El filo de la memoria (Inspectora Inés Vega 1) 32 #2
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—¿Qué es esto? —preguntó Germán, aunque su voz había bajado un octava—. ¿Un pisapapeles? ¿Me trae escombro de recuerdo?

—LN-93-B2 —leyó Inés, señalando la marca grabada—. Es un testigo de obra. Es la prueba de que el hormigón que estabas vigilando era basura. Julián lo guardó para protegerse. Lo escondió en la cabaña, Germán. En el mismo sitio donde estuviste tú hace treinta años.

Germán miró el objeto, esperando que estallara en cualquier momento. Sus manos se aferraron al borde de la mesa, con los nudillos blancos.

—Usted delira. El monte está lleno de esos cilindros de las pruebas de carga. Cualquiera podría haber recogido uno de una cuneta.

—Cualquiera no lo envolvería en la seda de un pañuelo junto a las cartas de amor de Remedios. —Inés se inclinó más hacia él—. Registraste la cabaña, Germán. Lo has admitido con cada silencio desde que llegué al pueblo. Pero esa noche no pudiste encontrarlo.

Germán negó con la cabeza, una vez, dos veces, intentando borrar el objeto de su vista.

—Esa cabaña no tenía secretos para mí. Yo conocía cada tabla… —Su voz se quebró. Volvió a mirar el cilindro y luego a Inés—. No estaba ahí. No podía estar. Registré cada rincón. Tiré todo al suelo. Lo moví todo…

—Todo no —corrigió Inés—. No pudiste mover el arcón de las herramientas. Pesaba demasiado para alguien que estaba temblando de miedo, con las manos manchadas de sangre. Tomás lo movió hace unos días para limpiar. Y allí estaba, Germán. Justo donde Julián lo puso para que nunca lo encontraras.

La mención del arcón fue el golpe definitivo. Germán se desinfló sobre la silla. La máscara de funcionario se deshizo, revelando a un hombre que parecía haber envejecido diez años en un minuto.

—No puede ser. —Su voz era un susurro roto—.

Me pasé… no sé, diez minutos ahí dentro, puede que menos, a oscuras, escuchando el viento y pensando que él me miraba desde el suelo.

Revolví lo que pude, tiré cosas, aparté lo primero que encontré.

Buscaba algo, cualquier cosa que Julián pudiera tener contra mí. Y no encontré nada.

Se quedó callado, dándose cuenta demasiado tarde de que la coartada del accidente acababa de morir sobre su mesa. El silencio que siguió fue el de una sentencia.

—Estaba —sentenció Inés—. Solo que no en el sitio donde tú miraste.

Germán se llevó las manos a la cara.

—Yo no quería que pasara nada de esto. —Le temblaba la voz, y no era el alcohol, o no solo—.

Yo era el que avisaba cuando venía inspección.

El que decía qué camiones tenían que entrar por la noche y cuáles de día.

Nada más. Entonces solo pasábamos tabaco de contrabando y el cemento robado de las obras del túnel.

Bernat me lo pidió cuando murió mi padre, cuando me quedé sin nada, y yo dije que sí porque no sabía decir otra cosa.

—¿Y Julián?

—Julián me pilló. Esa noche, en el monte.

Vio cómo avisaba de la inspección, vio los camiones, y lo entendió todo de golpe, joder, lo entendió mejor que yo mismo.

Se rió de mí. —Le costaba respirar entre palabra y palabra—.

Me dijo que era un cobarde. Que se lo iba a contar a la Guardia Civil al día siguiente, que estaba harto de gente como yo pisoteando el monte por cuatro duros.

—¿Qué hiciste?

Germán negó con la cabeza, en un último intento por frenar sus propias palabras.

—Le supliqué. Le dije que tenía que entenderlo, que no tenía nada más, que si me denunciaba me quedaba sin trabajo y sin nada, otra vez. Y él no quiso escuchar. Se dio la vuelta. Se dio la vuelta y siguió andando, ignorándome por completo.

Inés no dijo nada más. Germán ya había empezado a hablar solo, sin que nadie se lo pidiera.

—Los seguí a la cabaña. Cogí el hocino. No lo pensé, Inés, te lo juro que no lo pensé.

Un impulso ajeno movió mi brazo. Le golpeé por detrás, y él cayó, y yo me quedé mirando lo que había hecho sin poder creérmelo.

—Las lágrimas le corrían ya sin que hiciera nada por contenerlas—.

Registré la cabaña buscando lo que pudiera tener contra mí, algún papel, alguna prueba, no sé, algo que demostrara lo que yo había estado haciendo con los camiones.

No encontré nada. Y me fui. Le dejé allí tirado y me fui corriendo, confirmando el cobarde que él decía que era.

—¿Y lo de tu padre? —preguntó Inés, aunque no era la pregunta que había ido a hacer—. Tomás me contó que murió el mismo año. También en el monte.

Germán la miró como si la pregunta lo hubiera golpeado en un sitio que ya no esperaba que le doliera.

—Eso no tuvo nada que ver con nadie —dijo, y por primera vez en toda la confesión su voz sonó firme, sin temblor—.

Un tronco mal cortado, la ladera resbaladiza, mala suerte y punto.

Lo sé porque yo estaba allí, dos metros más abajo, cuando cayó.

No hay ningún misterio que buscar en eso, inspectora, por mucho que en el pueblo os guste que todo tenga la misma forma.

A veces un hombre muere solo porque el monte no perdona un mal cálculo, y ya está.

—¿Y Bernat no tuvo nada que ver, tampoco entonces?

—Bernat no mató a mi padre. Bernat solo esperó a que yo me quedara sin nada para ofrecerme algo. —Se pasó la mano por la cara, cansado de golpe—. Eso es lo que mejor sabe hacer. No hace falta que empuje a nadie al vacío. Solo tiene que estar ahí cuando alguien ya se ha caído.

—¿Y qué hiciste después?

Germán respiró profundamente.

—Fui a casa de Bernat. Todavía con las manos sucias, sin lavarme siquiera.

No lo pensé, Inés, los pies me llevaron solos, movido por un instinto ciego.

Llamé a su puerta a esas horas de la noche y cuando abrió y me vio así, no me hizo ni una pregunta.

Me metió dentro antes de que me viera nadie.

Le dije lo que había pasado y él me dijo que me fuera a casa, que me lavara, que él se ocupaba.

—Se limpia la cara con el dorso de la mano.

No ha llorado. Solo necesita hacer algo con las manos—.

Al día siguiente ya estaba todo arreglado.

El informe de Roig, la versión del accidente, todo.

Nunca me preguntó nada más. Nunca volvimos a hablar de esa noche.

Solo empecé a deberle, y ya no he dejado de deberle desde entonces.

Inés se quedó mirándolo. Treinta años de silencio, de deuda, de cordialidad forzada con Teresa, de una vida entera construida sobre una noche que cargaba en absoluta soledad.

—¿Qué hizo él después de que te fueras? —preguntó Inés.

—No lo sé. No se lo pregunté. No quería saberlo. —Germán levantó la vista hacia ella, y por primera vez en toda la conversación pareció buscar algo en su cara, quizá compasión, quizá solo el final de algo que llevaba demasiado tiempo esperando—. ¿Vas a detenerme?

—El delito ha prescrito, Germán. Lo sabes mejor que nadie, llevas treinta años contando los días.

Él soltó una risa sin fuerza, rota, que no llegó a ser risa del todo.

—Entonces para qué has venido.

—Para que Teresa sepa la verdad. Para que Julián deje de ser un accidente en la memoria de este pueblo.

Germán no respondió. Se quedó mirando el cilindro sobre la mesa, aquel objeto que había buscado durante una noche entera hacía treinta años y que ahora, por fin, tenía delante, demasiado tarde para que sirviera de nada salvo para confirmarle lo que ya sabía.

Inés se levantó, guardó el cilindro en el bolso y salió del despacho dejándolo allí, con la botella y la luz encendida, exactamente como lo había encontrado.

Bajó la escalera del ayuntamiento y salió a la plaza. El aire frío le sentó bien después del calor cerrado del despacho. Sacó el móvil y marcó el número de Raúl.

—¿Y bien? —preguntó él nada más descolgar.

—Se ha roto —dijo Inés—. Ha confesado la agresión completa. Lo mató él.

—Caso cerrado entonces.

—Creo que esa parte sí, pero aún hay algo que tengo que cuadrar.

—¿Algo?

—Sí, tengo que pensar en Bernat. Mañana te cuento.

Colgó y se quedó un momento en la plaza vacía, con el cilindro pesando en el bolso, sin ganas todavía de moverse.