El filo de la memoria (Inspectora Inés Vega 1) 33
84%

33

Inés tenía la libreta abierta sobre la mesa baja del salón, junto a la taza de té que acababa de prepararse: canela, chocolate y un toque de naranja, una mezcla que le encantaba y que la hacía viajar a países exóticos.

Repasaba sus propias anotaciones de las últimas semanas.

Llegó a Germán C y leía que nadie tiene nada que contar de él.

Lo borró y actualizó la fecha de la confesión y un resumen rápido: golpes, pánico, huida.

Fue añadiendo matices al margen mientras esperaba la videollamada, pequeñas palabras sueltas que le habían quedado rondando.

Se llevó la taza a los labios sin beber, solo para sentir el calor, y volvió a leer esa línea.

La videollamada tardó tres intentos en conectar. Cuando por fin la imagen de Beatriz se estabilizó, apareció con el pelo recogido y una bata blanca que no se había quitado, aunque fueran las nueve de la noche.

—¿Me oyes bien? —preguntó Beatriz.

—Sí. Un poco de retardo, nada más.

—Aquí la fibra es un cuento. Menos mal que no me tocó Serralta a mí.

Inés no sonrió. Beatriz debió de notarlo, porque cambió el tono sin necesidad de que se lo pidiera.

—Dime.

—Tengo la confesión de Germán Castrillo. Completa. Quiero que la cotejes con lo que ya sabíamos del cuerpo.

—Léeme la parte de la agresión. Con sus palabras, si las tienes.

Inés cogió la libreta repasó mientras se lo explicaba.

—Dice que lo golpeó por la espalda. Que Julián se giró al oírlo y que el primer golpe le dio en el hombro, de refilón. Que después perdió la cuenta de cuántas veces le golpeó. Que no se detuvo hasta que Julián dejó de moverse.

—¿Cuánto tiempo dice que estuvo dentro?

—No lo precisa. Habla de minutos, quizá menos. Dice que en algún momento se dio cuenta de que no podía parar.

Beatriz asintió despacio, mirando algo fuera de plano.

—Eso encaja con lo que yo ya tenía. Golpes múltiples, sin patrón, algunos superficiales, otros con toda la fuerza del brazo. Es la firma de alguien que ha perdido el control. Nadie calcula un ataque así. Se descarga.

—¿Y entonces?

—Entonces está la herida final.

Beatriz levantó una fotografía hacia la cámara. Inés reconoció la imagen del informe que ya le había enseñado con anterioridad, pero esta vez Beatriz señaló con el dedo un punto concreto, cerca del borde.

—Esto te lo describí hace semanas y no le di la importancia que merecía porque entonces no tenía con qué compararlo.

La trayectoria de esta herida es distinta a todas las demás.

Entra en un ángulo preciso, limpio, sin desviación.

No hay titubeo. Es la única lesión de todo el cuerpo que parece hecha por alguien que sabía exactamente dónde quería llegar.

—¿Y el relato de Germán no la explica?

—No. Un hombre en pánico, golpeando sin control, no produce una herida así. La caótica, sí. Esta, no.

Algo se le tensó por dentro. Llevaba días esperando esa confirmación sin ponerle nombre.

—Hay algo más —dijo Beatriz—. La cantidad de sangre en el suelo, alrededor del cuerpo, es incompatible con una muerte inmediata tras el último golpe de Germán.

El patrón de goteo indica que Julián estuvo con vida un tiempo después de la agresión inicial.

Que se desangró despacio. Que alguien estuvo con él mientras eso ocurría.

—¿Cuánto tiempo hablamos?

—No puedo darte un número exacto, no a treinta años de distancia y sin la escena original. Pero sí puedo decirte que no fueron segundos. Fue lo bastante como para que la sangre se acumulara de una forma que solo se explica con el cuerpo inmóvil y consciente, o semiconsciente, durante un rato.

Inés dejó la taza sobre la mesa y se levantó.

Caminó hasta la ventana, apartó la cortina un centímetro y volvió a soltarla.

—Retenido —dijo, más para sí misma que para Beatriz.

—Es lo que yo veo. Alguien lo mantuvo ahí, con vida, el tiempo suficiente para decidir. Y luego lo remató con un golpe que no tiene nada que ver con el pánico del resto.

—Dos personas.

—Dos patrones, como mínimo. Uno pertenece a Germán, si su confesión es honesta. El otro pertenece a alguien que llegó después. Alguien que no estaba asustado.

Inés volvió a sentarse frente a la pantalla. Beatriz la miraba con esa seriedad que solo le había visto un par de veces en los últimos meses.

—Germán dice que se fue corriendo y que dejó a Julián en el suelo —dijo Inés—. No dice que estuviera muerto. Dice que dejó de moverse.

—Eso es coherente con lo que te estoy contando. Julián pudo quedar inconsciente, o cerca de estarlo, sin estar muerto. Germán se marchó creyendo que sí.

—Y entonces alguien más entró en esa cabaña.

—Alguien que sabía que había un problema que resolver.

Pensó en lo que Germán había contado sobre lo que hizo justo después de la agresión: que salió corriendo de la cabaña y fue directo a buscar a Bernat, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera confesarle lo que acababa de hacer.

Eso era lo que constaba en la confesión, lo que Inés tenía en la carpeta.

Lo que no constaba, lo que nadie le había dicho todavía, era qué hizo Bernat con esa información.

Si se limitó a escuchar y a organizar después el silencio, o si esa misma noche volvió él a la cabaña.

—Germán no mató a mi tío —dijo Inés.

—Germán empezó algo que no supo terminar.

—Y alguien más lo terminó por él.

Beatriz asintió, sin necesidad de decir el nombre.

—¿A quién fue a buscar aquella noche? —preguntó, aunque ya conocía la respuesta.

—A la única persona que podía resolverlo todo.

—Entonces ya sabes quién entró después en esa cabaña.

Inés cerró la carpeta sobre la mesa. Durante unos segundos no dijo nada, y en la pantalla Beatriz tampoco insistió.

—Pensaba que había cerrado el caso, pero algo dentro de mí me decía que no estaba cerrado del todo —dijo Inés al fin—. Germán fue el primero en actuar, no el ejecutor.

—Germán es culpable, Inés. No lo vacíes de responsabilidad solo porque no fue él quien remató.

—No lo estoy vaciando. Estoy viendo lo que hay detrás.

Beatriz se quitó las gafas y se frotó los ojos con el dorso de la mano.

—¿Qué vas a hacer?

—Lo que debí hacer desde el primer día que puse un pie en Serralta.

—Ten cuidado con cómo lo planteas. Lo que yo te acabo de dar es sólido desde el punto de vista forense, pero no es una prueba de autoría. Puedo decirte que hubo dos manos distintas. No puedo decirte de quién era la segunda.

—No hace falta que me lo digas tú.

—Inés.

—Dime.

—Si tienes razón en quién crees que es, no vas a poder tocarlo por esto. El delito ha prescrito igual, sea Germán o sea otro el que dio el golpe final.

—Lo sé.

—Entonces piensa bien qué es lo que vas a buscar cuando vayas.

Inés miró la pantalla un momento más.

—Voy a buscar la verdad —dijo—. Lo demás ya lo pensaré cuando esté delante de él.

Cerraron la llamada sin despedida larga. La pantalla se quedó en negro y el salón volvió a la penumbra de antes.

Inés se quedó mirando la libreta cerrada sobre la mesa, la taza de té ya fría junto a ella.

Pensó en Germán, en la mano temblando con el vaso a medio llenar, en la forma en que había hablado del hocino, aferrado a un recuerdo táctil que aún lo atormentaba.

Pensó en Roig, en la deuda de treinta años.

Y pensó en la persona que, de todo el pueblo, era la única capaz de recibir una visita de pánico en mitad de la noche y no perder la cabeza.

Cogió el móvil y escribió a Raúl: Tenemos dos implicados, no uno. Voy a por

Bernat. Lo envió sin esperar respuesta.

Todavía tenía la mano sobre la pantalla cuando volvió a vibrar, y por un segundo pensó que era la respuesta de Raúl, algo rápido y de acuerdo, como siempre.

No lo era. Un número de la Comandancia de Huesca que no tenía guardado.

—Vega.

—Inspectora Vega, soy el capitán Bergua.

La voz era exactamente la que Raúl le había descrito tantas veces: seca, medida, sin una sola inflexión de más. Inés se apartó de la ventana, buscando espacio para encajar el golpe de lo que venía.

—Capitán. Qué sorpresa.

—No lo dudo. Llevo su expediente de colaboración delante, inspectora, y llevo un rato intentando entender qué es exactamente lo que hemos autorizado.

—Con el debido respeto, capitán, mi trabajo ha aportado información relevante para la Operación Valnegro. Las rutas de Garcés, la conexión con el túnel…

—No la he llamado para eso. —No alzó la voz.

No hacía falta—. La he llamado porque tengo aquí un informe del comandante Morán en el que se menciona, entre otras cosas, un homicidio de 1993 con el que usted tiene un vínculo familiar directo.

Y tengo también una investigación por narcotráfico activa que, si algún día llega a juicio, no puede permitirse que nadie alegue que se instrumentalizó para dar cobertura a una inspectora resolviendo el asesinato de su tío.

Inés cerró los ojos un momento.

—No es tan simple como lo está pintando.

—Para mí es exactamente así de simple. —Se oyó el ruido de un papel al pasar de página, en algún despacho de Huesca donde probablemente ya era de noche—.

He revisado sus informes de las últimas semanas.

Le voy a leer algo, inspectora, para que no me diga que exagero.

Página tres: «Conversación con Germán Castrillo, secretario del ayuntamiento, sobre su relación con la víctima».

Página cinco: «Confirmación de falsificación del certificado de defunción de 1993 por el doctor Roig».

Dígame usted qué tiene esto que ver con perfilación geográfica de rutas de tráfico pesado.

—Tiene que ver con que el crimen de mi tío y la operación de narcotráfico nacen de la misma red, capitán. Son la misma raíz.