El filo de la memoria (Inspectora Inés Vega 1) Epílogo
98%

Epílogo

Inés se estaba preparando uno de sus últimos desayunos en Serralta por un tiempo. Le había gustado, dentro de las circunstancias, el entorno y tenía pensado volver en un futuro, eso sí, a descansar de verdad.

El teléfono vibró sobre la mesa de la cocina y rompió ese momento mágico y de tranquilidad que hacía tiempo que no tenía.

—Dime que tienes algo bueno —dijo Inés.

—Tengo de todo —contestó Raúl—. ¿Estás sentada?

—Estoy en la cocina preparando el desayuno. En cuanto unte las tostadas me siento.

Raúl carraspeó, ese gesto suyo antes de leer algo que había preparado. Inés lo imaginó con la carpeta abierta sobre el escritorio de la Comandancia, café solo, la corbata floja.

—Bernat y Garcés, detenidos esta madrugada.

Registro en la maderera, dos furgonetas con doble fondo, más de lo que calculábamos.

Bernat no ha dicho una palabra desde que lo metieron en el coche.

Garcés sí, Garcés no ha parado de hablar, y todo lo que suelta apunta hacia arriba, hacia Bernat. Va a intentar salvarse a costa de él.

—Eso no me sorprende de Garcés.

—Su abogado ya ha movido ficha. Va a admitir los cargos de tráfico y blanqueo a cambio de que la fiscalía pida rebaja de pena por colaboración.

Con lo que está soltando sobre Bernat, probablemente se libre de la prisión permanente que le podría caer a este último, pero no se libra de la cárcel.

Hablan de seis, siete años, dependiendo de lo que acabe de cantar. Sin fianza, mientras tanto.

—Así que a él sí le llega algo parecido a una condena.

—A él sí. Por lo de ahora, no por lo de entonces. Pero le llega.

—Lo siguiente: Roig.

—¿Qué pasa con Roig?

—Nada oficial. No hay delito que perseguir, ya lo sabes, prescribió con todo lo demás.

Pero le ha llegado a la Colegiada de Médicos una denuncia anónima sobre irregularidades en certificados antiguos.

No prosperará, no hay forma de probar nada a estas alturas, pero corre por Boltaña que algo huele mal en la consulta del doctor.

Dos pacientes le han cambiado ya de médico esta semana.

Me han dicho que está tramitando la jubilación anticipada.

Inés se quedó mirando el vapor que subía de la taza.

—Treinta años de silencio y lo tumba un rumor.

—A veces funciona así. Tercero, Luján.

—El arquitecto.

—Sí. Con la instrucción de Valnegro alguien tuvo que revisar los expedientes de obra pública de los últimos años, para ver si el fraude del túnel tenía continuidad.

La tenía. Luján sigue certificando sobrecostes que no cuadran, solo que ahora en obras mucho más pequeñas, un puente, dos pabellones municipales.

Nada que ver con lo del noventa y tres en volumen, pero el patrón es idéntico.

Intervención judicial de sus cuentas esta semana.

—Nunca dejó de hacerlo.

—Parece que no. Y el cuarto es el que más te va a gustar.

—Olmedo.

—Olmedo. Su partido le ha retirado el apoyo para las primarias autonómicas.

Oficialmente, «reestructuración de listas».

Extraoficialmente, alguien del comité les ha hecho llegar que su nombre aparece relacionado con el caso Valnegro en los primeros atestados, aunque sea de forma tangencial.

No hay causa penal contra él, Inés, quiero que lo tengas claro, no hemos podido tocarle ni un pelo por lo del noventa y tres.

Pero se ha quedado sin la candidatura y sin el favor de la gente que lo sostenía.

—O sea que cae por miedo a la sombra, no por lo que hizo.

—Cae de todas formas.

Inés cerró los ojos un momento.

—¿Y Germán?

Raúl tardó en responder.

—Germán ha entrado en un centro de desintoxicación en Huesca.

Voluntario, según el ayuntamiento, «baja médica».

Por lo de Julián no hay cargos, no puede haberlos, y lo sabes mejor que nadie.

Pero le ha caído otra cosa, aparte: expediente disciplinario del ayuntamiento por las irregularidades que ha ido sacando Valnegro.

Permisos de tráfico pesado que él firmaba sin control, avisos que daba de más a quien no debía.

Nada penal, de momento, pero la Diputación quiere revisar cada papel que ha pasado por su mesa en los últimos diez años. Como mínimo, pierde el puesto.

—Como mínimo. Se lo merece.

—¿Cómo estás? —Raúl dio por acabado el repaso de los implicados.

—No lo sé todavía. Dame el día.

—Te dejo tranquila, entonces. Ah, una cosa más.

—Dime.

—Bergua ha cerrado tu expediente.

Inés dejó el cuchillo de la mantequilla sobre el plato.

—¿Qué expediente?

—No te hagas la tonta, Vega. El de falta disciplinaria por actuar sin orden de servicio. El que te abrió cuando descubrió que usaste la placa para interrogar a Bernat y meterte en el monte estando de vacaciones. Al final ha quedado en una amonestación por escrito, la mínima que existe.

—Creía que ese ya se había olvidado de él, con todo lo demás.

—No se había olvidado. Lo tenía aparcado, que es distinto. Lo he visto esta mañana en el sistema, antes de llamarte: amonestación por escrito, la mínima que existe, casi simbólica. Ni siquiera te va a bajar puntos para el próximo ascenso, si es que a ti te interesa alguna vez pedir un ascenso.

—¿Y eso a qué se debe? Hace dos semanas quería abrirme expediente en firme.

—A que Bernat está detenido y tú tienes la razón, y a Bergua no le gusta reconocerlo en voz alta, pero tampoco le gusta quedar como el que sancionó a la inspectora que resolvió Valnegro.

Así que ha hecho lo que hacen todos: castigar lo justo para que conste que hubo un castigo, y quedarse callado con el resto.

Inés se quedó mirando la taza un momento.

—Vaya. También aquí el silencio arregla las cosas.

—No te pongas filosófica tan temprano, que todavía no has desayunado. Además, Bergua ha preguntado por ti. Por lo bien que ha salido todo, oficialmente. Quiere que vuelvas la semana que viene.

Inés apoyó la frente en la palma de la mano.

—Dile que dos días más.

—Se lo diré.

Colgó. Se quedó con el teléfono en la mesa, boca abajo, y el café ya frío entre las manos repasando en la cabeza los nombres que acababa de escuchar, uno por uno, como quien pasa lista mientras se le dibujaba una sonrisa.

* * *

Inés había quedado con Teresa para ir al cementerio.

Tenía tiempo suficiente para dar un paseo por el río y oír su rumor.

Al que no esperaba encontrar allí es a Tomás, sobre el pretil de piedra, la caña sin cebo, y con el gesto de un hombre que necesita las manos ocupadas para no pensar en lo que tiene delante.

Levantó la cabeza al oírla llegar y no dijo nada al principio, solo le hizo sitio con un gesto de la barbilla, como aquella primera vez.

—Me he enterado de todo por mi madre —dijo al fin, sin mirarla—. Bernat. Garcés. Lo de Germán.

—¿Cómo lo llevas?

Tomás tardó en contestar. Cogió una piedra pequeña y la hizo girar entre los dedos sin llegar a lanzarla.

—Raro. Alivio y vergüenza a la vez, si eso tiene sentido.

—Se encogió de hombros—. Llevo treinta años viendo a esos hombres en la plaza, saludándolos, dejando que me arreglaran papeles del ayuntamiento.

Y una parte de mí siempre supo que algo no encajaba.

Lo de Germán, sobre todo. Se lo dije a usted, inspectora, aquella tarde aquí mismo.

Que le había ido demasiado bien para haber empezado tan mal.

—Me lo dijiste. Me ayudó más de lo que imaginas.

—Podría haber dicho más. —Lo soltó rápido, como quien se quita algo de encima antes de arrepentirse—.

No sabía nada concreto, eso es verdad, no le mentí en eso.

Pero sabía que había preguntas que no se hacían en esta casa, y me acostumbré a no hacerlas yo tampoco.

Por mi madre, me decía. Para no removerle más de lo que ya tenía removido.

Pero también era más fácil así, para mí.

No preguntar es más cómodo que preguntar y no gustarte la respuesta.

Inés se sentó a su lado, sin prisa.

—Tu padre tampoco hizo demasiadas preguntas sobre Garcés, ni sobre Bernat, y aun así acabó sabiendo lo que no le convenía saber.

—Y mire cómo le fue. —Tomás soltó una risa corta, sin alegría, y por fin la miró—. Puede que por eso callé yo, sin querer verlo así. Con tal de no acabar como él.

—Nadie te pide que hubieras hecho algo distinto, Tomás.

—Ya. Pero me lo pido yo. —Se levantó, recogió la caña que no había usado en ningún momento—. Cuide de mi madre esta tarde, en el cementerio. Y dígale, si sale el tema, que ya no hace falta que me proteja a mí callando ella también. Que ya está bien de guardar cosas en esta familia.

Se alejó camino arriba, con las botas dejando marcas de barro en el sendero, igual que la primera vez.

El cementerio de Serralta ocupaba una ladera pequeña sobre el pueblo, cercado con piedra seca y cipreses que alguien podaba con más cuidado del que empleaba en cualquier otra cosa del municipio. Inés y Teresa subieron a pie, despacio, porque Teresa insistió en que el coche se quedara abajo.

—Con los años que llevo subiendo esta cuesta —dijo—, el día que deje de hacerlo a pie ya podéis venir a buscarme con la caja.

La tumba de Julián estaba al fondo, junto al muro norte, donde daba menos sol. Teresa dejó un ramo pequeño de siemprevivas contra el jarrón de piedra y se quedó de pie, las manos cruzadas sobre el bolso.

—Treinta años viniendo aquí a hablarle a un hombre que murió por tropezar —dijo—. Ahora no sé ni qué decirle.

—Dile la verdad. Es lo único que le has debido todo este tiempo.

Teresa asintió despacio y se agachó a colocar bien el ramo, aunque ya estaba bien colocado.

—Sabías lo de Remedios —dijo Inés, no como pregunta.

—Lo intuí antes de que tú me lo confirmaras.

Una mujer sabe esas cosas, aunque se pase treinta años diciéndose que no.

—Se incorporó con esfuerzo, la mano en la parte baja de la espalda—.

Y no te voy a mentir, me dolió más eso que lo otro.

Lo otro fue una tragedia. Lo de Remedios fue una traición pequeña de las de todos los días, y esas duelen distinto.

—¿Le has perdonado?