El filo de la memoria (Inspectora Inés Vega 1) 36
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Volvió a subir al coche. Arrancó al segundo intento. La rueda trasera rozaba un poco contra el guardabarros abollado, pero el motor respondía. Antes de meter primera, marcó el número de Raúl.

—Dime Inés.

—Alguien me ha sacado de la carretera. A la vuelta de Boltaña, la curva antes del desfiladero.

El silencio al otro lado duró lo suficiente para que Inés oyera, de fondo, una silla arrastrándose y una puerta cerrándose.

—¿Estás bien? Dime que estás bien.

—Estoy bien. El coche no tanto. Un golpe lateral, nada de otro mundo, he podido salir sola de la cuneta.

—Voy para allá.

—No hace falta.

—Inés, te acaban de intentar sacar de una carretera de montaña.

—Y por eso mismo no puedo perder ni una hora esperándote. —Cambió el tono, algo más bajo, más firme—. Esto no ha sido un aviso, Raúl. Ha sido un intento de que no llegara. Y eso solo tiene sentido si están asustados de verdad, y solo se asusta así quien sabe que se le acaba el tiempo.

—Podría ser Garcés. Podría ser cualquiera de la red de Valnegro, no hace falta que sea Bernat directamente.

—Puede. Pero ya da igual quién ha apretado el volante. Sé de dónde viene la orden.

Raúl no dijo nada durante un momento largo.

—¿Vas a ir a por él ahora?

—Ahora mismo.

—Bergua te ha dado dos días, Inés, y esto es exactamente el tipo de cosa que no puede aparecer en ningún informe si no quieres que te aparte del todo.

—No voy a escribir esto en ningún informe. Voy a ir a hablar con Bernat, y después de eso ya no me va a hacer falta ni el escudo de papel ni los dos días de Bergua.

—Ten cuidado.

—Llevo cuidándome desde que llegué a este pueblo. Ya toca dejar de hacerlo un rato.

Colgó antes de que él pudiera insistir más.

La casa de Bernat estaba a las afueras, en un promontorio desde el que se veía el pueblo entero como una maqueta: los tejados, la plaza, la boca del túnel a lo lejos. Una casa de piedra reformada con un gusto discreto, sin ostentación, que decía más de él que cualquier coche caro.

Inés condujo hasta allí sin poner música, sin llamar a Raúl, sin repasar una sola vez lo que iba a decir. No necesitaba un guion. Necesitaba, por primera vez desde que había llegado a Serralta, no tener que fingir que aquello era solo trabajo.

Aparcó junto a la verja y entró sin llamar antes por teléfono. Sabía que él la recibiría de todas formas.

Fue el propio Bernat quien abrió la puerta.

—Inspectora. —No parecía sorprendido. Se apartó para dejarla pasar, con un gesto casi de anfitrión de fiesta—. Estaba esperando esta visita desde hace unos días. Aunque, para ser sincero, no esperaba que hoy hiciera antes una parada en Zaragoza.

Inés no le dio el gusto de preguntar cómo lo sabía.

—Santiago tiene la costumbre de contarme las cosas que le preocupan —añadió Bernat, adivinando su línea de pensamiento, mientras cerraba la puerta tras ella con el mismo cuidado excesivo de siempre—. Y usted, según parece, le preocupó bastante.

—Entonces ya sabe a qué he venido.

—Me hago una idea. —Le hizo un gesto hacia el interior—. Pase. Hace frío para tener esta conversación en la puerta.

Cruzaron un salón de techos altos y chimenea apagada hasta el despacho que daba al valle por un ventanal entero. Bernat se sentó tras la mesa. No le ofreció asiento a ella. Inés se quedó de pie, cosa que pareció divertirle, como siempre.

—¿Un café? ¿Algo más fuerte?

—No voy a quedarme tanto.

—Bien. —Cruzó las manos sobre la mesa—. Usted dirá.

Inés sacó del bolsillo otra copia de la fotografía del cilindro que le había mostrado a Roig y la dejó sobre la mesa de Bernat, junto a sus manos entrelazadas, sin darle tiempo a mirarla del todo.

—Tengo un informe de materiales que demuestra que el hormigón del túnel se certificó con una calidad que no tenía.

Tengo a Vicente Luján firmando esas certificaciones falsas durante años, no solo en el noventa y tres.

Tengo el testigo de obra que Julián escondió porque sabía exactamente lo que significaba.

Tengo a la forense diciéndome que la herida que mató a mi tío tiene dos autores, no uno: uno que perdió los nervios, y otro que llegó después, con la cabeza fría, y terminó el trabajo.

Y tengo la confesión de Germán, que cree hasta hoy que él solo mató a un hombre que en realidad seguía respirando cuando se marchó de esa cabaña.

Bernat no se movió. Sostenía la mirada con esa calma gélida de quien está acostumbrado a decidir el precio de las cosas.

—Es una teoría muy completa, inspectora.

—No es una teoría.

—Para un tribunal, sí lo es. Salvo que tenga usted algo que ponga mi mano en ese hocino, treinta años después, lo único que tiene es una reconstrucción muy bien hilada. Y el delito, si existió como usted dice, prescribió hace mucho tiempo.

—Lo sé.

—Entonces no entiendo la visita.

—La visita es para decírselo a la cara. Para que no le llegue por rumores de pueblo, como todo lo demás en Serralta durante treinta años.

Sé lo que pasó esa noche. Sé que Germán le visitó, muerto de miedo, convencido de haber matado a un hombre.

Sé que usted le dijo que se fuera. Y sé que llegó, encontró a Julián con vida, y decidió que un testigo vivo era más peligroso que un cadáver.

Algo cruzó la cara de Bernat, apenas un segundo.

—Es una historia bonita —dijo al fin, con la voz igual de tranquila que antes—. Coherente. Casi elegante.

—No he venido a que la valore.

—Entonces dígame para qué ha venido de verdad, porque hasta ahora solo me ha dicho lo que ya sabía que iba a decirme.

—Para que sepa que ya no hay nadie en este valle que no sepa quién es usted. Puede que la ley no le toque por Julián. Pero eso se acaba aquí.

Bernat se levantó despacio, se acercó al ventanal y se quedó de espaldas a ella, mirando el pueblo abajo, la maqueta que llevaba treinta años ordenando a su gusto.

—¿Sabe lo que llevo pensando estos días, inspectora?

Que usted y yo nos parecemos más de lo que le gustaría admitir.

Los dos entendemos que la justicia y la ley rara vez coinciden.

Usted lo sabe por su trabajo. Yo lo sé porque llevo media vida viviendo en ese espacio, el que queda entre lo que está permitido y lo que se permite.

—No nos parecemos en nada.

—Puede. —Se giró—. Pero antes de que se vaya, le voy a ahorrar una llamada.

Su compañero, el sargento Morán, debe de estar al tanto ya de que la Operación Valnegro ha entrado en su fase de detenciones.

Empezando por mi red de distribución, siguiendo por los almacenes de material de Bautista Garcés.

Imagino que a estas horas ya hay una orden con mi nombre.

Inés no dejó que la sorpresa le llegara a la cara.

—Cae por Valnegro —dijo—. No por Julián.

—Cae por Valnegro —repitió Bernat, y algo parecido a una sonrisa le cruzó la boca, sin alegría—. Que es lo único por lo que usted podía hacerme caer, para ser justos.

—Garcés también cae. Por lo que hizo después de la muerte de Julián, no por el hocino.

—Bautista hizo lo que sabía hacer: mover camiones sin dejar papel. Esa noche sacó dos de la maderera para despejar el camino de la cabaña antes de que amaneciera, y quemó los albaranes que lo habrían situado allí. Nunca preguntó por qué se lo pedía. Ese es su talento, inspectora: no preguntar.

—Roig ya no le debe nada. Se lo dijo él mismo, en su propia consulta, con el retrato de su padre mirándolo mientras lo decía.

—Ezequiel siempre tuvo debilidad por los gestos grandes.

—Bernat volvió a la mesa, apoyó las manos en el respaldo de su silla sin sentarse—.

Treinta años pagando una deuda y al final decide que su alma vale más que su apellido.

Le deseo suerte con eso. La dignidad tardía es un lujo caro, inspectora, y él lo va a pagar entero, aunque a usted le parezca gratis.

—¿Y Olmedo?

—Santiago va a perder unas primarias. Nada más.

En un año estará colocado en algún consejo de administración, dando charlas sobre gobernanza rural, y nadie en Zaragoza se acordará de que alguna vez vivió aquí.

La gente como él siempre cae hacia arriba, inspectora.

Es lo único que sé con certeza sobre los hombres como Santiago Olmedo.

—¿Y usted? ¿Hacia dónde cae usted?

Por primera vez en toda la conversación, Bernat tardó en responder..

—Yo caigo donde tenía que caer desde hace treinta años, inspectora. La diferencia es que yo, a diferencia de Santiago, nunca me hice ilusiones sobre a dónde llevaba todo esto.

Inés se quedó en silencio un momento, dejando que la frase se asentara entre los dos. Pensó en su madre, en la cocina de Huesca, en la mano fría del alcalde de entonces ofreciéndole un trabajo lejos de Serralta a cambio de silencio.

—Sabe una cosa —dijo Inés—. Llevo semanas encontrándome con gente que lleva treinta años teniéndole miedo a usted sin que usted mismo se haya ensuciado nunca las manos delante de ellos.

Mi madre se fue de este pueblo por una visita que ni siquiera fue suya.

Teresa lleva treinta años sentándose a la mesa con la gente que le robó a su marido.

Usted construyó todo esto para no tener que sostenerlo con sus propias manos nunca más de una vez.

Bernat tardó en responder, algo que Inés no le había visto hacer en toda la conversación. Fue apenas un segundo, el tiempo justo para que la mano que tenía apoyada en la mesa se cerrara un poco más de lo necesario sobre la madera.

—Solo tuve que hacerlo una vez, inspectora. —La voz de Bernat, por primera vez, perdió un grado de su temperatura habitual—. Y con eso me bastó para el resto de mi vida.

—Adiós, señor Bernat.

—Adiós, inspectora. Dele recuerdos a su tía. —Se quedó de pie junto a la mesa, sin moverse hacia la puerta, dejando que fuera ella quien se marchara sola por su propia casa. Aquel desaire era el último reducto de su orgullo. —Y una última cosa, ya que estamos siendo sinceros.

Inés se detuvo en el umbral del despacho.

—Su tío tuvo el mismo error que usted, inspectora. Creyó que la verdad, una vez dicha en voz alta, tenía que servir para algo. A veces solo sirve para que quien la dice se quede más tranquilo. Espero que a usted le sirva de más que a él.

No contestó. Salió del despacho, cruzó el salón de techos altos y la puerta principal. Solo cuando estuvo fuera, con la verja ya cerrada a su espalda, se permitió parar.

Se quedó de pie junto al coche, sin subir todavía, con las manos apoyadas en el techo frío del vehículo.

Le temblaban las manos, un temblor fino que no había notado dentro de la casa.

Respiró hondo, una vez, dos veces, hasta que el aire dejó de arañarle al entrar.

Respiró hondo. Solo entonces se dio cuenta de la tensión que llevaba encima desde que había cruzado la verja: la de sostenerle la mirada a un hombre que le acababa de confesar, con toda la calma del mundo, que había matado a su tío.

Se apoyó de espaldas contra la puerta del coche y miró hacia el valle.

Desde allí arriba, Serralta seguía pareciendo pequeña e inofensiva, la misma maqueta que Bernat llevaba treinta años ordenando desde ese mismo ventanal.

Pensó en su madre. Pensó en Teresa, arrodillada frente a una tumba con un ramo de flores frescas cada aniversario.

Y pensó, por un instante, en la última frase de Bernat, en cómo se la había clavado a propósito, sabiendo exactamente dónde hacía más daño.

A veces solo sirve para que quien la dice se quede más tranquilo.

No sintió el alivio que había imaginado. Solo una claridad fría, sin nada que la suavizara.

Pensó, sin buscarlo, en Barcelona. En otra habitación, otra escena, otra vez la certeza de haber hecho lo único que se podía hacer y de que eso no iba a bastarle a nadie, ni siquiera a ella misma, para dormir tranquila.

Dos ciudades distintas, dos silencios distintos, y la misma sensación exacta de estar de pie frente a una verdad que no iba a servir de nada a nadie más que a ella.

Se limpió la cara con el dorso de la mano, aunque no había llorado, solo por hacer algo con las manos que no fuera seguir temblando.

Subió al coche. Antes de arrancar, se quedó un momento más con la llave en el contacto sin girarla, mirando la casa de piedra en el retrovisor, la silueta de Bernat que ya no se veía desde allí pero que sabía que seguía de pie junto a su mesa, exactamente donde ella lo había dejado, impasible ante lo que acababan de decirse, sin que nada fuera a alterarle un solo gesto de la tarde.

Giró la llave. El motor arrancó con un ronroneo bajo que le devolvió, por fin, algo parecido a la normalidad.

Bajó por el camino de grava despacio, sin prisa, dejando que la casa de Bernat se fuera empequeñeciendo en el espejo hasta desaparecer tras la primera curva.