34
Andrés Bernat no se sobresaltó; en su mundo, las cosas importantes rara vez avisaban con el timbre. Cuando abrió, la luz amarillenta del recibidor recortó la figura de Germán, empapado, con la lluvia y la sangre mezcladas en la misma mancha oscura sobre la camisa.
Bernat no necesitó que el chico hablara.
Le bastó una mirada a aquellas manos goteando sobre el parqué para entender que el «problema» de Julián Ferrer acababa de cambiar de estado.
Con la misma parsimonia con la que gestionaba los albaranes de la maderera, se apartó para dejarlo pasar y cerró el pestillo con un clic metálico que, en aquel silencio, sonó a algo definitivo.
—Pasa al despacho —ordenó con una voz que no admitía réplica.
Germán se deshizo en frases inconexas sobre el hocino, la cabaña, una denuncia que ya nunca llegaría a la Guardia Civil. Bernat lo escuchaba desde la sombra, encendiendo un cigarrillo con manos que no temblaban.
—¿No te quedaste a comprobar si respiraba?
Germán negó con la cabeza, los hombros hundidos, sin palabras. Le bastó a Bernat. El chico había actuado sin control, sin cálculo, y eso era exactamente el tipo de desorden que el doctor Roig no iba a poder maquillar solo.
—Vete a casa, Germán. Quema la ropa en la cocina de leña y lávate hasta que no te reconozcas la piel —le abrió de nuevo la puerta hacia la oscuridad del valle—. A partir de mañana, harás lo que yo diga, cuando yo lo diga. Lo demás lo resuelvo yo.
Esperó a que los pasos torpes del muchacho se perdieran en el ruido de la tormenta antes de moverse. Se cambió la bata por una chaqueta de faena, cogió las llaves del todoterreno y la linterna que siempre descansaba en el cajón de abajo. No buscaba un botiquín.
Al salir, el aire frío de Serralta le golpeó la cara. Tenía trabajo que hacer.
La tormenta llevaba dos horas cayendo sobre el valle y no daba señales de amainar.
La pista que subía al refugio de Julián era barro puro a partir del segundo kilómetro, y Bernat condujo despacio, sin prisa visible, calculando ya lo que iba a encontrar y lo que iba a hacer con ello antes incluso de llegar.
Julián ya no era un hombre para él. Era una pieza suelta, y las piezas sueltas hablaban si seguían con vida.
Dejó el coche a cincuenta metros, apagó el motor y caminó el resto con la linterna baja, tapando el haz con la mano.
La puerta de la cabaña estaba abierta, tal como Germán la había dejado. Dentro, el olor a sangre y a leña mojada. Julián estaba en el suelo, cerca de la chimenea apagada, de costado, con una mano apretada contra el vientre y la otra extendida hacia ningún sitio en concreto.
Se acercó. Julián respiraba. Un hilo de aire entrando y saliendo, pero respiraba.
Bernat se quedó en el umbral un momento, valorando la escena entera antes de dar un solo paso: la sangre en el suelo, más de la que había esperado; el hocino tirado junto a la mesa; los cajones abiertos.
Se acercó despacio. Julián abrió los ojos cuando la bota de Bernat crujió sobre las tablas del suelo.
—Andrés —dijo. La voz le salió como salen las cosas de un pozo, desde muy abajo—. No esperaba… —tosió, un sonido húmedo que no terminó de gustarle a Bernat—. No esperaba compañía tan pronto.
Bernat se agachó junto a él, sin tocarlo todavía. Le miró la herida, el color de la cara, el modo en que respiraba entre palabra y palabra.
—¿Puedes moverte?
—Podría intentarlo —Julián sonrió, o lo intentó, un gesto que se le quedó a medias en la boca—. Pero creo que prefiero quedarme aquí un rato. La fiesta acaba de empezar y no me la pienso perder por levantarme antes de tiempo.
Bernat no sonrió. Miró la sangre que seguía saliendo, más despacio ahora, pero sin detenerse. Miró el hocino en el suelo. Hizo cuentas.
—El crío se ha ido a casa —dijo Julián, con un esfuerzo que le costó otro golpe de tos—. Creía que me había matado. Se le veía en la cara, el pobre desgraciado. No tenía ni idea de dónde se estaba metiendo.
—¿Y tú sí sabías dónde te estabas metiendo, Julián?
—Yo sabía lo que sabía. Los camiones, los cargamentos que no cuadran, el crío haciendo de recadero para alguien que no era yo —otra tos, más larga esta vez—.
Iba a decírselo a la Guardia Civil por la mañana.
Se lo dije al muchacho, se lo dije a la cara.
Me pareció justo que lo supiera antes de que llegara la patrulla.
—No fue una buena idea.
—Ya lo veo —Julián cerró los ojos un instante, los volvió a abrir—. Tú lo hubieras hecho distinto. Tú se lo hubieras dicho sin decírselo. Siempre fuiste más listo que yo, Andrés. Eso lo he sabido siempre.
Bernat se puso en cuclillas, con los codos sobre las rodillas, mirando el charco que crecía despacio bajo el cuerpo de Julián. No había prisa en su forma de mirarlo. Era la misma calma con la que revisaba un cargamento antes de firmar el papel de conformidad.
—¿Cuánto sabes del túnel? —preguntó.
—Sé lo que hace falta para hundirte, si es eso lo que preguntas —Julián lo dijo sin rencor, casi con la ligereza de quien comenta el tiempo—.
Camiones que entran vacíos y salen cargados.
Certificaciones que no cuadran con lo que se ve sobre el terreno.
Y ahora, además, sé que tienes al hijo de un guarda forestal haciendo de vigía para ti en mitad del monte.
Eso, sumado a lo demás, es bastante, Andrés. Es más que bastante.
—Ya lo veo.
—Podrías dejarme aquí —dijo Julián, y por primera vez la voz se le quebró, agotada ya del esfuerzo de seguir hablando—. Igual llega alguien. Igual aguanto, y tú te quedas exactamente donde estabas antes de que el crío perdiera la cabeza esta noche. Sin nada que te salpique.
Bernat no respondió enseguida. Se quedó mirando la herida un rato más, calculando el tiempo que le quedaba a Julián con esa pérdida de sangre, calculando también lo otro: cuánto tardarían en encontrarlo, quién preguntaría primero, qué decía un hombre agonizante cuando por fin llegaba alguien a socorrerlo. Un nombre. Bastaba un nombre.
—No puedo dejarte aquí, Julián.
—Ya me lo imaginaba —Julián soltó un sonido que casi era una risa, cortada de raíz por el dolor—.
Siempre fuiste de los que no dejan cabos sueltos.
Te lo voy a decir una cosa, Andrés, ya que estamos.
El crío no tiene ni idea de en qué se ha metido.
Eso podrías dejarlo así. No hace falta que cargue con más de lo que ya carga.
—Eso ya no depende de ti.
—No —Julián cerró los ojos otra vez, y esta vez costó más que los volviera a abrir—. Nada de esto ha dependido nunca de mí. Ni siquiera esto.
Bernat se levantó. Fue hasta la mesa, cogió el hocino con dos dedos, sin prisa, como quien recoge una herramienta que se ha dejado olvidada tras una tarde de trabajo en el monte. Volvió junto a Julián y se puso en cuclillas otra vez, a su altura.
—Deberías haberte quedado callado, Julián.
—Puede ser —dijo Julián, y en la penumbra de la cabaña, con la lluvia golpeando el tejado, algo parecido a la calma le cruzó la cara, la calma de quien ya ha dicho lo que tenía que decir—. Pero no me arrepiento. Dile a Teresa…
No terminó la frase.
Bernat no dejó que la terminara.
Lo que hizo a continuación lo hizo sin prisa, sin ruido.
Cuando terminó, se quedó un momento inmóvil, de cuclillas, sin fuerzas todavía para incorporarse del todo, escuchando la lluvia sobre el tejado.
Fue solo un instante, el tiempo de una respiración larga, y luego se puso de pie con el mismo control de siempre, comprobando que no quedaba nada que comprobar.
Después se puso de pie, limpió el hocino en la propia camisa de Julián, con movimientos cortos y exactos, y lo dejó exactamente donde Germán lo había dejado caer. Miró alrededor y decidió ordenar un poco la cabaña, que no pareciera que alguien había estado registrando.
Salió de la cabaña sin mirar atrás. La tormenta seguía cayendo, y bajo esa lluvia las huellas de sus botas se irían borrando del mismo barro que había borrado, unas horas antes, las de Germán.
Subió al todoterreno. Antes de arrancar, se quedó un momento con las manos sobre el volante, ordenando lo que tenía que hacer en las próximas horas: Roig, el certificado, la palabra exacta que convencería al médico de firmar rápido y sin preguntas.
Luján, para que los números del túnel siguieran cuadrando pase lo que pase con el guarda forestal muerto en su refugio.
Y Germán, sobre todo Germán, al que había que ir a ver antes de que amaneciera, no para consolarlo, sino para dejarle muy claro, con la voz tranquila con la que se explican las cosas importantes, que a partir de esa noche su vida entera le pertenecía a otro.
Arrancó el motor y bajó la pista hacia el pueblo, tan despacio como había subido.