esta puerta?
—Eso depende de a quién se lo preguntes.
La miro de perfil. Ella no aparta los ojos del haz de leña que asegura contra el suelo.
—Para ti no son una amenaza —añade, después de dejar que el silencio se estire un grado entre los dos.
No lo dice como una duda; lo recibo como lo que es en esta casa —algo que ella me concede, medido, sin un adorno de más— y asiento, guardándolo.
—Entendido, Morvenna.
Cruzo el umbral, ganando la penumbra del pasillo estrecho.
En mitad del corredor me topo con Cael, que viene desde la estancia de las hierbas con el tratado bajo el brazo izquierdo y un rastro de barro oscuro pegado a la túnica basta hasta la altura de las rodillas; una mancha fresca que no llevaba en el desayuno.
El niño me clava los ojos grises. Yo le sostengo la mirada en la penumbra.
Ninguno de los dos dice una palabra para romper la tregua del pasillo.
Cael pasa de largo con paso firme hacia la cocina.
Me quedo un instante congelado en mitad de las tablas, los ojos fijos en el rincón del corredor por donde ha desaparecido su túnica corta.
Barro fresco hasta las rodillas. Del tipo arcilloso, negro y denso que se forma en las hondonadas del bosque norte, allí donde las copas de los pinos altos no dejan que el sol seque las humedades de las turberas.
«Ah», pienso, sintiendo las piezas encajar en el cráneo. «Empiezo a entender.»
Y es suficiente para empezar a comprender cuántas cosas pasan en estas colinas que en Strathos jamás me enseñaron a ver.
Esa misma noche, con las brasas encendidas en el hogar y las tres criaturas durmiendo, no consigo dormir.
Pienso en la quietud de un lobo gris de mirada vieja que sabe medir las fuerzas de un laird traicionado.
En un niño de siete años que vuelve de la espesura con el calzado lleno de turba y sin obligación de dar explicaciones a nadie.
En una mujer que responde «depende de a quién le preguntes» y concede «para ti no lo son» como quien deja un canto rodado en mitad del camino para que el otro decida qué hace con él.
Y al norte, en las murallas de Strathos, con Cathal gobernando mi consejo y mi gente consumiéndose por una plaga que nada tiene que ver con las maldiciones de las colinas.
Tengo que recuperar lo que es mío. Esa certeza sigue intacta en el pecho, igual que el primer día.
Lo que ha cambiado es todo lo que dejaría atrás, desamparado, si me marchara sin mirar.
O lo que esta casa podría llegar a ser, si encontrara la manera de pedírselo.
No sé si un laird despojado tiene derecho a pedirle nada a la paria de las colinas. Pero empiezo a pensar que vale la pena arriesgar lo poco que me queda por averiguarlo antes de que acabe el invierno.