El filo de la memoria (Inspectora Inés Vega 1) Epílogo #2
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Epílogo #2

—A un muerto no hace falta perdonarle nada. Se perdona a los vivos. —Miró la lápida un momento largo—. A él ya solo le queda dejarlo descansar, que buena falta le hace.

Inés dejó pasar un momento antes de hablar.

—He pensado en ella estos días. En Remedios. Ahora que Garcés está detenido.

Teresa la miró, y algo en su cara dudó entre la sorpresa y la incomodidad de oír ese nombre en boca de su sobrina, en ese sitio.

—¿Y qué has pensado?

—Que por primera vez en treinta años no tiene que calcular si él ya lo sabe. Ni fingir que no tiene miedo cuando lo tiene. Eso ya es bastante, para alguien que ha vivido así media vida.

Teresa tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz había perdido la aspereza de antes.

—Nunca la he odiado, ¿sabes? Me dolió, pero nunca la odié. Los dos tuvieron la culpa que tuvieron, y ella pagó la suya de una manera que ni tú ni yo hubiéramos aguantado. Treinta años con un hombre así, esperando el golpe.

—¿La has visto, desde que se lo llevaron?

—Le dejé un guiso en la puerta. No entré. —Se encogió de hombros, casi con vergüenza del gesto—. No hacía falta decir nada. Ella sabrá lo que significa.

Se quedaron calladas. Un mirlo picoteaba entre las tumbas de al lado, sin ningún miedo de ellas.

—Y Bernat —dijo Teresa al fin—. Cuéntame otra vez cómo ha caído, que quiero oírlo despacio, sin prisas.

—Por Valnegro. Por el narcotráfico. No por Julián.

—Ya. —Teresa apretó los labios—. Así que al final el pueblo entero puede dormir tranquilo sabiendo que el hombre que hizo todo esto se pudre en una celda, pero no por lo que le hizo a mi marido.

—No.

—¿Y eso te parece justicia, Inés?

Inés tardó en responder. El viento movía los cipreses con un ruido seco, de fondo.

—Me parece lo que hay. La justicia legal se ha cerrado en falso, sí.

Pero la otra, la que de verdad te debían a ti, esa ya la tienes.

Todo el pueblo sabe ya lo que pasó de verdad en esa cabaña.

Se acabó el accidente, se acabó la versión oficial, se acabaron las miradas que se apartaban cuando alguien mencionaba tu nombre.

Eso no lo firma ningún juez, tía, pero es lo que llevabas treinta años pidiendo sin decirlo.

Teresa se giró a mirarla.

—¿Sabes lo que más me pesa? Que durante todo este tiempo he estado enfadada con el pueblo entero por callar, y resulta que yo también callé. Sospeché de Roig treinta años y nunca dije nada, por miedo, por comodidad, yo qué sé.

—El miedo no es lo mismo que la culpa.

—A los setenta años ya no sé distinguir bien una cosa de la otra.

—Sacó un pañuelo del bolso, no para las lágrimas, sino para limpiar el polvo de la lápida, un gesto mecánico de tantas veces repetido—.

Lo único que sé es que ahora, cuando venga aquí, ya no voy a tener que mentirle. Eso ya es bastante.

Inés le pasó un brazo por los hombros. Teresa se dejó, rígida al principio, y luego cedió un poco el peso, como quien por fin suelta algo que llevaba sosteniendo demasiado tiempo.

—¿Vendrás a verme cuando vuelvas a Huesca? —preguntó Teresa—. No como sobrina que investiga, como sobrina.

—Vendré.

—No me mientas por compasión, que para eso ya tuve bastante en este pueblo.

—No te miento. Vendré.

Teresa asintió, satisfecha con la respuesta, y volvió a mirar la lápida.

—Descansa, Julián —dijo, en voz baja, casi ordinaria, como quien le habla a alguien que sigue vivo en la habitación de al lado—. Ya está. Ya pueden dejarte en paz.

Se quedaron un rato más, sin hablar, mientras el mirlo seguía a lo suyo entre las tumbas y el sol se movía despacio sobre la piedra gris del muro.

* * *

Inés dejó a su tía en su casa y volvió a la cabaña. Tenía que hacer una llamada.

Marcó el número de memoria. Su madre contestó al segundo tono, evidenciando que llevaba horas esperando esa llamada.

—Inés. ¿Ha pasado algo?

—A mí no, mamá. A otros sí que les ha pasado —Inés miró hacia la montaña, hacia la cicatriz del túnel que ahora era una prueba judicial—. Te llamaba para decirte que el tío Julián ya puede descansar. Serralta ya sabe la verdad.

Hubo un crujido en la línea, el sonido de su madre acomodándose el teléfono, o quizá sosteniéndose en la encimera.

—¿Lo mataron, verdad?

—Así es. Lo mataron.

—¿Y pagarán por ello?

Inés pensó en Bernat mirando por el ventanal de su despacho, todavía dueño de su impunidad por lo de 1993. Pensó en el cilindro de hormigón que lo había empezado todo.

—No como nosotros querríamos —respondió Inés con calma—. Pero van a pagar. El valle se les ha hecho pequeño de golpe.

Oyó a su madre respirar hondo. Ese silencio denso, el mismo que recordaba de las noches en que Julián no aparecía y la mentira empezaba a fraguarse.

—Yo te mentí toda tu vida, Inés. Y no fue una mentira pequeña, fue treinta años sostenida, repetida, cada vez que me preguntabas cómo había muerto tu tío y yo te repetía lo del hocino y la caída como quien reza un rosario.

—Lo sé, mamá.

—Teresa me lo pidió, sí, pero yo podía haberme negado. Podía haber esperado a que tuvieras edad y contártelo. Elegí lo fácil, la paz de la familia, no remover nada.

—No hace falta que sigas.

—Sí que hace falta. Déjame decirlo, que llevo treinta años sin decirlo. —Se le quebró un poco la voz—. Y ahora resuelves tú sola lo que yo no fui capaz ni de empezar a mirar.

—No lo resolví sola, mamá. Lo resolví con lo que tú me diste. Con esa cabezonería que dices que saqué de mi padre pero que sé de sobra que es tuya. Julián descansa en paz. De verdad. Ya está.

Un silencio, esta vez distinto, más suave.

—¿Me perdonas?

—No hay nada que perdonar. Había un miedo, y lo entiendo. El miedo de una madre no se juzga igual que el silencio de un pueblo entero.

—Gracias —dijo Asunción, la voz quebrada apenas un instante—. Gracias por no odiarme por esto.

—Nunca te he odiado. Me enfadé. Es distinto.

Su madre tardó en responder, y cuando lo hizo fue solo un murmullo, dirigido más a sí misma que a su hija.

—Ven a verme cuando puedas. No para hablar de esto. Solo para comer, para nada.

—Iré, mamá.

* * *

Cargó la última bolsa en el maletero antes de que amaneciera del todo. Serralta seguía dormido a esa hora, el pueblo entero en esa quietud gris de antes del primer humo de las chimeneas, y a Inés le pareció bien despedirse así, sin nadie mirando.

Miró una última vez a la cabaña que la había acogido durante tantos días. Se subió al coche, cerró la puerta y antes de darle al contacto sonó su teléfono.

Vio el número.

Era el mismo que había insistido en los últimos días en ponerse en contacto con ella, pero no se atrevía a descolgar intuyendo lo que había al otro lado.

Podía dejarlo sonar, pero esta vez descolgó quizás llevada por el espíritu de buena racha que tenía.

—Vega —dijo, la voz más firme de lo que se sentía.

—Inspectora Vega. —La voz al otro lado era masculina, formal, con ese tono de quien lleva un guion preparado desde hace días—. Soy el inspector Falgás, de Asuntos Internos de Barcelona. Perdone que insista tanto, sé que ha sido difícil localizarla.

—Estaba fuera de cobertura.

—Lo sabemos. Por eso la llamo yo directamente y no por los canales habituales. —Una pausa, el ruido de fondo de una oficina, teclados, alguien hablando lejos—. Se ha reabierto el expediente de la intervención de la calle Prim. El caso de hace dos años.

Inés cerró los ojos un momento. La montaña, al otro lado del parabrisas, empezaba a perfilarse con la primera luz.

—Creía que estaba cerrado. Archivado con resolución favorable.

—Lo estaba. Ha aparecido una grabación que no constaba en el expediente original.

De una cámara de seguridad del edificio de enfrente, que en su momento nadie localizó.

La ha encontrado un compañero mío revisando archivo antiguo, casi de casualidad, buscando otra cosa.

Ya sabe cómo son estos casos, inspectora: a veces basta con que alguien vuelva a mirar donde ya se había mirado antes.

—Otra pausa, más larga—. Cambia algunas cosas, inspectora.

No lo que usted hizo. Lo que pasó justo antes de que usted llegara al rellano.

—¿Qué se ve en esa grabación?

—Prefiero no dárselo por teléfono. Necesito que venga a declarar, cuanto antes, y que traiga a su abogado si lo cree oportuno. También hay algo más que debería saber antes de venir.

—Dígalo ya, Falgás. Llevo dos años sin dormir bien. No me va a doler más por saberlo cinco minutos antes.

Se hizo un silencio al otro lado, ese tipo de silencio que en la profesión de Inés significaba siempre lo mismo: alguien decidiendo hasta dónde puede hablar por teléfono.

—El nombre que aparece en la grabación, moviéndose por ese edificio antes del operativo, no es el que constaba en nuestro informe de entonces.

Inés apretó el volante con la mano libre.

—¿Quién es?

—Eso es precisamente lo que tenemos que hablar en persona, inspectora.

Inés colgó sin decir nada más. Tenía demasiadas preguntas y ninguna manera de hacérselas a un hombre que ya había colgado. Se quedó un momento con el teléfono en el regazo, pensando en lo poco que se tarda en encontrar algo que ha estado ahí siempre, con tal de que alguien decida volver a mirar.

Arrancó el coche. La carretera hacia Huesca se abría recta entre los primeros campos escarchados, y más allá, aunque todavía no se viera, estaba Barcelona esperándola con una pregunta que llevaba dos años sin hacerse en voz alta.

FIN