35
Inés llevaba corriendo cuarenta minutos aquella mañana, subiendo por la pista que se despegaba del pueblo hacia el desfiladero.
El frío le mordía los pulmones, pero el dolor físico era mejor que el ruido de las últimas noches.
El cilindro. Las dos manos distintas que había descrito Beatriz.
Germán derrumbado en su despacho, con la botella a medio esconder.
Todo apuntaba al mismo sitio y el sitio tenía nombre y apellido, y ese nombre y apellido llevaba treinta años decidiendo qué pasaba en cada rincón de Serralta.
El desfiladero se abrió de golpe, como siempre, después de la última curva cerrada.
Abajo, el río marcaba una línea oscura entre las rocas; al fondo, la boca del túnel, un agujero gris en la ladera que desde ahí arriba parecía pequeño, casi inofensivo.
Se paró. Apoyó las manos en las rodillas, dejó que el aire le quemara la garganta un par de segundos y luego se incorporó para mirar.
Hacía frío, el tipo de frío seco que aclara las cosas.
Se quedó quieta un momento, mirando el valle.
Desde ahí arriba todo parecía tranquilo, como llevaba pareciéndolo treinta años.
El móvil vibró en el brazalete.
—Dime.
—Tengo el informe del cilindro —dijo Raúl, sin preámbulo, con la voz de quien lleva una hora esperando para soltarlo—. Laboratorio de materiales de la Politécnica. Lo han comparado con la normativa de obra pública del 93.
—¿Y?
—Hormigón de resistencia muy por debajo de la especificada en el proyecto del túnel. No un poco por debajo, Inés. Un tercio menos de la carga que debía soportar según memoria de cálculo. Con el sello del lote, la fecha y la firma de control que aparece en las actas de Luján.
Inés cerró los ojos un segundo. El chasquido de la última pieza al encajar fue casi auditivo.
—Eso es lo que Julián guardó.
—Eso es lo que Julián iba a denunciar. Un desvío de material documentado, con nombre y fecha. Si esto se llega a saber en el 93, el túnel se para y toda la operación de Bernat se cae antes de nacer.
—Envíamelo todo. El informe completo, con el número de lote.
—Ya lo tienes en el correo. —Una pausa breve, el tipo de silencio que Raúl usaba cuando iba a decir algo que no le gustaba decir—.
Inés, con esto y con lo de Beatriz tenemos a Luján cogido por el fraude de material, tenemos a Roig por el certificado falso, tenemos a Garcés por el encubrimiento posterior.
Tenemos casi todo el andamiaje. Lo que no tenemos es una sola prueba que ponga a Bernat en esa cabaña la noche que mataron a Julián.
—Lo sé.
—Lo digo porque te conozco. No quiero que hagas ninguna tontería solo porque la ley no le llegue.
—No voy a hacer ninguna tontería.
—¿Entonces para qué vas?
Inés miró otra vez el túnel, la boca gris comiéndose la ladera.
—Para que sepa que lo sé.
Colgó antes de que Raúl pudiera añadir nada más. Se quedó un rato mirando el valle, el filo del desfiladero, el aire ya sin el calor de la carrera. Luego dio media vuelta y bajó hacia el pueblo caminando, no corriendo. No tenía ninguna prisa por llegar. Tenía, eso sí, muy claro adónde iba.
Antes de ir a por Bernat, pasó por la consulta de Roig.
La sala de espera estaba vacía, el silencio era tan denso que se oía el zumbido de un fluorescente a punto de fundirse.
Encontró al médico sentado frente al retrato de su padre.
Roig no se movió; tenía los ojos fijos en el título amarillento que colgaba de la pared.
Parecía más pequeño, los hombros hundidos, mirando fijamente el título de su padre en la pared.
Inés no necesitó hablar. Roig solo la miró y asintió, una sola vez, con la resignación de quien ya no puede sostener la mentira.
—Vaya con él, inspectora —susurró Roig, sin apartar la vista del cuadro de su padre—. Yo ya he terminado de ensuciar este despacho.
Inés sacó una fotografía del cilindro y la puso sobre la mesa junto al fonendoscopio y salió sin decir nada. El siguiente paso era ir por Bernat.
Condujo de vuelta hacia la cabaña por la carretera del desfiladero, con las ventanillas bajadas para que el aire frío la ayudara a ordenar lo que iba a decirle a Bernat cuando lo tuviera delante.
La niebla de media mañana todavía se enredaba en los pinos más altos, cerrando la visibilidad en los tramos umbríos.
Fue en la penúltima curva, la más cerrada de todo el tramo, cuando el todoterreno apareció detrás de ella, saliendo de la niebla demasiado cerca, demasiado rápido para ser un vecino con prisa.
El primer golpe le llegó por el lateral trasero, seco, más un empujón que un impacto, pero bastó para que el coche perdiera el agarre en el asfalto húmedo.
Inés giró el volante en el sentido contrario al que le pedía el instinto, tal como le habían enseñado hacía años en un cursillo que nunca pensó que fuera a necesitar de verdad, y el coche derrapó hacia el arcén en vez de hacia el precipicio.
Las ruedas mordieron la grava, el cuerpo se le fue hacia delante contra el cinturón, y el vehículo se detuvo con un golpe sordo contra el talud de tierra, ladeado pero entero.
Se quedó un momento con las manos todavía en el volante, mirando por el retrovisor. El todoterreno ya no estaba. Solo el eco de un motor alejándose carretera abajo, hacia Boltaña, tragado enseguida por la niebla, sin que le diera tiempo a distinguir matrícula ni color exacto.
Se palpó el cuello, los brazos. Nada roto, nada que doliera más de lo que dolía el susto. Bajó del coche con las piernas todavía temblando y comprobó los daños: el lateral trasero hundido, un faro roto, la pintura arañada hasta el metal. Nada que le impidiera seguir conduciendo.
Se quedó un momento apoyada en la carrocería fría, respirando el aire húmedo de la niebla, y por primera vez desde que había llegado a Serralta, apoyada en la carrocería fría, no le temblaban las manos por miedo.
Le temblaban porque alguien acababa de decidir que merecía la pena arriesgarse a matarla.