El filo de la memoria (Inspectora Inés Vega 1) 33 #2
87%

33 #2

—Puede que tenga razón. Y si la tiene, se demostrará por el cauce correcto, con la UOPJ investigando de forma reglada y sin que la sobrina de la víctima actúe por libre.

¿Una confesión informal en un coche, Inés?

Roig no ha firmado ningún documento de autoinculpación en el cuartel.

Sabe que sin restos forenses del 93 que lo avalen, un fiscal jamás reabrirá una causa criminal prescrita basándose solo en tu palabra.

Cualquier abogado medianamente competente tiraría esa conversación a la basura en cinco minutos.

Inés apretó el teléfono. Fuera, alguna ventana del pueblo empezaba a encenderse contra el atardecer. Bernat, la cabaña, la palabra “procedimiento” sonando ridícula en ese momento.

—Capitán, tengo una línea directa sobre Andrés Bernat. Si me aparto ahora, la pierdo. Él tiene medios para borrar en un día lo que ha tardado treinta años en construirse.

—Entonces que se ocupe otra persona. —Una pausa, la primera que se permitió, y cuando volvió a hablar el tono no había cambiado, pero el contenido sí—.

Le voy a dar dos días. Se retira usted del asunto Bernat, deja que sea la unidad quien lo aborde de forma reglada, y sigue centrada en lo que la trajo aquí, que es Valnegro.

Si en dos días sigo viendo su nombre metido en un caso de 1993, doy por finalizada su colaboración y abro expediente por extralimitación.

No lo digo como amenaza. Lo digo porque es lo que corresponde.

—¿Y si Bernat destruye pruebas en esos dos días?

—Entonces las habrá destruido de todos modos, esté usted encima o no.

Lo que no voy a permitir es que si esto sale mal, salga mal por su culpa y por la mía, inspectora.

Ya tengo suficiente con explicar por qué una inspectora de baja lleva un mes trabajando un caso que no le corresponde.

Y hay algo más, ya que estamos siendo francos.

—Bergua bajó un poco el tono, el mismo que usaba para las cosas que prefería no dejar por escrito—.

Me ha llegado, por un cauce que no le voy a detallar, una sugerencia de que revise su historial de Barcelona antes de seguir avalando esta colaboración.

Nada oficial, nada firmado. El tipo de comentario que alguien deja caer para que otro haga el trabajo sucio de preguntar.

No le he hecho caso, inspectora, y no pienso hacérselo.

Pero quiero que sepa que ya hay quien está intentando esa vía, porque conmigo no ha colado y con el siguiente puede que sí.

Colgó sin despedirse, la conversación terminada en el instante exacto en que él había dicho lo que tenía que decir.

Inés se quedó con el teléfono en la mano, mirando la pantalla apagada.

Pensó en Roig, en su despacho, en la calma con que le había dicho que no pensaba ensuciar más su apellido.

Pensó también en que alguien lo había intentado por otro lado, sin necesidad de su firma.

Por primera vez desde que había llegado a Serralta, no supo si Bergua estaba de su lado.

Pensó en lo que significaba de verdad perder la placa: la carta de expediente disciplinario, el despacho de recursos humanos en Huesca, la cara de su madre si tenía que explicarle que la habían apartado del cuerpo por esto, precisamente por esto, por ir detrás de la verdad sobre Julián.

Diez años de carrera no se sostenían solos si alguien decidía de verdad tirar de ese hilo, y Bergua, con dos días de plazo, acababa de dejarle claro que él sí podía tirar.

Tenía el nombre de Bernat en la cabeza, la certeza de lo que había hecho, la voz de Beatriz confirmando dos patrones de herida distintos. Y tenía, ahora también, un plazo de dos días y la sensación clara de que, si seguía adelante, lo haría completamente sola.

Miró hacia la ventana, hacia la oscuridad que ya empezaba a tragarse la silueta de la montaña.

—Dos días —dijo en voz alta, para nadie.

Guardó el teléfono en el bolsillo y salió hacia el coche. No había decidido todavía qué iba a hacer. O quizá sí lo había decidido, y solo necesitaba un momento más para admitirlo.

* * *

Bergua le había dado dos días. Inés empleó el primero en conducir hasta Zaragoza.

No se lo dijo a Raúl hasta que ya estaba en la autovía, y se lo dijo por mensaje, no por llamada, para no darle ocasión de convencerla de que no fuera: Voy a Zaragoza.

Olmedo. Vuelvo esta noche. La respuesta tardó menos de un minuto: Eso es justo lo que Bergua te ha dicho que no hagas.

Inés no contestó. Dejó el teléfono en el asiento del copiloto y siguió conduciendo.

Las Cortes de Aragón ocupaban un edificio que no se parecía en nada a Serralta: cristal, mármol pulido, funcionarios con acreditación colgada al cuello que caminaban deprisa sin mirarse entre ellos.

Inés esperó cuarenta minutos en un vestíbulo con sillones demasiado nuevos, hasta que un asesor con traje gris le dijo que el diputado Olmedo podía concederle diez minutos entre dos votaciones, y que fuera breve.