32
Llevaba media hora con el cilindro en la palma, sentada a la mesa de la cabaña, con el teléfono apagado al lado.
El bloque apenas pesaba más que un guijarro de río, pero su fría textura le congelaba los dedos.
Julián había guardado el cilindro junto a las cartas de Remedios y la foto de la niña.
No se esconde un pedazo de escombro con el mismo cuidado que una fotografía, a menos que valga lo mismo.
Nadie esconde un pedazo de escombro industrial junto a sus afectos más íntimos a menos que ese cemento seco tenga el poder de condenar. O de salvar.
Marcó su número sabiendo que a esas horas seguiría despierto.
—Dime que has encontrado algo —contestó él al segundo tono, sin saludo.
Silencio al otro lado. Un silencio de los que Inés conocía bien, el de Raúl pensando antes de hablar.
—¿Dónde estaba?
—Bajo la tabla suelta. Con las cartas de Remedios y una foto mía de niña.
—Mándame una foto del cilindro. De la marca sobre todo.
Inés fotografió el objeto sobre la mesa, con la luz del flexo cayendo directa para que se leyeran bien los caracteres. Envió la imagen y esperó, escuchando de fondo el tecleo de Raúl, el sonido de una puerta cerrándose en su piso de Huesca.
—LN —dijo Raúl al fin—. Luján. Vicente Luján firmaba así las certificaciones de obra en el noventa y tres. Lo tengo en los documentos que rescaté la semana pasada, los que hablaban de sobrecostes. LN, seguido de un número de expediente y el año.
—¿Y el B2?
—Tramo. El túnel se dividió en secciones para las certificaciones. B era uno de los tramos centrales, el más problemático según las actas del ayuntamiento, el que más retrasos acumuló.
Inés giró el cilindro entre los dedos. Notó una veta rojiza recorriendo un lateral, casi imperceptible bajo la capa de polvo de treinta años.
—Explícame qué es esto exactamente, Raúl. Nunca he trabajado una obra pública.
—Un testigo de obra. Cuando se hormigona una estructura, se rellenan moldes con la misma mezcla que se está usando, se dejan curar y luego se envían a laboratorio para comprobar que el material aguanta lo que dice el proyecto.
Es el control de calidad. Si el hormigón no cumple, la certificación no debería firmarse.
—Y si se firma igual.
—Entonces alguien ha decidido que es más barato mentir que parar la obra.
Inés se quedó mirando la veta rojiza. Óxido, había pensado al principio. Ahora entendía que venía de dentro del cilindro, no de su superficie.
—Tiene una mancha. Como óxido.
—Puede ser corrosión de armadura, si llevaba varilla metálica embebida. O puede ser que el hormigón esté mal curado, con exceso de agua, y con los años el hierro que contenía se haya oxidado hacia afuera. En cualquiera de los dos casos significa lo mismo: material fuera de norma.
—¿Y eso lo pudo saber Julián?
—Julián trabajaba el monte, conocía cada camión que subía y bajaba de las obras.
No hacía falta que entendiera de resistencias de hormigón para darse cuenta de que algo no cuadraba.
Bastaba con que alguien se lo contara, o con que viera cargar materiales de una calidad y descargar otra distinta en el tramo B.
Inés apretó los párpados, sintiendo la rugosidad del cemento en la yema de los dedos.
Reconstruyó de memoria la escena: Julián encajando aquel testigo de obra junto a las cartas de Remedios y su propio retrato infantil; tres objetos que Julián había decidido esconder juntos, bajo la misma tabla, donde nadie más los encontrara.
—Esto es lo que Luján daba por bueno en los informes oficiales mientras cobraba sobrecostes por material de primera.
—Esto es la prueba de que no lo era. Con esto y con el expediente que ya tengo de sobrecostes, podría llevar a Luján a un juzgado mañana mismo. Aunque dudo que sirva de mucho después de treinta años, con la obra terminada y en funcionamiento. Nadie va a demoler un túnel.
—No necesito llevar a Luján a un juzgado, Raúl. Necesito entender por qué mataron a mi tío.
—Ya lo tienes. Julián descubrió que el túnel se estaba construyendo con material defectuoso mientras Bernat y compañía cobraban de más. Guardó la prueba. Alguien no podía permitirse que esa prueba saliera a la luz.
Inés se levantó, se acercó a la ventana. Fuera, la niebla bajaba por la ladera con la lentitud de quien no tiene prisa por llegar a ningún sitio.
—Esto no encaja del todo con Germán —dijo—. Germán no tiene perfil de ingeniero, no sabría distinguir un hormigón defectuoso ni aunque se lo pusieran delante.
—No hace falta que lo supiera. Solo hace falta que hiciera de recadero. Que llevara camiones, que avisara cuando había inspección, que mirara para otro lado cuando tocaba. Si Julián lo pilló haciendo eso, y lo amenazó con contarlo, ya tenemos motivo.
—Motivo para Germán. No para el resto.
—El resto vino después, a limpiar. Eso ya lo sabemos por Roig.
Inés volvió a mirar el cilindro, ahora sobre la mesa, bajo la luz del flexo.
La tabla que lo escondía no tenía marcas de haber sido forzada antes, ni rastro de que alguien hubiera dado con ella en treinta años.
Eso, unido a lo poco que sabía ya de Germán, empezaba a formar una idea que no podía demostrar pero tampoco apartar.
—Creo que Germán buscó algo esa noche, Raúl. Y no lo encontró.
—¿Tienes algo que lo confirme?
—Nada que sirva en un juzgado. Pero si Julián lo amenazó con denunciarlo, lo primero que haría alguien en pánico es intentar averiguar qué pruebas tenía y quitárselas de encima. Y la cabaña era el único sitio donde Julián podía guardar algo así.
—Es una hipótesis.
—Es la única que tengo, y encaja con todo lo demás. Voy a ir a verlo.
—¿A Luján?
—A Germán.
—Inés. —La voz de Raúl cambió de registro, se volvió más lenta, más de compañero que de apoyo técnico—. Ya lo tienes contra las cuerdas. No hace falta que fuerces nada esta noche. Puedes esperar al informe de laboratorio, tener algo sólido antes de sentarte con él.
—No voy a enseñarle un informe de laboratorio, Raúl.
Voy a enseñarle esto. —Cerró la mano alrededor del cilindro—.
Si estoy en lo cierto, lleva treinta años sin saber si aquello existió de verdad o si se lo inventó para justificarse a sí mismo lo que hizo.
Voy a ponérselo delante y voy a ver qué le pasa a la cara.
Al otro lado de la línea, Raúl no dijo nada durante unos segundos. Luego, con la resignación de quien ya ha discutido esa batalla antes y sabe que la va a perder:
—Ten el móvil encendido. Y mándame ubicación antes de entrar.
—Lo tendré.
Colgó. Se quedó un momento más junto a la ventana, con el cilindro en la palma de la mano, calculando la distancia hasta el ayuntamiento y la hora que sería cuando llegara.
Suficientemente tarde para encontrar a Germán solo.
Suficientemente pronto para que no hubiera tenido tiempo de beber lo bastante como para no entender lo que tenía delante.
Cogió las llaves del coche.
Aunque el ayuntamiento de Serralta cerraba a las tres, la ventana de Germán seguía recortando la penumbra de la plaza cuando Inés aparcó.
Aquel rectángulo amarillento era una constante de sus vigilancias: la última bombilla en apagarse cada noche, el parapeto de expedientes y legajos con el que el secretario retrasaba el regreso a una casa vacía.
Subió la escalera sin cruzarse con nadie. La puerta del despacho estaba entornada.
—Germán.
Germán alzó la frente con una lentitud pastosa, reaccionando con retraso a su nombre.
Tenía la corbata desanudada, colgando desganada sobre el pecho, y una botella de coñac medio vacía plantada junto al teclado.
La dejaba allí, expuesta a la luz del flexo, despojado ya de cualquier voluntad de disimulo.
—Inés. —Intentó incorporarse, enderezar la espalda, recuperar algo del funcionario que llevaba treinta años interpretando—. Es tarde para visitas.
—Lo sé. Por eso he venido ahora.
Cerró la puerta detrás de ella. Se sentó frente a él sin que la invitara, con el bolso sobre las rodillas y el cilindro dentro, todavía oculto.
—He hablado con Roig —dijo—. Sé lo que hizo.
Germán guardó silencio. Bajó la vista hacia la botella y la desplazó unos centímetros con la yema del dedo, arrastrándola hacia el límite de la penumbra del escritorio.
—Sé lo del hormigón, Germán. Sé que Luján certificaba material que no cumplía la norma en el tramo del túnel. Sé que alguien tenía que avisar cuando había inspección, llevar los camiones correctos en el momento correcto, mirar para otro lado cuando hacía falta. Y sé que ese alguien eras tú.
Germán forzó una risita nerviosa que terminó en una tos seca. Se frotó la cara con las manos y volvió a mirarla con una máscara de funcionario ofendido.
—Mire, inspectora, entiendo que esté de vacaciones y que la montaña le despierte… fantasías. Pero esto es un ayuntamiento serio. Si tiene pruebas de algún fraude en la obra pública, presente una denuncia en Boltaña. No venga a molestar a un trabajador a estas horas.
—No he venido a poner una denuncia —replicó Inés, imperturbable—. He venido a por una respuesta. Julián te vio, Germán. Vio cómo avisabas de los camiones de Bernat y decidió que ya no ibas a seguir cobrando ese sueldo por mirar hacia otro lado.
Germán se echó hacia atrás, haciendo crujir la silla. Sus dedos tamborilearon sobre la mesa, buscando un ritmo que no encontraba.
—Eso son habladurías. De gente que no entendía la magnitud del proyecto del Túnel.
Julián era un hombre de campo, un rústico.
No sabía nada de licitaciones ni de logística.
¿Qué me va a decir ahora? ¿Qué maté a un hombre por un malentendido de obra?
—Se inclinó hacia delante, con un brillo de agresividad etílica en los ojos—.
Ese caso está enterrado, inspectora. Prescrito. Polvo. Como su tío.
Inés no pestañeó. Lentamente, sacó el cilindro del bolso y lo dejó sobre el tablero con un golpe seco que hizo vibrar el cristal de la mesa. El sonido pareció resonar en todo el ayuntamiento vacío.