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Lo encontró en un despacho pequeño, más protocolario que cómodo, con una bandera y una fotografía oficial en la pared.
Olmedo se levantó a saludarla con la misma cordialidad medida que Inés ya conocía de memoria en Germán, en Roig, en todos los hombres de Serralta que habían aprendido a sonreír antes de decidir qué callar.
—Inspectora Vega. Qué inesperado. —No le tendió la mano hasta que estuvo a un metro de distancia, calculado—. Tengo entendido que anda usted revolviendo cosas viejas en mi pueblo.
—No tan viejas como para no importarle.
—Siéntese, por favor. —Señaló una silla, y él volvió a la suya con la parsimonia de quien no tiene ninguna prisa, aunque le hubieran dicho diez minutos—. Dígame en qué puedo ayudarla.
—Sé lo que pasó con la muerte de Julián Ferrer en 1993. Sé que usted, como concejal, gestionó el relato público. Sé que se aseguró de que el caso se archivara rápido, para que las obras del Túnel no se pararan.
Olmedo no cambió el gesto. Cruzó las manos sobre la mesa, exactamente igual que Germán en su despacho semanas atrás, exactamente igual que Roig en su consulta.
—Yo era concejal de un pueblo de trescientos habitantes, inspectora. Gestioné lo que se gestiona en un pueblo así: un entierro, un pésame, un artículo de prensa que no diera pie a especulaciones. No hay ningún delito en eso.
—El delito estaba en lo que sabía y no dijo.
—¿Y qué sabía yo, exactamente? —Sonrió, sin que la sonrisa le llegara a los ojos, el mismo truco que Roig había perfeccionado en treinta años de consulta—. Cuénteme qué prueba tiene de que yo supiera algo distinto de lo que sabía todo el pueblo.
Inés no la tenía. Los dos lo sabían.
—Tengo el testimonio de gente que estaba allí entonces. Tengo un informe forense que desmonta la versión oficial. Y tengo su nombre en las actas municipales de aquellos meses, presionando para que el expediente se cerrara sin más preguntas.
—Actas municipales que reflejan una gestión perfectamente normal de un ayuntamiento pequeño.
—Olmedo se recostó en la silla—. Inspectora, voy a ser franco con usted, porque me parece que se lo merece más que la mayoría de la gente que entra por esa puerta.
Usted no tiene nada que se sostenga en un juzgado.
Lo sabe. Y aunque lo tuviera, el delito de homicidio ha prescrito, y cualquier cosa relacionada conmigo prescribió con él.
—No he venido a llevarle a un juzgado.
—Entonces dígame a qué ha venido, porque le quedan siete minutos.
Inés se inclinó un poco hacia delante.
—A que sepa que hay gente en Serralta que ya no tiene miedo de contar lo que vio. Y a que sepa que aunque usted no pise una celda, el pueblo entero va a saber quién era el concejal que decidió que un hombre muerto valía menos que un túnel.
Olmedo se tomó unos segundos antes de contestar.
—Inspectora Vega. —Su voz bajó de tono, perdió la cordialidad de funcionario y ganó algo más frío—.
Voy a decirle una cosa, y se la digo porque creo que usted es lo bastante lista para entenderla sin que se la repita.
Tengo amigos en la Comandancia de Huesca.
Tengo amigos, de hecho, bastante más cerca de su capitán Bergua de lo que a usted le gustaría saber.
Y tengo entendido, por cierto, que su situación allí es…
delicada. Una colaboración informal, extralimitada, que a alguien con ganas de hacer una llamada podría costarle mucho más que una amonestación.
—¿Me está amenazando, señor Olmedo?
—Le estoy dando información. Lo que haga con ella es cosa suya.
—Se levantó, dando la conversación por terminada, y esta vez sí le tendió la mano, con la misma sonrisa de antes, borrando de un plumazo los últimos treinta segundos.
—Ha sido un placer, inspectora. Espero que disfrute lo que le queda de… ¿vacaciones, no era eso?
Inés no le estrechó la mano. Se levantó, cogió el bolso y se dirigió a la puerta. Se detuvo con la mano en el picaporte.
—Va a perder la candidatura, señor Olmedo. No porque yo pueda demostrar nada. Porque su partido no va a querer arriesgarse a que alguien más haga las preguntas que yo acabo de hacer.
—Eso, inspectora, tampoco lo puede demostrar.
—No hace falta demostrarlo. Solo hace falta esperar.
Salió sin mirar atrás. En el pasillo, el asesor de traje gris la acompañó hasta el ascensor con una cortesía idéntica a la de su jefe, la misma cordialidad hueca que Inés ya sabía reconocer en cualquier parte del mapa, no solo en Serralta.
Bajó a la calle y se quedó un momento junto al coche, con el teléfono en la mano, mirando el mensaje sin contestar de Raúl. Volvió a escribir: Hecho. Nada que se sostenga en un juicio. Pero ya lo sabe todo el mundo que tiene que saberlo.
La respuesta llegó casi al instante: Y Bergua, ¿qué sabe?
Inés miró el edificio de cristal a su espalda, donde Olmedo ya habría vuelto, probablemente, a la votación que la interrupción le había hecho perder.
Bergua todavía no sabe nada , escribió. Pero después de esto, no me extrañaría que alguien se lo contara por mí.
Arrancó el coche y puso rumbo a Serralta, con la sensación exacta de haber ganado algo que no podría enseñarle a nadie con un informe.