31
Julián le sacó ventaja en la oscuridad. Conocía cada raíz, cada piedra suelta de esa ladera, y Germán, resollando, terminó por perder el rastro entre los árboles.
Se paró, dobló el cuerpo hacia delante con las manos en las rodillas, y durante un momento pensó en volver a casa, meterse en la cama y fingir que la noche no había pasado.
No lo hizo. Sabía dónde encontrarlo. Sabía que con tormenta Julián prefería la cabaña a su propia casa, que allí no tenía que fingir nada delante de Teresa. Echó a andar de nuevo, más despacio esta vez, con la cabeza baja y el agua chorreándole por el cuello de la chaqueta.
El viento aullaba entre los riscos de Serralta, empujando la tormenta valle abajo.
Cuando por fin llegó, la lluvia golpeaba la cabaña con una cadencia metálica, un tableteo constante que bastaba para enmascarar unas pisadas.
Vio luz por la rendija de la ventana. Se quedó fuera un momento, empapado, sin decidirse.
Dentro, Julián ya se había quitado las botas embarradas de la ronda de la tarde.
Había encendido la estufa, se había preparado un café que no llegaría a terminar, y antes de sentarse al banco de trabajo se agachó en el rincón donde el pesado arcón de herramientas servía de pantalla.
Apartó el mueble lo justo para liberar la tabla suelta de la pared y guardó dentro lo que llevaba guardando desde hacía semanas, con el mismo gesto rápido y automático de quien lleva años escondiendo cosas del monte.
Volvió a encajar la tabla, empujó el arcón hasta tapar de nuevo la junta y se sentó de espaldas a la puerta, dándose por satisfecho con la conversación de esa tarde.
Germán no era de los que insistían. Nunca lo había sido.
Se equivocaba.
El chirrido de las bisagras se perdió bajo un trueno que hizo vibrar los cristales. El aire frío de la noche le rozó la nuca.
—Vas a coger una pulmonía —dijo sin girarse. Creía que era él, que volvía a intentarlo, y no le tenía miedo. Nunca se lo había tenido.
Germán se quedó en el umbral, la ropa pegada al cuerpo, el agua cayéndole de la barbilla. Vio la espalda de Julián, la estufa encendida, el café humeando sobre la mesa, y por un segundo, solo uno, estuvo a punto de dar media vuelta.
Entonces vio el hocino colgado junto a la puerta. El mismo que Julián usaba cada mañana para desbrozar su propio territorio.
No pensó en lo que hacía. Lo descolgó.
Julián se giró a medias, el ceño fruncido, quizá extrañado por el silencio que debería haber traído una respuesta. Alcanzó a ver el brillo del acero antes que reconociera del todo la cara detrás de él.
—Germán…
No hubo más palabras. El golpe llegó bajo y seco, con la rabia torpe de quien no calcula lo que hace.
El cuerpo se le dobló por la mitad. Un calor súbito le robó el aire de los pulmones.
Quiso gritar. Solo le salió un gorgoteo húmedo.
La sangre caliente le empapó la camisa antes de que llegara el dolor de verdad.
Cayó hacia delante. La cara golpeó el suelo de madera, junto a sus propias herramientas.
Germán se quedó de pie, inmóvil. El hocino todavía le pesaba en el puño, pero la vista se le nubló frente al cuerpo tendido.
Aquella silueta en el suelo y la mano ensangrentada que sostenía el metal pertenecían a un extraño.
Con la conciencia ya escapándosele, Julián vio cómo Germán rebuscaba entre las cosas de la mesa, tirándolas al suelo una a una, cada vez más rápido, cada vez con menos cuidado.
Se abalanzó sobre el arcón de herramientas, tirando de las asas de hierro con una fuerza desesperada, pero el mueble de roble, cargado de cadenas y repuestos, no se movió más que un par de centímetros, insuficientes para revelar nada.
Maldijo, golpeando la madera con el pie, y se giró para seguir destrozando el resto de la estancia en un rapto de pánico ciego.
Julián todavía sonrió, un gesto mínimo que nadie llegó a ver: fuera lo que fuese lo que Germán esperaba encontrar, la única prueba real de todo aquello llevaba semanas a un palmo de sus manos, dentro de la pared, protegida por el mismo peso que Germán, en su embriaguez y su terror, no fue capaz de desplazar.
Germán maldijo entre dientes. Le pegó una patada al cuerpo de Julián, que ya ni tuvo fuerzas para quejarse, y se quedó un instante paralizado frente a lo que había en el suelo, la respiración descontrolada, el hocino todavía goteando.
No se agachó a comprobar el pulso. Ni siquiera lo intentó.
Salió de la cabaña sin mirar atrás, dejando la puerta abierta a su espalda y el cuerpo de Julián boca abajo junto a la mesa volcada.
Julián pensó en Teresa. Fue su cara lo último que vio antes de cerrar los ojos.
Germán no recordaba haber bajado el monte.
En algún momento entre la cabaña y el pueblo las piernas habían dejado de obedecerle por decisión propia, y cuando quiso darse cuenta ya estaba frente a la casa de Bernat, empapado, con la sangre de Julián secándosele entre los dedos en una costra oscura que no reconocía como suya.
Llamó con los nudillos, no con el timbre. No confiaba en acertar el botón a la primera.
Tardaron en abrir. Cuando la puerta cedió, la luz del recibidor le cayó encima como un foco, y por un instante deseó que la oscuridad de fuera lo hubiera tragado antes de tener que enseñar la cara que traía.
—¿Qué haces aquí a estas horas? —Bernat no sonaba alarmado. Sonaba, sobre todo, molesto por la interrupción.
Germán guardó un silencio agónico. Las palabras se le atascaron en la garganta, secas. Solo acertó a levantar las manos temblorosas, exponiendo las palmas cubiertas de costra oscura en un ruego desesperado que hacía innecesaria cualquier explicación.
Bernat bajó la vista hacia esas manos. No dijo nada al principio. Se quedó mirando la sangre seca con la misma atención con la que otro habría mirado una cifra en un balance, calculando qué columna sumaba y cuál restaba.
—Entra —dijo al fin, apartándose de la puerta—. Y no hables hasta que yo te lo diga.
Lo condujo a través de un pasillo en penumbra hasta un despacho pequeño, con estanterías repletas de carpetas y un escritorio de madera oscura donde una lámpara encendida era la única luz de la casa.
Cerró la puerta detrás de los dos con un cuidado casi excesivo, girando el pestillo despacio para que no chasqueara.
—Siéntate.
Germán obedeció. Se dejó caer en el asiento con una torpeza rígida, las articulaciones anuladas por el pánico.
Bernat permaneció de pie, con los brazos cruzados, observándolo con la misma calma de siempre, mientras el muchacho temblaba ante su escritorio, cubierto de costras de sangre ajena en mitad de la madrugada.
—Cuéntamelo. Todo. Y despacio.
Habló a trompicones, atropellando los hechos y desandando el camino para corregirse, con una asfixia real que le obligaba a detenerse cada pocas frases para tragar aire.
Desgranó el encuentro en el monte, la advertencia de Julián y la amenaza del deslinde.
Luego la cabaña, el hocino colgado junto al marco y aquel golpe ciego, nacido de un impulso que ni él mismo comprendía.
Bernat escuchó sin moverse, hasta que las últimas palabras de Germán se apagaron y solo quedó el ruido de la lluvia contra la ventana.
—¿Está muerto?
—Yo… no lo sé. No me quedé a comprobarlo. Salí corriendo.
Algo cruzó la cara de Bernat, algo tan breve que Germán no habría sabido decir si había sido una duda o solo el cálculo de una nueva variable.
—¿Alguien más lo sabe?
—No. Nadie. He venido directo.
—¿Alguien te ha visto llegar?
—No lo sé. No… no me he fijado. Solo pensaba en…
—Pues empieza a fijarte, porque a partir de ahora es lo único que te va a mantener con vida fuera de una celda.
Germán se cubrió el rostro con las manos, pero la rigidez de la costra seca contra su piel lo detuvo. Apartó los dedos de un latigazo, la garganta cerrada de golpe.
—No quería que pasara esto. Se lo juro. Yo solo…
—Ya sé que no querías. —La voz de Bernat no se ablandó, pero tampoco subió de tono.
Hablaba como quien ya ha decidido algo y solo está esperando a que el resto del mundo se ponga a su altura—.
Eso ahora da igual. Lo que querías o no querías ya no existe.
Solo existe lo que pasó, y lo que pasa a partir de ahora.
Se acercó al escritorio y se sirvió un vaso de whisky de una botella que llevaba allí más tiempo del que aparentaba, sin ofrecerle nada a Germán. Bebió un trago, dejó el vaso, y se quedó mirando por la ventana hacia la oscuridad del valle, donde ni siquiera se distinguían ya las luces del pueblo.
—Vete a tu casa. Quema esa ropa esta misma noche, en la cocina de leña, no en la caldera.
Lávate a conciencia, las uñas también. Y mañana te levantas y haces exactamente lo que haces cualquier otro día.
Nada de coger la baja, nada de faltar al trabajo, nada de caras raras si alguien te pregunta qué tal estás.
—¿Y lo demás?
—Lo demás lo resuelvo yo.
Germán alzó la vista, algo parecido al alivio asomándole a la cara por primera vez desde que había llamado a la puerta.
Bernat no le devolvió la mirada. Seguía con los ojos puestos en la ventana, en la negrura del valle, calculando ya cuántas piezas tendría que mover y a quién, mientras algo parecido a una idea, una idea que llevaba tiempo esperando una ocasión así sin saberlo, empezaba a tomar forma detrás de esos ojos tranquilos.
—Y una cosa más —añadió, sin volverse—. Esto que acabas de traerme a mi casa no se olvida. No hace falta que lo hablemos otra vez. Tú ya sabes lo que significa.
Germán no respondió. Solo asintió, con la cabeza baja, demasiado hundido para preguntar qué le costaría aquello.
Bernat esperó a oír las pisadas de Germán alejándose calle abajo. Solo entonces se puso el abrigo, cogió las llaves y salió hacia la cabaña.